"Tú no eres mi hijo", le dijo nada más entrar. Saludó a la auxiliar que manipulaba los goteros y se dirigió a la silla que se encontraba junto a la cama. Al tomar asiento, sacó una libreta con tapa de cuero, bolígrafo y volvió a mirar a aquella mujer con la cabeza vendada quien, sin quitarle el ojo de encima, repetía: "tú no eres mi hijo". "Está bien, está bien. De acuerdo", murmuraba desanimado mientras apuntaba unas líneas en su cuaderno. Al terminar de escribir, se …