Los únicos cadáveres frescos eran los de los niños. Demasiado pequeños para el implante, muchos habían muerto abrazados a los cuerpos de sus padres.
Neuralink era ya universal. El chip en el cerebro, internet en la conciencia. Silicio y carne, conectividad total. El inevitable virus destruyó en un milisegundo aquella red hecha de bits y neuronas.
Los niños de los capitalistas quedaron huérfanos pero, en el Norte, el Amado Líder nos mantuvo vivos involuntariamente, pues tal herramienta de libertad era impensable.
Cuando crucé el alambre de espino, descubrí que había desertado a un mundo vacío, que el régimen tenía el planeta a su disposición pero nos lo ocultaba porque, sin un enemigo exterior, ya no tenía razón de ser.
El Jefe Supremo ha vencido y está aterrado.
Yo también he triunfado, pues por fin soy libre, pero los perros asilvestrados ya huelen el terror del último hombre vivo en Seúl.
Artikan