El Mercado, al igual que el Dios de los católicos, es intrínsecamente bueno aunque, en ocasiones, cometa crueldades que a los simples mortales nos resulten carentes de sentido. Pero son Sus designios, siempre inescrutables, y nosotros no somos quién para cuestionarlos. No podemos comprender Su voluntad porque Su voluntad es incomprensible.
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