LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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Oda a la ciencia, de Richard P. Feyman

Oda a la ciencia, de Richard P. Feyman

He ahí las olas presurosas

montañas de moléculas,

cada una estúpidamente ocupada en lo suyo,

separadas por trillones,

y empero,

formando blanca espuma al unísono.

Edad tras edad

antes que ojo alguno pudiera ver;

año tras año

golpeando atronadoras en la orilla, como ahora.

¿Para quién? ¿para qué?

En un planeta muerto

sin vida que entretener.

Jamás en reposo

torturado por la energía

prodigiosamente derrochada por el Sol

lanzada hacia el espacio.

Una pizca hace rugir al mar.

En lo profundo del mar

todas las moléculas repiten

los patrones de otra

hasta formar otras nuevas más complejas.

Ellas hacen otras como ellas

y un nuevo baile comienza.

Creciendo en tamaño y complejidad

cosas vivas

masas de átomos

ADN, proteínas,

bailando una danza aún más intrincada.

Abandona la cuna

para pisar tierra firme,

ahí está de pie:

átomos con conciencia;

materia con curiosidad.

Plantado frente al mar

se pregunta por qué se pregunta:

un universo de átomos,

un átomo en el universo.

Richard P. Feyman (Nueva York, 1918 - Los Ángeles, 1988)

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Carta del Politburó a Vassili Grossmann, sobre su obra "Vida y Destino"

En su carta solicita que se publique su novela, Vida y destino. Eso es imposible. Usted dice que su libro está escrito con sinceridad, pero la sinceridad no es el único requisito para la creación de una obra literaria en nuestros días.

Su novela es hostil al pueblo soviético; su publicación perjudicaría no sólo a nuestro pueblo y al Estado soviético, sino a todos los que luchan por el comunismo fuera de la Unión Soviética. La novela beneficiaría a nuestros enemigos.

Estamos restableciendo las normas de la democracia fijadas por Lenin. Pero esas normas no son las de la burguesía. Considera usted que en su caso hemos violado el principio de libertad. Si es así, entiende la libertad en el sentido burgués.

Pero nosotros tenemos otra noción de libertad.

No entendemos la libertad del mismo modo que los capitalistas, como el derecho a hacer todo lo que a uno le venga en gana sin tener en cuenta los intereses de la sociedad. Esa libertad sólo es necesaria para los imperialistas y los millonarios.

Nuestros escritores soviéticos deben producir sólo lo que el pueblo necesita, lo que es útil a la sociedad. Todos los que han leído su libro coinciden en su valoración: lo consideran políticamente nocivo para nosotros. ¿Por qué deberíamos añadir su libro a las bombas atómicas que nuestros adversarios preparan contra nosotros?

En su libro aparecen comparaciones directas entre nosotros y el fascismo hitleriano. Ofrece una descripción falsa e incorrecta de nuestra gente, los comunistas. ¿Cómo habríamos podido ganar la guerra con una gente como la que usted describe?

En su libro habla favorablemente de la religión, de Dios, del catolicismo. En su libro defiende a Trotski. Está repleto de dudas acerca de la legitimidad de nuestro sistema soviético.

Usted sabe cuánto daño nos hizo el libro de Pasternak. Todos los que han leído el suyo coinciden en observar que el daño que causaría Vida y destino sería infinitamente mayor que El doctor Zhivago.

Tengo en mucha estima sus libros Stepán Kolguchin, El pueblo es inmortal y Por una causa justa. Lo invito a volver a las posiciones que mantenía cuando escribió esos libros.

Mijail Suslov

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Deconstrucción posmoderna de Adriano Erriguel (de esa que odiáis, pero la voy a hacer)

Hoy a mi pesar me encuentro en el tema de querer desmontar mitos. Mitos sobre el posmodernismo y su supuesto anti-intelectualismo y anti-cientifismo. Y bueno... a mi pesar vamos a analizar deconstructivamente el artículo que @feindesland ha publicado de un tal Adriano Erriguel. El artículo en concreto está aquí aunque lo iré citando párrafo por párrafo. Y todos mis respetos tanto a Adriano como a @feindesland. Pero bueno... ¡Vamos allá!

Es bien sabido que, desde un punto de vista filosófico, la posmodernidad irrumpió como la muerte de los llamados “grandes relatos”: las construcciones ideológicas que suministraban explicaciones omnicomprensivas de la realidad: las religiones, el patriotismo, el marxismo, el progresismo, etc. Todas estas construcciones ideológicas eran, huelga decirlo, mortalmente serias 

Desde el inicio, el texto incurre en una generalización abusiva y engañosa: afirma que “es bien sabido que la posmodernidad trajo consigo la implosión de la Verdad”, como si de una ley aceptada universalmente se tratase. Esa fórmula –“es bien sabido”– no es inocente: actúa como dispositivo de autoridad, como si la afirmación no necesitara ser argumentada porque pertenece ya al sentido común. Pero lo que sigue es todo menos incuestionable.

La afirmación de que la posmodernidad eliminó la verdad es una distorsión forzada del pensamiento posmoderno. La crítica que autores como Lyotard, Foucault o Derrida realizaron no se dirigía contra las verdades verificables mediante el método científico, sino contra los “grandes relatos” legitimadores: es decir, las ideologías totalizantes que pretendían ofrecer un sentido universal y definitivo de la historia, del progreso, de la moral o de la identidad. Cuestionar el colonialismo, el patriarcado o el cientificismo como formas de poder no es negar que el agua hierva a 100 °C a una atmósfera de presión.

👉 En ningún momento estos pensadores sostuvieron que las ciencias formales como las matemáticas, o las ciencias naturales como la física, fueran "relatos" intercambiables con la astrología o la religión. De hecho, la matemática sigue funcionando con lógica deductiva y principio del tercero excluido, y la física mantiene su estructura falsable basada en modelos predictivos y estadística empírica. Eso no cambió, ni se implosionó.

Confundir ese tipo de conocimiento con “narrativas” al estilo mitológico o ideológico es caer en un relativismo que los propios posmodernos habrían criticado si se les hubiera atribuido con justicia. Además, esta confusión mina cualquier posibilidad de análisis serio, porque equipara la estructura epistemológica de la ciencia con las estructuras de poder simbólico que la posmodernidad buscó desmantelar.

En resumen: el texto se presenta como “analítico” pero incurre, ya de entrada, en un abuso de autoridad discursiva, en una falsa atribución (la posmodernidad niega la verdad), y en una comparación tramposa entre niveles de realidad radicalmente distintos. Y eso no es "bien sabido". Eso es desinformación.

A partir de los años setenta del pasado siglo la posmodernidad introdujo un elemento de juego, de aleatoriedad y de cinismo en un mundo en el que la Verdad había implotado, y en el que los metarrelatos daban paso a una miríada de microrrelatos, todos ellos tan válidos como irrelevantes. Conviene tener presente que la posmodernidad filosófica se define, ante todo y por encima de todo, por los juegos de lenguaje . Desde sus presupuestos casi todo se reconduce a una cuestión de semiótica , al libre juego entre el significante y el significado , a la desacralización del lenguaje, que se ve expuesto como envoltura retórica con infinitos niveles de lectura. Nada hay, por tanto, que pueda salvarse de la quema: todo es susceptible de ser deconstruido en inacabables juegos lingüísticos con un horizonte de autonomía absoluta desde el momento en que ninguno de ellos remite a una realidad trascendente .

Claaaaro, el problema es que el posmodernismo juega con el lenguaje. ¡Qué travesura! Como si antes del posmodernismo todo el mundo hubiera usado el lenguaje con bisturí quirúrgico y respeto sagrado. Pobrecito el significante, desamparado, sin su significado, vagando por los márgenes de la historia mientras Derrida se ríe con voz de villano.

Y por supuesto, la... ¡chan chan cháaaaan! semiótica... esa cosa malvada que vino a decirnos que el lenguaje es una herramienta y no una paloma blanca enviada por los dioses. ¡Escándalo! ¿Cómo se atreven a decir que antes de contar vacas necesitamos comunicarnos para que no nos maten mientras las contamos? Pero bueno… sigamos culpando al posmodernismo de todo: del caos, del lenguaje, de la alergia primaveral y de que se nos quemen las tostadas. Porque sí, el lenguaje es una herramienta, y además una de las más antiguas, versátiles y democráticas que tenemos. No hay nada que “desacralizar” porque nunca fue sagrado: fue útil. Antes de contar ovejas ya nos comunicábamos y hasta hay gente que dice que para tener una propiedad pública y común que arrastrábamos en caravanas, cuando las riquezas y lo no prescindible pesaban demasiado.

El lenguaje sirve para sobrevivir, para coordinar, para amar, para engañar, para imaginar… ¿y ahora resulta que jugar con él es algo peligroso o radical? No, lo peligroso sería no poder jugar con él.

👉 Que haya quien use el lenguaje para provocar, crear, subvertir o simplemente decir estupideces… pues claro. Para eso sirve. Como cualquier herramienta: depende de quién la use y para qué. ¿O acaso el martillo es malo porque alguien lo usó para romper una ventana? 

Toda esta cocción deconstruccionista –cuyas cabezas pensantes serían conocidas en América como la “french theory”– pasaría a proporcionar, en los años setenta, cierta credencial teórica al vendaval de gamberradas y de provocaciones que pasó a alojarse bajo el nombre de contracultura . Tomando el relevo de los situacionistas de los años 1950 y 60 (que estaban todavía lastrados de utopismo marxista) los “jóvenes airados” de la posmodernidad se alzaban sobre la quiebra del sistema valorativo burgués, al tiempo que cabalgaban las angustias e incertidumbres de la nueva sociedad posindustrial. En cierto modo estos jóvenes representaban la inversión nihilista y sarcástica del activismo progresista de 1968
Con la llegada de la posmodernidad, los dogmatismos ideológicos cedían el paso a una época en la que los punk se adornaban con esvásticas (corte de mangas al establishment de la Segunda Guerra Mundial), en la que las bandas de rock tenían nombres fascistas o anarquistas –Joy Division , New Order , Durruti Column –, en la que el “sex pistol” Sid Vicious disparaba sobre el público en un concierto y en la que el rockero Alice Cooper anunciaba que iba a colgar a un enano en el escenario. Provocaciones que hoy serían imposibles, pero que entonces a nadie se le ocurría tomar demasiado en serio. Al fin y al cabo, todo era una gigantesca broma –los punk eran compulsivos bromistas (pranksters )–, una distorsión irónica entre significantes y significados. Siguiendo la semiótica posmoderna todo parecía indicar que, al negarse la univocidad y la objetividad del lenguaje, al reivindicarse su inagotable polisemia, se llegaría a un estadio de libertad absoluta en que sería posible decirlo todo, cualquier cosa, anything goes . Y sin embargo …

Eeeem... aquí se están mezclando churras con merinas. A ver:

La contracultura de los 60 y 70 NO fue un producto directo del posmodernismo filosófico. Más bien, fue un movimiento social y cultural popular que emergió de la protesta contra la guerra de Vietnam, la injusticia racial, el consumismo, y la rigidez moral de la posguerra. El posmodernismo filosófico, en cambio, fue un desarrollo mucho más académico, elitista y teórico, que en esos años florecía en universidades europeas mayormente (e incluso algunas estadounidenses) con pensadores como Foucault, Derrida, Lyotard, que trabajaban sobre análisis del lenguaje, el poder y las estructuras culturales, pero sin un impacto masivo inmediato en la calle. El posmodernismo es, sobre todo, occidental. Tal y como puedan serlo también el marxismo y por desgracia el fascismo y la frenología.

Sí, hubo cierta coincidencia temporal y alguna influencia mutua, pero no es correcto ni serio decir que la contracultura fue la “manifestación popular del posmodernismo” o que el movimiento punk o las provocaciones eran esencialmente posmodernas. Más bien, fueron respuestas rebeldes, con un carácter político claro y ancladas en realidades concretas, como la resistencia contra la guerra y la autoridad, no en juegos semióticos o deconstructivos. El posmodernismo llegó después para teorizar, analizar y criticar la modernidad desde la academia, mientras que la contracultura fue más bien la explosión social y cultural que expresaba el malestar de la época.

Por cierto: lo que también destila el último párrafo ¿no es un poco peligroso? Lo que se está insinuando aquí es, en realidad, bastante serio: que no hay ningún terreno firme desde el cual discutir o poner a prueba las afirmaciones. Pero todo puede (y debe) ser puesto en cuestión: ya sea mediante el método científico —que, por cierto, no es rechazado por el pensamiento posmoderno, aunque sí cuestionado en su pretendida objetividad y en su papel como único garante de verdad— o a través de la argumentación racional, basada en el lenguaje, que también tiene sus reglas.

👉¿No es eso, al fin y al cabo, lo que algunos llaman el “mercado libre de ideas”? La posibilidad de debatir, de contrastar perspectivas, de criticar incluso los marcos desde los que criticamos. Ese es el verdadero escepticismo, el que nos ha hecho desechar científicamente tanto cuentos de hadas como la astrología, mala ciencia soviética como la que se opuso a Nikolái Vavílov o puro racismo hecho ciencia como la frenología.

Sin embargo, sucedió justamente lo contrario. Al cabo de dos décadas un nuevo puritanismo –la corrección política– desencadenó una purga inquisitorial sobre el vocabulario; listas enteras de palabras quedaron proscritas, malditas, para ser sustituidas por una una orwelliana “Nuevalengua” destinada a blindar los dogmas del sistema. La risa pasó a contemplarse con desconfianza, en cuanto casi siempre es irrespetuosa, suele ser cruel y es además susceptible de ofender a alguna minoría. Por eso la risa pasó a enlatarse en las fórmulas previsibles y pasteurizadas de los guiñoles televisivos y del “entretenimiento informativo” (infotainment ). Las sofisticaciones posmodernas cedieron al paso a un furor moralista y justiciero que todo lo invadía y que no toleraba ambigüedades. La empresa positiva de unificación benéfica de la humanidad no tolera bromas fuera del guión: autocensura y vigilancia, todos somos pecadores.

Aquí todo bien, ¿no? Hablando de “purga inquisitorial” y de una “Nuevalengua orwelliana” como si la corrección política fuera un mal absoluto que impone censura masiva. Pero hay que distinguir bien las cosas. La censura auténtica, como la histórica lista Haines en la televisión norteamericana, sí existió: prohibían palabras y contenidos para no ofender al “público general” según criterios muy conservadores y muchas veces arbitrarios. Eso era censura, punto. Pero lo que hoy llamamos corrección política, en realidad, no es censura sino la negativa a tolerar discursos de odio y discriminación. No se trata de silenciar opiniones o pensamientos críticos, sino de no darle espacio social a la intolerancia y la violencia simbólica. No es cerrar bocas, sino establecer límites para que la convivencia sea posible. 

Ser intolerantes con la intolerancia no es censura; es una cuestión de justicia social y respeto básico a la dignidad de personas y grupos LQTBiQa+ y otras minorías. El lenguaje del odio no debe tener cabida en una sociedad que se dice democrática. Así que hablar de “purga” y “Nuevalengua” es confundir intencionadamente la legítima lucha contra la discriminación con un supuesto totalitarismo lingüístico. 

¿Cómo va a ser la risa “pasteurizada” y vigilada la que llaman woke o posmoderna? ¿Acaso no hemos visto suficientes sitcoms estadounidenses? Esa es una crítica demasiado simplista y un poco desconectada de la realidad histórica del humor en la televisión. Ese humor “neutro” del que hablan no es woke ni mucho menos progresista; más bien era el humor conservador, encorsetado en normas de la época, que apuntaba a mantener el orden social tradicional. Se regía por un sentido “familiar” que, lejos de ser inocente, actuaba como un filtro para evitar cuestionamientos profundos y para mantener en su sitio a “los sospechosos habituales”: minorías, disidentes, grupos marginados.

Este humor edulcorado no es producto de la corrección política moderna, sino un reflejo del control social previo, que limitaba la libertad de expresión a la comodidad del statu quo y la complacencia con estructuras opresivas. Lejos de promover un debate real o una crítica social, ese tipo de humor funcionaba para domesticar, para evitar que la gente se cuestionara lo esencial.

Por eso, atribuir este tipo de humor a un furor moralista y justiciero posmoderno es confundirse y olvidar que ese control del humor ya venía de mucho antes, desde una cultura televisiva bastante conservadora y rígida, nada que ver con la crítica progresista que intenta abrir espacios de diversidad y respeto.

¿Eso era, a fin de cuentas, la posmodernidad? Si en sus inicios ésta se presentaba como un horizonte de posibilidades infinitas, desde el punto de vista de las libertades concretas –libertad de pensar, libertad de disentir, libertad de crear, libertad de provocar– el experimento desembocó en todo lo contrario: en el Imperio del Bien (Philippe Muray) con sus devotos, sus capillas y sus “ligas de la Virtud”. Un monumental fiasco. Cabe por tanto preguntarse si la posmodernidad –que al fin y al cabo anunciaba el fin de los “grandes relatos”– no fue adulterada o traicionada, hasta ser reconducida hacia un nuevo/viejo “gran relato” progresista, biempensante y mundialista, nada cínico y mortalmente serio.

Vamos a dejar las tonterías de comparar el progresismo con una religión, ¡que ya cansa! Es la misma retórica vieja que usan los más retrógradas, esos mismos que se autodenominan “Alt-right en EEUU” y que se quejan de las “capillitas” progresistas como si el activismo por la justicia social fuera una secta. Lo que pasa es que no quieren perder privilegios ni que se cuestione su poder. Lo de “lo bienpensante” se usa como insulto para desacreditar cualquier postura que defienda la inclusión, como si eso fuera algo negativo. Pero pregunto yo: ¿no es mucho mejor tener una cultura que lucha contra el odio, que protege a las minorías y que pone límites claros al discurso de la intolerancia? ¿Desde cuándo defender la empatía, la diversidad y el respeto se volvió algo malo? ¿Y desde cuándo eso fue posmoderno, que no es más que una rama de la filosofía que se ocupa del conocimiento e indirectamente del problema de la demarcación? ¿También nos damos cuenta que la mayor parte de lo que en derecha se llaman "políticas identitarias" no tienen ninguna cabida en el posmodernismo más clásico igual que no lo tienen Marx y otras identidades como las nacionales?

Lo que el texto llama un “fiasco” es en realidad una batalla constante por expandir libertades reales, no una traición ni una vuelta a ningún “gran relato” dogmático (sobre todo si es posmodernismo) sino la lucha por una sociedad más justa, plural y humana.

Como final: Y por si queda alguna duda: el posmodernismo y el escepticismo científico no son enemigos. De hecho, comparten algo esencial: la desconfianza ante los relatos únicos, cerrados, que pretenden explicarlo todo.

👉 El escepticismo científico parte de la duda. No da nada por sentado, somete las ideas a revisión constante, y asume que el conocimiento siempre es provisional.

El posmodernismo, por su parte, invita a poner en cuestión los discursos dominantes. No para negar la realidad, sino para entender quién habla, desde dónde, y a quién beneficia esa "verdad".

Ambas posturas comparten una actitud crítica: la resistencia a aceptar verdades absolutas sin examen, ya sean científicas, políticas o culturales.

No se trata de relativismo sin brújula, sino de una conciencia más profunda de los límites del saber. De que incluso nuestras certezas están enmarcadas en contextos, intereses y perspectivas.

En el fondo, no hay tanto abismo entre ambos enfoques. Solo distintas maneras de hacerse una misma pregunta:

¿cómo es que sabemos lo que creemos saber?

Y sin más aquí tenéis mi problemática y deconstrucción al articulete de marras. Un abrazo a todas, todos y todes.

Edit: en artículos no sé cómo poner etiquetas, voy a ponerlas como hargstags...

#Posmodernismo #Crítica #Conocimiento #Problematización #Woke #Progresdemierda #regres

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¿Una nueva lucha de clases?

¿Una nueva lucha de clases? Esa es una tesitura en la que la izquierda ni está ni se la espera. ¿Qué hace, hoy por hoy, la izquierda culturalmente hegemónica? Embargada por la ideología arco iris y el multiculturalismo Benetton, la izquierda celebra la “diversidad”, reivindica las minorías sexuales, radicaliza el feminismo, aboga por las fronteras abiertas, reescribe el pasado (la “memoria histórica”) y persevera en su épico combate contra la “sociedad heteropatriarcal”, contra la Iglesia que nos oprime y el fascismo que nos amenaza .

Claro que siempre habrá alguien que diga que todos estos temas son el sonajero que el capitalismo ha vendido a la izquierda, para mantenerla entretenida y tranquila. Pero también cabe pensar lo contrario: que la izquierda no necesita ayudas para equivocarse y que todos estos temas proceden de la propia izquierda; más en concreto: de la izquierda posmoderna , la gran encargada de suministrar al capitalismo los liftings ideológicos de temporada.

Jean Claude Michea

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Ética del trabajo

Si no puedes, te ayudamos; si no sabes, te enseñamos; si no quieres, te obligamos. 

Movimiento Obrero Soviético

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Escrito entre 1997 y 1998

Fragmento de un novelón de 300 páginas de ciencia ficción que escribí entre 1997 y 1998, esta obra no se publicó y ahí sigue en un cajón virtual de un disco duro. Cosas que pasan en este mundillo. Me he acordado al leer esta noticia: www.meneame.net/story/contrariamente-creencia-popular-waymos-realidad-

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-Mi familia se dedicaba a la contratación de limpiadores caseros en Asiasur, ya sabes, esos que teletrabajan desde allí y limpian aquí -contestó con cierto tono agrio.

-¿Dedicaba? -pregunté con mucha curiosidad.

-Murieron los dos en uno de los viajes organizados a la estación orbital. Sobredosis de “kilim”, los jodidos eran adictos a ese derivado sintético de colocón inyectado en el hipotálamo -dijo con total tranquilidad, como si no fuera con ella.

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La filosofía de Andy Warhol

Lo genial de este país es que EE.UU empezó la tradición de que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres. Puedes estar viendo la televisión y ver Coca Cola, y sabes que el presidente bebe Coca Cola, que Liz Taylor bebe Coca Cola, y se te ocurre que tú también puedes beber Coca Cola. Una coca es una coca, y no hay fortuna que te pueda conseguir una mejor que la que está bebiendo el mendigo de la esquina. Todas las cocas son la misma, y todas las cocas son buenas. Lo sabe Liz Taylor, lo sabe el presidente, lo sabe el mendigo de la esquina, y lo sabes tú.

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Renuncias

Si la derecha ha renunciado a la nación, y la izquierda ha renunciado al pueblo, sólo quedan las minorías identitarias, atomizadas, cada cual con la bandera de su propia tontería, justo antes de que la conviertan en pin, en taza o en gorra, a mayor gloria de los neoliberales y su mercado omnipresente.

Daria Izdraila

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Una manera de medir a la gente

La personas superiores hablan de ideas.

Las personas medianas hablan de hechos.

Las personas inferiores hablan de otras personas.

Ernst Jünger. La emboscadura.

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El tiempo de los asesinos - Henry Miller (1956)

Y los tontos hablan de reparaciones, inquisiciones, retribución, de alineamientos y coaliciones, de comercio libre, estabilización económica y rehabilitación. Nadie cree, en el fondo de su corazón, que la situación mundial tenga arreglo. Todo el mundo espera el gran acontecimiento, lo único que nos preocupa día y noche: la próxima guerra. Todo lo hemos trastocado y nadie sabe dónde ni cómo hallar la llave del control. Los frenos están todavía allí, pero ¿funcionan? Sabemos que no. El demonio está en libertad. La edad de la electricidad ha quedado tan atrás en el tiempo como la edad de piedra . Esta es la edad del poder, puro y simple. Se trata ahora del cielo o el infierno; ya no hay alternativa; y según todos los indicios, elegiremos el infierno.

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El hombre que despertó en el futuro

Los periódicos se ocuparon del caso durante todo el mes de septiembre. Las noticias llegaban de puntos tan dispares como Venezuela o Montecarlo: «Localizado el banquero desaparecido». Pero siempre resultaban erróneas. Por último, la desaparición de Norman Winters quedó como uno de aquellos misterios que sólo pueden resolver esos grandes detectives que son el Tiempo y la Casualidad. Sus datos personales fueron difundidos del uno al otro confín del mundo civilizado: estatura, un metro setenta y ocho; descripción, cabello castaño, ojos color gris oscuro, nariz aguileña, piel blanca; cuarenta y seis años; aficiones, historia y biología; señas particulares, un pequeño lunar al borde de la ventana derecha de la nariz.

Su hijo no pudo dedicar mucho tiempo a la búsqueda, pues un mes antes de su desaparición Winters se había retirado prácticamente de los negocios, dejándolos en las capaces manos de aquél. No había ningún indicio en cuanto a sus motivos, porque carecía absolutamente de enemigos y disponía de todo el dinero necesario para satisfacer sus inclinaciones científicas. En octubre, sólo la generosamente pagada agencia de detectives que había contratado su hijo se acordaba del hombre desaparecido. Aquel año la nieve llegó temprana al suburbio de Westchester donde estaba sita la residencia de Winters, cubriendo la tierra con su manto blanco. En las colinas de la otra orilla del Hudson, los osos dormían el sueño invernal en sus madrigueras, debajo de la tierra y el hielo.

En el estanque de la propiedad, los sapos habían desaparecido para ocultarse bajo el barro del fondo: un milagro de hibernación, un desafío a la agudeza de los biólogos. El mundo siguió ocupándose de sus asuntos invernales y se desentendió del banquero desaparecido. Y, sin embargo, les habría bastado fijarse en los sapos... o en los osos, para tener una pista.

Pero el verdadero escondite de Norman Winters era aún más extraño. Yacía quince metros bajo la helada tierra, en una cámara cuya anchura era de tres metros y medio, hecho un ovillo entre suaves edredones apilados hasta un metro y medio de espesor, con los ojos cerrados. Vivía en la oscuridad de la noche eterna y en el silencio absoluto. Durante todo el mes de octubre su corazón latió lenta y levemente y, si alguien hubiera entrado con una luz, habría observado que su pecho subía y bajaba de vez en cuando. En noviembre, incluso esos indicios de vida cesaron y la figura quedó inmóvil.

Transcurrieron semanas y la nieve se derritió. Los osos salieron hambrientos de sus cuarteles de invierno y se dispusieron a restaurar sus carnes enflaquecidas. Los sapos regresaron con las primeras noches cálidas de la primavera, tan melodiosos para los amantes de la naturaleza como odiosos para las personas de sueño ligero. Pero Norman Winters no despertó de su sueño a estos anuncios primaverales. Su cuerpo yacía inmóvil; con la inmovilidad de la muerte y sus rasgos tenían una palidez de cera. No se había iniciado la descomposición, y los tejidos estaban turgentes y frescos. Las heladas no llegaban a tan gran profundidad. Pero la temperatura que reinaba en la cámara no se explicaba por este solo hecho. En efecto, una caja cerrada situada en un rincón había irradiado durante todo el invierno una determinada cantidad de calorías. Por la pared de la cámara descendía una gruesa cañería de plomo procedente de un conducto tallado en la roca, hasta llegar a dicha caja cerrada. Otra tubería similar salía de ésta y desaparecía en el suelo. Sobre la caja había un cuadrante, a primera vista parecido a la esfera de un reloj. Su escala, expresada en millares, tenía cien divisiones, y el índice apuntaba un poco por debajo de la correspondiente al dos mil.

Dos hilos de platino iban desde la caja hasta la figura inmóvil entre el rimero de edredones, conectados a dos bandas de oro: una que ceñía una muñeca, y la otra el tobillo del lado opuesto. Más allá, una especie de armario empotrado en la roca, cerrado y misterioso como todo lo que contenía aquella cámara. Pero allí no había luz que permitiera ver todo esto, sólo oscuridad, la negrura de la noche eterna, la ciega y sofocante oscuridad de los sepulcros. La luz, fuente de vida y alegría estaba desterrada de aquel lugar. Un forro de plomo inalterable aprisionaba el aire; el polvo en suspensión se había precipitado a los pocos días, cosa que nunca ocurre en la atmósfera de nuestro mundo, dejando la de la cámara tan pura e inmóvil y tan estéril como un cristal. Porque sin cambio y movimiento, no puede haber vida. En el aire flotaba un débil olor a desinfectante, como si las bacterias tampoco estuviesen toleradas en aquel lugar de muerte.

"El hombre que despertó en el futuro." Laurence Manning.

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Mayo del 68...

Ahora los periodistas de todo el mundo

Os lamen el culo. Yo no, queridos

Tenéis caras de hijos de papá

Os odio como odio a vuestros padres (… )

Cuando ayer en Valle Giulia os pegasteis

Con los policías

¡Yo simpatizaba con los policías!

Porque los policías son hijos de pobres

PIER PAOLO PASOLINI

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La desviación política

Vivimos bajo el poder censor de “las minorías”.

Lo que también responde a la lógica neoliberal. Cuando éstas desvían el epicentro de la contestación social a la lucha contra el racismo, el heteropatriarcado y la moral sexual tradicional –es decir, contra la “punición de los cuerpos”– los nuevos movimientos sociales contribuyen a desactivar la lucha contra las desigualdades sociales.

De esta forma el Estado-providencia mutó en Estado-neoliberal, la lucha contra la exclusión pasó a sustituir a la lucha contra la explotación, y la protección de las “minorías” pasó a sustituir a la protección de los trabajadores.

Maxime Ouellet

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Historias de viejos psiquiatras

En 1886, el psiquiatra Richard von Krafft-Ebing describió un extraño caso: el marido de una pareja de recién casados se conformó la primera y segunda noche con besar a su esposa y «revolverle» el cabello. Luego se dormía. La tercera noche le pidió que se pusiera una peluca con la melena larga. «Ella accedió y entonces él cumplió con creces sus descuidados deberes maritales», escribe el psiquiatra. A partir de entonces, el hombre siempre tenía a mano una peluca que primero acariciaba y luego le ponía en la cabeza a su esposa. En cuanto ella se la quitaba «perdía todo atractivo para su marido». Las pelucas perdían su «eficacia» al cabo de diez o doce días, entonces había que sustituirlas por otras, «siempre de cabello abundante».

En los primeros cinco años de matrimonio tuvieron dos hijos y el marido reunió una colección de setenta y dos pelucas.

Cafe y cigarrillos. Ferdinand Von Schirach

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El fiasco posmoderno

Es bien sabido que, desde un punto de vista filosófico, la posmodernidad irrumpió como la muerte de los llamados “grandes relatos”: las construcciones ideológicas que suministraban explicaciones omnicomprensivas de la realidad: las religiones, el patriotismo, el marxismo, el progresismo, etc. Todas estas construcciones ideológicas eran, huelga decirlo, mortalmente serias . A partir de los años setenta del pasado siglo la posmodernidad introdujo un elemento de juego, de aleatoriedad y de cinismo en un mundo en el que la Verdad había implotado, y en el que los metarrelatos daban paso a una miríada de microrrelatos, todos ellos tan válidos como irrelevantes. Conviene tener presente que la posmodernidad filosófica se define, ante todo y por encima de todo, por los juegos de lenguaje . Desde sus presupuestos casi todo se reconduce a una cuestión de semiótica , al libre juego entre el significante y el significado , a la desacralización del lenguaje, que se ve expuesto como envoltura retórica con infinitos niveles de lectura. Nada hay, por tanto, que pueda salvarse de la quema: todo es susceptible de ser deconstruido en inacabables juegos lingüísticos con un horizonte de autonomía absoluta desde el momento en que ninguno de ellos remite a una realidad trascendente .

Toda esta cocción deconstruccionista –cuyas cabezas pensantes serían conocidas en América como la “french theory”– pasaría a proporcionar, en los años setenta, cierta credencial teórica al vendaval de gamberradas y de provocaciones que pasó a alojarse bajo el nombre de contracultura . Tomando el relevo de los situacionistas de los años 1950 y 60 (que estaban todavía lastrados de utopismo marxista) los “jóvenes airados” de la posmodernidad se alzaban sobre la quiebra del sistema valorativo burgués, al tiempo que cabalgaban las angustias e incertidumbres de la nueva sociedad posindustrial. En cierto modo estos jóvenes representaban la inversión nihilista y sarcástica del activismo progresista de 1968. Con la llegada de la posmodernidad, los dogmatismos ideológicos cedían el paso a una época en la que los punk se adornaban con esvásticas (corte de mangas al establishment de la Segunda Guerra Mundial), en la que las bandas de rock tenían nombres fascistas o anarquistas –Joy Division , New Order , Durruti Column –, en la que el “sex pistol” Sid Vicious disparaba sobre el público en un concierto y en la que el rockero Alice Cooper anunciaba que iba a colgar a un enano en el escenario. Provocaciones que hoy serían imposibles, pero que entonces a nadie se le ocurría tomar demasiado en serio. Al fin y al cabo, todo era una gigantesca broma –los punk eran compulsivos bromistas (pranksters )–, una distorsión irónica entre significantes y significados. Siguiendo la semiótica posmoderna todo parecía indicar que, al negarse la univocidad y la objetividad del lenguaje, al reivindicarse su inagotable polisemia, se llegaría a un estadio de libertad absoluta en que sería posible decirlo todo, cualquier cosa, anything goes . Y sin embargo …

Sin embargo, sucedió justamente lo contrario. Al cabo de dos décadas un nuevo puritanismo –la corrección política– desencadenó una purga inquisitorial sobre el vocabulario; listas enteras de palabras quedaron proscritas, malditas, para ser sustituidas por una una orwelliana “Nuevalengua” destinada a blindar los dogmas del sistema. La risa pasó a contemplarse con desconfianza, en cuanto casi siempre es irrespetuosa, suele ser cruel y es además susceptible de ofender a alguna minoría. Por eso la risa pasó a enlatarse en las fórmulas previsibles y pasteurizadas de los guiñoles televisivos y del “entretenimiento informativo” (infotainment ). Las sofisticaciones posmodernas cedieron al paso a un furor moralista y justiciero que todo lo invadía y que no toleraba ambigüedades. La empresa positiva de unificación benéfica de la humanidad no tolera bromas fuera del guión: autocensura y vigilancia, todos somos pecadores.

¿Eso era, a fin de cuentas, la posmodernidad? Si en sus inicios ésta se presentaba como un horizonte de posibilidades infinitas, desde el punto de vista de las libertades concretas –libertad de pensar, libertad de disentir, libertad de crear, libertad de provocar– el experimento desembocó en todo lo contrario: en el Imperio del Bien (Philippe Muray) con sus devotos, sus capillas y sus “ligas de la Virtud”. Un monumental fiasco. Cabe por tanto preguntarse si la posmodernidad –que al fin y al cabo anunciaba el fin de los “grandes relatos”– no fue adulterada o traicionada, hasta ser reconducida hacia un nuevo/viejo “gran relato” progresista, biempensante y mundialista, nada cínico y mortalmente serio.

Adriano Erriguel

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Los trabajadores quemados dentro de las ONG

Una enorme pluralidad de trabajadores padece lo que se conoce como el síndrome del trabajador quemado, pero esto puede variar de un sector profesional a otro. En el sector del comercio, la obligación de esbozar una sonrisa durante un turno de ocho horas puede suponer un gran esfuerzo. En el caso de los trabajadores de ONG y de otros comprometidos con una causa, es un poco diferente. La Organización Mundial de la Salud califica el síndrome del trabajador quemado como una «sensación de agotamiento de energía o extenuación; un aumento de la distancia mental hacia el propio trabajo o un sentimiento de negatividad o cinismo hacia el propio trabajo, y una reducción de la eficacia profesional». Una definición como esta parte del supuesto de que el trabajador había tenido previamente una conexión mental con su trabajo y sentimientos positivos hacia él; solo la parte de la «extenuación» se aplica por igual a todos los trabajadores. Expresado de otro modo, estar quemado es un problema de la época del trabajo por amor, y no es de extrañar que a menudo quiera abordarse en el contexto de los trabajadores de ONG o activistas políticos, pues de ellos se espera, como le sucedía a Ashley Brink, que dediquen su vida al trabajo porque creen en la causa. Sin embargo, cada vez resulta más difícil creer en la causa cuando es la propia causa la que te maltrata.

Aun así, estas organizaciones se resisten a mejorar sus condiciones laborales. Cuando, durante la presidencia de Barack Obama, el Departamento de Trabajo de Estados Unidos se propuso elevar el umbral de las horas extraordinarias, lo que habría significado que más empleados pasaran a cobrar las horas extras que trabajaban, varias de las principales organizaciones sin ánimo de lucro emitieron comunicados en los que afirmaban que pagar más horas extras las llevaría a la quiebra. Los directivos de estas organizaciones alegaron que, si se destinaba más dinero a los salarios, habría que reducir los servicios, enfrentando así las necesidades del personal de las ONG con las de las personas a las que prestan un servicio. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de unos salarios ya de por sí bastante bajos: un estudio realizado en 2014 reveló que más del 40 por ciento de los empleados del sector sin ánimo de lucro de Nueva Inglaterra, una de las zonas más caras de Estados Unidos, ganaba menos de veintiocho mil dólares al año, un sueldo que se situaba muy por debajo de la media nacional. Un observador señaló: «Con demasiada frecuencia he visto cómo la pasión por el cambio social se ha convertido en un arma contra las mismas personas que hacen gran parte —por no decir todo— del trabajo duro y le dedican más horas que nadie». Distintos estudios han señalado que las organizaciones sin ánimo de lucro en Estados Unidos y Canadá tienen unas tasas de rotación de personal más elevadas que el conjunto del mercado laboral (señal inequívoca de que se presiona a los trabajadores a que dediquen esfuerzos muy prolongados y apenas puedan escapar de esa rutina, salvo cambiando de trabajo o, tal vez, incluso de sector). Estas organizaciones echan la culpa a unos presupuestos ajustados y a la falta de flexibilidad de los benefactores, pero también es cierto que la cultura sin ánimo de lucro prioriza el «hacer más con menos».

Trabajar, un amor no correspondido. Sahra Jaffe.

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Comida basura

Los alimentos se digieren más fácilmente cuanto más cerca están de ser mierda. Es pura lógica.

Campos de Londres. Martin Amis.

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Cuidado...

La Historia está más cerca de lo que aparenta en el retrovisor.

Las tempestálidas. Gospodinov.

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“El juego más peligroso”. The Most Dangerous Game (Richard Connell)

“Ahí fuera a la derecha —en algún lugar— hay una isla grande” dijo Whitney. “Se trata más bien de un misterio”.

“¿Qué isla es?” Preguntó Rainsford.

“Las antiguas cartas de navegación la llaman isla atrapa-barcos”, respondió Whitney. “Un nombre sugerente ¿verdad? Los marineros tienen un temor curioso hacia el lugar. No sé el porqué. Alguna superstición”.

“No puedo verla”, señaló Rainsford, intentando escrutar a través de la ardiente noche tropical, la cual era palpable en tanto empujaba su densa negrura sobre el navío.

“Tienes buenos ojos”, dijo Whitney con una risa, “y te he visto derribar un alce que se movía en el bosque de otoño a cuatrocientas yardas, pero ni siquiera tú puedes ver a más o menos cuatro millas a través de una noche caribeña sin luna.

“Ni cuatro yardas”, admitió Rainsford. “¡Ugh! Es como terciopelo negro húmedo”.

“Habrá luz suficiente en Río”, prometió Whitney. “Deberíamos llegar en cuatro días. Espero que los rifles para jaguares hayan llegado desde Purdey’s. Deberíamos pasarlo bien cazando por el Amazonas. Un gran deporte, la caza”.

“El mejor del mundo”, aceptó Rainsford.

“Para el cazador”, enmendó Whitney. “No para el jaguar”.

“No digas bobadas, Whitney”, dijo Rainsford. “Eres un cazador de primera, no un filósofo. ¿A quién le importa lo que sienta el jaguar?”.

“Quizá al jaguar”, observó Whitney.

“¡Bah! No tienen entendimiento”.

“Aún así, pienso de veras que entienden una cosa: el miedo. El miedo al dolor y el miedo a la muerte”.

“Tonterías”, rió Rainsford. “Este clima cálido te está volviendo débil, Whitney. Sé realista. El mundo está conformado por dos clases: cazadores y cazados. Por suerte tú y yo somos cazadores. ¿Crees que hemos pasado ya esa isla?”

“No puedo decirlo en la oscuridad. Espero que sí”.

“¿Por qué?”, preguntó Rainsford.

“El lugar tiene reputación. Una mala”.

“¿Caníbales?”, sugirió Rainsford.

“Dificilmente. Ni siquiera los caníbales vivirían en semejante sitio dejado de la mano de Dios. Pero ha llegado de alguna manera al imaginario de los marineros. ¿No te has dado cuenta de que los nervios de la tripulación están hoy algo a flor de piel?”. 

“Estaban un poco raros, ahora que lo comentas. Incluso el Capitán Nielsen…”

“Sí, incluso ese viejo sueco cabeza dura que se echaría encima del diablo para pedirle fuego. Esos ojos azules de pez tenían una pinta que no había visto antes. Todo lo que le pude sacar fue 'Este lugar tiene un mal nombre entre los marinos, señor'. Y entonces me dijo gravemente '¿No nota nada? Como si el aire alrededor de nosotros fuera realmente venenoso'. Entonces —y no deberías reírte cuando te lo diga— sentí algo parecido a un frío repentino. No había brisa. El mar estaba tan liso como una ventana de cristal. Estábamos deslizándonos en ese momento cerca de la isla. Lo que percibí fue un temblor en la mente, algún tipo de pánico repentino”.

“Pura imaginación”, dijo Rainsford. “Un marinero supersticioso puede contaminar a toda la tripulación de un barco con su miedo”.

“Quizás. Pero creo que a veces los marinos tienen un sentido extra que les dice cuando están en peligro. En ocasiones pienso que la maldad es algo tangible, que tiene ondas al igual que el sonido o la luz. Un lugar maligno puede, por decirlo de alguna manera, emitir vibraciones malignas. De alguna manera me alegro de salir de esta zona. Bueno, creo que me voy a ir ahora a dormir, Rainsford”.

“No tengo sueño”, dijo el otro. “Voy a fumarme otra pipa en la cubierta de popa”.

“Buenas noches entonces, Rainsford. Te veré en el desayuno”.

“Eso es. Buenas noches, Whitney”.

Aquí el enlace al relato: blogcaliptusbonbon.blogspot.com/2025/09/uno-de-los-mas-influyentes-rel

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Los ojos culpables

Cuentan que un hombre compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; él respondió:

-Tienes tan bellos ojos que me olvido de adorar a Dios.

Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos. Al verla en ese estado el hombre se afligió y le dijo:

-¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor.

Ella le respondió:

-No quiero que haya nada en mí que te aparte de adorar a Dios.

A la noche, el hombre oyó en sueños una voz que le decía:

-La muchacha disminuyó su valor para ti, pero lo aumentó para nosotros y te la hemos tomado.

Al despertar, encontró cuatro mil denarios bajo la almohada. La muchacha estaba muerta.

(Ah'med el Qalyubi.)

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El trabajo, las brujas y el capitalismo

Con el capitalismo surgieron nuevas prácticas destinadas a dividir y a controlar el trabajo doméstico. La separación entre «hogar» y «lugar de trabajo» que trajo el capitalismo no existía en la Europa feudal. En las primeras ciudades medievales, las mujeres ejercían de médicas, carniceras, maestras, vendedoras y herreras. Habían alcanzado cierto grado de libertad. En palabras de Silvia Federici, en la Europa precapitalista «la subordinación de las mujeres a los hombres había estado atenuada por el hecho de que tenían acceso a las tierras comunes y otros bienes comunales». En el capitalismo, sin embargo, «las mujeres mismas se convirtieron en bienes comunes, ya que su trabajo fue definido como un recurso natural, que quedaba fuera de la esfera de las relaciones de mercado».

Esta redistribución del trabajo reproductivo se introdujo con violencia. En concreto, el derramamiento de sangre provocado por las relaciones domésticas modernas llegó con la caza de brujas. Las mujeres se vieron privadas de los derechos que habían poseído hasta entonces, como tener acceso a un salario, y se les prohibió reunirse o vivir solas. El único lugar seguro para una mujer era al lado de un hombre. A pesar de que las principales destinatarias de las cazas de brujas eran las mujeres que se negaban a casarse, las que eran dueñas de pequeñas tierras y, en particular, las matronas, las curanderas y otras mujeres que ejercían cierto control sobre la reproducción y que podrían haber practicado abortos, el terror funcionaba precisamente porque casi cualquiera podía ser acusada de brujería. Este miedo ayudó a crear lo que ahora conocemos como género.

Las cazas de brujas no solo servían para expulsar a las mujeres de las tierras comunes, que para entonces habían comenzado a cercarse, y encerrarlas en casa. También servían para recordar a poblaciones enteras qué podía pasar si se negaban a trabajar. Eliminar la creencia popular en la magia, afirma Federici, fue fundamental para la creación de la ética del trabajo capitalista: la magia era «una forma ilícita de poder y un instrumento para obtener lo deseado sin trabajar, es decir, aparecía como la puesta en práctica de una forma de rechazo al trabajo». La disciplina (y, en ocasiones, la tortura) del cuerpo durante las cazas de brujas ayudó a sentar las bases para la disciplina del cuerpo a la que obligaban los empresarios durante la jornada laboral, no solo la disciplina del reloj, sino también la de los músculos doloridos, las articulaciones cansadas y las mentes desgastadas que ahora las mujeres debían reconfortar.

Así se creó la dicotomía entre «hogar» y «trabajo» y, con ella, muchas otras oposiciones binarias que todavía configuran nuestras ideas sobre el mundo: «mente» y «cuerpo», «tecnología» y «naturaleza» y, por supuesto, «hombre» y «mujer». También en este periodo comenzó a tomar forma el concepto de raza tal y como lo conocemos (junto con la designación de algunas de ellas como naturalmente esclavas), y las sociedades empezaron a penalizar las formas sexuales no reproductivas. Al término de este periodo convulso, las mujeres no solo quedaron firmemente ancladas en el hogar, sin cobrar un salario y carentes de derechos, sino que la historia de la violencia que había dado lugar a esta situación se borró de un plumazo. «El trabajo femenino se convirtió en un recurso natural —indica Federici—, disponible para todos, no menos que el aire que respiramos o el agua que bebemos». Incluso la sexualidad femenina se transformó en trabajo. 

Sahra Jaffe. Trabajar: un amor no correspondido.

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En vuelo hacia el Paleolítico

Con las primeras luces del alba el mapa africano surgió, puro y nítido, de entre la calima. A bordo de nuestro reactor la mayoría del pasaje dormía. De París habíamos salido casi en lastre, vacíos por docenas los asientos; pero en Tel-Aviv, escala inopinada que alargaba en más de nueve horas la duración del vuelo, un centenar de jóvenes congoleños a los que acompañaban algunos oficiales de las fuerzas armadas israelíes, subieron al aparato con sus bártulos y sus anchas sonrisas plateadas.

Los jóvenes, como pude averiguar al poco, eran paracaidistas del Ejército Nacional Congoleño que acababan de superar un cursillo de formación acelerada en Israel y que ahora se disponían a alcanzar sus bases de origen para enfrentarse de inmediato a los rebeldes lumumbistas del Ejército Popular de Liberación.

El paisaje de África, amarillento y plano, seguía discurriendo con una cansina monotonía. De vez en cuando la corriente de un río segaba la sabana; de tarde en tarde una delgada columna de humo se elevaba hacia lo alto, denunciando una presencia humana... Aquello era ya el Congo, un nombre que desde hacía semanas se repetía a lo largo del mundo entero; el país donde estaban reverdeciendo páginas que hubiesen encontrado el marco más apropiado en una narración del paleolítico cuando el ser humanoera poco más que una bestia desarrollada, con un lenguaje hecho de gritos animales, con una ley de vida basada en el culto a la fiereza y en la sublimación de los más despiadados instintos.

Por fin Leopoldville apareció bajo los planos del Boeing, flanqueando el curso anchuroso del Río Congo. El aparato empezó a perder altura y, pocos instantes después de rozar la copa de unos árboles crecidos enrtre aguazales, se posó suavemente sobre el cemento de la pista.

Ignoro qué tipo de misión conducía hasta Leopoldville a cada uno de los pasajeros civiles del avión pero, afectados o no por lo que en el Congo estaba ocurriendo, todos torcieron el gesto al observar los féretros que, bañados por el Sol, aparecían junto a un DC-4 de transporte. Aquel puñado de cadáveres, como no tardaron en explicarnos, eran europeos caídos a manos de los rebeldes. Sus cuerpos, terriblemente destrozados, por lo general habían sido recuperados por las tropas gubernamentales y evacuados hasta aquí para continuar viaje, convenientemente compuestos, hacia sus países de origen.

Durante varios minutos, insensible a la brillantez de la recepción militar que se les estaba ofreciendo a los paracaidistas, permanecí con la vista clavada en aquellos toscos ataúdes. Sus ocupantes habían estado ante los "simbas", les habían conocido y sufrido, habían recibido de ellos la muerte. La Guerra del Congo era ya pues una realidad concreta, desabrida, luctuosa. Dejaba de convertirse en pedazos de papel impreso y en boletines de radio para ofrecer su feo rostro ensagrentado.

Diario de la Guerra del Congo - Vicente Talón, 2013

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Saber quién manda...

Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty en un tono desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos.

– La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

– La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda… Eso es todo.

A través del Espejo. Lewis Carroll

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Los auténticos enterradores del marxismo

Suele pensarse que el fin del marxismo como ideología política tuvo lugar en 1989, con la caída del “socialismo real” y el derrumbe de la URSS. Pero lo cierto es que el marxismo había sido enterrado muchos años antes y que bastantes de sus enterradores pasaban por ser discípulos de Marx.

En realidad, el acontecimiento que supuso el canto de cisne del marxismo fue la revolución de mayo de 1968, el momento en que el movimiento obrero fue desplazado por un sucedáneo: el izquierdismo liberal-libertario.

Adriano Erriguel.

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El gorrón emocional

 Hay personas que en la vida social sólo quieren recibir y nunca dar ( fruges consumere natos “Nacido sólo para consumir frutos”. N. del t.), que reclaman de los demás que las entretengan, les sirvan, instruyan, elogien o alimenten, sin aportar nada a cambio; son esas personas que se quejan de aburrimiento sin preguntarse si ellas han causado menos aburrimiento a otras; que se sientan con toda comodidad escuchando placenteramente, pero que no piensan en contribuir al entretenimiento de la compañía, esto es tan injusto como cargante.

 También hay otras personas que sólo hablan de sí mismas, de sus circunstancias domésticas, de sus relaciones, sus acciones y sus ocupaciones, y logran que todo gire en torno a ellas. Evita en lo posible, cuando te encuentres en compañías mixtas, el tono, las maneras propias de tu educación especial, de tu oficio, de tu peculiar modo de vida. No hables de asuntos que no interesan a nadie salvo a ti. Ten cuidado de no caer en el error de aquellos que se parodian a sí mismos y piensan que no pintan nada. Esto confunde a los presentes y traiciona un egoísmo vanidoso. No aludas a anécdotas que son desconocidas a tu vecino, a pasajes de libros que él probablemente no haya leído. No hables en una lengua extranjera cuando no es seguro que todos los que están a tu alrededor la entienden. Aprende a adaptarte al tono de la sociedad en la que te encuentras. No puede haber nada de peor gusto que cuando un médico describe a unas jóvenes damas su colección de preparados anatómicos, el jurista habla al cortesano de la nulidad de la posesión de la cosa y del edictum Divi Martii, o el viejo y achacoso erudito se explaya con la joven coqueta sobre su herida abierta en la pierna.

 Puede ocurrir también a menudo que uno se encuentre en sociedades donde es difícil introducir un tema que despierte el interés. Cuando un hombre sensato está rodeado de personas vacías y pobres de espíritu, que no tienen sentido para nada, bueno, pues entonces no es culpa tuya que no te entiendan. Te puedes consolar pensando que has hablado de cosas que deberían haber interesado.

Adolph Knigge. De como tratar con las personas

menéame