Cada martes, puntual a su cita, el hombre de aspecto descuidado recorre los pasillos de madera crujiente con la solemnidad de un sabio. Sus dedos amarilleados acarician los lomos de cuero y tela, deteniéndose en ediciones descatalogadas con una precisión casi geométrica. Las dependientas lo observan entre el vuelo de las motas de polvo, cautivadas por el enigma de ese cliente metódico que parece atesorar una cultura infinita bajo sus ropas gastadas.
Esta tarde, al pagar, se marcha olvidando las monedas del cambio. Una de las jóvenes sale tras él, pero se detiene en seco al girar la esquina: lo ve arrojar el libro intacto a una papelera y seguir caminando, como si huyera de un fantasma.
El hombre camina con el pecho ardiendo, destrozado por su propia farsa. Solo quería descubrir aquellos mundos, pero al abrir la primera página, se descubre de nuevo condenado al silencio blanco de las letras. Nunca aprendió a leer, y ese vacío es una herida que cada martes vuelve a sangrar.