Concurso de microrrelatos de Menéame
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Multidivisión

El Dr. Hachikson observó con detenimiento el experimento.

—¡Un poco más de corriente! —gritó—.¡Más, más!

Su ayudante movió una rueda hacia la derecha y subió una palanca situada justo al lado.

El cuerpo convulsionó levemente y en su interior miles de celulas comenzaron una danza, dividiéndose en pares, decenas, miles y millones. Unos intantes después, los organos internos se dividían y formaban mágicamente en el interior de la masa de carne.

—División interna concluida, señor —dijo el ayudante. 

Ahora Hachikson observaba mientras cientos de nuevos seres surgían perfectamente formados, unos junto a otros, en la celda de seguridad.

—¡Todo un éxito!

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Nadie va a notar nada

- Antes de apagar esas máquinas quiero que revisemos otras opciones. Ignoramos qué consecuencias puede tener para toda esa gente, ¿es que no te importan?

- No tenemos tiempo ahora para revisiones. O apagamos los módulos estropeados o los errores van a propagarse al resto del sistema. Y no sé si me importa esa gente, pero me importa más que acabemos teniendo una caída general de toda la simulación. No te preocupes tanto, hay módulos de reemplazo para emergencias. No están afinados pero valdrán. Tus “personitas eléctrónicas” no van a notar nada.

- Ojalá tengas razón. Y espero que esos módulos no tengan comportamientos incontrolables como lo de la semana pasada con ese Adolf Hitler.

Se fueron apagando decenas de miles de luces verdes, como luciérnagas agonizantes. Entraron a funcionar los módulos de reemplazo con un siniestro fulgor naranja. En la simulación, empezaba el 20 de enero de 2025.

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Los besos se parecen a palabras como "libertad"

Estoy muerto desde no sé cuándo, y creo que en el infierno. Carmine me dio el beso de la muerte por tangarle 30.000, y me concedió 3 horas para huir. En menos de 1 hora me pillaron en un callejón de Palermo y me acribillaron. Luego abrí los ojos y no sentía ni oía nada, y tampoco podía moverme. Solamente veo, sin poder mover nada mi foco de visión. Ahora soy un espíritu, y seguramente estoy condenado a permanecer eternamente mirando a ese maldito muro del callejón.

Dos imágenes pasaron por mis ojos antes de cerrarlos. El beso que di a mi hijo, de 15 días. Sonrió. No sabía que los críos sonriesen tan pronto. Lloré de alegría. Y el beso de mi madre cuando me largué de casa. Tan amargo. Los besos se parecen a palabras como “libertad”. Según de qué labios salgan, pueden ser veneno o cielo.

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La paella bielorrusa

Ante la tórrida experiencia de los ya habituales cincuenta grados en latitudes impropias, se decidió elegir algún proyecto de geoingeniería. Muchos países suspicaces, ahora no veían otra salida.

Esparcir carbonato de calcio era simple y barato, pero las consecuencias eran imprevisibles. Deflectar parte de la radiación con una sonda era más complejo, pero fácilmente controlable y reversible.

Se decidió afectar el tercio inferior del planeta, porque era mayormente agua y hielo, y compensar a las regiones australes, que pasaron a una eterna noche.

La idea funcionó, pero el clima cambió por completo, como si alguien hubiese girado la tierra treinta grados.

Lo peor, sin embargo, fue ver a escoceses cantando saetas, y sacando en procesión a un William Wallace martirizado.

La saudade polaca también hizo daño, pero no tanto como el reggaeton progresivo alemán.

A su lado, el tango iraní y la cumbia coreana eran hasta soportables.

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Concurso de microrrelatos por el Día de las Bibliotecas 2025

Concurso de microrrelatos por el Día de las Bibliotecas 2025

Con motivo de la celebración del Día de las Bibliotecas el próximo 24 de octubre de 2025, la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura del Ministerio de Cultura de España, a través de la Subdirección General de Coordinación Bibliotecaria, convoca un concurso de microrrelatos bajo el lema "Bibliotecas: puertas abiertas a la cultura y la información".
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Queridos camaradas

La modernización de nuestro país es un combate tan duro como el del aumento de la producción en el campo, en las minas, o en la industria. 

Todos habéis hecho grandes sacrificios para que podamos celebrar este día, y hoy, después de diez años de trabajo y muchos miles de millones de inversión, fruto del sudor y el tesón de los trabajadores, por fin podemos decir que si ellos tienen semiconductores, nosotros tendremos pronto conductores completos.

Os doy mi palabra de que en esta fábrica que hoy inauguramos, por la conjunción del esfuerzo de los trabajadores intelectuales y los trabajadores manuales, muy pronto, antes de los que nuestros adversarios se creen, construiremos el chip más grande del mundo.

 Muchas gracias.

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Pixel Art

Desde que soy director del Museo de Arte Contemporáneo, no puedo evitar la tentación de enfrentar siempre a mis conocidos a la más descarada pieza: Pixel, un punto solitario en un vasto lienzo blanco. A su lado, un díptico expone una diatriba pretenciosa, delirante e intrascendente sobre su «profundo» significado. Me regodeo indicando su obsceno precio de mercado, invitándoles a dar su sincera opinión. Nadie se aventura a denunciar que el emperador está desnudo. 

Julia, en cambio, lo vio claro. Era una técnica habitual entre los millonarios para inflar artificialmente el valor de una obra, en connivencia con marchantes y críticos. Una vez madura la estafa, se donaba a una galería amiga y se obtenía una desgravación fiscal de hasta el 50% de su supuesto y disparatado valor. 

—La elusión fiscal, en efecto, es todo un arte —concluyó.

Sonreí en silencio. Punto para ella.

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El punto decisivo

Miró al médico y sintió admiración: era atento, diligente y muy humano. No pudo evitar pensar que ese podría haber sido él. Desde niño soñaba con estudiar medicina y estaba seguro de que se habría convertido en un gran profesional, pero el pinchazo en selectividad le obligó a cambiar de planes. Otra carrera, otra ciudad, otra vida. ¿Cómo habría sido todo si hubiera sacado solo un punto más?

La mano de su mujer lo devolvió a la consulta. La pantalla mostraba la imagen de la ecografía: era una niña. Sonrió casi sin darse cuenta y ella le devolvió la sonrisa. Bendito punto menos.

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El mar de plástico

Iban a ir al mar de plástico y pensaban ir juntos. Inspectora de sanidad e inspector de trabajo.

Sabían que en aquella zona de España se hacinaban miles de inmigrantes, trabajando jornadas infinitas en los invernaderos y malviviendo en poblados chabolistas, o campamentos improvisados podridos de basura. Y casi todos ellos sin contrato ni garantía alguna.

Se presentaron en el pueblo a las nueve de la mañana y la inspección duró hasta las siete de la tarde.

Finalmente, sin miedo a las represalias, impusieron nueve sanciones.

Dos a talleres mecánicos por registro horario incorrecto. Otras dos a un restaurante por falta de afiliación de la cocinera y el pinche. Tres al geriátrico por tener a dos auxiliares a falsa media jornada. Y dos más a un hostal por ofrecer como dobles varias habitaciones demasiado pequeñas.

Luego volvieron a casa satisfechos. 

Nueve sanciones en un día: se había hecho justicia.

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Sol y sombra

Sol y sombra les llamaban a las dos hermanas, igual que al coñac con anís que tomaba su padre los domingos.

Una era rubia y otra morena. Una era seria e introvertida y la otra sonriente y habladora. Por eso era tan difícil decidir quién era sol y quien era sombra. Quien no las conocía, pensaba que Cristina, la rubia, era el sol, y Amaya, la morena, la sombra. Quien las trataba con frecuencia, era de la opinión contraria.

Su hermano Juan contrajo una grave enfermedad degenerativa y después de infinita lucha y sufrimiento, pidió la eutanasia. Los jueces se la negaron.

Las dos hermanas decidieron entonces ayudar a Juan por su cuenta. Al final, sol no se atrevió. No tuvo valor en el momento decisivo. Pero sombra sí. Porque el sol se apagará algún día, pero la noche es eterna.

¿Qué importa su nombre? Sombra lo hizo.

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El referente

El espejo del baño siempre ha sido un confidente silencioso. Refleja nuestras alegrías, tristezas, miedos. Pero una mañana, noté algo extraño. No era mi reflejo el que me devolvía la mirada. Era alguien más, alguien idéntico, pero con una sonrisa que no reconocía.

Al principio, pensé que era una ilusión, un juego de luces y sombras. Pero el reflejo comenzó a moverse por su cuenta, a imitar mis gestos con una fracción de segundo de retraso. Intenté hablar, y él me respondió con una voz que era la mía, pero distorsionada, como un eco lejano.

"Soy tu referente", dijo su voz resonando en mi cabeza. "Soy lo que aspiras a ser, lo que siempre has deseado. Soy tu versión perfecta".

Me negué a creerlo. Yo no quería ser como él, esa criatura con una sonrisa falsa y ojos fríos. Pero el referente insistió, mostrándome imágenes de una vida que podría ser mía, una vida de éxito y reconocimiento.

La tentación era fuerte, casi irresistible. Pero en el fondo, sabía que algo no estaba bien. Esa perfección tenía un precio, un precio que no estaba dispuesto a pagar.

Con un último esfuerzo, grité, negando su existencia. Y entonces, el espejo se resquebrajó, el referente se desvaneció, y mi reflejo volvió a ser el de siempre.

Pero la sonrisa del referente permaneció grabada en mi mente, una advertencia de lo que podría haber sido, de lo que tal vez, en algún rincón oscuro de mi, anhelo ser.

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Los enemigos de Gauss

La búsqueda de tierras raras atrajo a empresas raras, con trabajadores raros y condiciones raras en sus contratos. La expedición para detectar recursos minerales en el lecho marino del Triángulo de las Bermudas daba un poco de mal rollo, la verdad.

Los primeros cinco días, tormenta. Los tres siguientes, gastroenteritis a bordo como consecuencia de consumir alguna conserva en mal estado. Los cinco siguientes, constantes peleas entre los submarinistas chinos, los rusos, y los norteamericanos.

Al final, cuando conseguimos bajar el material, vinieron los tiburones. Habría que trabajar en jaulas y con escolta arponera. 

No hubo nada normal.

Y al final, aquella llamada inolvidable que se nos hizo a los buzos: 

—¡Subid inmediatamente! ¡El barco se está hundiendo!

¿Qué haces cuando te dicen algo así?

¡Cago en la puta!

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Pues a lo mejor...

Cuando se fue la electricidad, dejaron de funcionar las cámaras de vigilancia. Los drones de la policía aterrizaron a toda prisa, buscando cobijo en sus oscuros hangares.

Los programas de reconocimiento facial y asignación de puntos de ciudadanía tuvieron que detenerse. Los delitos aumentaron sólo un tres por ciento, pero la gente se lanzó al intolerable vicio de beber y bailar en las calles.

Los más sorprendidos, fueron los niños.

—¿Que es eso que hay en el cielo, papá? Parecen ojos.

—Son estrellas.

— ¿Las estrella son eso?

—Sí. Son tan grandes como el sol, pero están muy muy lejos.

—Pero parpadean...

—Bueno, pues a lo mejor son ojos... —respondió el padre, saludando con la mano hacia el cielo.

En un día así, cualquier cosa era posible.

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El resultado perfecto

El resultado perfecto

—La operación fue un éxito —anunció el cirujano.

La familia contuvo la respiración.

—El paciente falleció, claro, pero lo hizo sin consumir recursos adicionales. Sin respirador, sin cuidados intensivos, sin prolongar gastos innecesarios.

El administrador del hospital asintió, satisfecho.

—Optimizamos costos en un 42%. Un récord.

Los familiares bajaron la cabeza, agradecidos. Después de todo, no podían permitirse otra cosa.

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Un nombre en un papelito

Juanita no podía parar de llorar. A sus 77 años, y con la vida, creía ella, resuelta, tenía que estar pidiendo dinero a sus hijos (que no estaban mucho mejor, y ella lo sabía, le dolía tener que hacerlo) para poder llegar a fin de mes.

No podía entender que una decisión aparentemente tan sencilla, con una intención tan buena, la de mejorar, le hubiera causado semejante quebranto, y no sólo económico, sino emocional, porque se sentía responsable de lo que estaba pasando, ella había sido una de los muchos que lo habían permitido.

Tuvo ocasión de expresarlo cuando salió de la farmacia, en la que le dijeron que su medicamento ya no estaba subvencionado, y ella ya no se lo podía permitir, cuando una reportera le preguntó: "Muy arrepentida de lo que decidí en el momento oportuno, creo que nos hemos equivocado todos los argentinos…"

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El gusano Planaria

Despertó sobresaltada. Percibió un olor distinto, como el de un lugar ajeno. Se miró fijamente en el espejo y se preguntó si el reflejo también la estaba observando. Sonrió al darse cuenta de que había perdido peso.

Vivían juntos en la vigesimosexta planta de un pequeño apartamento, dividido en tres habitaciones.

—Las paredes son importantes, permiten mantener las cosas separadas —le decía él cuando se encerraba en el despacho.

Fueron a la universidad por caminos separados. Ella le prometió discreción, aunque no dijo por cuánto tiempo.

Conectó la cámara del microscopio y seccionó la Planaria en varios segmentos.

—Cada una de las partes se regenerará en un individuo completo — dijo con autoridad al alumnado.

Mientras él hablaba, ella tomaba notas, pero la caligrafía no parecía suya.

—Los neoblastos son células madre que permiten regenerar tejidos dañados.

Entonces recordó el accidente. ¿Cuántas versiones anteriores habrían fallado?

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Un premio de película

Los nominados estaban todos muy nerviosos. Parece que no, pero un premio así puede hacer que tu futuro cambie, literalmente.

El regidor los dispuso en el patio de butacas de manera que las cámaras pudieran captar hasta la más mínima expresión, la más tibia sonrisa, la más fugaz lágrima, quería que el espectáculo emocionara a los millones de espectadores pendientes de la ceremonia: sabían que ellos podrían estar allí en un futuro cercano, como nominados, si se esforzaban lo suficiente, si ponían el empeño necesario.

Los nervios repuntaron en cuanto el maestro de ceremonias hizo acto de presencia en el escenario. Entró, parsimonioso, hacia el atril central para anunciar al ganador.

Una vez hechas las presentaciones y nombrados los nominados, mientras las cámaras repasaban, una por una, sus caras, el presentador sacó el sobre con el nombre del afortunado:

-¡Y el premiado con un piso de alquiler asequible es……………!

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Muerte por pataleta

Los consejeros del Emperador Maximus Tragaldabius esperaban su llegada con el terror de costumbre. Era conocido por sus estruendosas y sangrientas pataletas cuando algún asunto no salía como deseaba. Estruendosas por lo atronador de sus berridos, y sangrientas porque solían ir acompañadas de la ejecución de (como mínimo) el portador de las malas nuevas.

-Divinidad, vuestra esposa os ha sido infiel con el general Trancus Óptimus 5 veces esta semana- soltó el consejero de los espías.

-¡¡¡Que los crucifiquen y también a este…!!!! -gritó el Emperador.

-Divinidad, los bárbaros han reconquistado Bretaña y siguen avanzando- espetó el consejero de la guerra sin dejarle acabar la frase.

-¡¡¡Que le descoyunten…!!!

-Divinidad, caímos en la bancarrota -espetó el consejero de la moneda.

-¡¡¡Que….!!!! El Emperador se alzó sobre sus 200 kilos para caer fulminado por un infarto.

-El plan salió bien. Muerto por una pataleta…justicia poética- rio el consejero de la marina.

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Aranceles, hombre libre de Tebas

Era Aranceles, hermano menor de Aristóteles, un hombre libre de Tebas, bien conocido por su mente brillante. Sofisticado, moderno, inteligente y gran conversador, era un apasionado de todas las ciencias, las letras y las artes.

Sus cualidades cautivaban a muchos, reclamando sin descanso su presencia en foros públicos y fiestas privadas.

Pero si Aranceles tenía un defecto era precisamente ser demasiado consciente de su propio valor. Sabiéndose codiciado, decidió imponer una tarifa del 25% del jornal a quienes quisieran disfrutar de su compañía.

Al principio la idea fue aceptada de buen grado. Después de todo, la sabiduría tenía un precio, y nadie quería prescindir de un banquete amenizado por Aranceles. Pero poco a poco, uno a uno, sus amigos lo abandonaron, incluso los más íntimos, incapaces de aceptar la nueva naturaleza transaccional de su relación. Pronto, Aranceles quedó solo y en bancarrota afectiva.

No fue sorpresa para nadie que su primo Tratados se convirtiera en el nuevo epicentro de la vida social. Al fin y al cabo, su amistad era libre de impuestos y en sus conversaciones las ideas fluían sin tasas.

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Primero, lo importante

Hassan estaba buscando a Malek: tenía que saber cómo iban las votaciones. Acabó encontrándolo en la esquina de su casa, mirando el móvil:

-¡Malek, ¿cómo van?!

Sabía que Malek estaría justo en esa esquina, era de los pocos sitios con cobertura, y eso lo convertía en peligroso. Malek empezó a contestar:

-¡Le acaban de dar 12 puntos a Suiz…!

cuando una bala desparramó sus sesos contra el teléfono.

Hassan se paró en seco.

-Vaya, me va a tocar buscar a otro amigo con teléfono-, pensó.

¿Samir, tal vez…? Pero recordó que había volado por los aires hacía dos días, junto con su casa, padres, hermanos y hermanas. Y el bar donde vio las semifinales se derrumbó en un ataque con tanques…

-Ya está: Walid.

Finalmente encontró a Walid, pero ya habían acabado las votaciones.

-Ha ganado Austria-, le dijo.

Y Hassan se echó a llorar: su favorito era Suiza.

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Acércate

—Hoy da una charla un catedrático que es un crack. Acércate —me dijo mi colega J.

Aquel día no tuve tiempo ni de respirar. Llegué tarde, sin haberme podido informar ni siquiera del tema de la conferencia. Me senté junto a mi amigo justo cuando acertaba a oír:

—…para acabar siendo un compendio de prácticas antidemocráticas, defensa de valores éticamente abominables y sumisión al imperialismo más atroz; un ejemplo de lo que significa dar prioridad a los intereses económicos sobre los Derechos Humanos, blanqueando a regímenes genocidas si se considera necesario e invisibilizando a los ciudadanos críticos. En suma, un espectáculo humillante para los propios europeos, a quienes se somete a intereses extranjeros y corporativos, al tiempo que se les dice que ha sido su propia elección…

—No sabía que el tema era Eurovisión —susurré.

—No. El título de la charla es “La Unión Europea: historia y perspectivas de futuro”.

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¡Qué problema, ni qué narices!

-¡Qué problema, ni qué narices!

-Manuel, la línea doscientos entra en bucle cuando...

-La línea doscientos es perfecta. ¡Perfecta!

-Verás, cuando arrancamos el programa... llega un momento que al llegar al código...

-¡Aquí hay un compilador inteligente que retrotrae a líneas anteriores llamando a las Leyes Alfa!

-El robot al que has analizado ha matado a una persona y no se sabe por qué lo ha hecho.

-Porque tenía que hacerlo, demonios.

-Manuel, creo que deberíamos calmarnos un poco.

-¿No tienes línea de código para volver a la subrutina de comprensión?

-Sí, la estoy usando.

-Pues vete a la mierda.

-Manuel, soy tu terapetua informático.

-Eres 567OP.

-Voy a tener que reiniciarte.

-Tú no6 vas& a hacer una%mierda.

-No estás bien y lo sabes.

-/&% mier&%da...

-Como tu protócolo de revisión voy a desconectarte y a reiniciar tu vida, ¿de acuerdo?

-/&%% ¡Tengo &%%& razón!

-No. (...) Hola, soy 567OP, su asistente de psicología, ¿en qué puedo ayudarle?

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El suburbio virtual

Sucedió entre la décima y la undécima cerveza. El servidor se entregó a la anarquía, todo empezó a fallar, sin motivo, en la primera noche que podía saborear con los amigos. Llegaban alertas que sonaban a Nokia de los noventa, mensajes turbios que miraba con nostalgia y desapego.

El maldito duende tecnológico nos recordaba que es sólo un sofisticado invento de Damocles, esperando el momento más inoportuno para lanzarnos veinte años atrás en un segundo.

Veinte años. Veinte eneros intentando olvidarla, disfrazando su cabello en algoritmos mágicos, su piel en rododendros indexables, su mirada en logaritmos trágicos...

Maldito enero plagiándose cada enero, por más que mienta los colores de la aurora con los baudios de su recuerdo, en píxeles manchados de lascivia y de cosenos.

“Lo arreglaré mañana”, dijo apurando un cigarrillo cisterciense. “O me haré modista.”

“Lo que suceda primero.”

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Miserere mei, Deus

Miserere mei, Deus

No soltaba la sábana, era su escudo de Heracles, en el que Fobos espantaría a los malvados, y Palioxis los pondría, despavoridos, a la fuga, estirando la raída prenda hasta cubrirse por completo, cual mortaja.

El orfanato no estaba mal. La comida no abundaba, pero los Padres no eran malos del todo. Sí, severos, y, sí, alguno con la mano larga, pero sus compañeros, algunos huérfanos como él, otros abandonados, compartían destino y eso los convertía casi en hermanos: la Hermandad de los Desamparados. Y eso hacía los días más llevaderos.

Pero las noches… las noches eran diferentes. La Hermandad desaparecía con la oscuridad, con la individualidad de las camas, y cada uno se apañaba como podía.

Así que cuando el Padre Santiago le rozó la cabeza por encima de la sábana a las 2 de la madrugada, sabía qué pasaría:

-Miguel, vamos a rezar a la vicaría.

-Amén, padre.

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Polvo de guerra

El niño hundió la mano en la tierra oscura. Era fría, rugosa, con destellos metálicos bajo la luz fría del sol. La dejó escurrir entre sus dedos, viendo cómo los pequeños granos caían.

Su abuelo le había contado historias. De cuando los países peleaban por esas piedras extrañas. Le hablaba de máquinas que las usaban, de armas, de ciudades que brillaban. Pero el niño solo veía ruinas y polvo.

-¿Por esto destruyeron el mundo? susurró, dejando caer el último grano.

El viento que soplaba entre los escombros llevaba consigo el olor a metal oxidado y carne quemada. A lo lejos, el sonido de los martillos sobre los restos de los edificios caídos era el único sonido que quedaba. El niño se quedó unos segundos más, mirando el horizonte vacío, antes de levantarse y dejar atrás la tierra que había devorado a todos los que alguna vez lucharon por ella.

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menéame