Rudolf Hoss, comandante de Auschwitz, visto por el mismo

...Mi existencia ha sido animada y llena de variedad. Mi destino me ha llevado a las alturas y al fondo de los abismos. La vida me ha sacudido con mucha rudeza, pero siempre he logrado resistir sin perder los ánimos.

Dos estrellas me sirvieron de guía desde el momento en que volví, adulto, de una guerra (191418), a la cual partí siendo muchacho: mi patria, mi familia.

Mi apasionado amor a la patria y mi conciencia nacional me llevaron al partido nacionalsocialista y a los SS.

Considero la concepción del mundo (Weltanschauung) del nacionalsocialismo como la única adecuada a la naturaleza alemana. Los SS eran, a mi entender, los defensores activos de esta filosofía; y eso los capacitaba para conducir gradualmente al pueblo alemán enteró hacia una existencia de acuerdo con su naturaleza.

Mi familia era, para mí, algo igualmente sagrado; a ella me atan lazos indisolubles.

Siempre me he preocupado de su futuro; una granja había de ser nuestro verdadero hogar. Para mi mujer y para mí, nuestros hijos representaban la meta de nuestra existencia. Queríamos darles una buena educación y legarles una patria poderosa.

Todavía hoy mis pensamientos van todos hacia mi familia. ¿Qué va a ser de ella? La incertidumbre que llena mi ser hace particularmente penosa mi detención.

He hecho el sacrificio de mi persona de una vez para siempre. La cuestión está zanjada, ya no me preocupo de eso. Pero, ¿qué harán mi mujer y mis hijos?

Ha sido un extraño destino el mío. Muchas veces, mi vida estuvo pendiente de un hilo, durante la Primera Guerra, durante los combates de los cuerpos francos, en accidentes de trabajo. Mi coche fue arrollado por un camión y estuve a punto de morir. Yendo a caballo, me caí sobre una piedra y me faltó poco para ser aplastado por mi montura: salí con un par de costillas rotas. Durante los bombardeos aéreos, creí muchas veces llegada mi última hora y nunca me pasó nada. Poco antes de la evacuación de Ravensbrück, fui víctima de un accidente de automóvil y todos me daban ya por muerto; una vez más salí ileso.

Mi ampolla de veneno se rompió en el instante de mi detención.

El destino me ha librado de la muerte en cada ocasión para hacerme padecer ahora un final degradante. ¡Cuánto envidio a mis camaradas, caídos en el campo de batalla, como soldados!

Era un engranaje inconsciente de la inmensa máquina de exterminación del III Reich. La máquina está rota, el motor ha desaparecido y yo debo hacer lo mismo.

El mundo lo exige...

Que el público siga, pues, creyéndome una bestia feroz, un sádico cruel, asesino de millones de seres humanos; las masas no pueden hacerse otra idea del antiguo comandante de Auschwitz. No llegarán a comprender jamás que yo también tenía corazón...

Rudolf Hoss

Cracovia, febrero de 1947.