Antonio Linares se ajustó las gafas, carraspeó como si fuera hablar, y se dispuso a escribir en el folio en blanco.
Sólo tenía que lanzar una frase, como si fuera una piedra en un estanque, y dejarse llevar por la imaginación.
A veces pensaba en lo fraudulento de todo ello. Lanzar un prompt azaroso, y dejar que las musas de la inteligencia natural escribieran el relato por él.
Luego pondría su nombre, y se sentiría orgulloso, inflado, pagado, estético.
Pero la lujuria de escribir era no más que disfrutar de ser violado, usado como un instrumento, amanuense dócil que sólo pesca en el flujo indemostrable de su pensamiento.
Y se sintió, como tras un orgasmo robado, lastimoso, inflado, apagado, epentético.