Concurso de microrrelatos de Menéame
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Confianza

El granjero fue al mercado y compró un pavo chiquitín. El pobre bicho, iba en una caja, de cartón aterrorizado, por los vaivenes del coche. Finalmente llegó a casa y lo soltaron el corral.

Allí también pasó muchísimo miedo. Estaba rodeado de unas bestias gigantescas que le lanzaban picotazos, de una especie de león con unas uñas terribles y de un lobo gigantesco que lo empujaba con el hocico.

La primera noche, fue horrible. La segunda, mejor. En una semana, estaba a gusto. En tres meses, era el dueño del corral. Todo iba magníficamente. Su optimismo y su confianza en la vida aumentaban cada día, por buenas razones.

Hasta el día de Nochebuena.

Otros pavos, en los años siguientes, escucharon la historia a finales del otoño, pero aunque nadie dudó de su veracidad, la consideraron unánimemente un hecho asilado.

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Cosas de los hemisferios

La parte izquierda del cerebro me estaba creando tensión en la parte derecha. Lógica, analítica, y sobre todo siendo "un pesao". La parte derecha andaba a por uvas, como siempre.

-Que me dejes, que no se me ocurre nada que escribir de lo de la mierda esa de Eurovisión.

-Bueno, tú mismo has dicho que esto era un juego... un entretenimiento.

-Ya, sí, pero estoy con otras cosas ahora, déjame en paz.

-Cinco minutos, venga, y así concursas. Y te relajas de todo lo otro que andas escribiendo.

-Bueno, vale. Terror. Comedia. Drama. Documental. Bah... no sé. Ni idea. Hay buenos escritores en el foro.

-Acuérdate cuando Eurovisión era un concurso de cantantes.

-Odio las competiciones y lo sabes. No hay nadie mejor o peor, hay personas. Hay cantantes.

-Piensa en el lío de Israel este año.

-No hay mucho que pensar en eso, hemisferio pesado, es lo que hay.

-Venga, bah, ponte a pensar de esa manera que haces tú en tu lado.

-Déjame tranquilo. Mira, te doy un titular mental: La vida es dura y luego te mueres. ¿Te vale?

-No sé, esperaba algo más de tu lado.

-Y yo del tuyo, pero las bombas siguen las leyes de la gravedad.

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El tema de la semana es «Hermanos»

El tema de la semana es «Hermanos»

Desde Juan Guerra a David Sánchez pasando por Tomás Díaz Ayuso, los hermanos siempre han sido un quebradero de cabeza para los dirigentes políticos. Sombra incómoda o escudo providencial, estorbo o emisario, cada hermano es un personaje secundario que amenaza con robar el foco, un apellido que pesa, una llamada que compromete. Esta semana, el Concurso de Microrrelatos de Menéame propone zambullirse en esas lealtades mal gestionadas, en esos lazos de sangre que, lejos de unir, tiran en direcciones opuestas. Porque en política, como en la literatura, a veces los familiares no se eligen: se heredan.

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Una semana más, Mara y Rubén se abrazan en el reservado. De vez en cuando se besan, unas veces como viejos amantes y otras con más pasión, hasta que alguien los elige.

Es un conocido club de swingers, de intercambios de parejas. Mara es conocida por ser capaz de tener cinco orgasmos en veinte minutos, y Rubén por se capaz de provocarlos.

Todo el mundo disimula.

La norma es que tienes que ir con tu pareja, para añadir al sexo el morbo de la infidelidad y de los celos. Todo el mundo saber que estos dos son hermanos, pero ellos hacen el paripé de magrearse un rato en el reservado.

Hay quien incluso le encuentra una componente política a su pequeño fraude. Nada es más sencillo que compartir lo que no consideras tuyo, ¿verdad?

¿Pero qué mas da? ¿Quién ha quedado insatisfecho?

Mara y Rubén tiene un éxito tremendo.

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El fontanero y la anciana

La fuga se presentaba fácil de solucionar, pero el líquido viscoso y brillante desconcertó al fontanero. Parecía uno de esos potingues con los que jugaba su hija cuando tenía 6 años. Le encantaba la purpurina y el «color unicornio».

Usó el cortatubos con precisión y encontró el atasco precursor de la rotura. Había mucho pelo acumulado. No pertenecían a la anciana que le había requerido. Eran negros, largos y brillantes, como los de su exmujer.

Durante la faena, una llave de paso defectuosa le lanzó un chorro a la cara. No tenía sentido, pero parecía agua salada. Recordó la playa de su pueblo natal, que llevaba tantos años sin visitar.

Ya todo perfectamente ejecutado. Era hora de cobrar. Pero, ¡oh!, ¡seguía saliendo líquido!

—No se preocupe —se adelantó la anciana—. En esta casa no fluye agua, sino vida. Constantemente se va perdiendo. Y muta en recuerdos.

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Discurso de graduación

Nuestra misión es que los recursos fluyan desde sus orígenes a donde necesitan ser empleados. A veces, hay que calentar esos recursos, y a veces hay que enfriarlos. A veces hay que almacenarlos en grandes bolsas, y a veces hay que dispersarlos en finas partículas para que alcancen mayor superficie o volumen con un consumo inferior.

Además, por razones de todo tipo, las conducciones se obstruyen o alguien, intencionadamente o no, las estrangula, variando la presión, o generando artificialmente abundancia o escasez. Y ahí debemos intervenir nosotros para eliminar los elementos extraños o rectificar las conducciones y su trazado.

Se os llamará fontaneros ya trabajéis con agua, con capital, información o mano de obra. Es igual. Nuestra misión siempre es la misma. Nuestro trabajo es invariable.

Buena suerte ahí fuera.

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Cosita de poco (Valdesuei)

Cuando comenzamos nuestra relación asumí que se trataría de algo temporal, de un pasajero amor de verano que, como una inalcanzable golondrina, huiría con la llegada del frío a latitudes más cálidas. Pero el año y medio compartido me hizo albergar ingenuas esperanzas.

Pasaba allí días completos y cuanto más tiempo estaba con aquella familia, más extraña sentía a la mía. Llegué a percibir como propios aquellos pasillos de perennes pisadas blancas y cartones protegiendo el suelo.

El desgaste propio de la convivencia fue haciendo mella a pesar de mi empeño por evitar la rutina: constantemente proponía nuevos cambios o mejoras.

Los silencios incomodos cuando me metía en sus conversaciones sobre las extraescolares de los niños o la celebración de las navidades, me hicieron comprender que para ellos no era más que un simple fontanero; y que era inevitable que nuestra relación acabaría cuando terminase la “reformita” de los baños.

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El inspector

Tras casi cuarenta años en la empresa, había aprendido a ser eficiente en su trabajo.

Cuando empezó, leía los informes examinando cada detalle e incluso rehacía los cálculos él mismo para comprobar que todo era correcto. Una pérdida de tiempo.

Más adelante, decidió inspeccionar solo las hipótesis y las conclusiones. En las raras ocasiones en que detectaba errores, estos no tenían impacto real. Sus superiores le felicitaron por su aumento de productividad.

En los últimos años, se limitaba a firmar los análisis que le entregaban, con lo que se agilizaba la revisión. Gracias a su entrega se convirtió en el empleado ejemplar.

Esa mañana, un error de diseño en el sistema desencadenó un accidente con más de doscientos muertos. Todos se preguntaron cómo había podido ocurrir algo así.

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El tema de la semana es: El punto

El tema de la semana es: El punto

Imagina un punto. No una línea, no una figura, no un cuerpo. Un punto. Parece sencillo, casi inofensivo. Pero basta asomarse a sus dominios para que lo que parecía el origen se transforme en destino, en vértigo, en anomalía. En el mundo de Flatland —la novela geométrica y satírica de Edwin Abbott— los seres viven confinados en dos dimensiones, y un punto es lo más bajo de la escala social: invisible, indivisible, incuestionable. Pero ¿y si ese punto contiene todo un universo que no podemos ver?

Los matemáticos, con su afán de precisión, han inventado hasta un teorema del punto gordo. Sí, así se llama: «teorema del punto gordo». Porque en la práctica, cuando buscas una solución y no la encuentras, te resignas a aceptar «algo por aquí cerca». Y eso sin contar que hay otros puntos mucho más escurridizos como el punto G, ese mito moderno que los escépticos consideran una entelequia y los creyentes, un milagro táctil.

Hablemos de puntos.

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Un puntito de tristeza

Sentía un puntito de tristeza, pero en general, nada concreto, a grandes rasgos. Normalmente no tenía problemas, ni angustia... "el día a día me come", solía decir, y el puntito desaparecía, o se posponía y difuminaba. Sin embargo nunca mostraba una expresión plenamente tranquila, aunque tampoco acelerada. Iba como un autómata, sin sentimientos, solo procesos. Sabía lo que había que hacer, y lo hacía bien.

Incluso al llegar a casa alguna película o libro ayudaban a desconectar, y entonces ese puntito se hacía notable, como un mosquito. Aunque el sueño ya no permitía concentrarse.

Pero al llegar la jubilación, ese puntito de tristeza lo ocupó todo, y esta noche, en el espejo, sí veía signos de cansancio, que afortunadamente nadie más podía ver. Y quizás de alivio.

Y pensé en el resumen de mi nota de despedida: Sabía lo que había que hacer, y lo hice bien.

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El punto pequeñito

-Mamá, ¿esto es un punto?

-No, eso es un círculo, porque es muy grande y se puede medir.

-Pero si lo hago más pequeñito también se puede medir.

-Piensa en un puntito tan pequeñito que no lo puedas medir.

-Pero entonces no se vería.

-Coge el bolígrafo de punta muy finita y...

-Espera que voy a por tu regla especial. (...) ¿Ves? Mide la mitad de estas dos rayitas...

-Medio milímetro, sí. Pues más pequeño.

-Mamá, siempre va a medir algo y será un círculo.

-¿Sabes qué? Tienes razón. Pinta un círculo muy pequeñito y ya está.

-¿Y entonces, un punto qué es?

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Las vacaciones como animal mitológico

Mis dos abuelos murieron hace mucho. Como ya he contado alguna vez, uno era falangista y otro de la CNT, lo que a ellos no les impidió ser buenos amigos y a mí aún se me nota, por herencia, en demasiadas ocasiones.

Además, uno era agricultor y otro ganadero, dos oficios, como se sabe, enfrentados desde la prehistoria.

Pero entre tantas diferencias, había una similitud que los unía: las vacaciones.

Para cualquiera de mis dos abuelos, las vacaciones eran algo incomprensible, casi mágico, tan producto de la modernidad como la luz eléctrica, los coches y la televisión. Los dos habían trabajado desde niños, con más o menos ahínco, con mejor o peor fortuna, pero sin disfrutar otra forma de asueto que los días festivos.

¿Vacaciones? Claro hombre, cuando las vacas no coman. No te joroba...

Por eso, entre otras cosas, nadie se quedó en el pueblo.

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Sombras en tu dormitorio

Surgió de la luna llena y de aquel primer niño ancestral que temió las sombras de un árbol; no del miedo a la oscuridad. No, no son el mismo miedo.

Ahora se mueve por tu dormitorio aprovechando las largas sombras que el resplandor de la calle te mete en casa, o las luces de tus propios dispositivos. A veces consigue que notes su presencia, soplándote levemente en la nuca.

No es la muerte, que está bien definida. Es otra cosa que se queda atorada. Como la mirada perdida que viste en la residencia de ancianos. Esa mente sepultada bajo las sombras, que no vuelve ni tampoco se termina de marchar todavía.

Está cerca. Ten cuidado. No dejes que se obsesione contigo.

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Versión de pobres

En el cuento clásico, el gato con botas le dijo a su dueño que se bañara en el lago, para quitarle la ropa, hacerlo pasar por un noble y que el rey lo invitara a palacio.

Pero el contexto es el que es, y de donde no hay no se puede sacar, y a lo máximo que aspiraban era a colarse por la noche en la piscina comunitaria. Se quitaron los calcetines para bañarse. Y, por supuesto, sin invitación al palacio, solo le pudieron dar al gato los restos fríos de una barbacoa que había en la basura.

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La reliquia

Año 2125.

La cola daba la vuelta a la manzana, rodeando el templo, compuesta por gentes venidas de allende los mares, personas transpirenaicas, transalpinas, transatlánticas, transmediterráneas, transidas de cansancio por tanta espera.

Y es que la noticia del fenómeno había llegado a todos los rincones del planeta. Y la palabra "fenómeno" no le hacía justicia: casi se podría considerar un milagro. De hecho, la Iglesia había iniciado ya el proceso de beatificación.

No había más que ver la expresión de los que ya lo habían visto, de aquellos que salían del recinto por la puerta lateral: asombro, estupefacción, repugnancia, incredulidad…

Le pregunté a uno de los que habían salido qué había visto:

-Está ahí, en perfecto estado de conservación, sujetando todavía el último fajo de billetes de la última comisión: el brazo incorrupto del San Cristobal el Corrupto.

El templo estaba situado, no podía ser de otra manera, en Montoro.

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Tenemos al primer ganador de esta nueva etapa, JanSmite con el relato titulado "Cuarenta"

JanSmite con el relato titulado "Cuarenta" ha sido el ganador de esta semana de nuestro certamen de microrrelatos: www.meneame.net/m/microrelatos/cuarenta

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Tras el VAR ha sido el microrrelato "Piratas nazis del Caribe" de Artikan el ganador de esta semana

Pues sí, tras una discutida revisión a cargo del VAR de Menéame, el arbitro pitó penalti y fue "Piratas nazis del Caribe" quien se impuso como ganador de esta semana www.meneame.net/m/microrelatos/piratas-nazis-caribe

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Fumadero de jazz

En todas mis vidas, y mis muchas muertes, he conocido a gente de todo tipo. En los años ochenta, en los Estados Unidos, conocí a Frank (se llamaba Harry) y él me explicó en un “fumadero de jazz”, los que vivieron esos años ya saben a lo que me refiero, que el movimiento de caderas era para los listillos que sabían mucho de jazz. Yo sabía lo justo y me lloraban los ojos de tanto humo de tabaco en esos locales de música. Los llamaba listillos en una traducción barata al inglés de la época. Años después, muchos, me encontré con cosas que no entendía, barbas de chivo y cafés extraños, me dije a mí mismo que había perdido el tiempo. Sólo me quedé con el humo de aquellos locales de jazz donde la gente usaba esa palabra.

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El misterio de los mister

Se acercó un enlister

A alistar a los hipster

Pero vino un magister

Acompañado de su assister

Y los metió en un cloister

Donde los atendió una sister

Les vendió a todos un blister

Que había contenido klister

Y se hizo una blacklister

Un chantaje a los mister

Que habían sido hipster

"Preferimos, hermana sister,

que nos clave un leister,

o que nos lleve un twister

antes que un falso blister de klister.

Le diremos a nuestro barrister

Que la lleve ante el minister."

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Una luz que nunca morirá

Todo era estupidez, oscuridad, en el relato oficial. Nosotros sabíamos que había otras historias: nuestros abuelos nos habían hablado de vida más allá de las pantallas, de imágenes que siempre mostraban la misma perspectiva. Sabíamos de otras puertas y queríamos llegar a ellas. Para ello, nos adentramos en pasillos interminables que llevaban a edificios que ya habían perdido su función. Abríamos cada cerradura con alegría porque sabíamos que la meta merecía la pena. El final fue el principio: encender la luz y sonreír a todas las estanterías polvorientas, a libros que llevaban años esperándonos. Ante tanto vértigo, sentarse en silencio, saborear el poder de cada palabra arrebatada suponía la felicidad. Más que leer, era resistir. Era hacer de cada párrafo un recordatorio de que el saber, aunque despreciado, nunca muere.

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REPARACIÓN (#FuturoImperfecto IV)

- Sujeta, aquí. Cuidado.

- Ya está. Ahora giro… ¿Así?

- Sí, muy bien. Sigue concentrado.

- No puedo dejar de pensar. Impresionante la des‑extinción de una especie, ¿verdad?

- Grandioso, ¡glorioso!

- Éticamente correcto, ¿cierto?

- Jamás debió haber extinciones. Lavamos un error que avergüenza a la humanidad. ¡Corregimos la historia!

- Sí, todos los casos de la historia fueron atroces en ese sentido. Pero sigo dudando si enfocamos bien nuestros esfuerzos.

- Debemos demostrar el concepto. Empezando por organismos simples.

- Sí, por supuesto. Pero… ¿tenía que ser la viruela? ¿en humanos?

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El bosque (#FuturoImperfecto V)

David no podía evitar esa sensación agridulce.

Por una parte, le emocionaba caminar por ese bosque, que le recordaba al que había cerca de la casa de sus abuelos. Volver a contemplar los colores del otoño y escuchar el canto de los pájaros era maravilloso, pero aún más hacerlo acompañado de su hija.

Por otra parte, echaba de menos oír la hojarasca crujir bajo sus pies y el olor a tierra húmeda, tal como la recordaba de su niñez. Sin embargo, lo que más le afligía era saber que pronto terminaría todo.

-Papá, cómo se llama esa planta que parece una explosión nuclear

-Pues verás, hija...

Un zumbido sordo seguido de una oscuridad total truncó la explicación.

-Se han agotado las baterías. Tenemos que marcharnos hija, ya no queda nada que podamos aprovechar aquí.

-Papá, este ha sido el refugio más guay que hemos encontrado en los últimos meses.

-¿Lo dices por la proyección en tres dimensiones?

-Sí, y por la comida de perro enlatada.

-Jajaja. Si, la verdad es que estaba rica. Hemos tenido suerte...

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El mecanismo del fin

Me siento un canalla. Ella sigue fingiendo que no advierte los continuos desprecios que le dirijo. Me sigue entregando el mismo amor (puede que compasión), como si fuese un niño huérfano. No tengo nada que reprocharle. Tampoco la soporto. Ayer miraba su cara tan de virgen de Van Eyck, sus cabellos reposando sobre armónicos hombros. El cuerpo primaveral y apetecible. Las palabras joviales que regala a todo el mundo, y una amabilidad que derrocha sin mesura.

El amor es un misterio. Cómo puedo no amarla. Cómo puede asquearme tanto.

Preveo el futuro: preparo las frases precisas  e irreversibles que le diré, mis respuestas a sus preguntas (y a sus silencios). Será la única forma de romper este maleficio.

Subo las escaleras de casa. Me flojean las piernas. Abro la puerta decidido a terminar de una vez.

Ella está al fondo del salón, mirándome tranquila. Desnuda en brazos de ese desconocido.

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Las molduras del silencio (#FuturoImperfecto VII)

Cuando era pequeño, imaginaba el futuro de otra manera, aunque ya no recuerdo esos futuros.

Imaginaba que habíamos comprendido la inteligencia, y madurado hacia posturas más trascendentes para habitar este mundo insólito.

Soñaba elucubraciones vagas sobre el significado de las formas corporales, meditaba sobre la semejanza entre el pájaro y la ortiga. Desnudaba pensamientos como capas de una cebolla ambarina y turgente...

Pero en realidad el futuro es el mismo presente, siempre, sólo cambian los juguetes con los que arañar las molduras del silencio.

Y la mirada desmontando los palacios que la esperanza había construido en el aire, libre, inocente y trágica, como nacer en un mundo que se deshace.

Si hay algo peor que dos ejércitos en guerra, son cientos de millones de famélicos desesperados.

Algún día llegarán, no importa cuándo. 

Porque nada les detendrá.

Porque no volveremos a la Edad Media, sino a la Prehistoria.

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¿Inocente?

La biblioteca estaba en silencio. El silencio que solo trae calma a los que disfrutan de la soledad. Una lámpara, baja y amarillenta, rompía la penumbra. Dos cabezas compartían la lectura de un viejo volumen. A medida que se concentraban en el texto, la distancia se acortaba. En un momento impreciso, su atención se dispersó. Empezó a respirar un olor a lavanda, que no era de su propio jabón. Inconscientemente giró la cara y, para su sorpresa, noto apenas el roce de unos labios. Le transmitieron un atisbo de calidez que despertó su cuerpo, una zozobra entre el descubrimiento y la negación.

-       Perdóneme hermana, no sé lo que me ha pasado.

-       Ay, Sor Luisa. A todas, en algún momento, se nos ha nublado el juicio.

menéame