Ésta es la historia de una niña a la que lo que más le gustaba de todo eran las cosas brillantes. Tenía un vestido con lentejuelas, unos calcetines con purpurina, unas zapatillas de deporte con pedrería. Y una muñeca negra llamada Christy, como la asistenta, cargadita de cosas brillantes. Hasta los dientes los tenía brillantes, aunque su padre se empeñaba en decir que los tenía «resplandecientemente blancos», que no era exactamente lo mismo. «Brillante», pensaba ella para sus adentros, «es el color de las hadas y por eso es el color más bonito de todos». Cuando llegó la fiesta de Purim[5] se disfrazó de hada pequeña. En la guardería le echaba purpurina a todo niño que pasara por su lado y decía que se trataba de unos polvos mágicos para deseos muy especiales y que si esos polvos se mezclaban con agua los deseos se cumplían y que cualquier niño que se fuera ahora a casa y los mezclara con agua vería cumplidos sus deseos. Era un disfraz muy convincente que ganó el primer premio del concurso de disfraces de la guardería. La propia maestra, Hila, dijo que si no la hubiera conocido de antes y se la hubiera encontrado así, por la calle, no le cabía la menor duda de que se habría creído a la primera que se trataba de un hada de verdad.
Al llegar a casa la niña se quitó el disfraz, se quedó sólo en braguitas y lanzó por el aire la purpurina que le había sobrado, mientras gritaba:
—¡Quiero tener los ojos brillantes!
Gritaba tanto que su madre acudió corriendo para ver si todo iba bien.
—Quiero tener unos ojos brillantes —dijo la niña, esta vez más bajito.
Mientras se duchaba siguió diciendo lo mismo, pero incluso después de que su madre la secara y le pusiera el pijama siguió teniendo los ojos de siempre. Muy verdes y preciosos, pero de brillantes nada.
—Con los ojos brillantes podría hacer tantas cosas —intentó convencer a su madre, que empezaba ya a perder la paciencia—, podría andar por la carretera por la noche y los coches me verían de lejos, y cuando fuera más mayor podría leer a oscuras y ahorrar muchísima luz, además de que cuando me perdiera en el cine podríais encontrarme enseguida, sin tener que llamar al acomodador.
—¿Qué son todas esas tonterías de los ojos brillantes? —le dijo su madre colocándose un cigarrillo entre los labios—. Eso no existe. ¿Quién te ha metido esa bobada en la cabeza?
—Sí que existe —gritó la niña saltando en la cama—, existe, existe, existe, y además no tienes que fumar cuando estás conmigo porque no es sano para mí.
—Está bien, tienes razón —cedió la madre—. Mira, ni siquiera lo he encendido —y devolvió el cigarrillo a la cajetilla—. Y ahora venga, métete en la cama como una niña buena y cuéntame a quién le has oído tú eso de que hay ojos brillantes. ¿No me digas que te lo ha dicho la maestra, la gorda?
—No está gorda —dijo la niña—, y no ha sido ella, no lo he oído, lo he visto yo sola. Los tiene un niño muy sucio que va a la guardería.
—¿Y cómo se llama ese niño tan sucio?
—No lo sé —se encogió de hombros la niña—. Es un niño muy sucio que nunca dice nada y que siempre se sienta muy atrás. Pero le brillan los ojos, eso seguro, y yo también quiero.
—Pues pregúntale mañana de dónde los ha sacado —le propuso su madre— y cuando te lo diga iremos a buscar unos para ti.
—¿Y qué hago hasta mañana? —le preguntó la niña.
—Pues dormir —le respondió su madre— mientras yo salgo a fumar fuera.
Al día siguiente la niña obligó a su padre a llevarla a la guardería muy temprano porque estaba impaciente por preguntarle al niño sucio dónde se podían conseguir unos ojos brillantes. Pero no le sirvió de nada porque el niño sucio llegó el último, mucho después de todos los demás. Y ese día, el niño sucio ni siquiera estaba sucio. Es decir, la ropa seguía teniéndola un poco vieja y manchada pero a él se le veía muy bien lavado y hasta casi peinado.
—Dime —le preguntó ella sin esperar ni un segundo—, ¿de dónde has sacado esos ojos tan brillantes?
—No lo hago a propósito —se disculpó el niño casi-peinado—, les pasa eso sin hacer nada.
—¿Y para que me pase a mí sin que haga nada? —le preguntó la niña llena de ansiedad.
—Creo que lo que tienes que hacer es desear mucho algo, pero muchísimo, y que no pase, y entonces los ojos se te pondrán muy brillantes.
—¡Qué tontería! —se enfadó la niña—. ¡Pero si quiero con todas mis fuerzas tener los ojos brillantes y no los tengo! ¿Por qué no tengo los ojos brillantes, entonces?
—No lo sé —dijo el niño, muy asustado al verla tan enfadada—. Yo sólo sé lo que me pasa a mí, no lo que les pasa a los demás.
—Siento haber gritado —lo tranquilizó la niña tocándolo con la manita—. A lo mejor sólo pasa cuando se quiere algo especial. Dime, ¿qué es eso que tú quieres tanto y que no pasa?
—Quiero a una niña —balbució él—, que sea mi amiga.
—¿Y ya está? —se sorprendió ella—. Pero si eso es facilísimo. Dime quién es esa niña para que le diga que sea tu amiga. Y si no quiere, les diré a todos que le hagan la vida imposible.
—No puedo —dijo el niño—, me da vergüenza.
—Bueno, la verdad es que no importa —dijo la niña—, porque tampoco me iba a arreglar el problema de lo de mis ojos. Yo no puedo querer que alguien sea mi amiga y no me pase porque todas quieren ser amigas mías.
—Eres tú —se le escapó al niño en un susurro—, quiero que tú seas mi amiga.
La niña se quedó callada un momento, porque el niño sucio había conseguido sorprenderla, y después volvió a tocarlo con la manita y le explicó, con la voz que su padre siempre ponía cuando ella pretendía correr por la calle o tocar algún aparato eléctrico:
—Pero es que yo no puedo ser tu amiga, porque soy una niña muy lista y muy popular y tú sólo eres un niño sucio que siempre estás aparte, nunca dices nada y lo único especial que tienes son esos ojos tan brillantes que enseguida dejarán de serlo si soy tu amiga. Aunque reconozco que hoy estás mucho menos sucio que de costumbre.
—Me he lavado un poco para que mi deseo se cumpla.
—Lo siento —se limitó a decir la niña, a la que ya casi se le había acabado la paciencia, mientras volvía a su sitio.
Todo ese día la niña estuvo muy triste, porque por lo visto se había dado cuenta de que nunca iba a poder tener unos ojos brillantes. Y ni todos los cuentos ni las canciones ni los ejercicios de rítmica consiguieron quitarle la tristeza. Alguna vez, cuando ya casi había conseguido dejar de pensar en ello, veía al niño silencioso en un rincón de la guardería mirándola a ella, y sus ojos, como para hacerla enfadar, eran cada vez más y más brillantes.
Del libro "un hombre sin cabeza y otros relatos". Etgar Keret
Hay mujeres que sólo quieren a los hijos y otras que sólo quieren a los maridos.
Las mujeres siempre van detrás de los mismos y siempre evitan a los mismos.
Por tanto unos son amados tres veces, primero como hijos, luego como maridos y, por fin, como padres, mientras que los otros, los que no fueron amados por sus madres, tampoco serán amados ni por sus mujeres ni por sus hijas.
Hace siglos que una buena parte de la América masculina pierde su virginidad con las mujeres negras y una buena parte de Europa (el sureste) la pierde con las gitanas.
Benditas sean unas y otras, porque no hay caridad más grande que dar a un muchacho mal alimentado y no querido un pedazo de pan femenino como limosna.
Así es como perdéis la virginidad vosotros, que no habéis sido ni seréis amados.
Seréis fieles a mujeres a las que no queréis y que no querrán acostarse con vosotros...
Paisaje pintado con té. Miroslav Pavic.
Toda la gente a la que odiaba se murió hace tiempo. Estoy solo en el mundo.
Los espejos venenosos. Milorad Pavic.
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.
(Charles Dickens, Historia de Dos Ciudades, 1859)
En tiempos de Cervantes, el premio Cervantes se lo habrían dado a Lope de Vega.
Manual de literatura para caníbales. Rafael Reig.
«Dime, ¿qué significa que un hombre como él, Bonaparte, soldado, caudillo del ejército, el primer capitán del mundo, quiera ser llamado majestad? ¡Ser Bonaparte y hacerse llamar Sire! Eso es aspirar a rebajarse; pero él, en cambio, cree elevarse equiparándose a los reyes. Prefiere un título a un nombre...
Pobre hombre, que no fue capaz de aprender de César, que hizo de su nombre un título superior al de los reyes.»
Memorias de Ultratumba. Chateaubriand
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
—¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
—Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
—No fue un gesto de amenaza —le responde— sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
Jean Cocteau, cuento incluido en "Le Grand Écart"
Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. (Todo lo que queda de una rosa muerta, es su nombre.)
Umberto Eco, "El nombre de la rosa".
No le des las sobras del restaurante a los pobres. ¿No te das cuenta de que empezarán a venir aquí, y se traerán a otros? ¿Qué pasará cuando se forme un grupo de pobres a la puerta del restaurante? ¿Te das cuenta de que será nuestra ruina? ¿Y si uno de ellos enferma y nos denuncia? ¿Por qué no? No se te ocurra volver a darles las sobras. Tira las sobras a la basura.
Hambre, Hambre. Jamal Ouariachi...
"En 1979, el banco en el que mi abuelo deshacía el maíz, era de madera de castaño, el cesto de mimbre y no había ningún elemento de plástico ni de fibras artificiales en la imagen. El maíz servía para tantas cosas, que me atrevo a decir, que estos paisanos fueron pioneros en economía circular. Con la rama verde de la planta del maíz, se alimentaban las vacas, con el grano; las gallinas y con el grano molido; las vacas y los cerdos. Con él, amasado y cocido, se elaboraban platos básicos en la dieta de los labradores; fariñas, boroña, tortos etc. Con la hoja seca del maíz se hacían colchones, con el taruco -parte interior de la mazorca (panoya en ast.) -hacíamos castillos, antes de que se usaran para encender la cocina de leña. Con la ceniza se abonaba alguna tierra y se blanqueaba la ropa.
Si que perdimos desde 1979..."
Fuente: Facebook de Esther Martínez Álvarez
Foto: Pin de Labrante, 1979 (su abuelo) / Las Regueras (Asturias)

Hubo un tiempo en el que yo me creía capaz de leer las calles de mi ciudad. Me creía capaz de escudriñar sus rampas y pasajes, sus depósitos humeantes, y hallar algún sentido a las cosas. Pero ahora ya no me creo capaz. O bien he perdido la capacidad, o tal vez las calles se estén volviendo más difíciles de leer. O ambas cosas. No puedo leer libros, que se supone son fáciles, fáciles de leer. Nada de extraño, entonces, que no pueda leer las calles, que, como todos sabemos, son difíciles y duras —revestidas de metal, reforzadas con macizo hormigón armado—. Y cada vez más difíciles, más duras. Analfabetas ellas mismas, las calles son ilegibles. Sencillamente, ya no se dejan leer.
Campos de Londres. Martin Amis
“El terror de lo igual alcanza hoy todos los ámbitos vitales. Viajamos por todas partes sin tener ninguna experiencia. Uno se entera de todo sin adquirir ningún conocimiento. Se ansían vivencias y estímulos con los que, sin embargo, uno se queda siempre igual a sí mismo. Uno acumula amigos y seguidores sin experimentar jamás el encuentro con alguien distinto. Los medios sociales representan un grado nulo de lo social. La interconexión digital total y la comunicación total no facilitan el encuentro con otros. Más bien sirven para encontrar personas iguales y que piensan igual, haciéndonos pasar de largo ante los desconocidos y quienes son distintos, y se encargan de que nuestro horizonte de experiencias se vuelva cada vez más estrecho. Nos enredan en un inacabable bucle del yo y, en último término, nos llevan a una «autopropaganda que nos adoctrina con nuestras propias nociones».”
― Byung-Chul Han
Hay algo peor que trabajar cada día en un lugar sucio, frío o insalubre. Hay algo peor que trabajar cada día para alguien que te humilla o te desprecia. Lo peor que le puede pasar a un hombre es trabajar cada día para seguir siendo pobre.
Adolf Hitler. Discursos.
Mis suelas se arrastran por la playa camino de la mar. Mis manos sostienen con desprecio el pequeño paquete que acabo de recoger en Correos de Algorta con el original de mi última y definitiva novela devuelta por la editorial de turno; ha sufrido el mismo destino que las quince precedentes. Ha sido mi última tentativa. ¿Acaso no es suficiente? Estoy seguro de que he rebasado la luz roja que alerta de la incapacidad de un escritor.
Lo único que desentona en la serenidad del escenario es la velocidad de mi sangre. Lo que no me impide echar la mirada a derecha e izquierda buscando una buena piedra que sepulte el paquete en el destino que se merece. Así concluirá para siempre mi obsesiva búsqueda de esa particular novela negra iluminada por fulgores como «whisky and soda», «alguien tiene que quedarse aquí para contar los muertos», «le pegué en la barbilla apoyando el puñetazo en mis ciento noventa libras de peso», «el muerto era un muchacho delgado, bien parecido hasta hacía poco»… ¡Todo un estilo! ¿Qué soy yo al lado de los Hammett, Chandler, Cain, Himes, Ambler y todo ese Olimpo? Ni me respondo. Los persigo desde hace años, los leo hacia delante y hacia atrás, duermo repitiéndome en sueños sus expresiones implacables, tergiverso mis días para vivir en su mundo… Vanos intentos de gozar de algún contagio. Si no me han salido del todo mal estas últimas líneas se debe a la cercanía de los grandes nombres. No es la primera vez que ocurre, y a punto he estado de bautizar como Chandler o Cain a algún personaje mío para encontrármelo en las páginas y beneficiarme de la magia de su sonido. Nunca lo hice, por un último vestigio de honestidad.
Ramiro Pinilla, "Sólo un muerto más."
Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes triunfaron los Césares? Bizancio, tan cantada,
¿tenía sólo palacios para sus habitantes? Hasta en la fabulosa Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero?
Felipe II lloró al hundirse
su flota. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la venció, además?
Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba sus gastos?
Una pregunta para cada historia.
-¿Qué camino debo tomar?, dijo Alicia.
-¿Adónde quieres ir? -respondió el gato.
-No lo sé.
-Entonces da igual el camino que tomes.
Charles Lutwidge Dodgson, seudónimo de Lewis Carroll. "Alicia en el país de las maravillas."
Charles Domery (c. 1778) fue un soldado polaco conocido por tener un apetito inusual, que lo llevó a devorar gatos, ratas, además de que en una ocasión intentó comerse una extremidad humana. El dr. Cochrane, del Real Colegio de Médicos de Edimburgo, llevó a cabo un experimento para evaluar la capacidad de alimentación de Domery, así como su tolerancia a comidas inusuales.
La ansiedad con la que devora su carne de res, cuando su estómago no está lleno, se parece a la voracidad de un lobo hambriento que arranca la carne y la traga con glotonería canina. Para lubricar su garganta, cuando está seca, ingiere de tres bocados la grasa de las velas, y de uno solo se come también la mecha, la cual envuelve como si fuera una pelota, con cuerda y todo. Si no hay otra opción, es capaz de comer grandes cantidades de patatas o nabos crudos. Pero, en caso de haber alternativa, nunca probaría el pan o las legumbres.
Tarrare (c. 1772) fue un soldado francés que, de manera idéntica a Domery, presentaba cuadros voraces de hambre. Debido a que sus padres no le podían abastecer de todo el alimento que requería, dejó su casa siendo un adolescente. Viajó a París y se integró al Ejército Revolucionario. A diferencia del polaco, a Tarrare no le proporcionaban raciones suficientes para satisfacer su apetito, por lo que se veía en la necesidad de obtener cualquier alimento en el desagüe. Lo hospitalizaron y le realizaron pruebas tal como ocurriera con Domery. Durante el experimento consumió lo equivalente a quince comensales, además de devorar a gatos, serpientes, lagartijas y perros pequeños, todos ellos con vida.
Caridad...Es el opio de los privilegiados.
Hormigueros de la sabana. Chinua Achebe
Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé
En el 506, y en el 2 000 también
Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos
Contentos y amargaos, valores y dublé
Pero que el siglo XX es un despliegue
De maldad insolente, ya no hay quién lo niegue
Vivimos revolcaos en un merengue
Y en el mismo lodo, todos manoseaos
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor
¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador!
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro que un gran profesor!
No hay aplazaos , ni escalafón
Los inmorales nos han igualao
Si uno vive en la impostura
Y otro afana en su ambición
Da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos
Caradura o polizón
Qué falta de respeto, qué atropello a la razón
Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón
Mezclao con Stavisky, van Don Bosco Y "La Mignón",
Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín
Igual que en la vidriera irrespetuosa
De los cambalaches se ha mezclao la vida
Y herida por un sable sin remaches
Ves llorar la Biblia junto a un calefón
Siglo veinte, cambalache, problemático y febril
El que no llora, no mama; y el que no afana, es un gil
Dale nomá', dale que va
Que allá en el horno nos vamo a encontrar
No pensés más, séntate a un lao
Que a nadie importa si naciste honrao
Si es lo mismo el que labura
Noche y día como un buey
Que el que vive de las minas, que el que mata, que el que cura
O está fuera de la ley
Enrique Santos Discepolo
Si deseas tener conocimiento carnal con una quinceañera, no le pongas un dedo encima. Si odias a tu padre, está bien, pero no le atices con un bate de béisbol.
Acéptate, vale, pero joder... No seas tú mismo.
El hombre de los dados. Luke Reinhart
—¡Aprieta ahora!
Clapaucio lo hizo. El Electrobardo tembló desde la base hasta la cumbre y empezó:
Ávido de mocina sucia, pangel panchurroso,
Traga las mimositas…
Aquí se interrumpió el poema: Trurl arrancó con rabia un cable, la máquina tuvo un estertor y se quedó muda. Clapaucio reía tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Trurl seguía zarandeando los cables y manecillas, de repente hubo un chasquido, una sacudida, y la máquina pronunció en voz pausada y concreta:
Egoísmos, envidias —cosas de bastardo—.
Lo verá el que quiere con Electrobardo
Medirse: un enano. Pero, ¡oh, Clapaucio,
Yo, grandioso poeta, pronto te desahucio!
—¡Vaya! ¡No me digas! ¡Un epigrama! ¡Muy oportuno! —exclamaba Trurl, girando sobre sí mismo cada vez más abajo, ya que estaba bajando a la carrera por una estrecha escalerita de caracol, hasta que, saltando afuera, casi chocó con su colega, que había cesado de reír, un tanto sorprendido.
—Es malísimo —dijo enseguida Clapaucio—. Además, ¡no es él, sino tú!
—Yo, ¿qué?
—Lo has compuesto tú de antemano. Lo reconozco por el primitivismo, la malicia sin vigor y la pobreza de rimas.
—¿Eso crees? ¡Muy bien! ¡Pídele otra cosa! ¡Lo que quieras! ¿Por qué no dices nada? ¿Tienes miedo?
—No tengo ningún miedo. Estoy pensando —contestó Clapaucio, nervioso, esforzándose en encontrar un tema de lo más difícil, ya que suponía, no sin razón, que la discusión acerca de la perfección —o los defectos— del poema compuesto por la máquina sería ardua de zanjar.
—¡Que haga un poema sobre la ciberótica! —dijo de pronto, sonriendo—. Quiero que tenga máximo seis versículos y que se hable en ellos del amor y de la traición, de la música, de altas esferas, de los desengaños, del incesto, todo en rimas, ¡y que todas las palabras empiecen por la letra C!
—¿Por qué no pides de paso que incluya también toda la teoría general de la automática infinita? —chilló Trurl, fuera de sí—. ¡No se puede poner condiciones tan creti…!
La frase quedó sin terminar, porque ya vibraba en la nave el suave barítono:
Ciberotómano Cassio, cruel, cínico,
Cuando condesa Clara cortaba claveles,
Clamó: «¡En mi corazón candente cántico
El cupido te canta a cien centíbeles!»
Cándida, le creía… Cassio casquivano
Camela a la cuñada de cogote cano.
—¿Qué… qué te parece? —Trurl le miraba con los brazos en jarras, pero Clapaucio ya estaba gritando:
—¡Ahora con la G! Un cuarteto sobre un ser que era al mismo tiempo una máquina pensante e irreflexiva, violenta y cruel, que tenía dieciséis concubinas, alas, cuatro cofres pintados y en cada uno mil monedas de oro con el perfil del emperador Murdebrod, dos palacios, y que llenaba su vida con asesinatos y…
Golestano garboso gastaba gonela…
…empezó a recitar la máquina, pero Trurl saltó hacia la consola, pulsó el interruptor y, protegiéndolo con su cuerpo, dijo con voz ahogada:
—¡Se acabaron las bromas tontas! ¡No permitiré que se malogre un gran talento! ¡O encargas poemas decentes, o se levanta la sesión!
—¿Qué pasa? ¿No son versos decentes?… —quiso discutir Clapaucio.
—¡No! ¡Son unos rompecabezas, unos trabalenguas! ¡No he construido la máquina para que resolviera crucigramas idiotas! ¡Lo que tú le pides son malabarismos, y no el Gran Arte! Dale un tema serio, aunque sea difícil.
Clapaucio pensó, pensó mucho, hasta que de pronto frunció el ceño y dijo:
—De acuerdo. Que hable del amor y de la muerte, pero expresándose en términos de matemáticas superiores, sobre todo los del álgebra de tensores. Puede entrar también la topología superior y el análisis. Que el poema sea fuerte en erótica, incluso atrevido, y que todo pase en las esferas cibernéticas.
—Estás loco. ¿Sobre el amor en el lenguaje matemático? No, verdaderamente, deberías cuidarte —dijo Trurl, pero se calló enseguida: el Electrobardo se puso a recitar:
Un ciberneta joven potencias extremas
Estudiaba, y grupos unimodulares
De Ciberias, en largas tardes estivales,
Sin vivir del Amor grandes teoremas.
¡Huye…! ¡Huye, Laplace que llenas mis días!
¡Tus versares, vectores que sorben mis noches!
¡A mí, contraimagen! Los dulces reproches
Oír de mi amante, oh, alma, querías.
Yo temblores, estigmas, leyes simbólicas
Mutaré en contactos y rayos hertzianos,
Todos tan cascadantes, tan archirollanos
Que serán nuestras vidas libres y únicas.
¡Oh, clases transfinitas! ¡Oh, quanta potentes!
¡Continuum infinito! ¡Presistema blanco!
Olvido a Christoffel, a Stokes arranco
De mi ser. Sólo quiero tus suaves mordientes.
De escalas plurales abismal esfera,
¡Enseña al esclavo de Cuerpos primarios
Contada en gradientes de soles terciarios
Oh, Ciberias altiva, bimodal entera!
Desconoce deleites quien, a esta hora,
En el espacio de Weyl y en el estudio
Topológico de Brouwer no ve el preludio
Al análisis de curvas que Moebius ignora,
¡Tú, de los sentimientos caso comitante!
Cuánto debe amarte, tan sólo lo siente
Quien con los parámetros alienta su mente
Y en nanosegundos sufre, delirante.
Como al punto, base de la holometría,
Quitan coordenadas asíntotas cero,
Así al ciberneta, último, postrero
Soplo de vida quita del amor porfía.
Fragmento del capítulo "Expedición primera A, o el electrobardo de Trurl" de Ciberíada ( 1965)
Stanislaw Lem
A veces sentimos que nuestra vida es como nuestra letra: ni nos gusta, ni la entendemos.
Gato encerrado. Andrés Trapiello.
El marido que, sorprendiendo en adulterio a su mujer matare en el acto a los adúlteros o a alguno de ellos, o les causare cualquiera de las lesiones graves, será castigado con pena de destierro.
Si les produjere lesiones de otra clase, quedará, exento de pena.
Estas reglas son aplicables, en análogas circunstancias, a los padres respecto de sus hijas menores de veintitrés años y sus corruptores, mientras aquéllas vivieren en la casa paterna.
El beneficio de este artículo no aprovecha a los que hubieren promovido, facilitado o consentido la prostitución de sus mujeres o hijas.
Si dices idioteces eres un idiota, pero si formas parte de un grupo de veinte idiotas que constituyen una academia, entonces recibes la aprobación de tus pares, publicas, y creas un departamento universitario.
Jugarse la piel. Nassim Taleb
—Dígame cuanto pueda, entonces.
—Con placer —dijo Lukyan Judasson—. Nosotros, los Mentirosos, como todas las demás religiones, poseemos varias verdades que aceptamos como dogmas de fe. La fe es siempre necesaria. Hay muchas cosas que no pueden probarse. Creemos que la vida vale la pena de ser vivida. Eso es un dogma de fe. El propósito de la vida es vivir, resistir a la muerte, quizás desafiar la entropía.
—Continúe —le dije, sintiéndome cada vez más interesado a pesar de mi mismo.
—También creemos que la felicidad es buena, algo que debe buscarse.
—La Iglesia no se opone a la felicidad —dije con frialdad.
—¿Está seguro? Pero no quiero discutir. Cualquiera que sea la posición de la Iglesia con respecto a la felicidad. Ella predica la creencia en la vida después de la muerte, en un ser superior, y un complejo código moral. —Es verdad.
—Los Mentirosos no creen en la vida después de la muerte, ni en Dios. Vemos el universo tal como es, Padre Damián, y estas verdades desnudas son muy crueles. Nosotros, que creemos en la vida y la apreciamos, estamos condenados a morir. Después no habrá nada, el vacío eterno, la oscuridad, la no existencia. En nuestra vida no hay propósito, ni poesía, ni sentido. Tampoco nuestras muertes poseen estas cualidades. Cuando nos hayamos ido, el universo no nos recordará, y será como si jamás hubiésemos existido. Nuestros mundos y nuestro universo tampoco durarán mucho. Tarde o temprano la entropía lo consumirá todo y nuestros míseros esfuerzos no pueden impedir ese horrible final. Habrá desaparecido. Nunca habrá existido. Ya no importará. El universo mismo está condenado a la transitoriedad y por cierto que no le importa para nada.
Me dejé caer hacia atrás en la silla, y sentí un escalofrío al escuchar las sombrías palabras del pobre Lukyan. Me encontré acariciando mi crucifijo. —Una helada filosofía —dije—, además de falsa. Yo también he tenido más de una vez esa terrible visión. Creo que a todos nos ha pasado alguna vez. Pero no es verdad, Padre. Mi fe me sostiene contra tal nihilismo. La fe es un escudo contra la desesperanza.
—Oh, ya lo sé, mi amigo, mi Caballero Inquisidor —dijo Lukyan—. Me alegra que lo comprenda tan bien. Ya casi es uno de nosotros.
Fruncí el ceño.
—Ha llegado al meollo del asunto —continuó Lukyan—. Las verdades, las grandes verdades —y la mayoría de las pequeñas también— son insoportables para la mayoría de los hombres. Hallamos nuestro escudo en la fe. Su fe, mi fe, cualquier fe. No importa, siempre que creamos, real y verdaderamente creamos en cualquier mentira a la que nos aferremos. —Se tironeó los bordes desiguales de su gran barba rubia—. Nuestros psicólogos han probado que los únicos seres felices son los creyentes, ya sabe. Pueden creer en Cristo, o en Buda, o en Erika Stormjones, en la reencarnación, la inmortalidad o la naturaleza, en el poder del amor o en la fuerza de determinada facción política, pero todo es lo mismo: creen; son felices. Los que han visto la verdad son los que desesperan y se matan. Las verdades son tan vastas, los credos tan pequeños, tan pobres, tan plagados de errores y contradicciones. Podemos ver con facilidad a través de ellos, y entonces sentimos el peso de la oscuridad, de la nada, y ya no podemos ser felices.
No soy un hombre lento. Para ese entonces, ya sabía hacia dónde se encaminaba Lukyan.
—Ustedes, los Mentirosos, inventan religiones.
Sonrió. —De todas clases. Y no sólo religiones. [...]
Fragmento de El camino de la cruz y el dragón de G.R.R. Martin (1979)
menéame