Hace una semana, aprovechando los festivos religiosos, di de alta un patinete en la DGT. Es un nuevo trámite obligatorio que acaba de aparecer y que, a pesar de hacerlo yo a través de una app que también he pagado yo, me ha costado 8€. Acto seguido, como buen ciudadano, pedí una pegatina que, a modo de matrícula, también ha pasado a ser obligatoria. Como estamos en España, el precio de las dichosas pegatinas se ha disparado y me ha costado 20 eurazos. Estaba buscando un hueco para el siguiente trámite obligatorio, que es sacar un seguro para el dichoso patinete, y me llega un un mail tal que así:
"Le informamos que se ha detectado un error informático en la asignación del número de certificado correspondiente a su vehículo de movilidad personal. Subsanado el error, se ha procedido a la modificación de la parte alfabética de su número de certificado. Su número de certificado ha pasado de XXXXXBBQ a XXXXXBBR, sustituyendo la Q por la R y manteniendo la parte numérica"
Esto quiere decir que puedo pasar a tirar mi pegatina de 20€ y comprar otra, POR UN ERROR DE LA DGT, que además tardaron una semana en detectar o al menos en informarme.
Pues bien, como es viernes y no trabajo, me dispuse a llamar a la DGT, para preguntarles por qué vía tenían pensado devolverme mis 20€, y que gustosamente les enviaría la factura.
Ah, y por cierto, el mail por supuesto es de los que no admite respuesta, no vaya a ser que el ciudadano tenga una vía directa y sencilla de comunicación.
Pues bien, el señor de la DGT me dice que allí no se admiten quejas, que solo es información, y me informa de que ponga mi queja en la web de la DGT.
Me voy a la web de la DGT y efectivamente ahí está: "Quejas y sugerencias"
sede.dgt.gob.es/es/otros-tramites/presentacion-de-quejas-y-sugerencias
Veo que puede ser online o presencial. Pues online. Le doy al botoncito y me salen un montón de opciones para que clasifique mi queja. Bien. Me voy a "Otros". Me aparece un cajetín para que ponga me queja. Escribo mi queja, le doy a siguiente y me aparece una pantalla con "¿Hemos solucionado tu problema? *", y una carita feliz con un SÍ y una carita triste con un NO. Y ya está. En ningún momento te pide ningún dato para poder comunicarse cintigo. Ya ni se cortan. No le van a hacer ni puñetero caso a la queja que les pongas, pero es que ni siquiera te piden un mail para contestarte.
Cogí y volví a llamar al 060, le expliqué el peculiar sistema de envío de quejas de la web y me contesta: "ah, claro, si quieres respuesta tienes que ir a la jefatura provincial de tráfico de tu provincia". En persona. Con cita previa. Cita que por supuesto solo puede ser en horario laboral. Bueno, los jueves se estiran un poco y abren en horario laboral de tarde. Vamos, que vayas cuando vayas tienes que faltar al trabajo
Lunes, Martes y Miércoles 08:30 a 14:30. Jueves 08:30 a 17:30. Viernes 08:30 a 13:40
Ya está, ya me he desahogado.
Es una tontería, pero es una muestra más de cómo la administración en España ya hace años que no se corta pasando como la mierda de los ciudadanos que les pagamos sus sueldos, sus sillas, sus mesas, sus moscosos y sus canosos. Somos simplemente una molestia, algo que hay que alejar al máximo, algo a lo que hay que poner el máximo de barreras posibles para que simplemente pague, pero no diga ni mu.
Naciste sabiendo sentir. No sabiendo hablar: sabiendo sentir. La diferencia es enorme y nadie te la explica.
Cuando tenías tres meses eras un sistema emocional puro y sin filtros. Hambre, miedo, placer, apego. Sin comentarista interior, sin narrativa, sin "proceso mis emociones de forma disfuncional". Solo cuerpo. Solo presente. Los budistas llevan dos mil años intentando volver a ese estado y cobrando un dineral por el intento. Tú lo tenías de serie y te lo quitaron.
¿Quién? El lenguaje. Que por cierto, no es tuyo.
Antes de que llegara, la emoción era el idioma. Y funcionaba de puta madre. Darwin lo documentó en 1872: la cara de asco es la misma en Tokio y en el Amazonas, enseñar los dientes es una amenaza universal, el llanto tiene cadencias distintas para el dolor y para el hambre. Millones de años de evolución afinando ese sistema. Sin ambigüedad. Sin malentendidos. Sin "creo que lo que me quieres decir es". Compartido con primates, eficaz, honesto. Es el protolenguaje. El idioma que no necesita que nadie te lo enseñe porque ya viene instalado de fábrica.
Luego llegaste tú con tus palabras. Y lo liaste todo.
El lenguaje llegó de fuera. De tus padres, de la tele, de la cultura, de gente que tampoco eligió el suyo. Se instaló en tu cabeza sin pedirte permiso —antes de que pudieras opinar— y desde entonces no ha parado de hablar. William Burroughs lo llamó "un virus del espacio exterior". No en sentido metafórico: el sistema simbólico se replica usándote como huésped, coloniza tu experiencia y convierte cada momento presente en una narración sobre el momento presente. Dejas de vivir. Empiezas a comentar que vives.
Porque las palabras no describen las emociones: las construyen, las recortan y las deforman. Lisa Feldman Barrett lleva años demostrando con neuroimagen que la emoción que experimentas depende de las categorías conceptuales que tienes disponibles. Sin la palabra, te cuesta más construir la experiencia con nitidez. El lenguaje no es el mapa del territorio emocional: es el arquitecto que decide qué habitaciones existen y cuáles no. Y encima te cobra alquiler.
El proceso tiene nombre. Lacan lo llamó el estadio del espejo: el momento en que el bebé se ve en su reflejo y descubre que existe como objeto para los demás. Ya no es solo cuerpo que siente: es figura que otros observan, juzgan y nombran. Jung lo llamó individuación: el yo emerge no desde dentro hacia fuera, sino al revés, fabricado desde fuera hacia dentro por la mirada ajena y por las palabras que te nombran antes de que puedas nombrarte a ti mismo. Antes de ese momento, la psicosis sana: todo presente, sin distancia, sin observador. Después, la neurosis: un comentarista deportivo instalado en la cabeza que narra en tiempo real todo lo que haces, sientes y deberías haber sentido.
El Evangelio de Juan dice que en el principio era el Verbo y el Verbo se hizo carne. Bonito. Pero lo que realmente pasó en tu infancia fue lo contrario: la carne se hizo verbo. El cuerpo sintiente, la emoción directa, el presente puro —todo eso ascendió hacia el símbolo y no volvió. Ya no eres alguien que siente: eres un personaje que se narra. Y el narrador, para que quede claro, tampoco eres tú. Es el virus.
El neurocientífico Michael Gazzaniga lleva décadas estudiando pacientes con el cerebro dividido y llegó a una conclusión incómoda: el hemisferio izquierdo es una máquina de confabular narrativas. Genera explicaciones coherentes para cosas que no controló, decisiones que no tomó, emociones que llegaron de otro sitio. Y lo hace tan rápido y tan bien que te convence de que esa narración eres tú. No eres tú. Eres el homúnculo pequeñito que queda detrás, relegado a algún rincón, mirando cómo el intérprete izquierdo cuenta su historia y se la apropia. Somos, en el mejor de los casos, coautores de una novela que en gran parte ya estaba escrita.
Julian Jaynes propuso que las voces interiores —las prohibiciones, el "no deberías", la culpa— pudieron ser el origen literal de los dioses. El mono quería el plátano. La norma social decía que no. Esa prohibición, repetida hasta automatizarse, se convirtió en una voz que venía de arriba, de fuera, de algún lugar sin cuerpo. Los primeros dioses eran normas gramaticales con reverb. Los tuyos también.
Bob Dylan cantó que Dios le puso nombre a todos los animales. Lo que no cantó es que en cuanto les pones nombre los domesticas, los metes en una caja y los controlas. Eso mismo hizo el lenguaje con tus emociones.
En Informe para una Academia, Kafka cuenta la historia de un mono capturado que aprende a hablar, a caminar erguido y a beber aguardiente. Al final explica ante un comité científico que no lo hizo por admirar a los humanos ni por anhelo de libertad. Lo hizo porque necesitaba una salida. Cualquier salida. Michel Gondry hizo lo mismo en Human Nature, en versión de comedia romántica: el hombre criado como animal que al adquirir el lenguaje pierde la inocencia, gana la neurosis y pasa el resto de la película preguntándose si prefería antes. Spoiler: sí.
El protagonista de Altered States va en sentido contrario: se mete en un tanque de privación sensorial con psilocibina buscando regresar al yo pre-lingüístico, al estado anterior a la individuación donde el cuerpo y el mundo todavía no se han separado. La premisa científica es cuestionable. La pregunta que plantea no lo es: ¿qué queda de ti si quitas el lenguaje? ¿Hay alguien ahí dentro, o solo hay un sistema que se cuenta a sí mismo que es alguien?
Los replicantes de Blade Runner tenían implantadas memorias emocionales de infancias que nunca vivieron y lloraban mirando fotos que no eran suyas. La diferencia entre ellos y tú es que a ti todavía nadie te ha dicho que tu narración interna también, en gran medida, te la pusieron otros.
Los niños que ven un guiñol gritan "¡cuidado, el lobo!" sabiendo perfectamente que es un títere. Habitan el relato sin necesitar la distancia irónica del adulto. Eso que tienen los niños —la capacidad de estar dentro del símbolo sin necesitar comentarlo— es lo que los adultos hemos perdido. Los adultos ven el guiñol y piensan: "interesante representación del arquetipo del depredador". El lobo ya no les da miedo. Y eso no es madurez. Es disociación con buena prensa.
Pasa lo mismo con el cine. Puedes ver una película sintiéndola —dejarte arrastrar, que el corazón se acelere cuando el personaje corre, que se te haga un nudo cuando se despide— o puedes verla analizándola: plano contraplano, estructura de tres actos, "interesante uso de la elipsis temporal". Las dos formas son válidas. Pero solo una te mueve de verdad. El lenguaje, cuando funciona como escudo en vez de como puente, te saca de la experiencia y te pone a comentarla desde fuera. Y una vez fuera, el lobo ya no muerde.
El único momento en que la máquina se para del todo es el flow: cuando estás tan metido en algo que el comentarista se calla solo. Los músicos, los deportistas, los cirujanos en mitad de algo difícil lo conocen. Desaparece el monólogo. Desaparece la distancia entre el que hace y lo que se hace. O eres, o cuentas. Las dos cosas a la vez no tocan.
¿Solución? No hay. El lenguaje es el único antídoto para el lenguaje, lo cual es exactamente el tipo de trampa que solo puede diseñar un parásito inteligente. No puedes salirte del sistema. El mono de Kafka ya no puede desaprender.
Lo que sí puedes hacer es saber que estás infectado. Que el virus llegó de fuera. Que antes de él había algo.
Y que ese algo todavía está ahí, debajo del ruido, intentando decirte algo sin palabras.
La primera vez que recibí una carta de Hacienda diciendo que cerraban la inspección de inmediato, dándome la razón en todo y con una sanción de cero Euros, porque todo estaba en orden, pensé en llevarla a enmarcar. Siempre que me habían pedido papeles habían encontrado esta o aquella chorradilla, que se convertía en una sanción pequeña, pero joditiva, por omitir tal dato, por incluir tal gasto que ellos consideraban personal, o por cosas así. Casi me parecía lo normal y hasta lo daba por bueno, por aquello de que los lucios sirven para que no se duerman los peces en el lago. Vale.
Sin embargo, en seis meses he tenido tres inspecciones, y las tres han acabado con la milagrosa carta de que todo está en orden, lo que ya me empìeza a parecer sospechoso, además de una putada de órdago, porque una inspección consume mucho tiempo efectivo de trabajo, líos, preocupciones y una disminución real del negocio. Y encima me entero de que no me pasa sólo a mí, por lo que sea, sino que está siendo generalizado, y con peticiones un poco surrealistas en cuanto a la documentación. A una de las señoras a las que ayudo con sus casas rurales, en el quinto carajo, le han pedido, por ejemplo, las escrituras de propiedad de la casa, después de veinte años abierta. No el listado de ingresos, o lo que sale de plataformas como Booking o Airbnb, que sería lo normal, sino las puñeteras escrrituras notariales. A un dentista, en vez de la facturación y su concordancia con los empleados y demás, la factura de un instrumental comprado hace diez años. Rarísimo. A una academia de idiomas, la factura de la licencia d eun programa.... Todo así.
¿No será que las inspecciones las están iniciando con el uso de algún tipo d einteligencia artificial, medio idiota, que dispara a voleo porque los gastos, los proiblemas y las molestias se los lleva el ciudadano y a la Agencia Tributaria no le cuesta bnada mandar cartas a lo loco para luego cerrar ñlas inspecciones sin ningún resultado?
Porque antes, trabajabas tú y trabajaban ellos con el papelo, pero ahora parece que han descubierto la panacea de que te comas tú todos los jaleos y disparan a bulto, con pólvora del rey, a ver lo que sale.
Por supuesto, esto es un despropósito y un abuso, y si a un juez se le puede sancionar por disctr sentencias con la IA, habría que hacer algo para que Hacienda no haga inspecciones idiotas con la IA, acosando al ciudadano sin ningún motivo real. Si no, lo siguiente va a ser que se presente la Policía ne tu casa, con una orden de registro generada por la IA, para ver si tienes drogas en casa, o dos plantas de maría, o tres discos pirateados, o los que les salga de los huevos.
Porque sí. Por probar. Porque más vale prevenir, oye. Total, la casa patas arriba te la ponen a ti, ¿no?
menéame