A principios del siglo XVIII, si un viajero se hubiera detenido en una taberna a 45 kilómetros al este de la Puerta del Sol, es muy probable que no hubiera entendido ni una palabra de lo que decían los parroquianos. No estaba en las montañas de Navarra, sino en pleno páramo castellano. Se encontraba en Nuevo Baztán, el rincón de Madrid donde el euskera fue, durante décadas, la lengua de la innovación y el progreso.
El responsable de este fenómeno fue Juan de Goyeneche, un influyente político y empresario nacido en Arizcun (Navarra). Goyeneche no se limitó a construir un pueblo; trasladó un ecosistema humano completo.
Para poner en marcha sus ambiciosas fábricas de vidrio, paños y sombreros, no confió en la mano de obra local, poco acostumbrada a la disciplina industrial. En su lugar, lanzó una "oferta de empleo" masiva en su tierra natal. Cientos de familias del Valle del Baztán bajaron a Madrid, trayendo consigo sus herramientas, sus costumbres y, por supuesto, su lengua.
En el Madrid de los primeros Borbones, la "Hora de Navarra" (como la definió el historiador Caro Baroja) dominaba la corte. Para esta élite de banqueros y administradores, el euskera funcionaba como un vínculo de lealtad absoluta.
Nuevo Baztán fue un experimento cosmopolita sin precedentes. Mientras en las casas y plazas se escuchaba euskera, en los hornos de vidrio se oía francés (traído por maestros de Reims) y en los despachos de administración el castellano era la norma para tratar con la Corona.
Era un Madrid bilingüe y productivo, donde el euskera no era una lengua de resistencia, sino una lengua de emprendimiento.
¿Por qué dejó de hablarse? La respuesta es puramente demográfica. Nuevo Baztán nunca llegó a ser la gran metrópolis que Goyeneche soñó. Tras su muerte en 1735, las fábricas empezaron a cerrar por la falta de combustible y la competencia de las Reales Fábricas.
Sin el flujo constante de nuevos trabajadores navarros, la comunidad original se fue diluyendo. Los hijos de aquellos pioneros, integrados en la vida de la capital y casados con gente de los pueblos vecinos (Olmeda, Villar del Olmo), adoptaron el castellano como lengua única. En apenas tres generaciones, el euskera se extinguió en el páramo, dejando como único testigo el nombre del pueblo.
menéame