David no podía evitar esa sensación agridulce.
Por una parte, le emocionaba caminar por ese bosque, que le recordaba al que había cerca de la casa de sus abuelos. Volver a contemplar los colores del otoño y escuchar el canto de los pájaros era maravilloso, pero aún más hacerlo acompañado de su hija.
Por otra parte, echaba de menos oír la hojarasca crujir bajo sus pies y el olor a tierra húmeda, tal como la recordaba de su niñez. Sin embargo, lo que más le afligía era saber que pronto terminaría todo.
-Papá, cómo se llama esa planta que parece una explosión nuclear
-Pues verás, hija...
Un zumbido sordo seguido de una oscuridad total truncó la explicación.
-Se han agotado las baterías. Tenemos que marcharnos hija, ya no queda nada que podamos aprovechar aquí.
-Papá, este ha sido el refugio más guay que hemos encontrado en los últimos meses.
-¿Lo dices por la proyección en tres dimensiones?
-Sí, y por la comida de perro enlatada.
-Jajaja. Si, la verdad es que estaba rica. Hemos tenido suerte...