Todo era estupidez, oscuridad, en el relato oficial. Nosotros sabíamos que había otras historias: nuestros abuelos nos habían hablado de vida más allá de las pantallas, de imágenes que siempre mostraban la misma perspectiva. Sabíamos de otras puertas y queríamos llegar a ellas. Para ello, nos adentramos en pasillos interminables que llevaban a edificios que ya habían perdido su función. Abríamos cada cerradura con alegría porque sabíamos que la meta merecía la pena. El final fue el principio: encender la luz y sonreír a todas las estanterías polvorientas, a libros que llevaban años esperándonos. Ante tanto vértigo, sentarse en silencio, saborear el poder de cada palabra arrebatada suponía la felicidad. Más que leer, era resistir. Era hacer de cada párrafo un recordatorio de que el saber, aunque despreciado, nunca muere.