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ICE [Portada de Charlie Hebdo]

ICE [Portada de Charlie Hebdo]

Portada de la revista Charlie Hebdo del 28 de enero de 2026.

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El silencio cómplice

El silencio cómplice

Hay una escena que se repite casi cada noche en Cisjordania. No sale en los telediarios. Apenas aparece en los periódicos europeos. Pero ocurre. Con la regularidad de un turno de fábrica, con la frialdad de un procedimiento administrativo.

Son las tres de la madrugada. Una familia palestina duerme en su casa. De repente, golpes en la puerta. Gritos en hebreo. Si no abren lo suficientemente rápido, la puerta es derribada. Entran soldados armados, con linternas, con perros. Sacan a toda la familia —ancianos, niños, mujeres— y los obligan a arrodillarse en el suelo, a veces en pijama, a veces descalzos, en mitad de la noche. Los soldados registran la casa. Rompen cajones, voltean muebles, revisan armarios. No buscan nada en particular. Solo quieren que se sepa que pueden hacerlo.

Redadas sin rostro, terror con uniforme

Desde octubre de 2023, más de 14.500 palestinos han sido detenidos en Cisjordania. Muchos sin cargos formales. Muchos de madrugada, delante de sus familias. Muchos de ellos, menores de edad.

Exsoldados israelíes que han dado testimonio en organizaciones como Breaking the Silence describen estas operaciones no como acciones de seguridad, sino como ejercicios de intimidación sistemática: irrumpir en viviendas, obligar a todos los ocupantes a arrodillarse, registrar sin motivo concreto, destrozar mobiliario, marcharse sin explicaciones.

Una de estas tácticas es conocida como Straw Widow: ocupar una casa palestina durante horas o días, usarla como puesto militar improvisado, humillar a sus habitantes y abandonarla después. El objetivo no es obtener información. Es dejar un mensaje: no estás a salvo ni en tu propia casa. Investigaciones periodísticas y testimonios recogidos por ONG israelíes confirman el uso sistemático de estas prácticas (theguardian.com).

Exsoldados israelíes de la organización Breaking the Silence han descrito esta práctica con detalle. Un exsoldado declaró en 2016:

"No había razón militar. Solo entrábamos para mostrar presencia. Para que supieran que podíamos entrar cuando quisiéramos".

Otro testimonio, recogido en 2019, relata:

"A veces nos decían: 'Esta noche hacemos diez casas'. Elegíamos al azar. No importaba quién viviera ahí".

Estas no son denuncias de activistas extranjeros. Son confesiones de quienes ejecutaron las órdenes. Y lo que describen no es guerra. Es ocupación colonial.

La información existe. Europa la conoce. Europa la ignora.

Nada de esto es información oculta. Está documentado en informes de:

  • Amnistía Internacional, que en 2022 publicó un extenso informe calificando la situación de apartheid.
  • Human Rights Watch, que llegó a la misma conclusión en 2021.
  • B'Tselem, la principal organización israelí de derechos humanos, que también usa el término apartheid desde 2021.
  • Naciones Unidas, a través de múltiples relatores especiales y agencias.
  • Breaking the Silence, con más de mil testimonios de soldados israelíes.

Europa tiene acceso a esta información. Sus diplomáticos la leen. Sus servicios de inteligencia la conocen. Sus periodistas podrían publicarla.

Y sin embargo, el silencio persiste.



Mientras todo esto ocurre, la Unión Europea sigue comerciando con Israel, invirtiendo en asentamientos ilegales y evitando sanciones efectivas. Pese a las advertencias de la Corte Internacional de Justicia y a las conclusiones de Amnistía Internacional —que califican el sistema israelí como apartheid y advierten del riesgo de complicidad—, la UE mantiene intactos sus acuerdos clave con Tel Aviv (amnesty.org).

Las cifras hablan por sí solas:

  • La Unión Europea es el principal socio comercial de Israel, con un volumen de intercambio superior a los 46.000 millones de euros anuales.
  • Israel participa en programas europeos de investigación y tecnología, recibiendo cientos de millones en fondos comunitarios.
  • Varios países europeos —Alemania a la cabeza— son proveedores significativos de armamento, incluyendo componentes para drones y submarinos.

El Acuerdo de Asociación UE-Israel de 1995 incluye una cláusula que condiciona la cooperación al respeto de los derechos humanos. En casi tres décadas, nunca ha sido activada.

Algunos Estados miembros continúan exportando armas. Otros bloquean cualquier medida por "falta de consenso". Todos, en mayor o menor medida, ganan tiempo.

España ha sido una excepción parcial en el discurso. En los hechos, Europa sigue mirando hacia otro lado.

La selectividad no es accidental. Es política.

Mientras tanto, Europa sanciona a Rusia por la ocupación de Crimea, impone restricciones a Myanmar por la persecución de los rohingya, y emite comunicados de condena por violaciones de derechos humanos en decenas de países.

Observa cómo hablan las instituciones europeas cuando, ocasionalmente, se pronuncian sobre Palestina:

  • "Preocupación por la escalada de violencia" — como si fuera un fenómeno natural, sin agente.
  • "Llamamiento a la moderación de ambas partes" — como si hubiera simetría entre ocupante y ocupado.
  • "Solución de dos Estados" — un mantra repetido mientras los asentamientos hacen esa solución físicamente imposible.

El lenguaje diplomático tiene una función precisa: permitir que se hable sin decir nada. Crear la ilusión de que se actúa mientras se garantiza que nada cambie.

Si un país europeo demoliera sistemáticamente casas de una minoría étnica, lo llamaríamos limpieza étnica. Si sus soldados entraran de noche en hogares civiles para aterrorizar a familias, lo llamaríamos terrorismo de Estado. Si sus colonos quemaran granjas con impunidad mientras la policía detiene a las víctimas, lo llamaríamos régimen de apartheid.

Pero cuando ocurre en Cisjordania, buscamos eufemismos. Tensiones. Complejidad. Conflicto histórico.

La pregunta es simple: ¿Los derechos humanos son universales o dependen de quién los viola?

Si dependen, entonces todo el edificio normativo europeo —la Carta de Derechos Fundamentales, el Convenio Europeo, los tratados de derechos humanos que Europa dice defender— es una ficción selectiva. Un instrumento de poder disfrazado de ética.

Hoy mismo se está produciendo un ataque masivo de colonos en Al-Halawa. Reportan que al menos cuarenta colonos están atacando a la población, incendiando propiedades y bloqueando el paso a las ambulancias y hay decenas de heridos.

Hace dos días Andrey, un jóven reportero y activista que se dedica a documentar el apartheid israelí, compartía que Ras al-Auja había desaparecido. Se han derribado las últimas casas. Mil personas más víctimas de la limpieza étnica israelí.

Esto es el sionismo.

No mirar también es elegir

Europa no es neutral en Palestina. Nunca lo ha sido.

Su silencio financia la ocupación. Su comercio la legitima. Su diplomacia la perpetúa.

Y cuando, dentro de décadas, se escriba la historia de este período, no solo se juzgará a quienes cometieron los abusos. Se juzgará también a quienes los hicieron posibles.

A quienes sabían y callaron. A quienes veían y miraban hacia otro lado. A quienes firmaban acuerdos comerciales mientras se demolían casas.

El silencio nunca es neutro. El silencio es una elección.

Y Europa, cada día, elige activamente no ver.

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La gente no nazi

Fragmento del monólogo de Ignasi Taltavull – Ya no sé ni lo que digo:

Eh, no, yo creo que si queremos de verdad acabar con la ultraderecha, lo que tenemos que hacer es unirnos la gente de izquierdas y la gente no nazi

La gente no nazi ya está en mi equipo, ya es la única exigencia. No eres nazi, eres mi hermano. Tenemos que unirnos y quedarnos con la simbología de la ultraderecha, reivindicarla como propia. Igual que los gays hemos hecho con el “maricón” que ahora lo decimos nosotros, tenemos que hacer lo mismo.

Las feministas en el 8M, esvásticas lilas pintadas en la frente. Ya os llaman feminazis, id hasta el final sin miedo. Carteles de Führer, yo sí te creo. El día del orgullo, banderas del arcoíris con el aguilucho encima. Que la Audiencia Nacional esté en plan, son de los nuestros, que me bajo con la toga bailar, ¿eh?

Y migrantes cruzando el estrecho cantando el cara al sol, cara al sol.¿ No? Que la Guardia Civil esté como si él canta el cara al sol, el inmigrante soy yo.

No, tío, si nos quedamos su simbología les dejamos sin nada.

Esta gente no son de reinventarse, ¿eh?

Y los confundiremos tanto que habrá nazis diciendo:

"Creo que voy a borrarme el tatuaje de Hitler porque parezco maricón."

youtu.be/KY3GAhxNRqk?si=wQrFnsNJZQdmlKg_&t=412

a partir del min 6:52

'Ya no sé ni lo que digo' es el nuevo especial de comedia de Ignasi Taltavull.

Una hora de stand up sobre amor, palomas y homosexualidad, entre otras cosas. Ignasi Taltavull es cómico y guionista, co-creador del podcast La Ruina junto a Tomàs Fuentes, además de los podcast Aquí Estamos y Lejos de Aquí con Adri Romeo. En televisión ha trabajado en Crackòvia y Està Passant (TV3), y en stand-up ha dirigido los especiales de Magí García y Adri Romeo.

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