Recuerdo que en mi década de los veinte empecé a leer un libro que se llamaba "Un curso de milagros". Era muy largo. No conseguí acabármelo. Llegué más o menos a la mitad. La idea con la que me quedé del libro es que el verdadero milagro es perdonar. Pero yo a esa edad era inmortal, un premio no merecido, y una característica de todos los inmortales es que no creen en la necesidad de perdonar.
Empecé a leer el libro muy motivado, pero cuanto más avanzaba, menos me apetecía leerlo. No sabía muy bien que esperar del libro, pero aprender a hacer milagros sonaba bien. Sería una forma de añadir superpoderes a mi inmortalidad.
En aquella época, para mí la vida era como un puzle que tenía que montar. Cada individuo tenía su propio puzle. Todos los puzles compartían ciertas características pero todos eran diferentes. Para construir el puzle era importante que las distintas piezas encajasen entre sí tanto en forma como en color. A veces conseguía encajar dos piezas con formas complementarias pero los colores eran definitivamente disonantes. No veía sentido en conservar esas dos formas encajadas siendo tan desagradables a la vista, así que buscaba otra combinación que encajase tanto en forma como en color.
Me gustaba observar los puzles de los demás. Veía que en algunos casos mantenían piezas unidas que ni siquiera tenían formas complementarias. En otros casos las formas encajaban pero los colores no. Los que conseguían armonizar los colores pero no las formas también abundaban. Y por supuesto también estaban los que tenían puzles llenos de armonía tanto en forma como en color. Esos últimos no eran escasos, pero sí eran escasos los que habían conseguido encajar un gran número de piezas al mismo tiempo que mantenían la armonía de forma y color.
A veces trataba de ofrecer crítica de los puzles de los demás, pero la crítica casi nunca era bienvenida. En ocasiones, extrañamente, cuando comentaba la disonancia de los colores, me decían que los colores no existen, que eran imaginaciones mías, que solo hay grises, o que los colores son una mala guía. A mí tampoco me gustaba recibir críticas sobre la construcción de mi puzle.
Busqué modelos por los que guiarme para construir mi puzle. Naturalmente, mis modelos eran los que tenían puzles llenos de armonía tanto en forma como en color. Los modelos que elegía conseguían hacerme ver belleza en la complejidad del equilibrio entre la forma y el color. Sin duda construir más complejo y armónico tomaba más esfuerzo, pero se sentía más bello.
Un día vi como uno de mis modelos principales era convencido por otro del error de guiarse por el color. Tras la convicción, mi modelo empezó a repetir que no había color, que solo había grises. Ese fue el día que empecé a dudar.
A pesar de que la ofensa no había sido a mi persona, me sentí morir. ¿Qué pasaba entonces con todos sus esfuerzos por armonizar forma y color? ¿Qué pasaba entonces con todos mis esfuerzos por armonizar forma y color? Mi modelo se había convertido en la presa de una voz gris. Había sido depredado por un ser sin color. Me pareció desgraciado. Yo no quería ser una presa y entendí que la mejor forma de no ser una presa era ser un depredador.
Así que, al igual que el depredador que había extinguido el color en mi modelo, empecé a considerar que quizá no había color, quizá solo había grises. Construir el puzle solo guiándote por las formas aparentaba ser más sencillo. Si muchos lo hacían, yo también podía hacerlo. Dejé que mi duda creciese.
La construcción de los puzles se convirtió en una competición. Nadie parecía recordar cual era el premio. Yo tampoco lo recordaba.
La paja en el ojo ajeno era más fácil de ver que la viga en el propio. Cada crítica dirigida a mí se convertía en un motivo para desconfiar del otro. Y cada crítica dirigida al otro se convertía en un motivo para desconfiar de mí. Dejé de saber si los consejos de los demás traban de ayudarme o trataban de distraerme. Los demás tampoco parecían confiar en mí.
Tampoco sabía si que otro alcanzase el premio antes que yo evitaría que yo obtuviese el mío, pero era lo que todos esos aparentemente envenenados consejos parecían indicar.
Según continuaba dejando de prestar atención al color, y según mi visión se volvía gris, mis ofensas a los demás dejaron de importarme, y según me dejaban de importar, las ofensas de otros a mí cada vez me importaban más. Poco a poco dejé de perdonar.
Cada falta de perdón me hacía olvidar un color. Todos los colores olvidados eran guardados en una sombría paleta que sería usada para pintar el retrato de lo que creía no ser.
Los coros de voces que cantaban que los colores no existen, que solo hay grises, cobraban más sentido. Cada vez estaba más convencido de que las formas por sí solas eran suficientes para guiarme en la construcción del puzle.
Continué construyendo mi puzle. Cuando mi puzle empezaba a tener más piezas colocadas que piezas sin colocar, me llenaba de una emoción a medio camino entre la alegría y el miedo.
Pero según las piezas sin colocar se iban acabando, me di cuenta de que las formas de las piezas restantes no eran suficientes para poder acabar el puzle. Algo no encajaba.
Una posibilidad era que todo fuese un engaño y que simplemente el puzle fuese un juego sin solución. Si ese era el caso, ese era el final de todas las cosas y la vida era simplemente un conjunto de misterios sin solución.
La alternativa era que los colores fuesen más importante de lo que había llegado a creer. Me recordaba que la no importancia de los colores no era solo una idea mía. Otros repetían a coro que no había color y que solo los grises existían. Yo mismo había empezado a repetirlo.
La importancia de los colores era una posibilidad desagradable de contemplar. Mi puzle parecía casi completado. Reconstruirlo guiándome con los colores implicaba un trabajo que podría hacerme tener que deconstruir el puzle entero. Aceptar la posibilidad de que la vida fuese un conjunto de misterios sin solución parecía una alternativa menos dolorosa. Pero mi vida seguía llena de movimiento y esa opción negaba la necesidad de más movimiento.
Hasta que un buen día sucedió la revelación. Y con la revelación, el horror. Súbitamente recordé el color y lo pude ver en mi puzle. La sombría paleta de colores olvidados que algún día dibujarían el retrato de lo que creía no ser no existía. Mi puzle lleno de colores disonantes era el retrato de lo que yo realmente era. Había estado ahí todo el tiempo. Oculto justamente delante de mis ojos. Me sentí muerto. El horror, el horror, el horror.
No solo veía el color en mi puzle sino que también lo veía en los puzles de los demás. Y, aún viendo los colores disonantes, seguía escuchando los coros de voces que afirmaban los grises y negaban el color. Las voces no solo se dirigían a mí sino que también se dirigían a los que las albergaban. Aún viendo los colores disonantes, seguía pudiendo escuchar un eco de esas voces dentro de mi. No sentía que la voz fuese mía, pero vivía dentro de mi.
Traté de alertar del error a otros que también albergaban las voces grises, pero nadie parecía poder escuchar. Incluso traté de alertar a los que me habían ofendido, a los que no había perdonado, pero nadie escuchaba cómo yo tampoco había escuchado a los que me habían criticado.
Dejé de escuchar a las voces grises independientemente de donde viniesen. Empecé a perdonar. Con cada perdón recordaba un antiguo color. Con cada antiguo color me enfrentaba a una disonancia en mi puzle. Cada disonancia me llevaba a una deconstrucción. Cada deconstrucción era un paso hacia atrás que me hacía avanzar hacia mi premio por recuperar.
¿Sucederá el milagro?
¿Perdonaremos?
¿Volveremos a ser inmortales?