Cómo comenzó todo

La multitud caminaba en silencio, cabizbaja, mirando las pantallas sostenidas entre las manos. El sol caía de lado. La brisa, fría. De pronto, una figura encapuchada trepó a la fuente. Sin esperar permiso, bramó:

“Las ideas siempre han sido armas.

No descubro nada nuevo.

 Pero ciertos “algunos”

 lo tienen más claro que el resto.

Acudimos entusiasmados

 a ególatras bacanales,

 de estética forzada,

 aparentemente inocente,

 con la guardia baja

 y las ganas de ser parte.

Pero ellos nos reciben

 con el algoritmo entre los dientes.

 Fusilan a quemarropa

 a todos los presentes

 con delirios, extravagancias,

 que como la peste,

 se extienden.

Y nosotros,

 nosotros nos descubrimos,

 descubrimos abierto el pecho,

 lo que no es el pecho,

 y peor, la mente.

Las ideas siempre han sido armas.

 Deberíamos tenerlo bien presente.

 Para doblegar su fría IA,

 que sean ellos quienes lamenten.

 Inocular nuestros ideales,

 los amores, la vida, las artes,

 las ideas de gente sencilla,

 convertirnos todos en armas,

 armas de construcción masiva.”



Del gentío, algunas cabezas se alzaron. Y así fue como todo comenzó.