Se movía en una vetusta bicicleta antigua que debía tener unos 40 años.
Era de esas con dos muelles gigantes en el sillín, que chirriaban cada vez que se movía.
Pedaleaba con furia cinco segundos, se bajaba, cargaba la bicicleta y la llevaba veinte metros adelante, luego volvía a subir. Era una bicicleta estática, pero él insistía en que no lo era.
Llevaba pantalones remangados sobre calcetines de lana hechos a mano y zapatillas hechas con tela reciclada. En su mochila de segunda mano llevaba pan de masa madre, una kombucha y La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, que nunca había empezado.
A veces revisaba la luz del sol sobre el sillín, ajustaba su barba con aceite artesanal y se hacía un selfie con la bicicleta para subirlo a su perfil.
Los transeúntes le miraban como si estuviera loco. Él sonrió, satisfecho de estar demasiado adelantado para ellos.