A comienzos del milenio, algunos padres anarquistas esterilizaron a sus hijas para impedir que el sistema capitalista siguiera explotándolas para generar mano de obra o, como ellos decían, nuevos esclavos.
La decisión se extendió. Sin la carga de la crianza, la humanidad prosperó. La ciencia avanzó, las máquinas trabajaron, la población descendió y el mundo entró en una larga estabilidad.
Sin futuro biológico, muchos hombres perdieron deseo y ambición. Se volvieron irrelevantes. Las mujeres ocuparon el poder político, económico y militar. La reproducción pasó a incubadoras artificiales donde la eugenesia descartó casi todos los embriones masculinos.
Cuando los varones empezaron a escasear, fueron declarados patrimonio biológico y confinados en reservas.
Hoy esas reservas son cotos privados.
Algunas usuarias entran con rifles.
Las licencias más caras, sin embargo, permiten experimentar cómo era la reproducción en el Antropoceno.
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