Hay una queja que se repite con una perseverancia digna de estudio: hoy en día, dicen, a cualquiera que no esté de acuerdo con la opinión dominante se le llama fascista. No porque lo sea —faltaría más—, sino porque así se le silencia, se le cancela y se evita el debate. La palabra “fascista”, aseguran, se ha convertido en un insulto vacío, una especie de comodín autoritario que la izquierda saca cuando se queda sin argumentos. Curiosamente, esta acusación suele venir acompañada de largos monólogos en prime time, columnas de opinión, canales de Telegram y vídeos virales. La censura, al parecer, es muy flexible.
La utilidad de esta queja es evidente: funciona como vacuna preventiva. Antes incluso de que alguien explique por qué cierto discurso recuerda demasiado a los años treinta, ya se ha establecido que quien lo haga no razona, censura. No discute, cancela. No analiza, odia. El truco es elegante: no se responde a la acusación; se invalida el hecho mismo de formularla. Y así, mientras se clama que “ya no se puede decir nada”, no dejan de decirlo todo, constantemente y a gran volumen.
En España, figuras como Alvise Pérez o Vito Quiles han perfeccionado esta gimnasia retórica. Pérez, desde SALF, denuncia sin descanso a un “sistema” omnipotente, corrupto y maligno que, pese a todo, le permite tener plataforma, audiencia y financiación. Quiles, por su parte, practica una modalidad peculiar de periodismo que consiste en confundir preguntar con acosar y fiscalizar con provocar, siempre en nombre de una libertad de expresión que casualmente solo fluye en una dirección. Ambos insisten en que son víctimas. Víctimas muy activas, muy visibles y extraordinariamente ruidosas.
Llamar fascista a alguien no es —o no debería ser— una manera de decir “no me gustas”. Es señalar patrones políticos reconocibles: una concepción jerárquica de la sociedad, una obsesión con la identidad presentada como permanentemente amenazada, la exclusión de quienes no encajan en ese “nosotros”, la hostilidad hacia los derechos universales cuando estorban y una relación, como mínimo incómoda, con la democracia cuando esta no garantiza el resultado deseado. Ya sabéis, el Perro Sanxe es un dictador, aunque haya sido elegido democráticamente en unas elecciones libres.
Aquí aparece otro clásico del repertorio: gobiernos elegidos democráticamente pasan a ser “dictaduras” no porque suspendan elecciones, ilegalicen partidos o cierren parlamentos, sino porque gobiernan sin el consentimiento de quienes perdieron. El término “dictador” se usa con una ligereza que solo puede explicarse desde una profunda falta de memoria histórica o desde una estrategia consciente de banalización. Probablemente ambas cosas.
Esta relación instrumental con la democracia no es nueva. Los movimientos fascistas del siglo XX la aceptaban como medio, no como principio. Si servía para llegar al poder, bien; si no, era corrupta, ilegítima o directamente falsa. Hoy, la lógica se repite envuelta en discursos de regeneración, anticorrupción y patriotismo agraviado, con el añadido moderno de redes sociales, vídeos cortos y una capacidad de victimización en tiempo real que sus predecesores habrían envidiado.
Cuando se acusa sistemáticamente a quienes señalan el fascismo de hacerlo por intolerancia o afán censor, se está aplicando uno de los principios clásicos de la propaganda atribuidos a Goebbels: repetir una mentira hasta que parezca una verdad evidente. Para reforzarla, se la envuelve en una pátina de supuesto sentido común. “Si tú te vistes por los pies”. “Esto lo ve cualquiera”. “Es de cajón”. Fórmulas mágicas que convierten una opinión en axioma y ahorran el incómodo trámite de argumentar.
No se discute si algo es fascista o no; se decreta que señalarlo es exagerado, ridículo o malintencionado. Y si alguien insiste, confirma el diagnóstico: intolerante, censor, enemigo de la libertad. La lógica es perfecta, circular y hermética. También muy conocida.
En la Alemania nazi, el Ministerio de Propaganda no necesitaba convencer mediante pruebas: bastaba con repetir, simplificar y apelar a la emoción. Periodistas alineados con el régimen difundían mensajes diseñados para generar miedo, urgencia y obediencia. Mildred Gillars, “Axis Sally”, hacía lo propio por radio, adaptando el mensaje al público objetivo. Décadas después, Trump demostró que la técnica sigue funcionando: repetir una consigna hasta que deje de parecer una consigna y pase a sentirse como una intuición propia. La verdad ya no es lo demostrable, sino lo más escuchado.
Los escándalos que rodean a estas figuras —calumnias, acoso, difusión de información falsa o irregularidades financieras— no provocan una revisión ética. Al contrario: se integran en el relato. Si hay investigaciones, es persecución. Si hay condenas, censura. Si hay críticas, confirmación de que “el sistema” está nervioso. La responsabilidad individual desaparece y la causa lo justifica todo, otro rasgo que tampoco resulta especialmente novedoso.
Al final, lo que realmente molesta de la palabra “fascismo” no es que sea exagerada, sino que es incómodamente precisa. Porque conecta discursos actuales con una genealogía política concreta, con métodos conocidos y consecuencias documentadas. Porque obliga a dejar de fingir que todo esto es solo una diferencia de opiniones entre personas razonables.
No es que se llame fascista a cualquiera. Es que algunos prefieren discutir eternamente sobre la palabra para no tener que responder por las ideas. Porque mientras se debate si el término es exagerado, injusto o “ya no significa nada”, el contenido sigue ahí, intacto, repitiéndose con la tranquilidad de quien sabe que la conversación nunca llegará a lo incómodo. Y quizá por eso molesta tanto: no porque insulte, sino porque señala. Y señalar, a veces, duele más que cualquier etiqueta.
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