LITERATOS. Compartimos fragmentos.
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Sobre la pena de muerte

Así pues, no es la intensidad de la pena lo que produce el mayor efecto en el ánimo del hombre, sino la duración; pues nuestra sensibilidad se mueve más fácil permanentemente por mínimas, pero reiteradas impresiones, que por un impulso fuerte, pero pasajero; no es el terrible pero pasajero espectáculo de la muerte de un criminal, sino el largo y continuado ejemplo de un hombre privado de libertad, que convertido en bestia de servicio recompensa con sus fatigas a la sociedad que ofendió, lo que constituye el freno más poderoso contra los delitos.

De los delitos y las penas, Cesare Beccaria, 1764

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Pauvre...

"En no ser amado sólo hay mala suerte: en no amar hay desgracia".

Albert Camus.

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¿Salvar vidas?

Nadie salva vidas. Algunos, como mucho, las prolongan.

El Gris. Javier Pérez

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Deconstrucción posmoderna de Adriano Erriguel (de esa que odiáis, pero la voy a hacer)

Hoy a mi pesar me encuentro en el tema de querer desmontar mitos. Mitos sobre el posmodernismo y su supuesto anti-intelectualismo y anti-cientifismo. Y bueno... a mi pesar vamos a analizar deconstructivamente el artículo que @feindesland ha publicado de un tal Adriano Erriguel. El artículo en concreto está aquí aunque lo iré citando párrafo por párrafo. Y todos mis respetos tanto a Adriano como a @feindesland. Pero bueno... ¡Vamos allá!

Es bien sabido que, desde un punto de vista filosófico, la posmodernidad irrumpió como la muerte de los llamados “grandes relatos”: las construcciones ideológicas que suministraban explicaciones omnicomprensivas de la realidad: las religiones, el patriotismo, el marxismo, el progresismo, etc. Todas estas construcciones ideológicas eran, huelga decirlo, mortalmente serias 

Desde el inicio, el texto incurre en una generalización abusiva y engañosa: afirma que “es bien sabido que la posmodernidad trajo consigo la implosión de la Verdad”, como si de una ley aceptada universalmente se tratase. Esa fórmula –“es bien sabido”– no es inocente: actúa como dispositivo de autoridad, como si la afirmación no necesitara ser argumentada porque pertenece ya al sentido común. Pero lo que sigue es todo menos incuestionable.

La afirmación de que la posmodernidad eliminó la verdad es una distorsión forzada del pensamiento posmoderno. La crítica que autores como Lyotard, Foucault o Derrida realizaron no se dirigía contra las verdades verificables mediante el método científico, sino contra los “grandes relatos” legitimadores: es decir, las ideologías totalizantes que pretendían ofrecer un sentido universal y definitivo de la historia, del progreso, de la moral o de la identidad. Cuestionar el colonialismo, el patriarcado o el cientificismo como formas de poder no es negar que el agua hierva a 100 °C a una atmósfera de presión.

👉 En ningún momento estos pensadores sostuvieron que las ciencias formales como las matemáticas, o las ciencias naturales como la física, fueran "relatos" intercambiables con la astrología o la religión. De hecho, la matemática sigue funcionando con lógica deductiva y principio del tercero excluido, y la física mantiene su estructura falsable basada en modelos predictivos y estadística empírica. Eso no cambió, ni se implosionó.

Confundir ese tipo de conocimiento con “narrativas” al estilo mitológico o ideológico es caer en un relativismo que los propios posmodernos habrían criticado si se les hubiera atribuido con justicia. Además, esta confusión mina cualquier posibilidad de análisis serio, porque equipara la estructura epistemológica de la ciencia con las estructuras de poder simbólico que la posmodernidad buscó desmantelar.

En resumen: el texto se presenta como “analítico” pero incurre, ya de entrada, en un abuso de autoridad discursiva, en una falsa atribución (la posmodernidad niega la verdad), y en una comparación tramposa entre niveles de realidad radicalmente distintos. Y eso no es "bien sabido". Eso es desinformación.

A partir de los años setenta del pasado siglo la posmodernidad introdujo un elemento de juego, de aleatoriedad y de cinismo en un mundo en el que la Verdad había implotado, y en el que los metarrelatos daban paso a una miríada de microrrelatos, todos ellos tan válidos como irrelevantes. Conviene tener presente que la posmodernidad filosófica se define, ante todo y por encima de todo, por los juegos de lenguaje . Desde sus presupuestos casi todo se reconduce a una cuestión de semiótica , al libre juego entre el significante y el significado , a la desacralización del lenguaje, que se ve expuesto como envoltura retórica con infinitos niveles de lectura. Nada hay, por tanto, que pueda salvarse de la quema: todo es susceptible de ser deconstruido en inacabables juegos lingüísticos con un horizonte de autonomía absoluta desde el momento en que ninguno de ellos remite a una realidad trascendente .

Claaaaro, el problema es que el posmodernismo juega con el lenguaje. ¡Qué travesura! Como si antes del posmodernismo todo el mundo hubiera usado el lenguaje con bisturí quirúrgico y respeto sagrado. Pobrecito el significante, desamparado, sin su significado, vagando por los márgenes de la historia mientras Derrida se ríe con voz de villano.

Y por supuesto, la... ¡chan chan cháaaaan! semiótica... esa cosa malvada que vino a decirnos que el lenguaje es una herramienta y no una paloma blanca enviada por los dioses. ¡Escándalo! ¿Cómo se atreven a decir que antes de contar vacas necesitamos comunicarnos para que no nos maten mientras las contamos? Pero bueno… sigamos culpando al posmodernismo de todo: del caos, del lenguaje, de la alergia primaveral y de que se nos quemen las tostadas. Porque sí, el lenguaje es una herramienta, y además una de las más antiguas, versátiles y democráticas que tenemos. No hay nada que “desacralizar” porque nunca fue sagrado: fue útil. Antes de contar ovejas ya nos comunicábamos y hasta hay gente que dice que para tener una propiedad pública y común que arrastrábamos en caravanas, cuando las riquezas y lo no prescindible pesaban demasiado.

El lenguaje sirve para sobrevivir, para coordinar, para amar, para engañar, para imaginar… ¿y ahora resulta que jugar con él es algo peligroso o radical? No, lo peligroso sería no poder jugar con él.

👉 Que haya quien use el lenguaje para provocar, crear, subvertir o simplemente decir estupideces… pues claro. Para eso sirve. Como cualquier herramienta: depende de quién la use y para qué. ¿O acaso el martillo es malo porque alguien lo usó para romper una ventana? 

Toda esta cocción deconstruccionista –cuyas cabezas pensantes serían conocidas en América como la “french theory”– pasaría a proporcionar, en los años setenta, cierta credencial teórica al vendaval de gamberradas y de provocaciones que pasó a alojarse bajo el nombre de contracultura . Tomando el relevo de los situacionistas de los años 1950 y 60 (que estaban todavía lastrados de utopismo marxista) los “jóvenes airados” de la posmodernidad se alzaban sobre la quiebra del sistema valorativo burgués, al tiempo que cabalgaban las angustias e incertidumbres de la nueva sociedad posindustrial. En cierto modo estos jóvenes representaban la inversión nihilista y sarcástica del activismo progresista de 1968
Con la llegada de la posmodernidad, los dogmatismos ideológicos cedían el paso a una época en la que los punk se adornaban con esvásticas (corte de mangas al establishment de la Segunda Guerra Mundial), en la que las bandas de rock tenían nombres fascistas o anarquistas –Joy Division , New Order , Durruti Column –, en la que el “sex pistol” Sid Vicious disparaba sobre el público en un concierto y en la que el rockero Alice Cooper anunciaba que iba a colgar a un enano en el escenario. Provocaciones que hoy serían imposibles, pero que entonces a nadie se le ocurría tomar demasiado en serio. Al fin y al cabo, todo era una gigantesca broma –los punk eran compulsivos bromistas (pranksters )–, una distorsión irónica entre significantes y significados. Siguiendo la semiótica posmoderna todo parecía indicar que, al negarse la univocidad y la objetividad del lenguaje, al reivindicarse su inagotable polisemia, se llegaría a un estadio de libertad absoluta en que sería posible decirlo todo, cualquier cosa, anything goes . Y sin embargo …

Eeeem... aquí se están mezclando churras con merinas. A ver:

La contracultura de los 60 y 70 NO fue un producto directo del posmodernismo filosófico. Más bien, fue un movimiento social y cultural popular que emergió de la protesta contra la guerra de Vietnam, la injusticia racial, el consumismo, y la rigidez moral de la posguerra. El posmodernismo filosófico, en cambio, fue un desarrollo mucho más académico, elitista y teórico, que en esos años florecía en universidades europeas mayormente (e incluso algunas estadounidenses) con pensadores como Foucault, Derrida, Lyotard, que trabajaban sobre análisis del lenguaje, el poder y las estructuras culturales, pero sin un impacto masivo inmediato en la calle. El posmodernismo es, sobre todo, occidental. Tal y como puedan serlo también el marxismo y por desgracia el fascismo y la frenología.

Sí, hubo cierta coincidencia temporal y alguna influencia mutua, pero no es correcto ni serio decir que la contracultura fue la “manifestación popular del posmodernismo” o que el movimiento punk o las provocaciones eran esencialmente posmodernas. Más bien, fueron respuestas rebeldes, con un carácter político claro y ancladas en realidades concretas, como la resistencia contra la guerra y la autoridad, no en juegos semióticos o deconstructivos. El posmodernismo llegó después para teorizar, analizar y criticar la modernidad desde la academia, mientras que la contracultura fue más bien la explosión social y cultural que expresaba el malestar de la época.

Por cierto: lo que también destila el último párrafo ¿no es un poco peligroso? Lo que se está insinuando aquí es, en realidad, bastante serio: que no hay ningún terreno firme desde el cual discutir o poner a prueba las afirmaciones. Pero todo puede (y debe) ser puesto en cuestión: ya sea mediante el método científico —que, por cierto, no es rechazado por el pensamiento posmoderno, aunque sí cuestionado en su pretendida objetividad y en su papel como único garante de verdad— o a través de la argumentación racional, basada en el lenguaje, que también tiene sus reglas.

👉¿No es eso, al fin y al cabo, lo que algunos llaman el “mercado libre de ideas”? La posibilidad de debatir, de contrastar perspectivas, de criticar incluso los marcos desde los que criticamos. Ese es el verdadero escepticismo, el que nos ha hecho desechar científicamente tanto cuentos de hadas como la astrología, mala ciencia soviética como la que se opuso a Nikolái Vavílov o puro racismo hecho ciencia como la frenología.

Sin embargo, sucedió justamente lo contrario. Al cabo de dos décadas un nuevo puritanismo –la corrección política– desencadenó una purga inquisitorial sobre el vocabulario; listas enteras de palabras quedaron proscritas, malditas, para ser sustituidas por una una orwelliana “Nuevalengua” destinada a blindar los dogmas del sistema. La risa pasó a contemplarse con desconfianza, en cuanto casi siempre es irrespetuosa, suele ser cruel y es además susceptible de ofender a alguna minoría. Por eso la risa pasó a enlatarse en las fórmulas previsibles y pasteurizadas de los guiñoles televisivos y del “entretenimiento informativo” (infotainment ). Las sofisticaciones posmodernas cedieron al paso a un furor moralista y justiciero que todo lo invadía y que no toleraba ambigüedades. La empresa positiva de unificación benéfica de la humanidad no tolera bromas fuera del guión: autocensura y vigilancia, todos somos pecadores.

Aquí todo bien, ¿no? Hablando de “purga inquisitorial” y de una “Nuevalengua orwelliana” como si la corrección política fuera un mal absoluto que impone censura masiva. Pero hay que distinguir bien las cosas. La censura auténtica, como la histórica lista Haines en la televisión norteamericana, sí existió: prohibían palabras y contenidos para no ofender al “público general” según criterios muy conservadores y muchas veces arbitrarios. Eso era censura, punto. Pero lo que hoy llamamos corrección política, en realidad, no es censura sino la negativa a tolerar discursos de odio y discriminación. No se trata de silenciar opiniones o pensamientos críticos, sino de no darle espacio social a la intolerancia y la violencia simbólica. No es cerrar bocas, sino establecer límites para que la convivencia sea posible. 

Ser intolerantes con la intolerancia no es censura; es una cuestión de justicia social y respeto básico a la dignidad de personas y grupos LQTBiQa+ y otras minorías. El lenguaje del odio no debe tener cabida en una sociedad que se dice democrática. Así que hablar de “purga” y “Nuevalengua” es confundir intencionadamente la legítima lucha contra la discriminación con un supuesto totalitarismo lingüístico. 

¿Cómo va a ser la risa “pasteurizada” y vigilada la que llaman woke o posmoderna? ¿Acaso no hemos visto suficientes sitcoms estadounidenses? Esa es una crítica demasiado simplista y un poco desconectada de la realidad histórica del humor en la televisión. Ese humor “neutro” del que hablan no es woke ni mucho menos progresista; más bien era el humor conservador, encorsetado en normas de la época, que apuntaba a mantener el orden social tradicional. Se regía por un sentido “familiar” que, lejos de ser inocente, actuaba como un filtro para evitar cuestionamientos profundos y para mantener en su sitio a “los sospechosos habituales”: minorías, disidentes, grupos marginados.

Este humor edulcorado no es producto de la corrección política moderna, sino un reflejo del control social previo, que limitaba la libertad de expresión a la comodidad del statu quo y la complacencia con estructuras opresivas. Lejos de promover un debate real o una crítica social, ese tipo de humor funcionaba para domesticar, para evitar que la gente se cuestionara lo esencial.

Por eso, atribuir este tipo de humor a un furor moralista y justiciero posmoderno es confundirse y olvidar que ese control del humor ya venía de mucho antes, desde una cultura televisiva bastante conservadora y rígida, nada que ver con la crítica progresista que intenta abrir espacios de diversidad y respeto.

¿Eso era, a fin de cuentas, la posmodernidad? Si en sus inicios ésta se presentaba como un horizonte de posibilidades infinitas, desde el punto de vista de las libertades concretas –libertad de pensar, libertad de disentir, libertad de crear, libertad de provocar– el experimento desembocó en todo lo contrario: en el Imperio del Bien (Philippe Muray) con sus devotos, sus capillas y sus “ligas de la Virtud”. Un monumental fiasco. Cabe por tanto preguntarse si la posmodernidad –que al fin y al cabo anunciaba el fin de los “grandes relatos”– no fue adulterada o traicionada, hasta ser reconducida hacia un nuevo/viejo “gran relato” progresista, biempensante y mundialista, nada cínico y mortalmente serio.

Vamos a dejar las tonterías de comparar el progresismo con una religión, ¡que ya cansa! Es la misma retórica vieja que usan los más retrógradas, esos mismos que se autodenominan “Alt-right en EEUU” y que se quejan de las “capillitas” progresistas como si el activismo por la justicia social fuera una secta. Lo que pasa es que no quieren perder privilegios ni que se cuestione su poder. Lo de “lo bienpensante” se usa como insulto para desacreditar cualquier postura que defienda la inclusión, como si eso fuera algo negativo. Pero pregunto yo: ¿no es mucho mejor tener una cultura que lucha contra el odio, que protege a las minorías y que pone límites claros al discurso de la intolerancia? ¿Desde cuándo defender la empatía, la diversidad y el respeto se volvió algo malo? ¿Y desde cuándo eso fue posmoderno, que no es más que una rama de la filosofía que se ocupa del conocimiento e indirectamente del problema de la demarcación? ¿También nos damos cuenta que la mayor parte de lo que en derecha se llaman "políticas identitarias" no tienen ninguna cabida en el posmodernismo más clásico igual que no lo tienen Marx y otras identidades como las nacionales?

Lo que el texto llama un “fiasco” es en realidad una batalla constante por expandir libertades reales, no una traición ni una vuelta a ningún “gran relato” dogmático (sobre todo si es posmodernismo) sino la lucha por una sociedad más justa, plural y humana.

Como final: Y por si queda alguna duda: el posmodernismo y el escepticismo científico no son enemigos. De hecho, comparten algo esencial: la desconfianza ante los relatos únicos, cerrados, que pretenden explicarlo todo.

👉 El escepticismo científico parte de la duda. No da nada por sentado, somete las ideas a revisión constante, y asume que el conocimiento siempre es provisional.

El posmodernismo, por su parte, invita a poner en cuestión los discursos dominantes. No para negar la realidad, sino para entender quién habla, desde dónde, y a quién beneficia esa "verdad".

Ambas posturas comparten una actitud crítica: la resistencia a aceptar verdades absolutas sin examen, ya sean científicas, políticas o culturales.

No se trata de relativismo sin brújula, sino de una conciencia más profunda de los límites del saber. De que incluso nuestras certezas están enmarcadas en contextos, intereses y perspectivas.

En el fondo, no hay tanto abismo entre ambos enfoques. Solo distintas maneras de hacerse una misma pregunta:

¿cómo es que sabemos lo que creemos saber?

Y sin más aquí tenéis mi problemática y deconstrucción al articulete de marras. Un abrazo a todas, todos y todes.

Edit: en artículos no sé cómo poner etiquetas, voy a ponerlas como hargstags...

#Posmodernismo #Crítica #Conocimiento #Problematización #Woke #Progresdemierda #regres

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William Shakespeare - Macbeth

Me pareció oír una voz que gritaba: «¡No dormirás más!… ¡Macbeth ha asesinado el sueño!» ¡El inocente sueño, el sueño, que entreteje la enmarañada seda floja de los cuidados!… ¡El sueño, muerte de la vida de cada día, baño reparador del duro trabajo, bálsamo de las almas heridas, segundo servicio en la mesa de la gran Naturaleza, principal alimento del festín de la vida!

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Victor Hugo - Los miserables

Una cierta cantidad de ensueño es buena, como un narcótico, a dosis discretas. Esto adormece las fiebres a algunas veces obstinadas de la inteligencia en activo, y hace nacer en el espíritu un vapor fresco que corrige los ásperos contornos del pensamiento puro, colma aquí y allá lagunas e intervalos, une los conjuntos y borra los ángulos de las ideas. Pero demasiado ensueño sumerge y ahoga. Desgraciado el trabajador que se deja caer entero del pensamiento al ensueño. Cree que se remontará fácilmente, y se dice que, al fin y al cabo, es lo mismo. ¡Error!

El pensamiento es la labor de la inteligencia, el ensueño lo es de la voluptuosidad. Reemplazar el pensamiento por el ensueño es confundir un veneno con un alimento.

Marius, lo recordamos, había empezado por ahí. Había sobrevenido la pasión y había acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo. Ya no salía de su casa más que para ir a soñar. Alumbramiento perezoso. Abismo tumultuoso y estancado. Y a medida que el trabajo disminuía, aumentaban las necesidades. Esto es una ley. El hombre en estado soñador es naturalmente pródigo y débil; el espíritu distendido no puede mantener la vida apretada. Hay en este modo de vivir bien mezclado con mal, pues si la debilidad es funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso y noble que no trabaja, está perdido. Los recursos cesan, la necesidad surge.

Pendiente fatal, en que los más honestos y los más firmes son arrastrados como los más débiles y los más viciosos, y que desemboca en uno de estos dos agujeros: el suicidio o el crimen.

A fuerza de salir para soñar, llega un día en que se sale para arrojarse al agua.

(…) Marius bajaba por esta pendiente a pasos lentos, con los ojos fijos en la que ya no veía. Lo que acabamos de escribir parece extraño, y no obstante es cierto. El recuerdo de un ser ausente se enciende en las tinieblas del corazón, cuando ha desaparecido, irradia luz; el alma desesperada y oscura ve esta luz en su horizonte, estrella de la noche interior. Este era todo el pensamiento de Marius. No pensaba en otra cosa; sentía confusamente que su viejo traje se convertía en un traje imposible, y que su traje nuevo se iba haciendo viejo, que sus camisas se gastaban, que su sombrero se gastaba, que sus botas se gastaban, es decir, que su vida se gastaba, y se decía: «¡Si solamente pudiera verla antes de morir!»

Una única idea dulce le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que no conocía su nombre pero conocía su alma, y que tal vez allí donde se hallaba, cualquiera que fuese ese misterioso lugar, ella le amaba aún. ¿Quién sabe si no pensaba en él, como él pensaba en ella? Algunas veces, en las horas inexplicables que tiene todo corazón que ama, sin tener más que razones de dolor, y sintiendo no obstante un oscuro estremecimiento de alegría, se decía: «¡Son sus pensamientos que vienen a mí!» Luego añadía: «¡Tal vez mis pensamientos le llegan a ella!»

Esta ilusión, que le hacía mover la cabeza un momento después, conseguía no obstante arrojarle al alma rayos que a veces parecían de esperanza. De vez en cuando, sobre todo en esa hora del atardecer que más entristece a los soñadores, dejaba caer en un cuaderno en el que no había otra cosa, el más puro, el más impersonal, el más ideal de los sueños con que el amor llenaba su cerebro. A esto llamaba «escribirle».

No hay que creer que su razón estuviera trastornada. Por el contrario. Había perdido la facultad de trabajar y de moverse firmemente hacia un fin determinado, pero tenía más que nunca clarividencia y rectitud. Marius veía con una luz tranquila y real, aunque singular, lo que sucedía ante sus ojos, incluso los hechos o los hombres más indiferentes; aplicaba a todo la palabra justa con una especie de abatimiento honesto y de cándido desinterés. Su juicio, casi desprendido de la esperanza, se mantenía alto, y planeaba.

En esta situación de espíritu, nada se le escapaba, nada le engañaba, y descubría a cada instante el fondo de la vida, de la humanidad, del destino. ¡Feliz, incluso en la angustia, aquél a quien Dios ha dado un alma digna del amor y de la desgracia! Quien no ha visto las cosas de este mundo, y el corazón de los hombres bajo esta doble luz, no ha visto nada verdadero y no sabe nada. 

El alma que ama y que sufre se halla en estado sublime. 

Por lo demás, los días se sucedían y nada nuevo surgía. Le parecía únicamente que el espacio sombrío que le quedaba por recorrer se acortaba a cada instante. Creía ya entrever distintamente el borde del abismo sin fondo.

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Así que quieres ser escritor?

Si no te sale ardiendo de dentro,

a pesar de todo,

no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón

y de tu mente y de tu boca

y de tus tripas,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte durante horas

con la mirada fija en la pantalla del computador

o clavado en tu máquina de escribir

buscando las palabras,

no lo hagas.

Si lo haces por dinero o fama,

no lo hagas.

Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,

no lo hagas.

Si tienes que sentarte

y reescribirlo una y otra vez,

no lo hagas.

Si te cansa solo pensar en hacerlo,

no lo hagas.

Si estás intentando escribir

como cualquier otro, olvídalo.

Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,

espera pacientemente.

Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa

o a tu novia o a tu novio

o a tus padres o a cualquiera,

no estás preparado.

No seas como tantos escritores,

no seas como tantos miles de

personas que se llaman a sí mismos escritores,

no seas soso y aburrido y pretencioso,

no te consumas en tu amor propio.

Las bibliotecas del mundo

bostezan hasta dormirse

con esa gente.

No seas uno de ellos.

No lo hagas.

A no ser que salga de tu alma

como un cohete,

a no ser que quedarte quieto

pudiera llevarte a la locura,

al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.

A no ser que el sol dentro de ti

esté quemando tus tripas, no lo hagas.

Cuando sea verdaderamente el momento,

y si has sido elegido,

sucederá por sí solo y

seguirá sucediendo hasta que mueras

o hasta que muera en ti.

No hay otro camino.

Y nunca lo hubo.

Charles Bukowski

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Nunca más es mucho tiempo

A las afueras de la ciudad llegaron a un supermercado. Varios coches viejos en un aparcamiento sembrado de desperdicios. Dejaron allí el carrito y recorrieron los sucios pasillos. En la sección de alimentación encontraron en el fondo de los cajones unas cuantas judías verdes y lo que parecían haber sido albaricoques, convertidos desde hacía tiempo en arrugadas efigies de sí mismos. El chico le seguía. Salieron por la puerta de atrás de la tienda. En el callejón unos cuantos carritos, todos muy oxidados. Volvieron a pasar por la tienda buscando otro carrito pero no había ninguno más. Junto a la puerta había dos máquinas de refrescos que alguien había volcado y abierto con una palanca. Monedas esparcidas por la ceniza del suelo. Se sentó y paseó la mano por las tripas de las máquinas y en la segunda palpó un cilindro frío de metal. Retiró lentamente la mano y vio que era una Coca-Cola.

¿Qué es, papá?

Una chuchería. Para ti.

¿Qué es?

Ven. Siéntate.

Aflojó las correas de la mochila del chico y dejó la mochila en el suelo detrás de él y metió la uña del pulgar bajo el gancho de aluminio en la parte superior de la lata y la abrió. Acercó la nariz al discreto burbujeo que salía de la lata y luego se la pasó al chico. Toma, dijo.

El chico cogió la lata. Tiene burbujas, dijo.

Bebe.

El chico miró a su padre y luego inclinó la lata para beber. Se quedó allí sentado pensando en ello. Está muy rico, dijo.

Así es.

Toma un poco, papá.

Quiero que te la bebas tú.

Sólo un poco.

Cogió la lata y dio un sorbo y se la devolvió. Bebe tú, dijo. Quedémonos aquí sentados un rato.

Es porque nunca más volveré a beber otra, ¿verdad?

Nunca más es mucho tiempo.

Fragmento de La carretera (2006), de Cormac McCarthy

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Oda a la ciencia, de Richard P. Feyman

Oda a la ciencia, de Richard P. Feyman

He ahí las olas presurosas

montañas de moléculas,

cada una estúpidamente ocupada en lo suyo,

separadas por trillones,

y empero,

formando blanca espuma al unísono.

Edad tras edad

antes que ojo alguno pudiera ver;

año tras año

golpeando atronadoras en la orilla, como ahora.

¿Para quién? ¿para qué?

En un planeta muerto

sin vida que entretener.

Jamás en reposo

torturado por la energía

prodigiosamente derrochada por el Sol

lanzada hacia el espacio.

Una pizca hace rugir al mar.

En lo profundo del mar

todas las moléculas repiten

los patrones de otra

hasta formar otras nuevas más complejas.

Ellas hacen otras como ellas

y un nuevo baile comienza.

Creciendo en tamaño y complejidad

cosas vivas

masas de átomos

ADN, proteínas,

bailando una danza aún más intrincada.

Abandona la cuna

para pisar tierra firme,

ahí está de pie:

átomos con conciencia;

materia con curiosidad.

Plantado frente al mar

se pregunta por qué se pregunta:

un universo de átomos,

un átomo en el universo.

Richard P. Feyman (Nueva York, 1918 - Los Ángeles, 1988)

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Los que no leen

La gente que no lee libros desconoce que una infinidad de genios muertos espera su llamada.

Una parte del todo. Steve Toltz.

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Adelante, pasen sin llamar

Antes, esta era una ciudad de cerraduras.

Al menos cinco en cada puerta de entrada, como en una caja fuerte.

Candado de cadena.

Cerradura de cajón.

Cerradura de pomo.

Pestillo.

Pero ya nadie en Nueva York se molesta en usar tantas cerraduras. La ciudad se ha vuelto más segura. O al menos, más deshabitada. Las casas están vacías. Y ya nadie se toma la molestia de entrar a robar, porque no queda nada que robar. Todo está completamente saqueado, y cualquiera que aún viva en Manhattan y tenga algo valioso que proteger —su familia, su dignidad, su colección de cromos de béisbol— lo hace con una escopeta, no con un pestillo. El verdadero problema para un ladrón no es entrar, sino salir.

Si se aplica la fuerza suficiente, cualquier pestillo cede.

Pero las escopetas son despiadadas.

Por supuesto, los ricos siguen teniendo montones de artículos de lujo. Solo que ya no guardan esos lujos aquí afuera.

Aquí afuera solo necesitan una cama y una conexión.

Todo lo demás lo acumulan en la Limnosfera.

Y si eres rico, tan rico que puedes pasar el día entero fuera de tu cuerpo, conectarte y sumergirte en la Limnosfera, entonces probablemente vivas en algún lugar herméticamente sellado, en una torre de cristal, protegido por cerraduras de código y porteros que vigilen la calle las veinticuatro horas con escopetas apoyadas en las rodillas.

Donde desde luego no vive nadie que sea rico es aquí: una extensa, deteriorada y achaparrada urbanización como Stuyvesant Town, lo bastante cerca de la orilla como para oler el río. Unas cuantas docenas de bloques de apartamentos de ladrillo se agrupan alrededor de patios interiores donde el césped hace tiempo que está marrón y mustio. En los parques infantiles se pudren toboganes abollados, columpios torcidos que cuelgan de cadenas, balancines de hierro cubiertos de eczemas de óxido, infestados de alguna sarna repugnante de balancines. Estos bloques de apartamentos son tan acogedores como cárceles de baja seguridad, solo que aquí faltan las canchas deportivas, las vallas y los guardias que intervengan cuando alguien intenta fugarse.

Y por eso todos se han fugado.

El complejo es un pueblo fantasma.

El vestíbulo está abierto de par en par para cualquiera.

Adelante, entren sin llamar.

FEINDESLAND, de Adam Sternbergh

Traducción a medias entre Deeps Seek y yo...

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El tacaño de sí mismo

Tenía el corazón cerrado, como un bolso, y en vez de gastar la vida, la llevó usureramente hasta la muerte.

El grande. William McIlvanny

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Los ex-hippies

La rebelión contra las tradiciones y la conformidad había pasado en diez años, de 1968 a 1978, del ámbito político al ámbito estrictamente personal y ¿cómo se estaba manifestando esta ansia por la individualidad? A través del consumo. Los exhippies necesitaban seguir sintiéndose diferentes, pero como el activismo político y la acción colectiva eran percibidos como inútiles ahora gastarían su dinero para expresar su individualidad. Este ser uno mismo mediante el consumo entraba en contradicción con el sistema de producción en masa, de ahí que algunos productos, identificados por las más variopintas razones como especiales o peculiares, fueran más exitosos entre esta capa de población que otros, independientemente de su calidad, funcionalidad y precio.

El VALS categorizaba a los consumidores en una gráfica con dos ejes, el vertical donde estarían los recursos y el horizontal donde estarían las motivaciones primarias. Así se obtendrían ocho tipologías de consumidores:

● Innovadores: Estos consumidores están a la vanguardia del cambio, tienen los ingresos más altos y una autoestima tan alta que pueden permitirse en cualquiera o todas las autoorientaciones. Están ubicados arriba del rectángulo. La imagen es importante para ellos como una expresión de gusto, independencia y carácter. Sus elecciones de consumo están dirigidas a las «cosas buenas de la vida».

● Pensadores: Estos consumidores con recursos altos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por ideales. Son profesionales maduros, responsables y bien educados. Sus actividades de ocio se centran en sus hogares, pero están bien informados sobre lo que sucede en el mundo y están abiertos a nuevas ideas y cambios sociales. Son consumidores prácticos y tomadores de decisiones racionales.

● Creyentes: Estos consumidores con bajos recursos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por ideales. Son consumidores conservadores y predecibles que favorecen los productos locales y las marcas establecidas. Sus vidas se centran en la familia, la comunidad y la nación.

● Triunfadores: Estos consumidores con recursos altos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por los logros. Son personas exitosas orientadas al trabajo, que obtienen su satisfacción de sus empleos y familias. Son políticamente conservadores y respetan la autoridad y el statu quo. Son favorables a productos y servicios establecidos que muestran su éxito a sus pares.

● Luchadores: Estos consumidores con bajos recursos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por los logros. Tienen valores muy similares a los triunfadores, pero tienen menos recursos económicos, sociales y psicológicos. El estilo es extremadamente importante para ellos, ya que se esfuerzan por emular a las personas que admiran.

● Experimentadores: Estos consumidores con recursos altos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por la autoexpresión. Son los más jóvenes de todos los segmentos, con una edad media de veinticinco años. Tienen mucha energía, que invierten en ejercicio físico y actividades sociales. Son consumidores ávidos que gastan mucho en ropa, comida rápida, música y otras actividades juveniles, con especial énfasis en nuevos productos y servicios.

● Creadores: Estos consumidores con bajos recursos forman parte del grupo de aquellos que están motivados por la autoexpresión. Son personas prácticas que valoran la autosuficiencia. Están enfocados en lo familiar y tienen poco interés en el mundo en general. Como consumidores, aprecian los productos prácticos y funcionales.

● Supervivientes: Estos consumidores tienen los ingresos más bajos. Tienen muy pocos recursos para ser incluidos en cualquier autoorientación del consumidor y, por lo tanto, se ubican debajo del rectángulo. Son los más viejos de todos los segmentos, con una edad promedio de sesenta y un años. Dentro de sus limitados recursos, tienden a ser consumidores leales a la marca

La trampa de la diversidad. Daniel Bernabé

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Cuestión de medidas

Midamos las democracias por la libertad que dan a sus disidentes, no por la que dan a sus conformistas.

Abbie Hoffman

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Antología de la literatura fantástica

Tornasolando el flanco a su sinuoso

paso va el tigre suave como un verso

y la ferocidad pule cual terso

topacio el ojo seco y vigoroso.

Y despereza el músculo alevoso

de los ijares, lánguido y perverso,

y se recuesta lento en el disperso

otoño de las hojas. El reposo…

El reposo en la selva silenciosa.

La testa chata entre las garras finas

y el ojo fijo, impávido custodio.

Espía mientras bate con nerviosa

cola el haz de las férulas vecinas,

en reprimido acecho… así es mi odio.

Enrique Banchs, "La Urna".

Extraído de "Antología de la literatura fantástica" de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. (1977)

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El modo en que tú me atraes

Existe un tipo de atracción que yo no conocía: tú me atraes en la ficción.

Me siento como un personaje de un libro que tiene que enamorarse de otro.

El ladrón de memorias. Mois Benarroch.

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El puto PIB

La contratación de una cuadrilla de obreros, una semana, para construir un edificio, aumenta el PIB tanto como la contratación de la misma cuadrilla, una semana, para demoler un edificio. Con eso ya deberíamos saber de qué clase de magnitud "seria" hablamos.

Alvin Toffler. La tercera ola.

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Total... pa qué

Ultimamente he dejado de ver los telediarios, total pa qué si ya me los sé.

Drip Pop-Miguel Ángel Hernando Trillo

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Asesinato de calidad

En el otro extremo de la mesa Charles Hecht, que jamás había logrado dominar el arte de no escuchar a Fielding, enrojeció y dio muestras de agitación.

—¿Acaso no les enseñamos nada, Fielding? ¿Es que se olvida de los premios y becas que hemos conseguido?

—Yo en toda mi vida no he enseñado nada a uno siquiera de mis alumnos, Charles. Casi siempre porque el muchacho no era lo bastante inteligente, pero en otras ocasiones porque no lo era yo. Comprenda que, en la mayoría de muchachos, la percepción muere con la pubertad. Es cierto que en unos pocos persiste, pero nosotros, en cuanto la descubrimos, nos apresuramos a matarla. Y si a pesar de nuestros esfuerzos sobrevive, el muchacho se hace con un premio o una beca… Shane, sea paciente conmigo que éste es mi último semestre.

—Ya sea su último semestre o no, está hablando por hablar, Fielding —dijo Hecht, enojado.

—Es tradicional en Carne: esos éxitos a que se ha referido son en realidad fracasos, los raros alumnos que no aprendieron la lección de Carne. Los que han ignorado el culto a la mediocridad. Nada podemos hacer por ellos. Pero para los otros, desorientados cleriguillos y soldaditos fanáticos, para ellos, la verdad de Carne está escrita en sus muros con letras de fuego y nos odian.

Hecht hizo un esfuerzo por reír.

—¿Por qué, si tanto nos odian, tantos de ellos vuelven a vernos? ¿Por qué se acuerdan de nosotros y vienen a visitarnos?

—Porque somos nosotros, querido Charles, somos nosotros las inscripciones en letra de fuego. La única lección de Carne que no olvidan jamás: vuelven para leernos, ¿no se da cuenta? De nosotros fue de quienes aprendieron el secreto de la vida: hacerse viejo sin hacerse mejor. Se dieron cuenta de que aquí no ocurría nada, de que envejecíamos sin la impronta de la cegadora luz que sorprendió a san Pablo camino de Damasco, sin ninguna sensación de madurez.

John le Carré, "Asesinato de calidad."

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El artista del hambre

En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos.

Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno: todos querían verle siquiera una vez al día; en los últimos días del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños.

Para los adultos aquello solía no ser más que una broma en la que tomaban parte medio por moda, pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido. con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortamente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.

Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, bajo ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.

Franz Kafka, "El artista del hambre"

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La puñetera posteridad

Los que creen que serán reconocidos por la posteridad no es que se sobrevaloren a sí mismos, es que sobrevaloran la posteridad.

La ignorancia. Milan Kundera.

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--- Fausto ---

EL SEÑOR: ¿No tienes nada más que decir?, ¿sólo vienes aquí a acusar? ¿Es que no hay sobre la tierra nada bueno?

MEFISTÓFELES: No, Señor; sinceramente me parece que allí todo va tan mal como siempre. Compadezco la vida de calamidades que llevan los hombres. Ni siquiera me apetece atormentar a esos desdichados.

EL SEÑOR: ¿Conoces a Fausto?

MEFISTÓFELES: ¿El doctor?

EL SEÑOR: Mi servidor.

MEFISTÓFELES: Sí; y cierto es que os sirve de una manera muy peculiar. Ni la comida ni la bebida de ese insensato son terrenales. Su inquietud lo inclina hacia lo inalcanzable, pero percibe su locura sólo a medias. Le exige al Cielo las más hermosas estrellas y a la Tierra los goces más elevados y, sin embargo, nada cercano ni lejano sacia su pecho profundamente agitado.

EL SEÑOR: Aunque ahora me sirve en la confusión, pronto lo llevaré a la claridad. El jardinero sabe, cuando el arbolito echa renuevos, que le crecerán ramas y le saldrán frutas.

MEFISTÓFELES: ¿Qué apostáis? Todavía habéis de perder si me permitís llevarlo a mi terreno.

EL SEÑOR: Mientras él viva sobre la tierra, no te será prohibido intentarlo. Siempre que tenga deseos y aspiraciones, el hombre puede equivocarse.

MEFISTÓFELES: Te lo agradezco, pues con los muertos nunca me he entendido muy bien. Prefiero unas mejillas frescas y gordezuelas. Con un cadáver no me encuentro nunca a gusto: me pasa lo que al gato con el ratón.

EL SEÑOR: Bien, lo dejo a tu disposición. Aparta a esa alma de su fuente originaria y, si puedes aferrarla por tu camino, llévala abajo, junto a ti. Pero te avergonzará reconocer que un hombre bueno, incluso extraviado en la oscuridad, es consciente del buen camino.

MEFISTÓFELES: ¡Muy bien!, no tardaremos mucho tiempo. No me da miedo la apuesta. Permíteme, si logro mi objetivo, sentirme henchido por mi triunfo. Para mi regogijo, él tendrá que morder el polvo, como mi tía, la famosa serpiente.

EL SEÑOR: Podrás actuar con toda libertad. Nunca he odiado a tus semejantes. De todos los espíritus que niegan, el pícaro es el que menos me desagrada. El hombre es demasiado propenso a adormecerse; se entrega pronto a un descanso sin estorbos; por eso es bueno darle un compañero que lo estimule, lo active y desempeñe el papel de su demonio. Pero vosotros, auténticos hijos de Dios, disfrutad de la viviente y rica belleza. Que lo cambiante, lo que siempre actúa y está vivo, os encierre en los suaves confines del amor, y fijad en ideas eternas lo que flota en oscilantes apariencias.

(El Cielo se cierra y los Arcángeles se dispersan.)

MEFISTÓFELES: De vez en cuando me gusta ver al Viejo y me guardo de indisponerme y romper con Él. Es muy generoso que un señor tan grande tenga la bondad de hablar incluso con el diablo.

Johann Wolfgang Goethe, “Fausto”.

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Los dragones de la probabilidad

Trurl y Clapaucio eran alumnos del gran Cerebrón Emtadrata, quien durante cuarenta y siete años había enseñado en la Escuela Superior de Neántica la Teoría General de Dragones. Como sabemos, los dragones no existen. Esta constatación simplista es, tal vez, suficiente para una mentalidad primaria, pero no lo es para la ciencia. La Escuela Superior de Neántica no se ocupa de lo que existe; la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valiera la pena dedicarle una palabra más. Así pues, el genial Cerebrón atacó el problema con métodos exactos descubriendo tres clases de dragones: los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. Todos ellos, como antes dijimos, no existen, pero cada clase lo hace de manera completamente distinta.

Los dragones imaginarios y los iguales a cero, a los que los profesionales llaman Imaginontes y Ceracos, no existen, pero de modo mucho menos interesante que los Negativos. Desde hace mucho tiempo se conoce en la dragonología una paradoja, consistente en el hecho de que, si se herboriza a dos negativos -operación correspondiente en el álgebra de dragones a la multiplicación en la aritmética corriente- se obtiene como resultado un infradragón en la cantidad 0,6 aproximadamente. A raíz de este fenómeno, el mundillo de los especialistas se dividía en dos campos, de los cuales uno sostenía que se trataba de la parte de dragón contando desde la cabeza, y el segundo afirmaba que había que contar desde la cola.

Trurl y Clapaucio tuvieron el gran mérito de esclarecer lo erróneo de ambas teorías. Fueron ellos quienes aplicaron por vez primera el cálculo de probabilidades en esta rama de ciencia, creando, gracias a ello, la dragonología probabilística. Esta última demostró que el dragón era termodinámicamente imposible sólo en el sentido estadístico, al igual que los elfos, duendes, gnomos, hadas, etc. Los dos científicos calcularon en base a la fórmula general de la improbabilidad los coeficientes del duendismo, de la elfiación, etc. La misma fórmula demuestra que para presenciar la manifestación espontánea de un dragón, habría que esperar dieciséis quintocuatrillones de heptillones de años, más o menos.

No cabe duda de que el problema hubiera quedado como un simple curiosum matemático, si no fuera por la conocida pasión constructora de Trurl, quien decidió investigar la cuestión empíricamente. Y puesto que se trataba de fenómenos improbables, inventó un amplificador de la probabilidad y lo comprobó; primero en el sótano de su casa, luego en un Polígono Dragonífero especial, Dragoligón, costeado por la Academia.

Las personas no iniciadas en la teoría general de la improbabilidad preguntan hasta hoy en día por qué, de hecho, Trurl probabilizó al dragón y no al elfo o al gnomo. Lo hacen por ignorancia, ya que no saben que el dragón es, sencillamente, más probable que el gnomo. Es posible que Trurl haya querido avanzar más en sus experimentos con el amplificador, pero ya en el primero sufrió graves contusiones, puesto que el dragón, aun en vías de virtualización, quiso merendárselo. Por fortuna, Clapaucio -presente en oportunidad de la experimentación- redujo la probabilidad y el dragón desapareció.

Varios científicos volvieron a hacer luego experimentos con un dragotrón, pero como les faltaba rutina y sangre fría, una buena parte de la prole dragonera logró la libertad, no sin antes dejar en sus creadores muchos chichones y cardenales. A raíz de esos acontecimientos, se descubrió que los abyectos monstruos existían de manera muy diferente de como lo hacían -por ejemplo- armarios, cómodas o mesas, ya que lo que más caracteriza a un dragón una vez realizado es su notable naturaleza probabilística. Si se da caza a un dragón de esta clase, y sobre todo con batida, el cerco de cazadores con el arma pronta para disparar encuentra solamente un sitio quemado y maloliente en el suelo, dado que el dragón, al verse en dificultades, escapa del espacio real refugiándose en el configurativo.

Siendo una bestia obtusa y de cortos alcances, evidentemente lo hace por puro instinto. Las personas de pocas luces no pueden entender cómo ocurre la cosa, y a veces piden a gritos que se les muestre esa clase de espacio. Si se portan así, es porque no saben que también los electrones -cuya existencia no niega nadie que esté en su sano juicio- se mueven únicamente en el espacio configurativo, dependiendo su suerte de las ondas de probabilidad. Por otra parte, hay quien prefiere creer en los dragones antes que en los electrones, ya que estos últimos no suelen (por lo menos cuando están solos) querer comerse a nadie.

Un colega de Trurl, Harboríceo Cibr, fue el primero en establecer los cuantos del dragón y encontrar la unidad llamada el dracónido, que sirve para calibrar los contadores de dragones. Incluso calculó la curvatura de su cola, lo que por poco le cuesta la vida. Sin embargo, estos progresos en la dragonología dejaban indiferentes a las masas atribuladas por los dragones. Las bestias hacían muchísimo daño pateando y quemando las cosechas, y desvelando con sus rugidos a la gente atemorizada. Por si esto fuera poco, su insolencia era tan grande, que de vez en cuando se atrevían a exigir un tributo de jóvenes vírgenes.

¿Qué les importaba a los desgraciados que los dragones de Trurl, siendo indeterministas y por tanto no locales, se comportaran conforme a la teoría, aunque contra toda la decencia? ¿Qué más les daba que la curvatura de la cola estuviera estudiada y calculada, si los monstruos devastaban las cosechas a golpe de cola? No nos extrañemos pues si las masas, en vez de reconocer el enorme valor de los extraordinarios logros de Trurl, se los han reprochado. El descontento se hizo patente cuando un grupo de individuos -particularmente ignorantes en materia científica- osó levantar la mano al insigne constructor, dejándolo bastante maltrecho.

Pero Trurl, respaldado por su amigo Clapaucio, persistió en su trabajo de investigación, obteniendo nuevos éxitos al demostrar que el grado de existencia del dragón dependía de su humor y del estado de saturación general. El axioma sucesivo evidenciaba el hecho de que el único método seguro para su exterminio era la reducción de su probabilidad a cero, e incluso a los valores negativos. En todo caso, estas investigaciones exigían mucho trabajo y tiempo. Mientras tanto, los dragones ya realizados disfrutaban de libertad, aterrorizando a la gente y devastando planetas y lunas. ¡Y se multiplicaban, que era lo más terrible!

El hecho dio a Clapaucio la ocasión de publicar un brillante opúsculo bajo el título de «Transmutación covariante de dragones en dragoncillos, un caso particular de transmutación de estados prohibidos por la física a otros prohibidos por la policía». El opúsculo tuvo mucha resonancia en el mundo científico, donde nadie se había olvidado todavía de un dragón policial, muy famoso, con cuya ayuda los valientes constructores vengaron el infortunio de sus llorados compañeros en la persona del perverso rey Cruelio.

Y cuáles no fueron las perturbaciones, cuando se supo que un constructor -un tal Basileo Emerdiano- viajaba por toda la Galaxia, provocando con su mera presencia la aparición de dragones en los lugares donde nunca nadie los había visto antes. Cuando el desespero general y el estado de catástrofe nacional llegaban al cenit, Basileo pedía audiencia al rey del país en cuestión y, después de un largo regateo para obtener astronómicos honorarios, se comprometía a exterminar a los monstruos, lo que siempre cumplía puntualmente. Nadie sabía cómo lo hacía, porque siempre actuaba a escondidas y solo. Y para colmo de males, siempre daba la garantía del éxito de su dragonólisis en el sentido solamente estadístico.

Desde que un cierto monarca recurrió al mismo método -pagándole con unos ducados que sólo eran buenos estadísticamente-, solía comprobar con todo descaro, usando el agua regia, la naturaleza del metal de las monedas con que se le pagaba. Así las cosas, Trurl y Clapaucio se encontraron una tarde soleada y, naturalmente, hablaron del asunto.

— ¿Has oído hablar de ese Basileo? -preguntó Trurl.

— Claro que sí.

— ¿Y qué te parece?

— No me gusta esa historia.

— A mí tampoco. ¿Qué opinas de él?

— Creo que se sirve de un amplificador.

— ¿De la probabilidad?

— Sí. O bien de un sistema razonador.

— O de un generador de dragones.

— ¿Te refieres al dragotrón?

— Sí.

— En efecto, es posible.

— ¡Hombre! Si fuera de veras así -exclamó Trurl-, sería una canallada. Significaría, en cierto modo, que él se lleva los dragones consigo en estado potencial, con la probabilidad cercana al cero. Una vez bien instalado y ambientado a los planetas, va aumentando la probabilidad, la eleva a potencias cercanas a la seguridad y, naturalmente, sucede una virtualización, concretización y totalización plena y manifiesta.

— Seguro. Probablemente rasca en la matriz las letras «gón» y pone «cula». Así obtiene un «Drácula». ¡Dragón vampiro! ¿Te das cuenta?

— Sí. Creo que no puede existir cosa más terrible que un dragón vampiro. ¡Qué horror!

— Y dime, ¿crees que los anula luego con un retrocreador aniquilante, o sólo disminuye momentáneamente la probabilidad y se marcha con la pasta?

— Es difícil de decir. Pero si sólo los desprobabilizara, sería una canallada todavía más gorda, ya que tarde o temprano las cerofluctuaciones tienen que conducir a la activación de la dragomatriz, ¡y ya tenemos toda la historia vuelta a empezar!

— Sí, pero para ese momento él y el dinero están ya lejos… -gruñó Clapaucio.

— ¿No te parece que deberíamos escribir una carta avisando a la Oficina Principal de Regulación de Dragones?

— ¡Eso sí que no! Al fin y al cabo, puede que no lo haga. No tenemos ninguna prueba, ni seguridad de ninguna clase. Ten en cuenta que las fluctuaciones estadísticas ocurren a veces incluso sin un amplificador. Antaño no había matrices ni amplificadores, a pesar de lo cual a veces aparecían dragones. Accidentalmente.

— Tal vez tengas razón… -dijo Trurl- y, sin embargo… Fíjate que, en este caso, aparecen tan sólo cuando él llega al planeta.

— Es cierto. Pero, de cualquier manera, escribir sería una incorrección: no se puede denunciar a un colega. Sea como fuere, somos de la misma profesión. ¿Y si tomáramos algunas medidas por nuestra cuenta?

— Podría hacerse.

— De acuerdo, pues. Opino igual. A ver, ¿qué hacemos?

Aquí los dos insignes dragonólogos se enfrascaron en una discusión profesional incomprensible para toda persona ajena al ramo, ya que sólo emplearon palabras enigmáticas, por el estilo de: «contador de dragones», «transformación descolada», «débil influencia dragonística», «difracción y dispersión de dragones», «dragón duro», «dragón blando», «espectro discontinuo del basilisco», «dragón en estado de excitación», «aniquilación de una pareja de dragones de signos vampíricos opuestos en un campo de vector e inducción caóticos», etc.

El resultado de ese análisis exhaustivo del fenómeno fue una nueva expedición -tercera en el orden-, para la cual los dos constructores se prepararon con mucho esmero, cargando su nave con multitud de aparatos complicados. Entre los más importantes figuraban un difusador y un cañón que disparaba anticabezas.

Durante el viaje, mientras aterrizaban en Encia, Pencia y Cerúlea, comprendieron que, a menos de cortarse en pedazos, no les sería posible rastrear todo el terreno infestado por la plaga. La solución más sencilla era, evidentemente, trabajar por separado. Por lo tanto, después de celebrar un consejo de planificación, cada uno se marchó en dirección opuesta. Clapaucio pasó mucho tiempo laborando en Prestopondia, contratado por el emperador Extrandalio Ampetricio, que prometió darle a su hija por esposa si liberaba al país de los monstruos. Los dragones de probabilidad más elevada se paseaban incluso por las calles de la capital del imperio, y los virtuales pululaban por doquier en cantidades escalofriantes. Aunque, conforme a la opinión de personas del montón y de cortos alcances, los dragones virtuales «no existían», es decir, su existencia no era concretamente «comprobable», ni tampoco hacían nada para manifestarse, los cálculos de CibrTrurlClapaucioMinogo demostraban incontestablemente (sobre todo la ecuación de la onda dragonística) que un basilisco pasaba del espacio configurativo al real con la misma facilidad con que el hombre pasa de una habitación de su casa a la otra. Por consiguiente, por poco que aumentara la probabilidad, uno podía toparse con un dragón y hasta un superdragón en su propia vivienda, su sótano o su jardín.

En vez de perseguir a cada bestia por separado (lo que en cualquier caso hubiera tenido poca eficacia), Clapaucio, como el verdadero científico que era, actuó con método y lógica: colocó en las plazas y jardines de aldeas y ciudades unos autorreductores probabilísticos y, al poco tiempo, no quedaba títere con cabeza entre la estirpe dragoniana. Tras embolsarse los honorarios, un diploma honorífico y una copa grabada a su nombre, Clapaucio arrancó el vuelo para reunirse con su amigo.

Por el camino vislumbró un planeta donde alguien le llamaba con signos angustiosos. Pensando que tal vez era Trurl, que se encontraba en apuros, aterrizó. Resultó que los que le llamaban eran habitantes de Truflofora, súbditos del rey Pstricio. Era un pueblo terriblemente supersticioso, supeditado a unas creencias primitivas; su religión, la pneumatología draconiana, afirmaba que los dragones aparecían en castigo de los pecados y que tenían almas, pero impuras. Clapaucio pronto se dio cuenta de la insensatez -para usar un término suave- de toda discusión con los dracólogos del reino, ya que los únicos métodos que aplicaban para combatir la plaga se limitaban a quemar incienso en los lugares infestados y repartir reliquias, de modo que optó por efectuar sondajes en el terreno.

Sobre el planeta vivía en aquel momento un solo monstruo, pero perteneciente a la clase más terrorífica de todas, los Abyectosauria Draculii. Cuando el científico ofreció sus servicios al rey, éste le contestó de manera evasiva, sin concretar nada: se notaba la influencia que sobre él ejercía la absurda doctrina, según la cual las causas de la aparición de dragones no eran de este mundo. Al estudiar la prensa local, Clapaucio se percató de una curiosa falta de unanimidad: mientras unos consideraban al Abyectosaurio como ejemplar único, otros lo tomaban por un ser múltiple, capaz de encontrarse en varios sitios a la vez. El hecho le dio que pensar, aunque no le extrañó demasiado, puesto que la localización de aquellas asquerosas bestias dependía de las llamadas anomalías draconianas, por cuya causa algunos ejemplares -sobre todo los más distraídos-, quedan a veces «chapuceados» en el espacio -lo que no es otra cosa que un simple efecto isóspino de amplificación del momento cuántico-; así como una mano, al emerger del agua, muestra encima de la superficie cinco dedos aparentemente independientes e individualizados, igual los dragones, al emerger del espacio configurativo al real, parecen alguna vez múltiples a pesar de ser uno solo.

En el transcurso de una posterior audiencia, Clapaucio preguntó al rey si, por casualidad, Trurl no estaba en ese planeta. Cuál no fue su sorpresa cuando oyó que sí, en efecto, que su colega había estado hacía poco en Pstricia y que incluso se había comprometido a anular al Abyectosaurio, habiendo cobrado una suma a cuenta de los honorarios y marchado a unas montañas cercanas, donde se había visto a la dragona (parece que era hembra) repetidas veces. Al día siguiente regresó, pidió que se le completara el pago, enseñando como una prueba fehaciente de su éxito cuarenta y cuatro colmillos de dragón. Sin embargo, surgieron ciertas complicaciones y el pago fue retenido hasta que se aclarara el asunto. Al parecer, el hecho enfureció a Trurl de tal manera que en público y en voz alta dijo sobre el monarca cosas rayanas en el ultraje a la majestad; acto seguido, se alejó en una dirección desconocida, y no se le volvió a ver más. No así la Abyectosauria, que, ni corta ni perezosa, hizo al poco tiempo un nuevo acto de presencia, dedicándose a devastar, más cruelmente todavía, pueblos y ciudades sumidos en el terror.

Clapaucio encontró la historia bastante confusa, pero le era difícil poner en tela de juicio la veracidad de las palabras pronunciadas por boca del rey. Preocupado, cargó su mochila con productos dragonicidas de gran potencia y emprendió solitaria marcha hacia las montañas, cuya nevada sierra se elevaba majestuosamente por la parte este del horizonte.

Pronto vio en las rocas las primeras huellas del monstruo; pero aunque no las hubiera advertido, le hubiera alertado de su presencia el característico tufo a gases de azufre. Intrépido, prosiguió el camino, alerta y pronto a hacer uso del arma colgada del hombro; observaba continuamente su contador de dragones. La manecilla, después de haberse mantenido en el cero durante un buen rato, empezó a agitarse de manera inquietante, para colocarse lentamente, como si tuviera que vencer una resistencia invisible, cerca del número 1. Ahora Clapaucio ya no podía dudar: la Abyectosauria estaba rondando por allí.

Era un hecho verdaderamente sorprendente: a Clapaucio no le cabía en la cabeza que Trurl, su compañero de hazañas y científico de gran renombre, hubiera podido cometer un error en sus cálculos y dejar escapar viva a la bestia. Quien conociera a Trurl, sabía que esta eventualidad era tan inverosímil como el hecho de que volviera a la corte sin haber cumplido su cometido y exigiera pago por lo que no se había hecho.

Al poco rato topó en el camino con una columna de indígenas, cuyas miradas llenas de inquietud y su manera de andar -en una apretada fila- demostraban que el miedo los embargaba. En fila india, doblados bajo el peso de los fardos que transportaban sobre sus espaldas, ascendían lentamente por la ladera de la montaña. Después de saludarles, Clapaucio los hizo detener y preguntó a su guía qué hacían y adonde iban.

— Digno señor -contestó aquél, un funcionario de estado de rango inferior enfundado en una casaca remendada-, llevamos tributo al dragón.

— ¿Tributo? ¡Oh, sí, claro! ¿Y de qué consta ese tributo?

— De lo que le apetece al dragón, señor: oro, piedras preciosas, perfumes extranjeros y un sinfín de otras cosas…, todas muy caras.

Aquí el asombro de Clapaucio creció vertiginosamente, ya que los dragones nunca exigían semejantes ofrendas, sobre todo perfumes -incapaces de vencer su hedor natural- o dinero -que no necesitaban para nada-.

— ¿Y vírgenes no pide el dragón, buen hombre? -volvió a preguntar.

— Ya no, señor. Antes sí lo hacía; aún el año pasado se le llevaban, diez, una docena, según se le antojaba. Pero desde que vino aquí uno de fuera, quiero decir un extranjero, señor, y se puso a andar por las montañas en soledad, con cajas y aparatos… -aquí el hombrecillo interrumpió la frase, fijando la inquieta mirada en los instrumentos y armas de Clapaucio, entre los cuales destacaba el enorme dial del contador de dragones con su tictac quedo y su manecilla roja moviéndose sobre la esfera blanca-. ¡Pero si lo tenía todo igualito que su excelencia! -dijo, con un temblor en la voz-. Las mismas cosas llevaba encima y… lo mismo…

— Las compré de ocasión en un mercado de viejo -cortó Clapaucio, para mitigar el recelo de su interlocutor-. Y dígame, amigo, ya que hablamos de ello, ¿no sabe por casualidad qué se hizo de aquel extranjero que andaba por ahí?

— ¿Qué se hizo de él? Ay, no lo sabemos, señor. Bueno, verá, fue así. Una vez, hará unas dos semanas… ¿digo bien, compadre Barbarón? ¿Hará unas dos semanas, poco más o menos?

— Pues sí, compadre, decís bien, eso será. Unas dos semanas o cuatro. Tal vez seis.

— Eso. Pues se llegó al pueblo, entró en casa, comió, pagó bien (eso sí, dio las gracias, no puede decirse nada), miró por todas partes, golpeó las paredes, charló amablemente, preguntó por los precios del año pasado, dispuso los aparatos en la mesa grande, leyó en las esferas y se lo apuntó todo, cosa por cosa, con tanta premura que le temblaban las manos, en una libreta pequeña, roja, que llevaba en un bolsillo, luego sacó aquel ter…, ¿cómo se dice, compadre? el ter…, temper… no me sale la palabra…

— ¡El termómetro, alcaide!

— ¡Eso mismo! Sacó, pues, ese termómetro y dijo que era contra los dragones. Lo metió en un sitio, en otro, escribió otra vez en la libreta, metió los aparatos en un saco, se cargó el saco sobre la espalda, se despidió y se marchó. Y ya no volvimos a verle, señor. Lo que pasó, solamente, es que aquella misma noche hubo un ruido muy grande, como un trueno; pero lejos, como si fuese tras el pico de Midragor… es aquél, fíjese; cerca de aquel otro que es como una cabeza de halcón y se llama Pstriciano por el nombre de Su Majestad el rey, al otro lado, aquel que tiene otro muy cerca, como si fueran (con permiso) dos posaderas: aquél se llama la Pacusta, y es porque una vez…

— Dejemos los picos en paz, mi buen indígena -cortó Clapaucio-; así pues, dice que durante la noche hubo como un gran trueno. ¿Qué pasó luego?

— Luego ya nada más, señor. Cuando aquel estruendo, la casa se ladeó y me caí del catre al suelo. Pero ya tengo costumbre, porque cuando la dragona toca a veces de culo a la casa, le hace saltar a uno más todavía. Para decirle, por ejemplo, el hermano de Barbarón aquí presente, se cayó dentro de la tina de la ropa (porque justo hacían la colada) cuando se le antojó a la dragona rascarse la barriga contra la esquina de la casa…

— ¡Al grano, alcaide, al grano! -exclamó Clapaucio-. Estábamos en que tronó, usted fue a parar al suelo, ¿y qué más?

— Ya le he dicho que no hubo más. Si hubiera algo, tendría de qué hablar, pero si no hay nada, no hay nada y no vale la pena gastar saliva. ¿No es verdad, compadre Barbarón?

— Mucha razón tenéis, compadre alcaide.

Clapaucio se despidió con un gesto de cabeza y se apartó; la columna de porteadores reanudó entonces su fatigosa marcha, resollando por el peso del tributo que llevaban para el dragón. El constructor conjeturaba que lo depositarían en alguna cueva indicada por el monstruo, pero no quería hacer más preguntas, tanto le había extenuado la conversación con el alcaide y su compadre. Por otra parte, había oído antes cómo un hombre decía al otro que «por suerte», el dragón «escogió un sitio que estaba cerca para él y para nosotros».

Clapaucio se puso a su vez en camino, andando a buen paso y orientándose según las reacciones de un dragoindicador que se había colgado del cuello. No se olvidaba tampoco de consultar el contador, pero éste marcaba continuamente ocho décimas de dragón.

— Será un dragón particularmente discreto, o ¿quién sabe? -se preguntaba Clapaucio, mientras ascendía la pendiente, deteniéndose de vez en cuando para respirar, ya que los rayos del sol quemaban como el fuego.

El calor hacía temblar el aire por encima de los peñascos ardientes y en todo el contorno no había ni rastro de vegetación; sólo la tierra calcinada y resquebrajada en los huecos de las rocas y pedregales interminables y candentes que se extendían hasta los majestuosos picos. Pasó una hora; el sol bajó del cenit a la otra mitad del cielo, y Clapaucio seguía caminando, subiendo entre piedras y rocas, hasta que llegó a un terreno de barrancos estrechos y grietas llenas de frescor y oscuridad. La manecilla roja avanzó hasta la novena rayita bajo el número uno y se detuvo, temblando.

El científico dejó su mochila sobre una roca plana y empezó a sacar la desdragonadora, cuando el indicador se agitó violentamente; cogió su reductor de la probabilidad y oteó con atención los alrededores. Desde las rocas en que se encontraba, su vista alcanzaba al fondo del barranco, donde algo se estaba moviendo.

«¡No cabe duda, es ella!», pensó, puesto que el monstruo era una hembra.

Se le ocurrió que tal vez por eso, por ser una hembra, no exigía ahora doncellas. Sin embargo, anteriormente se las hacía traer. Extraño… muy extraño. Pero ahora, lo que importaba era tener buen pulso y apuntar con esmero, y todo terminaría bien, pensó. Sólo por si acaso, volvió a abrir la mochila para extraer su dracodestructor, cuyo émbolo enviaba a los dragones a la inexistencia.

Se asomó por encima de la roca. En el fondo del barranco, por el lecho seco del torrente, avanzaba una dragona gris pardusca; de colosal tamaño, pero con los flancos hundidos como si padeciera hambre. Las ideas se agolparon caóticamente en el cerebro de Clapaucio. ¿Cuál era el proceder más eficaz? ¿Aniquilarla, tal vez, gracias al cambio de signo de la matriz dragoniana del positivo al negativo, de modo que la probabilidad estadística de desdragón venciera a la de dragón? ¡Pero cuan arriesgado era, teniendo en cuenta que un movimiento casi imperceptible podía causar un cambio de consecuencias catastróficas! Fueron muchos los que en circunstancias semejantes obtuvieron en vez de desdragón, desazón.¿Cómo se puede hacer depender de tan pocas letras cosas tan grandes?

Además, una desprobabilización total haría imposible la investigación de la naturaleza de la Abyectosauria. Clapaucio vacilaba, hecho un mar de dudas, teniendo ante los ojos de su imaginación el agradable cuadro de una enorme piel de dragón extendida en su estudio entre la ventana y la biblioteca. Pero no era el momento de soñar, aunque otra eventualidad -la de donar un ejemplar de gustos tan especiales a un dragozoo- se le ocurrió mientras se arrodillaba; incluso tuvo tiempo de pensar qué trabajito científico tan bien hecho se podía confeccionar, si se lo basaba en una pieza bien conservada; de modo que pasó el fusil con el reductor a su mano izquierda, y cogió con la derecha un trabuco cargado con un anticabeza, apuntó cuidadosamente y apretó el gatillo.

¡Un estruendo de mil demonios! Una nube de humo nacarado rodeó la boca del cañón y a Clapaucio, que por un momento perdió al monstruo de vista, pero el humo se dispersó en seguida.

Las viejas leyendas cuentan sobre dragones multitud de cosas que no son ciertas. Dicen, por ejemplo, que algunos de ellos llegan a tener siete cabezas; en realidad esto no ocurre jamás. El dragón sólo puede tener una cabeza, ya que la presencia de dos conduce infaliblemente a violentos altercados y peleas entre éstas. Los pluritestas (nombre que les dieron los científicos) se extinguieron a causa de contiendas internas. Estos monstruos, de naturaleza obtusa y terca, no soportan la menor oposición, y por eso la posesión de dos cabezas en un solo cuerpo lleva a una muerte rápida: cada una, queriendo perjudicar a la otra, se niega a tomar alimento, e incluso se abstiene de respirar. Se puede adivinar fácilmente cuál es el resultado.

Éste, precisamente, fue el fenómeno aprovechado por Euforio Bondal para su invento del trabuco anticabeza. Se dispara al dragón, alojando en su corpachón una pequeña cabecita electrónica, fácil de manejar, y al momento se originan disputas y escenas violentas. En consecuencia, el dragón se queda inmóvil y tieso en un sitio, como si le diera parálisis, durante un día, una semana, un mes; incluso hubo casos en que sucumbía al agotamiento sólo al cabo de un año. Cuando se halla en este estado, se puede hacer con él lo que se quiera.

Sin embargo, el dragón alcanzado por el disparo de Clapaucio se comportó de manera muy extraña. Bien es verdad que se enderezó sobre las patas traseras con un rugido que hizo caer de la montaña una avalancha de piedras, que batió con la cola las rocas de sílex con tanta fuerza que el olor y los destellos de chispas llenaron todo el barranco, pero después se rascó la oreja, carraspeó y prosiguió tranquilamente la marcha, con la única diferencia de que había acelerado y pasado al trote. Sin dar crédito a sus propios ojos, Clapaucio corrió por la cresta peñascosa buscando un atajo hacia la salida del barranco: lo que ahora se le dibujaba en la mente ya no era algún que otro trabajito científico o artículo en el «Almanaque Dragonero», sino, por lo menos, una monografía sobre papel vitela, con los retratos de dragón y autor.

Al llegar a la punta, se acurrucó detrás de unas rocas, se acercó al ojo su lanzaimprobabilidad, apuntó e hizo funcionar los desposibilidadores. La culata le tembló en la mano; del arma recalentada se desprendió un vaho de neblina, el dragón quedó rodeado de un halo -como la luna cuando pronostica mal tiempo-, pero no se esfumó. Clapaucio volvió a la carga, para hacer la existencia del monstruo imposible.

La intensidad de la imposibilitatividad creció tanto, que una mariposa que volaba por allí empezó a emitir en alfabeto Morse el «Segundo Libro de la Selva»; entre las anfractuosidades de las rocas se materializaron sombras de hadas, brujas y espectros, y el poderoso ruido de cascos al galope anunciaba que se estaban acercando unos centauros, sacados de la imposibilidad por la tremenda tensión del arma. Sin embargo, el dragón, como si no hubiera ocurrido nada, se sentó pesadamente, bostezó y empezó a rascarse con fruición con las patas traseras la colgante papada.

El arma sobrecalentada quemaba los dedos de Clapaucio, quien seguía apretando febrilmente el gatillo. El científico nunca había vivido nada semejante: las piedras cercanas, no muy grandes, se elevaban libremente en el aire, y el polvo que el dragón echaba al rascarse por debajo del trasero, formó, al posarse, una frase bien legible: SU SEGURO SERVIDOR. Oscureció, el día daba paso a la noche, grandes peñascos calcáreos fueron a dar un paseo charlando en voz baja de sus cosas…; en una palabra, un milagro seguía al otro, pero la espantosa bestia que reposaba a treinta pasos de Clapaucio no quería desaparecer.

Clapaucio descartó el lanzador, sacó del bolsillo una granada antidragón y, encomendando su alma a la Gran Madre de las Transformaciones Irreversibles, la lanzó sobre el monstruo. Resonó un estruendo ensordecedor, y unos fragmentos de piedra volaron al aire junto con la cola del dragón; este último gritó en voz completamente humana «¡Socorro!» y galopó directamente hacia Clapaucio, quien, viendo la muerte tan próxima, saltó de su escondrijo blandiendo una corta pica de antimateria. Se aprestaba ya a tirarla, cuando oyó otros gritos:

— ¡Quieto! ¡Quieto! ¡No me mates!

«¿Será el dragón quien habla?», pensó Clapaucio. «No…, me estaré volviendo loco»

Sin embargo, preguntó:

— ¿Quién habla? ¿Es el dragón?

— ¡Al cuerno con el dragón! ¡Soy yo!

En efecto, en medio de la nube de polvo apareció Trurl, tocó el cuello del monstruo, dio la vuelta a una cosa, y el gigante cayó lentamente de rodillas, inmovilizándose con un chirrido prolongado.

— ¿Qué es esta mascarada? ¿Qué significa? ¿De dónde ha salido ese dragón? ¿Qué hacías dentro de él? -le abrumó a preguntas Clapaucio.

Trurl se sacudía el polvo de la ropa, tratando de calmar con los gestos a su amigo.

— De dónde, qué, dónde, cómo… ¿Quieres dejarme hablar? Yo aniquilé al dragón y el rey no quiso pagarme…

— ¿Por qué?

— Debió de ser por tacañería, no lo sé. Dijo que era por culpa de la burocracia, que debía confeccionarse un protocolo formal de la vista de los hechos, mediciones, autopsia, reunión de Concejo del Instituto Nacional, que aquí, que allá, etc. El celador superior del Tesoro dijo que no sabía cómo efectuar el pago, que no era asunto del fondo de salarios, ni del impersonal; en una palabra, aunque yo pedía, insistía, iba de caja en caja, del rey al Concejo, nadie quería atenderme. Incluso me obligaron a producir una biografía con fotos; fui adonde el dragón, pero fue inútil: estaba ya en un estado irreversible. Lo despellejé, corté unas ramas de avellano, encontré luego un viejo poste de telégrafos y no necesité gran cosa más; lo rellené y me puse a fingir…

— ¡No puede ser! ¿Recurriste a un truco tan bajo? ¿Tú? Pero… para qué, ¿no te han pagado? No entiendo nada.

— ¡Qué tonto eres, hombre! -Trurl se encogió de hombros con conmiseración-. ¿Y los tributos que no paran de traerme? Ya cobré más de lo que me correspondía.

— ¡Oh, claro! -la luz de la verdad iluminó a Clapaucio. Sin embargo, añadió-. Pero está feo obligar…

— ¿Qué tiene de feo? Por otra parte, ¿qué daño hice? Me paseo por las montañas y de noche rujo un poco. Estoy terriblemente cansado… -suspiró, sentándose al lado de Clapaucio.

— ¿De qué? ¿De rugir?

— No; verdaderamente, no entiendes nada. Seguro que no es de rugir. Cada noche tengo que acarrear los sacos de oro desde la gruta convenida, allá arriba -indicó con la mano una loma lejana-. Me preparé allí una pista de despegue. Ya te quisiera ver a ti transportando fardos tan pesados durante noches enteras… ¡Verías lo que significa!

» Y comprende, este dragón también tiene lo suyo: la piel sola pesa unas dos toneladas, y yo he de llevarla encima, rugir, patear, todo el día; y después, en vez de descansar, ¡esa tarea agotadora! Me alegro de que hayas llegado, estaba ya más que harto…

— Está bien. Dime, solamente, ¿por qué este dragón, mejor dicho este fantasmón relleno, no desapareció cuando disminuí la probabilidad hasta permitir los milagros? -quiso todavía saber Clapaucio.

Trurl carraspeó, un tanto confuso.

— Es gracias a mi prudencia -aclaró-. Al fin y al cabo, aquí podía meter baza algún cazador tonto, Basileo, por ejemplo; así que instalé bajo la piel unas pantallas antiprobabilísticas. Y ahora, ven; quedan allí todavía unos sacos de platino. Es lo más pesado de todo, ya no tenía ganas de llevarlos yo solo. ¿Ves qué bien? Me ayudarás…

Stanislaw Lem. Ciberiada

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"El callejón de los milagros", Naguib Mahfuz

"El callejón de los milagros", Naguib Mahfuz

"Las lágrimas se han secado, pero nos queda la risa. La risa es más fuerte que las lágrimas, y su resultado más positivo. Reíros desde el fondo del corazón, reíros hasta que nos oigan los dueños de las tiendas de nuestra calle feliz".

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La magia del origami

La magia del origami

Uno de mis recuerdos más tempranos arranca conmigo sollozando, negándome a tranquilizarme hicieran lo que hicieran mis padres.

Mi padre se dio por vencido y abandonó la habitación, pero mi madre me llevó a la cocina y me sentó a la mesa del desayuno.

«Kan, kan» , dijo, mientras cogía un trozo de papel de envolver de encima de la nevera. Mi madre llevaba años abriendo con todo cuidado los envoltorios de los regalos navideños y guardándolos encima del frigorífico, en una alta pila.

Colocó el papel sobre la mesa, con la cara en blanco hacia arriba, y empezó a plegarlo. Yo dejé de llorar y la observé con curiosidad.

Ella giró el papel y lo volvió a doblar. Plisó, presionó, metió esquinas en dobleces, enrolló y retorció hasta que el papel desapareció en el hueco formado por sus manos. Entonces se llevó a la boca el paquete de papel plegado y sopló en su interior, como en un globo.

«Kan , dijo, laohu» . Apoyó las manos sobre la mesa y lo soltó.

De pie sobre la mesa había un pequeño tigre de papel, del tamaño de dos puños uno junto a otro. La piel del tigre era el dibujo del papel de envolver: fondo blanco con bastones de caramelo rojos y árboles de Navidad verdes.

Alargué la mano hacia la creación de mi madre. El animal meneó la cola y saltó juguetón hacia mi dedo. « ¡Grrr-frufrú! », gruñó, con un sonido a medio camino entre el de un gato y el del roce de las hojas de un periódico.

Me eché a reír, sorprendido, y le acaricié el lomo con el índice. El tigre de papel tembló bajo mi dedo, ronroneando.

«Zhe jiao zhezhi» , dijo mi madre. Esto se llama origami .

Aunque yo todavía no lo sabía por aquel entonces, el origami de mi madre era un tanto especial. Ella insuflaba su aliento en las figuras para así compartirlo con ellas y animarlas con su propia vida. Esta era su magia.

Mi padre había elegido a mi madre en un catálogo.

Fragmento de El zoo de papel (2011) de Ken Liu

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