Hay una explicación cómoda —y profundamente insuficiente— para entender el auge contemporáneo de la extrema derecha: la cultura. Se dice que todo se reduce a prejuicios, ignorancia o atraso. Que el fascismo es, en el fondo, un problema de mentalidades. Que bastaría con leer más, viajar más o exponerse a la diversidad para corregirlo. Es una hipótesis seductora porque desplaza el problema fuera de las estructuras y lo sitúa en el terreno moral del individuo. Pero, precisamente por eso, falla en lo esencial.