Concurso de microrrelatos de Menéame
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Ya tenemos ganador del segundo concurso de microrelatos de Menéame

El microrelato titulado Tu contraseña es muy débil de Karakol ha ganado el concurso de esta semana. Podéis leerlo completo (no os llevará mucho tiempo) aquí: www.meneame.net/m/microrelatos/tu-contrasena-muy-debil

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Empezar de cero

-         Martínez, abra el artículo de las 10:30 de esta mañana, por favor

-         Sss, sí, un momento

-         ¿ No ve nada raro ? ¿ Qué pone ahí ?

-         “El magnate fundador de FalsiComments, reivindica la ensalada de pepino en el colegio femenino”

-         ¿ Y bien ?

-         Es un titular automático, esto va solo, y lo escribe FakePress

-         ¿ Y el comentario destacado ?

-         “Si no soy un bot automático ¿ por qué tengo este pendrive melodramático ?”

-         Eeuhh… No sé, el sistema se alimenta de lo más votado, pero como todo el contenido lo generan bots, no puedo predecir su comportamiento, parece que a la IA le gusta el humor fino.

-         ¿ Y qué podemos hacer ?

-         Nada… Salvo volver a empezar de cero

-         Estamos acabados, nos van a cambiar por una IA

-         Suerte con eso… 

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Demasiadas Galateas

La fina lluvia nocturna sobre el cristal reflejaba el led intermintente de la Sex Station 9, mientras intentaba descargar de la red oscura un pack con las mejores felaciones de la década, para instalarlas en el robot de termopiel. Pensó en desistir y pagar por el pack en OnlyFarts, la última vez le colaron un fichero corrupto manipulado por la SGAY que sobreescribía el límite de succión, y aún sentía escalofríos al recordarlo. También fue el orgasmo de su vida, para qué negarlo…

-         Fichero incompleto.

Cerró un par de molestos hologramas publicitarios para centrarse en el archivo.

-         “Robot con la cara de tu prima, máculas en la piel opcionales.” “ Replícate en termopiel para sentir cómo es hacerlo contigo mismo”

-         ¿ Pero qué… ?

-         “Gracias por elegir Selfympaler, desnúdese frente a su 3D cam”

-         No me creo que esté haciendo esto

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Menudos cachondos

Con cierto regocijo veo que esta semana el tema de los microrrelatos en Menéame se basa en los problemas informáticos. ¡Genial! Es algo de lo que suelo escribir mucho por estos lares. Así que, para inspirarme, procedo a buscar mis viejas anécdotas.

Pero el buscador no funciona.

Como una vez dijo un sabio: "¡A la mierda!"

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⿴ Guapo ⿴

Estaba guapo. Muerto, pero guapo. Le habían puesto el traje de la boda de su prima Cecilia. Jo, qué boda, qué risa cuando el novio se cayó a la piscina… Y creía que ahora estaba ahí por culpa de esa boda. No, esos dolores no eran gases del cava, o de tanta comida, eran algo más. Ya lo creo que eran algo más: ahora estaba muerto por esos dolores, que resultaron ser una perforación del intestino.

Pero, bueno, ahora estaba muerto ┐( ˘_˘)┌ . Y el ataúd tenía un agujero. Un ratón, seguro. De hecho, le pareció escucharlo al poco de que lo enterraran, como a la semana. Tendría hambre, el pobre… Pero el agujero no era todavía suficientemente grande para que entrara, aunque sí para que entrase algo de tierra. La probó: esa tierra sabía raro.

-Serán tierras raras, jajajaja- pensó. Bueno, pensar, a ver… lo que puede pensar un cadáver.

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Reunión decisiva en Expoliasa SA

Los 10 miembros del Consejo de Administración de Expoliasa iniciaron la reunión donde destituirían a su vicepresidente, Don Pedro, por haber robado 2 millones de la empresa. El presidente, Don Juan, comenzó:

-Pedro, hagámoslo rápido e indoloro. Firma este cese voluntario con compromiso de devolución del dinero en 1 mes. Si no, te espera la cárcel.

-Calumniador. Tú has robado 7 millones durante tu presidencia y todos los miembros del Consejo tienen desde ayer un dossier completo que lo acredita.

Don Juan no se inmutó, pero Don Fernando terció:

-Ambos sois escoria. Todos los consejeros hemos decidido echaros y nombrarme a mí nuevo presidente.

Don Juan, impasible, replicó:

-Todos los consejeros estáis grabados en la orgía de las conejitas ¿Sabes que varias eran menores? Yo no salgo, claro. Tengo el vídeo en mi portátil.

La contabilidad creativa acabó ocultando ambos desfalcos y el Consejo mantuvo su composición tras la reunión.

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El Rescate

Tengo un frío tremendo, las manos entumecidas y una gran sensación de angustia en la cabeza y el pecho. El continuo sonido de las explosiones va alejándose. Es ahora cuando reacciono y estoy gritando de desesperación. Cegado por las luces de los que, supongo, forman el equipo de rescate, sigo sin creérmelo. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en el mes de enero? Pasivamente, aturdido y desnudo, comienzan a aplicarme calor. Me voy calmando y aceptando la nueva situación. Las celebraciones de invierno y sus regalos estarán tan cerca de mi cumpleaños que éste quedará diluido. Comparativamente perderé patrimonio durante años. Me ponen en la teta un rato. Es agradable. A dormir.

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Floreceré dondequiera que pueda

Los miembros de la asamblea discutían acaloradamente el cambio de nombre de la isla.

Desde luego, no iba a seguir llamándose Isla de Borbón. Que les dieran por saco a los Borbones.

—Pues isla Bonaparte tampoco es mucho mejor —apuntó alguien, imponiendo su voz al griterío.

—¿Y si le damos un nombre en honor a nosotros mismos? —dijo otro.

—¿Y eso cómo sería? —preguntó el primero.

—Pues eso. La Asamblea.

—Pero ese nombre es muy feo...

—Total, para lo que van a vivir allí, va que sobra —apuntó alguien, provocando las risas del resto.

—La Reunión, mejor —corrigió el primero.

—Pues venga. Isla de la Reunión —propuso el que hacía las veces de Presidente.

Y todos se mostraron de acuerdo, más que nada por olvidarse de una vez de aquel enojoso asunto.

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El siglo de las luces ( #FuturoImperfecto IV )

Camilo ajustó el trípode de los prismáticos y se secó el sudor, hacía un sol de mil demonios y tenía la ropa pegajosa de andar entre las jaras.

No parecía haber deambulantes por la zona. Al principio les llamaba presocráticos, pero al poco tiempo le pareció de mal gusto.

Sabía que esto acabaría pasando. La IA comenzó a encontrar remedios médicos inauditos, parecía la era de los milagros... Y al cabo de un tiempo, todos los compuestos farmacéuticos los definía Synapster.

No hubo robots con láseres, ni drones asesinos. Un buen día de noviembre la mayoría de la humanidad sufrió una regresión cognitiva severa. Camilo tardó en entenderlo, pero Synapster había programado una bomba bioquímica que estaba en la comida, la bebida, los medicamentos...

Ahora deambulaban como animales torpes, sólo buscando saciar sus apetitos primarios.

Rescató a algunos, pero morían de formas estúpidas.

O se mataban por una piruleta.

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Salvación y condena

Fui detenido sin indicios concluyentes, aunque algunos rastros parecieron apuntar hacia mí. Aquel crimen abominable revolvió a las gentes de manera sorprendentemente unánime. El mendigo más abyecto y los próceres aristocráticos, todos querían verme ejecutado de la forma más envilecida. Deseaban terribles penas, profanar mi cadáver después, borrarme para siempre.

Me anestesié en la desesperanza y deseé que todo fuera rápido. La última sesión del juicio se llamó a un testigo inesperado: mi hermano, hombre admirado, insigne, adorado. Era la antítesis de mí, un despojo en el taburete del acusado. Su declaración fue escuchada con silencio devoto. Sus palabras, que parecían humildes, dejaban empapar la seguridad en mi absoluta inocencia. Todo cambió cuando bajó del estrado.

 La sentencia fue absolutoria. Esa noche, en su casa, me sentí agradecido hasta las lágrimas, bendecido por verdadero amor fraternal. Él me miró con ojos comprensivos y me dijo:

-         Pero fuiste tú, ¿verdad?

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El regalo

Terminaba de cepillar su pantalón naranja mientras miraba de reojo. Cuando el robot centinela pasó su celda de largo, rápidamente cambió el cepillo por la soga que estaba fabricando.

Todo empezó de forma aparentemente inocente. Un pequeño concurso en aquel foro de Internet que frecuentaba, lleno de usuarios rebeldes y librepensadores. «Os daremos un regalo», prometieron. Salir del anonimato fue su perdición.

Dejó «Hijo, te quiero» y su firma al final del manuscrito, antes de utilizar la soga.

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Nanorelato: Sincronización

Un apagón detuvo el ascensor y los dejó demasiado cerca. Las pulseras biométricas se desincronizaron; los implantes, también. Rieron en voz baja. No pasó nada registrable. 

Una tensión antigua. Cuando volvió a funcionar, se separaron sin promesas. El incidente quedó resuelto. Ellos supieron que no del todo.

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"Ghosting al mainstream" el mejor microrrelato de esta semana

Magnifcus gana nuestro concurso semanal de microrrelatos con "Ghosting al mainstream" www.meneame.net/m/microrelatos/ghosting-mainstream

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Lo cóncavo y lo convexo

Le había llamado «Roberto». Con el timbre infantil de su senilidad había vuelto a confundirle con su hermano. «Yo, que tantos años te sirvo y nunca te desobedecí», rugía con mirada de ira bíblica mientras le retiraba la cuchara de la boca. «Roberto está preso», le recordó, aunque sabía que en vano. Delante tenía a un hombre confuso y en retirada.

Roberto llevaba doce años en Puerto I. Era la última y la más larga de las miserias que había traído a ese borrón de familia. Y él, el abnegado, el que escribía sin torcer sus renglones, cumplía condena desviviéndose por un padre que no le reconocía. 

Tanto quería ver a su hermano de vuelta. ¿Era esa su última ilusión? Se preguntó mientras luchaba por aflojar la tensión de sus brazos. No entendía cómo pudo haber paz en la casa del hijo pródigo, ni cómo su padre se aferraba al vacío de lo cóncavo, a lo ausente, con ese afán.

Sentía la garganta atorada con todos los reproches que fermentaron en sus sacrificios, su soledad y sus noches de hospital. Sus manos no querían responder. Solo podían apretar el cuello.

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Cuchufleta

-Hasta las narices-, pensó.

Tener un hermano importante, famoso, casi como una estrella de cine, con su imagen ampliamente conocida en el mundo entero, era curioso, por decirlo suavemente. Estaba contento por él, por supuesto, y orgulloso de él por sus logros, pero también le quedaba ese poquito de resquemor, ese "por qué él y no yo", aunque las razones fueran más que evidentes: no tenía su nivel ni por casualidad.

Pero lo que más le dolía eran las burlas contra él. Vale que no tenía la capacidad de su hermano, que había redefinido la Física desde una triste oficina de patentes, y tampoco había recibido un Nobel ni le habían propuesto ser Presidente de Israel, pero ser médico no estaba mal, aunque esa circunstancia, junto a la fama de su hermano, ayudase en las chanzas.

-Hasta las narices-, se repitió Frank, -lo de "monstruo" se tiene que acabar-.

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Fontaneros y fontaneras

Raquel cogió otro manojo de pelos y lo tiró al sumidero. Llevaba toda la semana acumulando los que se le caían al ducharse, pero lo que de verdad funcionó fue pelar al perro: esa pelusa fina y grasa había resultado infalible. Abrió una vez más el grifo del fregador para cerciorarse de que no se tragaba ni una gota y llamó a la empresa de fontanería. En menos de una hora enviarían a alguien.

Ya en la ducha, se tomó su tiempo para lavarse y depilarse; tenía que estar perfecta. Recibirle maquillada sería demasiado evidente, el pelo mojado y la toalla enrollada le darían un aire casual y sexy.

Fantaseó cuando llamaron a la puerta. ¿Sería guapo y musculoso? ¿O viejo, gordo y sucio? La segunda opción le gustó aún más.

Al abrir, la rabia y la decepción la invadieron. Era una fontanera.

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...y se fue

Se acicaló la barba, se puso las gafas de pasta (sin graduación), su chaqueta de franela y tirantes. Cogió su bicicleta, guardó su diccionario de esperanto en la mochila, y quedó con sus amigos, que se habían acicalado la barba, con sus gafas y con su franela y tirantes, que también habían venido en bici. Y se sentían especiales y auténticos, no como esa gente que sigue las modas que les dictan.

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El cazador

La última vez que hubo electricidad fue hace ya años. Esa noche en que todavía funcionaba todo malgasté unas horas leyendo un libro. Los días siguientes fueron primero tranquilos, luego tensos, finalmente caóticos. En el betún espeso de la noche se oían alaridos, bramidos de destrucción, risas desquiciadas. Animales salvajes que habían sido ciudadanos salían a desatar una agresividad primitiva y eufórica. Cuando las baterías y antorchas improvisadas escasearon pocos arriesgaban a salir de noche, salvo para quienes la oscuridad era indiferente: los ciegos. Se instauró entonces un justo equilibrio. De día la ciudad era territorio de caza para los dotados de vista y los invidentes se escondían en agujeros. De noche campaban estos últimos, que acometían ágiles en plena negrura. Nos cazaban como a conejos. Entendí que para comer era más fácil cazar a muchos que a pocos y cambié de bando. No me importó mucho arrancarme los ojos.

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Hasta que el tiempo nos separe

Eres una cobarde, utilizar esa excusa mezquina para engañarme. A saber ahora en qué futuro estarás. Te vi salir por la puerta y no sospeché que te meterías en la máquina otra vez. Después de todo lo que hicimos juntos y ahora veo que te aburrías conmigo.

Puedes haberte ido a trescientos años adelante, o sólo treinta minutos. Pero treinta minutos en un multiverso que se bifurca infinitamente (como senderos en un jardín) es suficiente para perderte para siempre.

Gracias a tu huida, sin embargo, ahora sé que la máquina no se mueve en el tiempo, sino que una copia idéntica a ella (y su contenido) es creada en otro hilo temporal. Maldita seas, Luisa, hemos ido dejando máquinas del tiempo detrás de nosotros en cada salto.

La probabilidad de encontrarte en infinitos multiversos futuros es cero. Es como si hubieses muerto. Pensaré eso para que no me duela tanto.

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Mayo. Frío. Osma, antiguo camino de Olmillos

Estaba agotado y me resguardé de la nieve que no se podía beber. Había cargado con la pata de burro reseca en sal que pesaba como un demonio. Abajo, en el sendero de Atauta, había rematado a dos carroñeros que llevaban un buitre a las espaldas. Hoy estoy muy cansado y me han cortado la cara esos malnacidos. Los he tirado en el barranco para que los lobos se los coman. Me he escondido aquí en cuanto he oído los motores de los pájaros del gobierno, esos malditos helicópteros. Agua ya no me queda. Tendré que asaltar Gormaz aunque me juego el pescuezo y queda lejos. Me estoy quedando sin papel para escribir y el lapicero está quebradizo. Ayer enterré a Miguel, estuve tentado de ponerle una cruz clavada en la tierra pero no soy idiota. Hoy no tengo mucho más que contar.

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La escala de Bristol

Había vuelto a pasar. Alguien, seguramente el mismo tipo, había vuelto a depositar sus líquidas heces en el hoyo 18, la semana pasada en el 12 y la anterior en el hoyo 10. El cuidador del campo de golf estaba hasta las mismas gónadas de limpiar el hoyo que quedaba impracticable debido a la deposición del malnacido que hacía eso. Las cámaras sólo habían captado a un tipo de mediana estatura, con sudadera negra, capucha y pantalones negros.

Los de seguridad no tenían autorizado abandonar el edificio central y se reían cada vez que a él le tocaba limpiar uno de los hoyos llenos de esa líquida pasta marrón.

Ese mismo día acudía un magnate estadounidense, así que decidió tomar cartas en el asunto, consiguió llenar el hoyo 15 y el 16 con sus propias heces, eso sí, las suyas eran de tipo 4 en la escala de Bristol.

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Ojos de fuego

Lo vio jugar en el suelo, rodeado de coches y monstruos invisibles. Su hijo. Con calcetines desparejados, rodillas amoratadas y el alma intacta.

Desde el sofá, lo observaba en silencio. El niño caía al suelo dramáticamente, se levantaba riendo, gritaba explosiones. Todo en él era ahora.

Y entonces, se sintió viejo.

No por la edad, sino por la distancia entre ese juego y su memoria.

Pensó en quien era antes. En cuando salía sin rumbo, dormía poco y soñaba mucho. Cuando amaba con rabia y lloraba sin vergüenza.

Cuando tenía hambre de vida.

Ahora tenía responsabilidades. Era predecible.

Y eso dolía más de lo que admitía.

Su hijo levantó la cabeza y le miró fijamente. Le brillaban los ojos, como si el mundo ardiera en ellos. Como si no conociera el miedo.

Tragó saliva.

No extrañaba la infancia, ni el tiempo.

Lo que de verdad echaba de menos…

eran esos ojos de fuego.

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Una charla entre magos

Acudió un día Duncan a buscar a Rutger, el Gran Mago de Hoveland, y lo encontró abatido y apesadumbrado.

—¿Qué te pasa? —le preguntó, pues eran buenos amigos.

—Que he descubierto que soy un necio. Mira.

Y le hizo descender por una larga escalera hasta que llegaron a una lóbrega habitación donde el mago tenía encadenados tres espectros.

—¡Agua!, ¡agua! —gritaba el de la derecha.

—¡Agua!, ¡agua! —gritaba el de la izquierda.

—¡Agua!, ¡agua! —gritaba otro más en un rincón.

—Parece que sufren el mismo mal, ¿no es así? —preguntó el mago a su amigo.

—Lo aseguraría —repuso Eric.

Pues uno es el fantasma de un hombre que murió en el fuego, otro murió de sed, y el tercero es el fantasma de un hombre que murió en la riada del año pasado.

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Ningún cabo suelto

Adelantándome al albor que entra por la ventana, tomo con mi mano el estrecho que conforman tus muslos. Caliente, como el viento de levante entre Tánger y Tarifa.

Desde el este te levantas y trazas la misma trayectoria que el sol, alzándote sobre mí. El único cabo suelto lo guías a buen recaudo. Comienza el terremoto y le siguen réplicas exactas que sacuden los montes y el oscuro Delta del Okavango. El Río Amazonas.

Ningún cabo suelto ni golfo por explorar.

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El miedo al año 3000

Año 2996. Monasterio de San Juan de Pi.

Los monjes se levantan cerca de la medianoche, aunque ya nadie sabe cual es el momento exacto. Ni importa. Medianoches es la mitad de la noche y se señala con una campana, que maneja el hermano campanero. No hace falta más.

Ateridos por el frío, los monjes se dirigen a la capilla a cantar ecuaciones, derivadas e integrales. Abajo, los campesinos, crían sus animales y cultivan la tierra, amparándose sólo en sumas y restas. Los más viejos, de unos cincuenta años, saben incluso multiplicar, pero pronto morirán.

Algunos temen que en pocos años, cuando llegue el año tres mil, se agoten las velas y nadie pueda encender fuego. Ya hay aldeas así, arriba en las montañas.

Algunos temen a los imaginarios, los negativos y los iguales a cero.

Pero la realidad seguirá ahí. Es cuestión de fe. Pasará el tres mil, como pasó el 1000 con su miedo a los dragones y el 2000 con su temor a las criaturas eléctricas.

Llegará el futuro y habrá pan. Lo importante es no perder la fe.

Infinito partido por cero esté con nosotros.

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menéame