Imagina que fuera alguien distinto del presidente Donald Trump. Supongamos que otro líder estuviera publicando desvaríos de madrugada, insultando al líder espiritual de 1.300 millones de católicos, amenazando a civilizaciones enteras con la aniquilación y comparándose con Dios. ¿Cuál sería la reacción? Todos sabemos la respuesta. Ambos partidos se apresurarían a sacarlo del cargo antes de que causara un daño irreversible a la república. Sin embargo, como también sabemos, con Trump se aplican reglas distintas.
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Y curiosamente ya no se habla de la lista.
Trump quiere que se hable de él a todas horas. Eso es tiempo que los analistas no dedican a hechos, espacio en portadas que no se dedican a las barbaries o al dineral que está ganando su familia con el caos.
Trump no está loco, simplemente escurre el bulto porque es imposible justificar su postura al servicio de Bibi.