—Por el Gran Sol, señor Leuvaarden, ¿es que en la capital nunca meditáis las consecuencias de vuestras decisiones? ¡Los norteños ya andan murmurando a estas horas que nuestro imperio es un coloso con los pies de barro! ¡Ya están proclamando que nos han vencido, que nos han derrotado, que nos han expulsado! ¿Es que no entiende el emperador que prestarse a nuevas concesiones significa aceptar su arrogante y desmedido ultimátum? ¿Es que no comprende el emperador que ellos lo van a interpretar como una muestra de debilidad, lo cual podría tener consecuencias deplorables de cara al futuro? Y, por último, ¿es que no se da cuenta el emperador de la suerte que aguarda a varios millares de colonos nuestros en Brugge y en Lyria?
Berengar Leuvaarden dejó de menear la copa y clavó en Shilard sus ojos, negros como el carbón.
—Los malentendidos —empezó a decir el enviado, meciendo la copa— han obedecido a que el señor barón es de la opinión de que la victoria y la conquista se basan en un disparatado genocidio. En poder clavar el mástil de una bandera en mitad de la tierra ensangrentada, gritando: «¡Hasta aquí todo es mío! ¡Lo he conquistado!». Semejante opinión, por desgracia, está bastante extendida. Para mí, sin embargo, señor barón, como para las personas que me han investido de plenos poderes, la victoria y la conquista dependen de factores extremadamente cambiantes. La victoria puede consistir en algo como lo siguiente: los derrotados se verán obligados a adquirir los bienes producidos por los vencedores, e incluso lo harán de buena gana, porque los bienes de los vencedores son mejores y más baratos. La divisa de los vencedores es más fuerte que la de los vencidos y los vencidos tienen mucha más confianza en ella que en la divisa propia. ¿Me entendéis, señor barón Fitz-Oesterlen? ¿Empieza poco a poco el señor barón a diferenciar a los vencedores de los vencidos? ¿Entiende de quién hay que sentir lástima?
El embajador asintió con la cabeza.
—Pero, para fortalecer y legitimar la victoria —prosiguió, tras una pausa, Leuvaarden, alargando las sílabas—, se debe firmar la paz. Inmediatamente, y al precio que sea. No un armisticio ni una tregua, sino la paz. Un compromiso creativo. Un acuerdo constructivo. Que no introduce bloqueos económicos, retorsiones aduaneras ni medidas proteccionistas en el comercio.
Shilard, con un nuevo gesto con la cabeza, aseguró que sabía a qué se refería.
—Si hemos destruido su agricultura y hemos arruinado su industria no ha sido sin motivo —siguió Leuvaarden con su voz tranquila, pausada e impasible— Lo hemos hecho para que, ante la falta de productos propios, tengan que comprar los nuestros. Pero nuestros mercaderes y nuestros productos no van a cruzar a través de unas fronteras cerradas y hostiles. ¿Y qué va a pasar entonces? Yo os diré, querido barón, lo que va a pasar. Va a tener lugar una crisis de sobreproducción, porque nuestras manufacturas están trabajando a pleno rendimiento, con vistas a la exportación. También sufrirían grandes pérdidas las sociedades de comercio marítimo, fruto de la cooperación con Novigrado y Kovir. Vuestra influyente familia, querido barón, tiene una notable participación en tales sociedades. Y la familia, como sin duda sabrá el señor barón, es la célula básica de la sociedad. ¿Lo sabíais?
—Sí, lo sabía —dijo Shilard Fitz-Oesterlen en voz baja, a pesar de que la habitación estaba herméticamente asegurada contra el espionaje—. Entiendo, lo he captado. No obstante, querría tener la seguridad de que cumplo órdenes del emperador... Y no de alguna... corporación...
—Los emperadores pasan —dijo Leuvaarden, arrastrando las palabras—. Y las corporaciones permanecen. Y permanecerán. Pero eso no en más que una obviedad. Entiendo muy bien las reservas del señor Mirón. Y podéis estar seguro, señor barón, de que vais a cumplir una orden dada por el emperador. Que tiene por objeto el bien y el interés del imperio. Dada, no lo niego, como resultado de los consejos que ha recibido el emperador de cierta corporación.
La Dama del Lago, Andrej Sapkowski
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