LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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Las mil y una noches

Nos cuentan que dijo Hassán Al-Bassrí: No hay nadie que antes de entregar el alma no eche de menos tres cosas: no haber podido gozar por completo lo que había ganado durante su vida, no haber podido alcanzar lo que había esperado con constancia, y no haber podido realizar un proyecto largamente pensado

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Conocer el futuro

¿Era realmente posible conocer el futuro? No sencillamente adivinarlo. ¿Era posible saber lo que iba a pasar, con absoluta certidumbre y con detalle? Gary me había dicho que las leyes fundamentales de la física eran simétricas en el tiempo, que no había una diferencia física entre el pasado y el futuro. Dado eso, alguien podría decir «sí, en teoría». Pero hablando más en concreto, la mayoría respondería que no, a causa del libre albedrío.

Me gustaba imaginarme esa objeción como una fábula de Borges: pensad en una persona situada ante el Libro del tiempo , la crónica que recoge cada hecho, pasado y futuro. Aunque el texto ha sido reducido respecto al publicado en la edición grande, el volumen es enorme. Con una lupa en la mano, hojea las páginas finas como pañuelos desechables hasta que localiza la historia de su vida. Encuentra el pasaje que describe cómo hojea el Libro del tiempo , y salta a la siguiente columna, donde se detalla lo que estará haciendo más tarde ese mismo día: con la información que ha leído en el Libro , apostará cien dólares al caballo de carretas A la Porra con Todo y ganará veinte veces esa cantidad.

El pensamiento de hacer justo eso le había pasado por la cabeza, pero siendo una persona contestataria, ahora decide prescindir de cualquier apuesta en las carreras.

Ahí está la cuestión. El Libro del tiempo no puede estar equivocado; esta imagen se basa en la premisa de que una persona obtiene conocimiento del futuro real, no de un futuro posible. Si esto fuera un mito griego, las circunstancias conspirarían para que realizase su destino a pesar de sus esfuerzos, pero las profecías de los mitos eran notoriamente vagas; el Libro del tiempo es muy específico, y no hay forma de que puedan obligarla a apostar por un caballo de carreras de la forma en que está escrito. El resultado es una contradicción: el Libro del tiempo debe ser correcto, por definición; sin embargo, por mucho que el Libro diga que ella hará una cosa, puede elegir hacer lo contrario. ¿Cómo pueden reconciliarse estos dos hechos?

No pueden serlo, era la respuesta habitual. Un volumen como el Libro del tiempo es una imposibilidad lógica, precisamente porque su existencia provocaría la contradicción anteriormente citada. O, para ser generosos, algunos podían decir que el Libro del tiempo podría existir, mientras no fuera accesible a los lectores: ese volumen se encuentra en una biblioteca especial, y nadie tiene la tarjeta adecuada para entrar en ella.

La existencia del libre albedrío quería decir que no podíamos conocer el futuro. Y sabíamos que el libre albedrío existía porque teníamos una experiencia directa de él. La volición es parte intrínseca de la consciencia.

¿O no lo era? ¿Y si la experiencia de conocer el futuro cambiase a una persona? ¿Y si evocase una sensación de urgencia, una sensación de obligación de actuar exactamente como sabía que debía hacerlo?

[…]

Trabajar con los heptápodos cambió mi vida. Conocí a tu padre y aprendí heptápodo B, y ambas cosas hacen posible que te conozca ahora, aquí en el patio a la luz de la luna. Con el paso del tiempo, dentro de muchos años, ya no tendré a tu padre, ni te tendré a ti. Lo único que tendré de este momento es el idioma heptápodo. Así que presto atención, y capto cada detalle.

Desde el comienzo sabía cuál era mi destino, y elegí mi camino de acuerdo con él. Pero, ¿estoy viajando hacia un extremo de alegría, o de dolor? ¿Conseguiré un mínimo, o un máximo?

Estas preguntas están en mi mente cuando tu padre me pregunta:

—¿Quieres tener un hijo?

Y yo sonrío y respondo:

—Sí.

Y me separo de él, y nos tomamos de la mano mientras entramos en la casa para hacer el amor, para hacerte a ti.

Fragmentos de La historia de tu vida, de Ted Chiang (1998)

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