El ojo al pairo de la Jacinta

La Jacinta era una vieja fea y contrahecha, tuerta del ojo derecho desde que los quintos del veinticuatro le acertaran un cebollazo en plena cara a la edad de quince años. Perdido el glóbulo sin remedio quiso el Cielo bendecirle con el don de que viese con su único ojo salvo lo que la mayoría de sus paisanos no podía con los dos. No obstante, por disimular el roto, sus padres le apañaron una prótesis de cristal de quita y pon cuya pupila fingida siempre apuntaba al pairo. Por la noche se lo quitaba antes de meterse en la cama, lo limpiaba con la punta del mandil y lo posaba sobre la mesilla para tenerlo a mano a la mañana siguiente. En esas condiciones, a falta de una dote como dios manda que enmendase lo que el físico echaba a perder, no hubo varón que se mostrase dispuesto a cargar con ella y la Jacinta tuvo que conformarse con vestir santos para los restos. Ya vieja, harta de soportar el silencio de un caserón al que le faltaba humanidad por los cuatro costados, dio cobijo bajo su techo a una urraca huérfana para que le espantase con sus graznidos los fantasmas de la soledad. El animal agradeció esa confianza, que venía siempre acompañada de migajas de pan mojadas en leche, cuidando del ojo falso cuando ella se entregaba al sueño. A tal efecto, el plumífero anidó junto a la cama de su ama sobre un arcón decorado con emblemas carlistas del cual no se sabía si era más viejo que antiguo o viceversa. Mientras la Jacinta dormía, la urraca vigilaba la prótesis con un afán que no cabía suponer en un animal de su género.

Tal vez la compañía de ese córvido blanquinegro, que se tenía por ave de mal agüero, fue la causa de que la chavalería de Villarramiel se maliciase que la Jacinta andaba en tratos prohibidos con Satanás. Los muchachuelos, que no llegaban a veinte ni de lejos, juraban y perjuraban, con el miedo royéndoles los huesos, que aquel ojo estrábico se lo había dado el mismísimo Lucifer a la Jacinta a cambio de que ella le jurase servidumbre en vida y le prometiese el alma para después de muerta. Tenía aquel ojo, según predicaban, poderes que escapaban al entendimiento humano de entre los cuales, el peor era que ya podías darte por perdido si dejaba de apuntar al pairo y acertaba a mirarte fijo por un momento: antes de una semana, muerto sin remisión.

Sin embargo, la Jacinta no era la bruja que dibujaba la chiquillería con tintes siniestros sino una cotilla empedernida, la cual, tal vez por serlo, merecía más prevención que si hubiese dedicado su tiempo a recocer mejunjes en una marmita de cobre. La vocación le venía por línea cognaticia, pero ella aventajó con creces a sus predecesoras porque, no teniendo obligaciones que la distrajesen de la carrera que le imponía su natural, pudo dedicarse por entero a poner en la mira de su curiosidad a todo hijo de vecino. Desde la oscuridad cavernosa de su casa espiaba los movimientos de cualquiera a través de unos ventanucos que parecían hechos adrede para tal cometido. Nada escapaba a su vigilancia. Si estaba en su puesto, como acostumbraba, ya podía dar por seguro, quien quiera que fuese, que lo que trajinase delante de sus ventanas sería conocido por el común en menos de lo que canta un gallo. Y donde ella no llegaba con su ojo salvo, le ayudaban a llegar con sus chismes cuatro comadres con las que hacía junta de ordinario, todas viudas de luto reglamentario y tan cotillas como ella misma.

Los cuentos de la cofradía se prolongaron durante años, pero se acabaron de improviso el día que el destino decidió mandarle a la Jacinta una muerte súbita que la dejó tiesa y retiesa en un decir amén. A falta de médico en el pueblo, o de un veterinario que hiciera sus veces, nadie supo dictaminar de qué diantres había muerto, lo que dio pábulo a los más jóvenes para fantasear que su repentino fallecimiento había sido causado por la expiración del plazo que tenía pactado con Satanás para la entrega del alma. Sea como fuere, el caso es que la Jacinta ya no tuvo ocasión de más cotilleos. Al día siguiente del óbito, metieron su cuerpo inerte en una caja de pino, ojo de pega incluido, y lo llevaron a enterrar a toda prisa al cementerio. Hundieron el ataúd en un hoyo estrecho y profundo abierto junto a la tapia, al pie de unas zarzas, y le echaron a continuación bien de tierra encima por estorbar que su espíritu pudiera encontrar una vía de regreso para seguir con lo suyo entre los mortales. Luego del responso, nadie se tomó la molestia de echarla en falta, salvo sus cuatro comadres, que se encontraron de golpe descabezadas, y, sobre todo, la urraca, la cual, habiendo perdido al ama, lo había perdido todo a la vez: techo, alimento y oficio. A cambio de sus años de entrega, nada de nada, ni siquiera un recuerdo. Por eso, a partir de entonces, todos los días sin faltar uno, al atardecer, justo cuando el sol se desangraba sobre el relieve de los campos y las golondrinas y los vencejos dibujaban travesuras en el aire, el animal acudía con vuelo raso al cementerio, se posaba sobre el travesaño de la cruz de metal que la Jacinta tenía clavada a la cabecera de su tumba y comenzaba a graznar como reclamándole a su ama difunta que, al menos, le diese en herencia aquel ojo que había custodiado durante años.

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