
Vuelve a publicar El Economista un artículo comparando pensiones y sueldos: La pensión media actual supera en un 40% el salario más frecuente en España. Pero esta comparativa es absurda por varias razones:
Una comparativa algo más adecuada sería comparar, por ejemplo, el sueldo medio y la pensión media para 2023: 28.049,94 euros para el sueldo medio y, 19.191,06 para la pensión media de jubilación. El sueldo medio para ese año es un 46% superior a la pensión media de jubilación.
La guerra provoca la subida de precios del petróleo, del gas y dispara los costes de vida para todo el mundo. Estamos viendo bombardeos a plantas petroleras, la mayor planta de Gas del mundo y el impacto en el precio de subidas del 10% en pocos segundos, en estas materias.
El gasoleo a 2 euros en muchas estaciones, camioneros diciendo que no sale rentable algunos trabajos por el alza en los carburantes. La inflación se dispara y lo pagamos todos.
A su vez los satélites de Israel en cada país, los agentes pagados por el mossad, que según cuentan algunos han tenido retrasos en los pagos este mes y por eso andan algo callados, tiran mensajes sobre los precios que señalan a los estados y su recaudación por impuestos.
Todos los países la extrema derecha sionista tira el mismo mensaje: ¡El precio sube! ¡Bajen impuestos! de manera coordinada. Enfrentando al ciudadano con hacienda en vez de con quién provoca el conflicto.
A su vez dicen que durará unas 3 semanas más, si los gobiernos bajan los impuestos de manera permanente para aliviar la crisis energética y de inflación, ¿Qué pasa en 1 mes? que todo vuelve a ir bajando de precio, no tanto como debería, pero baja de precio y la recaudación del estado disminuye ya que bajó los impuestos.
¿Qué permite esto? Pues que el hueco que deja de ocupar el estado de cualquier país por esa menor recaudación, lo ocupen empresas. Y ya estamos viendo los correos de Epstein cómo comentan dónde hay hueco para hacer dinero, o cómo hacen dinero hundiendo los mercados con posiciones cortas.
La historia es cómo suben los precios y luego los influencers de extrema derecha financiados por Israel presionan para que se bajen impuestos y reducir el tamaño del estado. Que si se reduce, permite que Israel y EEUU tengan más capacidad económica en comparación con el resto de países que van a recortar su recaudación.
Un golpe a todo el mundo.
Esta frase, atribuida comúnmente a Fredric Jameson o Slavoj Žižek, fue popularizada por Mark Fisher, donde describe el "realismo capitalista".
Estoy leyendo su libro Realismo Capitalista. ¿No hay alternativa? y me he dicho de compartir algunos fragmentos iniciales, por no alargar mucho el artículo:
—El pasado se repite una y otra vez bajo la forma de la nostalgia y la retromanía.
—¿Y si los desórdenes en la memoria tan comunes en la juventud no fueran sino la consecuencia de una parálisis en el sentido de la temporalidad y la sensación de estar viviendo dentro de un presente continuo sin comienzo ni fin, día tras día?
—Una cultura que solo se preserva no es cultura en absoluto.
—La ideología capitalista en general, según Žižek, consiste justamente en la sobrevaloración de la creencia en el sentido de una actitud subjetiva interna, distinta de las creencias que manifestamos en nuestra conducta.
—Lo que debemos tener en mente es tanto que el capitalismo es una estructura impersonal hiperabstracta como que no sería nada sin nuestra cooperación.
—Al buscar que una parte de las ganancias de las ventas de los productos particulares se destinen a buenas causas, Product Red encarna la fantasía de que el consumismo occidental, lejos de estar intrínsecamente implicado en la desigualdad global sistémica, puede más bien contribuir a resolverla. Lo único que tenemos que hacer es comprar los productos correctos.
—Solo hay que observar el establecimiento de zonas culturales «alternativas» o «independientes» que repiten interminablemente los más viejos gestos de rebelión y confrontación con el entusiasmo de una primera vez. «Alternativo», «independiente» y otros conceptos similares no designan nada externo a la cultura mainstream; más bien, se trata de estilos, y de hecho de estilos dominantes, al interior del mainstream. Nadie encarnó y lidió con este punto muerto como Kurt Cobain y Nirvana. En su lasitud espantosa y su furia sin objeto, Cobain parecía dar voz a la depresión colectiva de la generación que había llegado después del fin de la historia, cuyos movimientos ya estaban todos anticipados, rastreados, vendidos y comprados de antemano. Cobain sabía que él no era nada más que una pieza adicional en el espectáculo, que nada le va mejor a MTV que una protesta contra MTV, que su impulso era un cliché previamente guionado y que darse cuenta de todo esto incluso era un cliché. El impasse que lo dejó paralizado es precisamente el que había descripto Jameson: como ocurre con la cultura posmoderna en general, Cobain se encontró con que «los productores de la cultura solo pueden dirigirse ya al pasado: la imitación de estilos muertos, el discurso a través de las máscaras y las voces almacenadas en el museo imaginario de una cultura que es hoy global».[ 2] En estas condiciones incluso el éxito es una forma del fracaso desde el momento en que tener éxito solo significa convertirse en la nueva presa que el sistema quiere devorar. Pero la angustia fuertemente existencial de Nirvana y Cobain, sin embargo, corresponde a un momento anterior al nuestro y lo que vino después de ellos no fue otra cosa que un rock pastiche que, ya libre de esa angustia, reproduce las formas del pasado sin ansia alguna. La muerte de Cobain confirmó la derrota y la incorporación final de las ambiciones utópicas y prometeicas del rock en la cultura capitalista. Cuando murió, el rock ya estaba comenzando a ser eclipsado por el hip hop, cuyo éxito global presupone la lógica de la precorporación a la que me he referido antes. En buena parte del hip hop, cualquier esperanza «ingenua» en que la cultura joven pueda cambiar algo fue sustituida hace tiempo por una aceptación dura de la versión más brutalmente reduccionista de la «realidad».
"El problema no es que existan los Camacho; es que empezamos a pensar que es lo normal."
Imaginen esto: un tipo normal, con una vida normal y una inteligencia dentro de los parámetros terrestres, se somete a un experimento de criogenización. Al despertar, descubre que el mundo se ha vuelto una caricatura de sí mismo. La gente es incapaz de mantener una conversación de más de tres palabras, las marcas se llaman “Pendejo” o “Brawnado”, y el presidente de la nación es un ex luchador de pressing catch llamado Dwayne Elizondo Mountain Dew Herbert Camacho.
La premisa de Idiocracy, aquella joya profética de Mike Judge, solía ser una exageración grotesca para hacernos reír. El problema es que, poco a poco, ha dejado de ser una comedia para convertirse en un documental emitido en horario de máxima audiencia. Y lo peor de todo es que, al igual que el soldado Joe Bauers, muchos de nosotros nos hemos dado un buen pellizco y hemos abierto los ojos con la sensación de habernos dormido en 1995 y despertado en un mundo donde la realidad ha superado a la sátira.
¿Acaso no tenemos nuestros propios presidentes Camacho? No me refiero a una única figura, sino a un arquetipo que se repite como un mantra en la política global. Busquen al líder que promete soluciones imposibles con la verborrea de un vendedor de coches usados, o receta recortes educativos mientras la población debate acaloradamente si la Tierra es plana o si los huevos son lácteos.
Nuestros dirigentes, como Camacho, han entendido que la complejidad aburre y la estridencia engancha. Han sustituido el diálogo por el eslogan, el razonamiento por el grito y la gestión por el espectáculo. Igual que el presidente musculado de la película, que consulta su teléfono para saber qué decir, ellos leen titulares de Twitter como si fueran informes del CIS. La política se ha convertido en un ring de lucha libre donde gana el que suelta el "más fuerte" o el "más loco", no el que tiene un plan coherente.
Y nosotros, mientras tanto, hemos asumido este nuevo mundo como si fuera lo normal. Consumimos felices nuestro "agua electrolítica"; la ciencia es vista con la misma sospecha que un gato en una tienda de canarios.
Lo más aterrador de Idiocracy no es su estética cutre o sus chistes fáciles. Es la reflexión final: la sociedad no colapsó por una guerra o una catástrofe natural. Se fue idiotizando poco a poco, por pura inercia, hasta que lo absurdo se convirtió en la nueva normalidad. Nos hemos acostumbrado al ruido, a la mentira vestida de titular, a que un cualquiera con un micrófono en redes sociales tenga más credibilidad que un experto que ha dedicado treinta años a estudiar un tema.
Despertar, como le pasó a Joe Bauers, es darse cuenta de que estamos rodeados. La solución a nuestros males no llegará en una nave espacial pilotada por un tipo sensato, porque nosotros, los sensatos, llevamos años durmiendo la siesta mientras el mundo ardía.
¿La diferencia? En la película, al final, el tipo normal arregla el mundo con una idea sencilla pero brillante: regar los cultivos. Aquí, fuera de la pantalla, seguimos esperando a ese tipo normal. O quizás, lo que es peor, el tipo normal ya despertó, miró a su alrededor y decidió que era más seguro volverse a dormir y dejar que Camacho y sus secuaces sigan con el circo.
Mientras decidimos si tomar la píldora roja o azul, o leer un libro, el mundo sigue girando. Pero, por favor, que alguien pare la música de fondo, y de paso riegue las plantas con agua y no electrolitos.
menéame