Profecía (Rafael de León)

I

Me lo contaron ayé

las lenguas de doble filo,

que te casaste hase un mé…

y me quedé tan tranquilo.

Otro cualquiera, en mi caso,

se hubiera echao a llorá,

Yo, crusándome de braso,

dije que me daba iguá.

Nada de pegarme un tiro

ni enredarme en mardisiones

ni apedreá con suspiros.

los vidrios de tus balcones.

¿Que te has casao? -¡Buena suerte!

¡Vive cien años contenta

y a la hora de la muerte…

Dios no te lo tenga en cuenta!

Que si ar pié de los altares

mi nombre se te borró,

por la gloria de mi mare

que no te guardo rencó.

Porque sin sé tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

yo soy… quien más t’ha querío,

¡con eso tengo bastante!

II

-¿Qué tiene er niño, Malena?

Anda como trastornao…

le encuentro cara de pena

y el colorsillo quebrao.

Y ya no juega a la tropa,

ni tira piedras al río,

ni se destrosa la ropa

subiéndose a coger níos.

¿No te parese a ti extraño?

¿No es una cosa mu rara

que un chavá de dose años

lleve tan triste la cara?

Mira que soy perro viejo…

y estás demasiao tranquila.

¿Quieres que te dé un consejo?

Vigila, mujé… ¡vigila!

Y fueron dos centinelas

los ojitos de mi mare:

-¡Cuando sale de la escuela

se va pa los Olivares!

-Y ¿qué busca allí?

-Una niña. Tendrá el mismo tiempo que é...

¡José Migué, no le riñas,

que está empezando a queré!

Mi pare ensendió un pitillo,

se enteró bien de tu nombre…

y te compró unos sarsillos

y, a mí, un pantalón de hombre.

III

Yo no te dije: ¡te adoro!

pero amarré en tu balcón

mi laso de seda y oro

de primera comunión.

Y tú, fina y orgullosa,

me ofreciste en recompensa

dos sintas color de rosa

que engalanaban tus trensas.

-Voy a misa con mis primos.

-Güeno… te veré en la Ermita.

¡Y qué serios nos pusimos

al darte el agua bendita!

Mas, luego, en er campanario,

cuando rompimos a hablar…

-Dice mi tita Rosario

que la cigüeña es sagrá,

- ¡y er colorín, y la fuente,

y las flores, y el rosío,

y aquel torito valiente

que está bebiendo en el río,

-Y er bronse de esa campana y el romero de los montes

y aquella cinta lejana

que la llaman horizonte.

¡Todo es sagrao! ¡tierra y sielo!

porque too lo hiso Dió...

¿Qué te gusta má? ¡Tu pelo!

¡Qué bonito le salió!

-Pos, ¡y tu boca! ¡y tus brazos!

¡y tus manos reonditas!

¡y tus pies fingiendo er paso

de las palomas suritas!

Con la puresa de un copo

de nieve te comparé…

te revestí de piropos

de la cabesa a los pies…

A la güerta te hise un ramo

de pitimin, presioso,

y luego nos retratamos

en el agüita del poso…

Y hablando de estas pamplinas

que se inventan las criaturas,

llegamos hasta la esquina

cogidos por la sintura.

Yo te pregunté: -¿En qué piensas?

Tú dijiste: -En darte un beso.

¡Y yo sentí una vergüenza

que me caló hasta los güesos!

De noche, muertos de luna,

nos vimos por la ventana…

-Mi hermaniyo está en la cuna,

le estoy cantando la nana.

"Quítate de la esquina,

chiquillo loco,

que mi mare no quiere

ni yo tampoco."

Y. mientras que tú cantabas

yo - inosente - me pensé

que la nana nos casaba

como a marío y mujé.

IV

¡Pamplinas, figuraciones

que se inventan los chavales!

después la vía se impone…

¡tanto tienes, tanto vales!

Por eso yo, al enterarme

que llevas un mes casá,

no dije que iba a matarme,

sino que me daba iguá.

Mas, como es rico tu dueño,

te vendo esta profesía:

Tú, cada noche, entre sueños

soñarás que me querías.

Y recordarás la tarde

que tu boca me besó.

Y te llamarás cobarde

como te lo llamo yo…

Y verás, sueña que sueña,

que me morí siendo chico.

Y se llevó la sigüeña

mi corazón en er pico.

Pensarás: ¡no es sierto nada!

¡Yo sé que lo estoy soñando!

Pero allá, a la madrugada,

te despertarás llorando

por el que no es tu marío,

ni tu novio, ni tu amante,

sino el que más t’ha querío…

¡con eso tengo bastante!

Rafael de León.