Para ver las limitaciones de la capacidad del Estado chino, basta con echarle un vistazo a su sistema educativo. La educación es una prioridad para muchos Estados, y no sólo porque un país tendrá más éxito si su mano de obra está cualificada. También porque la educación es una manera efectiva de inculcar a los ciudadanos la clase de creencias adecuada. De modo que podría esperarse que un Estado con una capacidad significativa estuviera en condiciones de proporcionar una educación meritocrática, de calidad y asequible, y de movilizar a sus funcionarios para trabajar con ese objetivo. Pero la realidad es bastante diferente. En el sistema educativo chino todo está en venta, incluidos los asientos delanteros más cercanos a la pizarra o el puesto de bedel.
Cuando Zhao Hua[30] fue a matricular a su hija en una escuela de primaria de Pekín, fue recibida por funcionarios del comité de educación del distrito que tenían preparada una lista que indicaba cuánto debía pagar cada familia. Los funcionarios no esperaban en la escuela, sino en un banco en el que Zhao tuvo que depositar 4.800 dólares para hacer la matrícula. Las escuelas son gratuitas, de modo que esas «tasas» son ilegales y el Gobierno las ha prohibido en cinco ocasiones desde 2005 (y resulta muy elocuente que tuvieran que ser prohibidas cinco veces). En otro instituto de élite de Pekín, los estudiantes reciben un punto adicional por cada contribución de 4.800 dólares que sus padres hagan a la escuela. Si quieres que tu hijo entre en una de las mejores escuelas, como la asociada a la prestigiosa Universidad de Renmin, en Pekín, el soborno puede llegar a los 130.000 dólares. Los profesores también esperan regalos, muchos regalos. Los medios de comunicación chinos dicen que hoy día esperan recibir relojes de diseño, tés caros, tarjetas regalo e incluso vacaciones. Los profesores más agresivos aceptan tarjetas de débito vinculadas a cuentas bancarias en las que pueden hacerse nuevos ingresos durante el año. En una entrevista con The New York Times, una empresaria de Pekín lo resumió así: «Si tú no das un buen regalo y los otros padres sí lo hacen, el temor es que el profesor preste menos atención a tu hijo».
¿Cómo pueden ser tan sobornables los funcionarios públicos? ¿Acaso no es China la cuna de la primera burocracia estatal meritocrática del mundo? Sí y no. Como veremos en el capítulo 7, China tiene un largo historial de burocracia compleja y capaz, pero tiene un historial igualmente largo de corrupción generalizada en la que muchos puestos se dan a quienes tienen contactos políticos o se subastan al mejor postor. Esa historia continúa en la actualidad. En 2015, una encuesta realizada a 3.671 funcionarios del Partido Comunista reveló que dos tercios de ellos pensaban que era la «lealtad política», y no los méritos, el criterio más importante para conseguir un empleo en el Gobierno. Una vez te has rodeado de personas leales, puedes dedicarte a extorsionar a empresarios y ciudadanos. También puedes hacer que los subordinados sean obedientes si vendes los empleos gubernamentales. El politólogo Minxin Pei analizó una muestra de cincuenta casos judiciales de funcionarios del Partido Comunista que habían sido declarados culpables de corrupción entre 2001 y 2013. De media, cada uno había vendido por dinero cuarenta y un puestos de trabajo. En la parte inferior de la escala se encontraban los jefes de condado, como Zhang Guiyi y Xu Shexin, del condado de Wuhe, en la provincia de Anhui. Zhang vendió once puestos por un precio medio de 12.000 yuanes, unos míseros 1.500 dólares. Xu vendió cincuenta y ocho puestos por más de 2.000 dólares de media cada uno. Pero en la parte superior de la escala de poder, por ejemplo en las prefecturas, los empleos se vendieron por mucho más, y algunos funcionarios obtuvieron más de 60.000 dólares por puesto. En la muestra de Pei, el funcionario corrupto medio ganó unos 170.000 dólares por la venta de puestos de trabajo.
Personas como Zhang y Xu son, por supuesto, casos insignificantes. Cuando Liu Zhijun, el ministro de Ferrocarriles, fue arrestado en 2011, los cargos incluían la posesión de trescientos cincuenta apartamentos a su nombre y más de 100 millones de dólares en efectivo. Esto se debía, en gran medida, a que el sistema ferroviario de alta velocidad de China había supuesto una oportunidad única para la corrupción, al igual que lo supusieron la mayor parte de los demás aspectos de la expansión económica china. Aunque Liu cayó en desgracia, la mayoría no lo hace. En 2012, ciento sesenta de las mil personas más ricas de China eran miembros del Congreso del Partido Comunista. Su valor neto era de 221.000 millones de dólares, unas veinte veces el valor neto de los 660 funcionarios de mayor rango que trabajan en las tres ramas del Gobierno de Estados Unidos, un país cuya renta per cápita es más de setenta veces superior a la de China. Esto no debería ser una completa sorpresa. Controlar la corrupción, tanto en la burocracia como en el sistema educativo, requiere la cooperación de la sociedad. El Estado debe poder confiar en que la gente le informará con veracidad y la gente debe poder confiar en las instituciones estatales para arriesgarse a compartir su información. Eso no sucede bajo la severa mirada del Leviatán despótico.
El pasillo estrecho. Robinson y Acemoglu
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