Estábamos haciendo un documental sobre una película, con algunos años a sus espaldas. Buscábamos a los actores y los entrevistábamos. Mi papel era solamente acompañar al director.
La siguiente era una actriz conocida, pero de la que casi nadie sabía su nombre, la siempre eterna secundaria que salía en todas las películas, pero no de protagonista.
La encontramos en un asilo, de monjas, que la conocían de sus buenos tiempos, mejor que ahora, caida en el olvido, del público y de si misma, víctima del Alzheimer.
Yo la observaba desde lejor, sentada en el bordillo de una acera, flanqueada por dos monjas, que supongo la acompañaban por la novedad de la visita. El director le hacía preguntas a una tercera monja, quizá la superiora, que respondía en nombre de ella. Yo permanecía atrás, espectador de una historia que se estaba escribiendo.
La actriz, ya anciana, jugaba como si fuera una niña pequeña de 2 años, absorta en sus propios pensamientos, ajena a una conversación que giraba en torno a ella.
Pedí permiso para acercarme, y me senté a su lado. Ella seguía jugando, sin hacer mucho caso de mi presencia a su lado. Sentí algo extraño, profundo: como si fuera mi abuela, pero no lo era. El sentimiento estaba ahí, indiscutible.
Se giró hacia mí y me dijo “si conoces a alguien con una moneda, plateada o dorada, dile si me la puede dar”. Metí la mano en el bolsillo, y saqué una moneda de 20 céntimos, brillante, y se la dí.
La cogió y me miró. Y durante un instante, volvió. Pero no del todo. Sólo consciente de que estaba enferma, de que debía reconocerme, pero no lo hacía. Me miró con una claridad dolorosa.
-”Si alguna vez olvido acordarme de tí, no olvides acordarte tú de mí.”, me dijo.
Y volvió a desaparecer, y a volver a jugar con su moneda plateada.
El director seguía preguntando, las monjas seguían contestando. Y yo supe que esa frase no era para el documental, era para alguien que todavía podía recordar.
De todos los que estábamos allí, yo era el único que no hablaba sobre ella, si no con ella.
ampos