Mis dos abuelos murieron hace mucho. Como ya he contado alguna vez, uno era falangista y otro de la CNT, lo que a ellos no les impidió ser buenos amigos y a mí aún se me nota, por herencia, en demasiadas ocasiones.
Además, uno era agricultor y otro ganadero, dos oficios, como se sabe, enfrentados desde la prehistoria.
Pero entre tantas diferencias, había una similitud que los unía: las vacaciones.
Para cualquiera de mis dos abuelos, las vacaciones eran algo incomprensible, casi mágico, tan producto de la modernidad como la luz eléctrica, los coches y la televisión. Los dos habían trabajado desde niños, con más o menos ahínco, con mejor o peor fortuna, pero sin disfrutar otra forma de asueto que los días festivos.
¿Vacaciones? Claro hombre, cuando las vacas no coman. No te joroba...
Por eso, entre otras cosas, nadie se quedó en el pueblo.
Surgió de la luna llena y de aquel primer niño ancestral que temió las sombras de un árbol; no del miedo a la oscuridad. No, no son el mismo miedo.
Ahora se mueve por tu dormitorio aprovechando las largas sombras que el resplandor de la calle te mete en casa, o las luces de tus propios dispositivos. A veces consigue que notes su presencia, soplándote levemente en la nuca.
No es la muerte, que está bien definida. Es otra cosa que se queda atorada. Como la mirada perdida que viste en la residencia de ancianos. Esa mente sepultada bajo las sombras, que no vuelve ni tampoco se termina de marchar todavía.
Está cerca. Ten cuidado. No dejes que se obsesione contigo.
En el cuento clásico, el gato con botas le dijo a su dueño que se bañara en el lago, para quitarle la ropa, hacerlo pasar por un noble y que el rey lo invitara a palacio.
Pero el contexto es el que es, y de donde no hay no se puede sacar, y a lo máximo que aspiraban era a colarse por la noche en la piscina comunitaria. Se quitaron los calcetines para bañarse. Y, por supuesto, sin invitación al palacio, solo le pudieron dar al gato los restos fríos de una barbacoa que había en la basura.
Año 2125.
La cola daba la vuelta a la manzana, rodeando el templo, compuesta por gentes venidas de allende los mares, personas transpirenaicas, transalpinas, transatlánticas, transmediterráneas, transidas de cansancio por tanta espera.
Y es que la noticia del fenómeno había llegado a todos los rincones del planeta. Y la palabra "fenómeno" no le hacía justicia: casi se podría considerar un milagro. De hecho, la Iglesia había iniciado ya el proceso de beatificación.
No había más que ver la expresión de los que ya lo habían visto, de aquellos que salían del recinto por la puerta lateral: asombro, estupefacción, repugnancia, incredulidad…
Le pregunté a uno de los que habían salido qué había visto:
-Está ahí, en perfecto estado de conservación, sujetando todavía el último fajo de billetes de la última comisión: el brazo incorrupto del San Cristobal el Corrupto.
El templo estaba situado, no podía ser de otra manera, en Montoro.

JanSmite con el relato titulado "Cuarenta" ha sido el ganador de esta semana de nuestro certamen de microrrelatos: www.meneame.net/m/microrelatos/cuarenta
Pues sí, tras una discutida revisión a cargo del VAR de Menéame, el arbitro pitó penalti y fue "Piratas nazis del Caribe" quien se impuso como ganador de esta semana www.meneame.net/m/microrelatos/piratas-nazis-caribe
En todas mis vidas, y mis muchas muertes, he conocido a gente de todo tipo. En los años ochenta, en los Estados Unidos, conocí a Frank (se llamaba Harry) y él me explicó en un “fumadero de jazz”, los que vivieron esos años ya saben a lo que me refiero, que el movimiento de caderas era para los listillos que sabían mucho de jazz. Yo sabía lo justo y me lloraban los ojos de tanto humo de tabaco en esos locales de música. Los llamaba listillos en una traducción barata al inglés de la época. Años después, muchos, me encontré con cosas que no entendía, barbas de chivo y cafés extraños, me dije a mí mismo que había perdido el tiempo. Sólo me quedé con el humo de aquellos locales de jazz donde la gente usaba esa palabra.
Se acercó un enlister
A alistar a los hipster
Pero vino un magister
Acompañado de su assister
Y los metió en un cloister
Donde los atendió una sister
Les vendió a todos un blister
Que había contenido klister
Y se hizo una blacklister
Un chantaje a los mister
Que habían sido hipster
"Preferimos, hermana sister,
que nos clave un leister,
o que nos lleve un twister
antes que un falso blister de klister.
Le diremos a nuestro barrister
Que la lleve ante el minister."
Todo era estupidez, oscuridad, en el relato oficial. Nosotros sabíamos que había otras historias: nuestros abuelos nos habían hablado de vida más allá de las pantallas, de imágenes que siempre mostraban la misma perspectiva. Sabíamos de otras puertas y queríamos llegar a ellas. Para ello, nos adentramos en pasillos interminables que llevaban a edificios que ya habían perdido su función. Abríamos cada cerradura con alegría porque sabíamos que la meta merecía la pena. El final fue el principio: encender la luz y sonreír a todas las estanterías polvorientas, a libros que llevaban años esperándonos. Ante tanto vértigo, sentarse en silencio, saborear el poder de cada palabra arrebatada suponía la felicidad. Más que leer, era resistir. Era hacer de cada párrafo un recordatorio de que el saber, aunque despreciado, nunca muere.
- Sujeta, aquí. Cuidado.
- Ya está. Ahora giro… ¿Así?
- Sí, muy bien. Sigue concentrado.
- No puedo dejar de pensar. Impresionante la des‑extinción de una especie, ¿verdad?
- Grandioso, ¡glorioso!
- Éticamente correcto, ¿cierto?
- Jamás debió haber extinciones. Lavamos un error que avergüenza a la humanidad. ¡Corregimos la historia!
- Sí, todos los casos de la historia fueron atroces en ese sentido. Pero sigo dudando si enfocamos bien nuestros esfuerzos.
- Debemos demostrar el concepto. Empezando por organismos simples.
- Sí, por supuesto. Pero… ¿tenía que ser la viruela? ¿en humanos?
David no podía evitar esa sensación agridulce.
Por una parte, le emocionaba caminar por ese bosque, que le recordaba al que había cerca de la casa de sus abuelos. Volver a contemplar los colores del otoño y escuchar el canto de los pájaros era maravilloso, pero aún más hacerlo acompañado de su hija.
Por otra parte, echaba de menos oír la hojarasca crujir bajo sus pies y el olor a tierra húmeda, tal como la recordaba de su niñez. Sin embargo, lo que más le afligía era saber que pronto terminaría todo.
-Papá, cómo se llama esa planta que parece una explosión nuclear
-Pues verás, hija...
Un zumbido sordo seguido de una oscuridad total truncó la explicación.
-Se han agotado las baterías. Tenemos que marcharnos hija, ya no queda nada que podamos aprovechar aquí.
-Papá, este ha sido el refugio más guay que hemos encontrado en los últimos meses.
-¿Lo dices por la proyección en tres dimensiones?
-Sí, y por la comida de perro enlatada.
-Jajaja. Si, la verdad es que estaba rica. Hemos tenido suerte...
Me siento un canalla. Ella sigue fingiendo que no advierte los continuos desprecios que le dirijo. Me sigue entregando el mismo amor (puede que compasión), como si fuese un niño huérfano. No tengo nada que reprocharle. Tampoco la soporto. Ayer miraba su cara tan de virgen de Van Eyck, sus cabellos reposando sobre armónicos hombros. El cuerpo primaveral y apetecible. Las palabras joviales que regala a todo el mundo, y una amabilidad que derrocha sin mesura.
El amor es un misterio. Cómo puedo no amarla. Cómo puede asquearme tanto.
Preveo el futuro: preparo las frases precisas e irreversibles que le diré, mis respuestas a sus preguntas (y a sus silencios). Será la única forma de romper este maleficio.
Subo las escaleras de casa. Me flojean las piernas. Abro la puerta decidido a terminar de una vez.
Ella está al fondo del salón, mirándome tranquila. Desnuda en brazos de ese desconocido.
Cuando era pequeño, imaginaba el futuro de otra manera, aunque ya no recuerdo esos futuros.
Imaginaba que habíamos comprendido la inteligencia, y madurado hacia posturas más trascendentes para habitar este mundo insólito.
Soñaba elucubraciones vagas sobre el significado de las formas corporales, meditaba sobre la semejanza entre el pájaro y la ortiga. Desnudaba pensamientos como capas de una cebolla ambarina y turgente...
Pero en realidad el futuro es el mismo presente, siempre, sólo cambian los juguetes con los que arañar las molduras del silencio.
Y la mirada desmontando los palacios que la esperanza había construido en el aire, libre, inocente y trágica, como nacer en un mundo que se deshace.
Si hay algo peor que dos ejércitos en guerra, son cientos de millones de famélicos desesperados.
Algún día llegarán, no importa cuándo.
Porque nada les detendrá.
Porque no volveremos a la Edad Media, sino a la Prehistoria.
La biblioteca estaba en silencio. El silencio que solo trae calma a los que disfrutan de la soledad. Una lámpara, baja y amarillenta, rompía la penumbra. Dos cabezas compartían la lectura de un viejo volumen. A medida que se concentraban en el texto, la distancia se acortaba. En un momento impreciso, su atención se dispersó. Empezó a respirar un olor a lavanda, que no era de su propio jabón. Inconscientemente giró la cara y, para su sorpresa, noto apenas el roce de unos labios. Le transmitieron un atisbo de calidez que despertó su cuerpo, una zozobra entre el descubrimiento y la negación.
- Perdóneme hermana, no sé lo que me ha pasado.
- Ay, Sor Luisa. A todas, en algún momento, se nos ha nublado el juicio.
Después de que al acusado se declarase culpable, el jurado pensó que aquello acabaría enseguida, pero el abogado defensor aún tenía algo que decir.
—Nuestro hombre es culpable y con él la sociedad entera. Hijo de un padre alcohólico, que los maltrataba a él, a su madre y a sus dos hermanos y una madre toxicómana. Durante su adolescencia vio como uno de sus amigos moría de sobredosis y otros dos eran encarcelados. Este hombre tuvo que pelear desde el primer día por cada trozo de pan que se llevó a la boca. Este hombre es un delincuente, sí, pero también y antes que nada, una víctima de esta sociedad injusta, corrompida por la miseria y las desigualdades
—¡Cago en tu madre! —tronó una voz en el público. Era Melquiades, el patriarca local de los gitanos.
—¡Oden!— Intentó imponer el juez.
—Pero es que esto no se pué aguantá. Que los demás tuvimos una vida tan mala y peor que la suya y no robamos, ¡cojones!
Ella me juzgó y condenó en un solo acto, sin necesidad de mayores rituales. Supe de inmediato que no había apelación posible, que la súplica era inútil, que la esperanza había acabado con aquella última mirada sólida que me atravesó el estómago. Supe, con un estallido de dolor, como un boxeador que recibe el directo que lo derrota, que recordaría cada palabra, cada gesto, cada silencio de aquella condena dictada sin defensa posible; que el hecho de que yo fuera inocente era parte del castigo, del no ser suficiente, de la cruel forma que tiene la vida de humillarnos.
Era el fin del mundo.
Aquel día, perdí el juicio.
La tensión se mascaba en el ambiente:
-¡El 21!
Se escucharon maldiciones, lápices rascando los cartones al tachar (los afortunados), suspiros…
-¡El 38!
-¡Bingo!
Miradas, más maldiciones, exabruptos, algún intento de componenda ("te lo cambio por 20 paquetes"), pero el afortunado no pensaba cambiar ese cartón premiado por nada. Levantó el cartón en alto y Frank, el responsable del sorteo, le hizo ademán para que se acercase a la mesa.
-¡Felicidades a Gabe, el afortunado! -dijo mientras le daba un apretón de manos al agraciado.
Era la única vez que a Gabe le había pasado algo bueno en la vida, y no pensaba desperdiciarlo.
-Como sabéis, el ganador tiene derecho a un fin de semana con su familia- dijo Frank, director de la Prisión Federal de Alta Seguridad de Beaumont, Texas. -Alguacil, prepare el operativo.
El capitán ordenó precaución porque había visto un puesto enemigo enfrente de nuestro avance.
Agazapado entre las rocas, vimos el casco de uno de ellos. Nos ordenó disparar desde todos los ángulos posibles.
Pero no tuvimos éxito. Ni se inmutó.
Para ablandar su firmeza, se pidió refuerzo de la artillería. Tres días de fuego casi constante.
Ni se inmutó.
Nos retiramos unos kilómetros al pedir el apoyo de la aviación. Decenas de pasadas de bombarderos durante tres largas horas.
Al volver, seguía ahí. Ni se había inmutado.
Entonces es cuando, desobedeciendo las órdenes, el soldado Juan se levantó y salió a andar despreocupadamente. Al principio pensábamos que iba a mear, pero se dirigió al puesto del enemigo. Le dio una patada y salió rodando. Era un casco aislado.
Hace rato que el viento amainó, pero el columpio continúa con su monótono vaivén emitiendo un quejido de óxido y resentimiento.
Sé que eres tú quien se columpia aguardando el momento propicio para vengarte.
Te vigilo desde la ventana de la cornisa por la que te arrojé el día de mi cumpleaños.
Gran regalo “hermanito”.
Mamá vuelve a ser sólo mía.
Harto de que fuera absolutamente ignorado en sus clases, de que adolescentes de toda índole conocieran sus derechos y ninguna obligación, de que los padres hubieran hecho de los mensajes Mr Wonderful su modo de vida (Mi hijo puede llegar a ser lo que él quiera; Mi hija molesta en clase porque se aburre. Es muy inteligente pero usted no lo sabe), decidió, de una puñetera vez, abandonar una profesión que había ejercido durante más de 20 años. Estaba harto, sí, cansado, hastiado de ser profesor. Tenía claro que quería otra profesión y la que más le gustaba era la de fontanero. Pensaba que tenía los conocimientos y descubrió, poco a poco, que se le daba bien. Arreglaba problemas con mucha celeridad, encontraba soluciones a dificultades que a otros les parecían un mundo. Descubrió, por último, que este trabajo difería poco del de docente: solucionar problemas de mocosos que eran incapaces de asumir sus responsabilidades y culpaban de su ineptitud a todos los demás. Poco a poco se fue haciendo un nombre y no hubo partido político que no lo buscara para que arreglar alguna que otra tubería, alguna que otra inundación.
- Qué podemos hacer, señor presidente, no encuentro una salida.
- El caso es muy sutil, y está hilvanado como una filigrana maquiavélica.
Basándose en mis declaraciones de los últimos ocho años, han ido añadiendo pequeñas enmiendas y validando la aprobación de estatutos sin importancia, que no tienen valor por sí mismos, pero en conjunto consiguen dejarme como un machista a los ojos de la ley, y lo que es peor, en una condición que excede mi aforamiento...
- Los tiempos para revertir cualquiera de ellas exceden todos los plazos.
- Sólo queda una solución, una jugada maestra en la que ellos no han caído: declararme mujer.
- Pero señor presidente, qué va a pensar su esposa, y más después de lo de...
- Los caminos del señor son inescrotables, y además estaré tremenda en el congreso.
- Al candidato opositor le va a dar algo.
- Verás cuando le cante el Happy Birthday...
Un gorgoteo, un murmullo... Un sistema de fontanería es una red de gargantas que vomitan y tragan, inhalan y exhalan. Nunca me fue mal silenciando silbidos, chasquidos y golpes. He trabajado con organismos de cobre, acero y hasta plomo que largaban auténticas letanías, y los enmudecí a todos.
Decidí reciclarme el día que doña Margarita me llamó para que quitase la válvula de presión y las arandelas que había instalado en su cocina. «Se va a reír de mí, pero me deprimí mucho cuando dejé de escuchar los susurros de mi difunto Paco en el fregadero», me dijo, y yo no me reí.
Ahora, además de fontanero, soy médium exorcista de tuberías.

Esta semana el concurso de microrrelatos de Menéame pone la lupa —literal y figuradamente— sobre un nuevo tema: «Inspección». Una palabra que huele a carpetas abiertas, a miradas inquisitivas y a ese silencio incómodo antes de que alguien pregunte «¿Esto quién lo ha firmado?». Ya sea una auditoría de vida, un cacheo emocional o la rutina implacable de quien lo revisa todo dos veces, la inspección abre la puerta a relatos con lupa, linterna o detector de mentiras.
Como cada semana, el reto consiste en contar una historia completa en menos de 150 palabras. Puedes participar hasta el domingo votando y/o escribiendo con el estilo que prefieras: desde el más íntimo y poético hasta el más sarcástico o caótico. ¿Un relato sobre inspectores de hacienda sin escrúpulos? ¿Sobre miradas que radiografían almas? ¿Sobre el mismísimo inspector Gadget haciendo de las suyas mientras grita «¡Adelante, brazo telescópico!»? Todo cabe en un buen micro.
Nadie supo que la somera inspección técnica que hizo Alfredo Ashlam en una fábrica de turbinas, resuelta rápidamente aceptando un mezquino soborno de maletín, provocó uno de los peores accidentes de aviación recordados, en el que casualmente murieron él, su mujer y sus dos hijos menores durante un despreocupado viaje vacacional.
Cuando el juez requirió la documentación de aquella chapucera inspección, simplemente no estaba. Alguien decidió años atrás que tantas pruebas técnicas eran prohibitivas y rellenó los dosieres con papeles vacíos. Se culpó a un tal Gubelkian, responsable del archivo, que fue despedido y acabó indigente y alcoholizado. Su hijo vivió avergonzado creyendo que su progenitor era el culpable de aquellas muertes.
Años después Gubelkian hijo fue elegido presidente de la república. Como medida para evitar casos como el de su padre tomó una decisión radical y legisló contra cualquier tipo de injerencia en la actividad empresarial:
Prohibió las inspecciones.
Ben revisó su código por última vez, y vio que todo era bueno.
Pasaba todos los tests, y de todos modos era un cambio muy rutinario. Había que actualizar la fuente del sistema porque el guión largo era apenas indistinguible del guión corto, y eso decía la academia que no podía ser.
Al día siguiente los aviones iban lanzados como cohetes, los semáforos tardaban siglos en cambiar de color, y el mundo estaba como enrarecido, encabritado. Especialmente gracioso era ver a ancianas en sillas de ruedas motorizadas a ochenta por hora y el pelo alborotado, como poseídas de forma repentina y ubicua por el espíritu de Sor Citroën.
Sería un caos si no fuera porque la gente estaba muy contenta con su nuevo saldo. Ebúrneo, redondo, sin decimales.
menéame