Un análisis revela las estrategias constitucionales para eternizarse en La Moncloa sin mayoría absoluta.

En los pasillos de la Carrera de San Jerónimo circula desde hace tiempo una pregunta que obsesiona tanto a aliados como a adversarios: ¿cómo diablos lo hace? ¿Cómo consigue un presidente del Gobierno, en permanente minoría parlamentaria, bailar al borde del precipicio sin caer nunca? La respuesta, querido lector, no está en la magia, sino en un conocimiento exhaustivo —casi fetichista— de los resortes constitucionales y en una habilidad camaleónica para convertir debilidad numérica en fortaleza política.
La geometría imposible: gobernar sin gobernar
Olvídese de esa idea romántica del gobierno que aprueba leyes en el Congreso. Eso es cosa del pasado, de tiempos más inocentes. La estrategia actual se llama "geometría variable", un eufemismo elegante para nombrar el arte de mendigar votos ley por ley, concesión por concesión. Hoy pactas con Bildu una reforma laboral, mañana con el PNV los Presupuestos (si es que se aprueban), pasado con Junts... bueno, con Junts lo que haga falta para que no te tumben el Gobierno.
Lo fascinante del asunto es que no hace falta ganar todas las votaciones. Ni siquiera la mitad. Lo importante es no perder la única votación que importa: la moción de censura. Y aquí es donde el sistema español muestra su lado más perverso (o más brillante, según se mire).
El escudo de la moción "constructiva": o todos o ninguno
La joya de la corona, el Santo Grial de la supervivencia política, es la moción de censura constructiva. Un mecanismo diseñado en 1978 con la mejor de las intenciones —evitar la inestabilidad de la II República— pero que hoy funciona como un búnker antibalas para quien ocupa La Moncloa.
Para echar a un presidente no basta con decir "no te queremos". Hay que reunir a 176 diputados dispuestos a votar a favor de un candidato alternativo. ¿El problema? Conseguir que Bildu, ERC y Junts se pongan de acuerdo con PP y Vox para votar al mismo tío es más difícil que encontrar a alguien en Ferraz dispuesto a criticar a su líder. Es, literalmente, misión imposible. Así que el inquilino de Moncloa puede dormir tranquilo: mientras la oposición y sus propios socios se odien más entre ellos que a él, nadie le mueve de allí.
Presupuestos prorrogados: el arte de vivir de las rentas
Y si no hay presupuestos, ¿qué? Pues se prorrogan los del año anterior. Y si el año siguiente tampoco hay, se vuelven a prorrogar. Ad infinitum. El artículo 134.4 de la Constitución permite gobernar eternamente con las cuentas del pasado, como quien sigue usando la misma chaqueta de hace cinco años porque "aún da el pego".
Claro, limita tu capacidad de anunciar grandes inversiones o de vender logros en el BOE. Pero garantiza que el Estado siga funcionando —pagando pensiones, nóminas y, sobre todo, las de tus asesores— y que tú sigas en el despacho de La Moncloa. ¿Para qué necesitas presupuestos nuevos cuando puedes vivir de las rentas de Montoro?
El botón rojo: cuando todo falla, a por la ruleta rusa
Eso sí, si la situación se pone muy fea, siempre queda el recurso nuclear: disolver las Cortes y convocar elecciones. Pero no cuando tú estés débil, claro. Cuando las encuestas te sonrían, la oposición esté despistada y tus socios teman perder escaños. El arte está en elegir el momento preciso, ese instante fugaz en el que el país está harto de la bronca política y tú aún no has agotado tu capital de simpatía.
Es como saber cuándo retirarse del casino: cuando aún vas ganando, aunque sea por los pelos.
La kriptonita: cuando la corrupción llama a la puerta
Pero todo este castillo de naipes tiene un talón de Aquiles, un punto débil que ninguna estrategia parlamentaria puede blindar: la corrupción. No la corrupción genérica, esa que todos critican en abstracto mientras miran para otro lado. No. La corrupción concreta, nominativa, con nombres y apellidos. La que investiga un juez tenaz, la que documenta la UCO con volcados de móviles, la que filtra El Mundo un martes cualquiera.
Porque un gobierno puede resistir el bloqueo legislativo, puede esquivar mociones de censura, puede incluso gobernar sin presupuestos. Lo que no puede es gobernar sin autoridad moral. Y cuando tu propio electorado —ese votante de izquierdas históricamente severo con la corrupción— empieza a mirarte con asco en lugar de con miedo a la alternativa, se acabó el juego.
La corrupción desactiva la estrategia del "muro". Si todos son iguales, ¿para qué voy a votar al menos malo? Mejor me quedo en casa. Y ahí, en la abstención de los tuyos, está la verdadera guillotina.
El factor europeo: cuando Bruselas no mira para otro lado
Y hay algo más, un "cisne negro" que pocos ven venir: la Fiscalía Europea. Esa que investiga el destino de los fondos comunitarios y que no responde ante el Fiscal General del Estado español. Esa ante la que no valen presiones, filtraciones ni nombramientos estratégicos. Si Bruselas huele corrupción en los fondos Next Generation, el gobierno pierde el control del relato. Y ahí sí que no hay geometría variable que valga.
La gran paradoja
Lo que este manual de supervivencia política nos enseña es una paradoja fascinante: en el sistema español, es más fácil mantenerse en el poder sin mayoría que conquistarlo con ella. Las instituciones protegen al que está arriba, crean una inercia de estabilidad que favorece al statu quo.
Es un sistema pensado para evitar el caos, pero que a veces produce un extraño limbo: gobiernos que no pueden gobernar pero tampoco pueden caer. Ejecutivos zombis que caminan entre los vivos sin estar del todo vivos.
Mientras tanto, en Ferraz ya estudian el siguiente movimiento. Porque en este ajedrez constitucional, el único error imperdonable es creer que la partida ha terminado. Nunca termina. Solo se interrumpe hasta la siguiente jugada.
Imagen: IA . Estilo del texto mejorado con IA.
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