Un sicario ejecutó a Leónidas Vargas en su cama de hospital en enero de 2009. La triangulación de cámaras de circuito cerrado y teléfonos móviles, validada después por el TSJM y el Tribunal Supremo, abrió una nueva era en la persecución del crimen organizado. Esa voz condujo hasta José Jonathan Fajardo Ospina, «el Papi», un colombiano de 37 años residente en el barrio madrileño de Usera que regentaba una pequeña oficina de cobros —eufemismo del hampa para designar los equipos de sicarios por encargo— con aspiraciones de crecer en España.
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