Mezquindad

Dejadme que os cuente algo que me pasó ayer. No es novedoso ni trascendente, pero han pasado veinticuatro horas y aún noto el regusto en la boca; disculpad que escupa aquí mi bilis en un intento de exorcizar el cabreo que me produce.

A mediodía ejercía de jubilado accidental: paseaba al sol tranquilamente, bajo los plátanos, sin prisa ni destino.

Me voy acercando a una persona en silla de ruedas, con las piernas claramente inútiles. Ni desaseado ni ebrio, pero con una actitud y modales poco amigables. Está pidiendo a gritos ayuda: una pierna se le ha soltado de la silla y la arrastra sin poder recolocarla. Hay pocos viandantes, la mayoría muy mayores, sin facilidad para agacharse ni carácter para que un desconocido les grite.

Un joven sentado en un banco, treinta y tantos y aspecto marroquí, deja de mirar el móvil, se levanta, va hasta la silla, se arrodilla delante y le coloca bien la pierna. El tipo le dice que la ponga recta y pase la cinta por detrás, que si el velcro aquí o allá… El buen samaritano pone cara de incomprensión y le hace gestos de que no lo entiende. Justo llego yo, le toco el hombro y lo sustituyo. Intento seguir las instrucciones; me grita un poco más por poner mal el velcro, hasta que acierto. Y, en cuanto está todo a su gusto, se gira hacia el marroquí y le espeta:

—¿Y tú, no entiendes nada? ¿Pues para qué estás aquí? ¿A qué has venido?

Yo, que aún estoy agachado, lo miro a la cara y le respondo: pues está aquí ayudándote, no como los demás; él ha sido el único que ha venido a ayudarte. Se me queda mirando, confundido. Me despide con un “Dios te bendiga”. Me levanto, me giro y, mientras me alejo, oigo que sigue increpando al marroquí: a ver, si no entiendes nada, ¿a qué has venido?

Me corroen dos cosas. La primera es que siempre había dado por sentado que la xenofobia (y otras lindezas que adornan la sociedad) tenía su origen en una proporción variable de ignorancia y baja autoestima. Pero me esperaba que, en una situación como esta, el tipo reaccionara con un “vale, en todas partes hay alguno bueno; este ha sido muy majo, aunque los demás vengan a robar y violar”. Pero no: te acaba de ayudar y sigues con esas. Entiendo que el tipo no era el que más luces tenía. Entiendo que su situación da para estar amargado y desear ver el mundo arder. Pero ¿en serio? ¿Ni desde el egoísmo, un poquito de agradecimiento?

La segunda es mi propia actitud. No estoy orgulloso, pero cuando le respondí y me fui… estaba haciendo un esfuerzo enorme. Mi reacción visceral era volver a soltarle la pierna y gritarle algo tipo “busca a alguien de los tuyos que te ayude, pedazo de mierda”. Completamente lamentable. Yo no quiero ser así. Sé perfectamente que era un pobre desgraciado, más víctima que verdugo. Pero mis tripas me siguen diciendo otra cosa, y por eso estoy ahora vomitando bilis.

Maldita sea.