Relatos cortos
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Esta parte del "relato corto" (muchas comillas) viene de aquí y en este orden, primero aquí:

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Después aquí:

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***

El lunes la sucursal del banco estaba alborotada, se habían formado dos bandos definidos e irreconciliables sobre la desgracia del hombre en la pasarela. Unos tachaban al Ayuntamiento de no haber construido un puente mucho más fiable y menos estético. Otros destacaban la imprudencia de esa persona en un momento así para hacer una maldita foto.

Juan estaba ensimismado pensando en las labores de limpieza en el cauce. No podía quitarse de la cabeza el poder ver el momento exacto del descubrimiento de su paquete. Le encantaría estar ahí y ver sus caras, pero no podía ser, ya había ido demasiadas veces a la zona, aunque era un área de paso y mucha gente transitaba por ese puente, tanto andando como en coche.

-Juan, ¿tú qué opinas? –le preguntó el otro cajero de ventanilla.

-¿Sobre qué? –respondió Juan intentando ser sociable.

-Coño, que el tío fue un imbécil, como tantos otros que palman haciéndose “selfies” y gilipolleces varias sólo por unos “likes”.

-¿Quién, el de la pasarela?

-Claro, quién va a ser, joder, siempre estás en las nubes... –dijo la subdirectora de la oficina, pasando con unos papeles delante de las ventanillas de atención al público-. Si hubieran hecho una pasarela como Dios manda, esto no habría pasado.

-A veces, las cosas pasan porque sí, sin razón aparente ni motivo –respondió lacónico Juan.

El timbre de petición de apertura de puerta exterior sonó, Juan le dio al botón correspondiente y una clienta entró. Todos guardaron silencio, dejando sus discusiones para otro momento.

Mientras atendía a la señora volvió a mirar las cajas de los clips, ahora ordenados, metálicos por un lado y de colores por otro. Respiró aliviado como si el mundo volviera a tener sentido, con una sonrisa le indicó a la mujer que esa operación la hiciera mejor desde el cajero. Órdenes de Dirección. La señora, que podría tener más de setenta años, lo miró con cara de no entender nada. Juan añadió que debería usar la aplicación del banco en el móvil, que todo era más fácil así. Sin mediar palabra, la señora enseñó su teléfono, un “tontomóvil” de marca irreconocible.

La mañana pasó entre clientes cabreados por algún error bancario, usuarios con peticiones imposibles, y repeticiones de una de las frases mágicas: “Normativa del Banco Central”, esa consigna que era una mezcla de comodín de todo y de nada y motivo de muchos enfados.

Cuando terminó su horario laboral, varios compañeros dijeron de ir a tomar algo en la “otra oficina”, un bar dos portales más allá de la sucursal bancaria. Juan nunca iba con ellos. Demasiado esfuerzo le costaba fingir ser relativamente sociable.

En coche, de vuelta, resistió el acuciante deseo de pasar por el puente y ver cómo iban los trabajos. Si habían comenzado a las ocho de la mañana ya tendrían bastante avanzados los trabajos de limpieza. ¿Incluiría la tala de arbolitos, cañas y maleza?

Cuando llegó a casa, miró la lista culinaria y se dio cuenta de que el fin de semana no había preparado nada. Se estremeció al pensar que hoy tenía planificado albóndigas en salsa, brócoli en ensalada y flan. Nada de eso estaba preparado. Nervioso, se comió un trozo de pan con embutido y un helado que languidecía en el congelador desde meses atrás.

Tras recoger la mesa, fue al canasto de la ropa sucia y rescató la ropa de aquella noche. No recordaba si llevaba camisa azul o la de cuadros verdes y negros. Se esforzaba en hacer memoria pero temía inventarse el recuerdo. Cogió el pantalón tejano que sí llevaba y lo metió en una bolsa de basura, luego las dos camisas. Se quedó mirando la ropa restante del canasto, sopesando si toda estaría “contaminada” con algún posible resto. Sin pensarlo más sacó toda la ropa sucia y la metió en la bolsa. De nuevo sus ojos se quedaron petrificados mirando el propio canasto ahora vacío. Fue a su taller, cogió la maza y machacó la cesta de la ropa hasta dejarla destrozada y casi plana para que cupiera en otra bolsa de basura. Más relajado, sacó las bolsas al jardín para tirarlas en otro momento.

Conectó el portátil y navegó por las noticias en el mismo orden de siempre. Para disimular si ese alguien invisible estuviera controlando sus movimientos en la red, hizo clic en la publicidad de un nuevo restaurante mexicano, en una nueva serie de animación de un canal de pago y en un nuevo modelo de coche híbrido asiático.

En un periódico local, en portada: “Margarita Martínez de 73 años, desaparecida de la Residencia Luz de Luna”. Juan notaba cómo el azar estaba jugando con la realidad de un modo que no sabía interpretar. ¿Esto era bueno para él? ¿Podría complicarle las cosas? ¿Más medios regionales para estas búsquedas? ¿O difuminaría los esfuerzos policiales? Miró con detalle la foto de la mujer con el rótulo de: “DESAPARECIDA” y sus datos para identificarla. Parecía feliz, sonriente y sin mucho maquillaje. “La mujer, que necesita medicación, salió voluntariamente de la residencia. En el momento de su desaparición llevaba chaqueta azul y pantalón negro. Mide 1’68, es de complexión gruesa y tiene el pelo canoso. Se pide la colaboración ciudadana”. 

Colaboración ciudadana. Sólo en su localidad de unos 70.000 habitantes había varias residencias de ancianos y en las localidades cercanas otros tantos, no parecía que fuera nada extraño el caso de esta mujer, sólo que ahora prestaba mucha más atención a estas cosas. Se decía fríamente. 

Buscó más noticias sobre la limpieza del cauce y no encontró nada, tan sólo una minúscula nota de prensa del comienzo de los trabajos acompañada de una foto donde se veía una pequeña excavadora y varios trabajadores con casco y chalecos reflectantes. Típica foto tomada por un desganado reportero gráfico. Posiblemente mal pagado y mal considerado. Seguro que le habrían insistido en que se vieran claramente los chalecos con el rótulo del Ayuntamiento. 

Esa tarde tiró las bolsas con los restos de ropa y canasto en contenedores diferentes y alejados, ya le parecía una costumbre ritualizada desde años atrás, la asumía como algo normal. Fue al vivero a comprar tierra y semillas de césped. No había de la clase que ya tenía en el resto del jardín. Así que compró otra variedad ante la insistencia del vendedor de que su tipo de hierba ya no tenía distribuidor.

Dejó los sacos en el jardín y se dispuso a cocinar todo lo que el fin de semana no había hecho. Puso la radio de la cocina en un canal de noticias. Mientras, preparaba unas albóndigas y hacía un sofrito de tomate y cebolla, caramelizaba más cebolla en otra sartén para otro plato. 

La locutora de ese informativo anunciaba que el Ayuntamiento había habilitado una página web para que la población pudiera registrar posibles incidencias relacionadas con la limpieza viaria del municipio. De esta manera se establecía una nueva vía de comunicación directa entre el Consistorio y los vecinos y vecinas. Juan se giró hacia la radio y se le escapó un sonoro: “¡Venga ya!” O el azar estaba haciendo muchas horas extras o el mundo se había confabulado contra él. A cuento de qué venían ahora con esa web, las calles estaban limpias, aparte de algunos muebles viejos abandonados cerca de los contenedores, la ciudad no necesitaba de esos “policías de la basura”. Casi se dió un corte en el dedo mientras picaba cebolla. La cortinilla musical dio paso a un anuncio de “Detergente Mariángeles, limpieza total de las manchas más difíciles.” Ahora Juan sí que se dió un corte en el dedo. La paranoia estaba llegando a límites absurdos. Fue al baño y se lavó con jabón el corte y se puso una tirita. Se fijó en la marca del jabón de manos: “Viuda de la Maza”. Incrédulo, volvió a mirar de nuevo el rótulo horadado en la pastilla: “Viuda de Itaza”.

Al volver a la cocina se le habían pasado las albóndigas de fritura y humeaban al fuego. En la radio entrevistaban al amigo de la desaparecida Ana Ferrer. Apagó el fuego y se sentó en el taburete a escuchar con atención.

-Estamos con Juan José González, amigo de la mujer desaparecida Ana Ferrer. Hola, Juan José.

-Hola.

-¿Cómo estás viviendo estos días lo sucedido con Ana?

-Pues muy preocupado, la verdad, ya he hablado con la Policía y les he contado todo lo que sé.

-¿Qué puedes contarnos, ya que suponemos que hay informaciones que no puedes divulgar?

-Habíamos quedado en casa para organizar unas vacaciones en Suecia... planificar hoteles, vuelos, comidas, esas cosas... Íbamos a ir a Malmö también porque ella es muy fan de la serie “Bron/Broen” y quería... –se le quiebra la voz.

-Tranquilo, Juan José.

-Pues eso, que nunca llegó a casa, vivo al final de la calle Águila Martínez...

Juan se quedó helado al oír el nombre de la calle. Su calle. Imposible. De todo punto imposible. Por eso la mujer iba caminando calle abajo cuando pasó delante de su puerta.

-...Nunca llegó, me llamó sobre las diez de la noche más o menos diciendo que venía ya para acá. Y luego, nada.

-¿Qué le ha dicho la Policía?

-Poca cosa, son muy reservados. Les dije que estaba solo en ese momento, que si buscaban que yo tuviera una coartada o algo así, que no tenía, estaba solo en casa esperándola. Pero que jamás, nunca, jamás le haría daño a Ana. Jamás.

Juan seguía en estado de conmoción. Un sudor frío le recorría la nuca. Hasta que la mente fría se impuso. Debía dar un paseo.

Dos horas de paseo hasta la cena, ni siquiera había mirado qué tenía planeado en la lista. Tenía claro que no pasaría por el cauce, reunió todas sus energía mentales para evitar pasar por allí. Fue calle abajo, buscando de algún modo difuso dónde podría vivir el amigo de la mujer. Había casas con jardines más elegantes, con rosales y buganvillas, otros más modestos con macetas de crasas, otros con el suelo enlosado para usarlos de garaje de coche pequeño. No podía deducir de ninguna manera quién podría vivir en cada casa. Estaba llegando al último número de la calle cuando se fijó que uno de los cordones de las zapatillas se había desanudado. Se agachó para atarlos cuando una idea le golpeó de repente, algo que iba rebotando en su cabeza de un lado para otro, resonando entre recuerdos difusos. Las zapatillas. Eran las mismas que había usado aquella noche. No podía correr el riesgo de que pudieran tener algún resto microscópico. Se dio la vuelta y volvió a casa.

Abrió el zapatero y buscó otras zapatillas de deporte, unas viejas que apenas usaba. Se quitó las que llevaba puestas y las metió en una bolsa. ¿Debía lavarlas antes? Las sacó y las puso en el bidé, después echó un buen chorreón de lejía y las cubrió con agua caliente. La semana que viene tendría que comprar zapatillas nuevas. Odiaba la zapatería que había a un paseo de su casa, estaba regentada por el típico vendedor que a cualquier pregunta te respondía con otra pregunta o con alguna corrección técnica que no venía a cuento.

Reflexionó sobre el hecho de que si a estas alturas aun seguía viendo huecos en su plan, algo no estaba haciendo bien, las docenas de pequeños detalles que estaba pasando por alto le ponían nervioso y aumentaban la paranoia, una obsesión que siempre había sido un arma para él y que ahora parecía estar fuera de control. Debía volver a recomponer su sistema, sus mecanismos, su perfecta relojería mental.

Miró la hora y se dispuso a cenar. Azar. No tenía nada preparado de la lista de comidas. Con lenta parsimonia cogió el cuadrante semanal, pegado con imanes a la nevera, y lo rompió en pedazos muy pequeños, tirándolos a la basura. Azar. Miró la nevera. Huevo cocido y un poco de atún en lata, con mayonesa de curry. Fruta. La que había en el frutero, manzanas. 

Tras cenar, se acercó al jardín, encendió la luz del patio y comenzó a arrojar tierra en el hueco que había dejado, haciendo una cama que permitiera echar las semillas del césped nuevo. Eran las once de la noche cuando terminó de dejar listo el jardín. Oyó ladrar al mini perro de la señora colorida. Abrió el portón y allí estaba, en la otra acera, dejándole hacer sus cosas en la valla del solar de enfrente. Pantalón ajustado a sus anchas caderas de color naranja y amarillo, camisa suelta de color verde y dorado y pulseras varias de color arcoíris. Ella se giró, lo miró y siguió su camino tironeando del chucho.

Eran las doce cuando entró en la ducha. Durante años estuvo tentado de quitar los espejos del cuarto de baño, de toda la casa. Evitando mirar las cicatrices de los pechos, en el pecho izquierdo en la parte inferior del pezón y en el derecho en la zona superior. Tuvieron que operarle de adolescente para volver a colocar esa parte del cuerpo, tenía una deformidad al nacer que hacía que uno estuviera arrugado y fuera de simetría y el otro pezón mucho más alto de lo normal. No era estética, podría afectar a la columna vertebral, decían, y de ahí la operación. Con los años, aceptó verse en el espejo.

Se puso el pijama y sonó el teléfono fijo. Desde el dormitorio, descolgó el auricular. Sabiendo que sería su padre.

-Hola –dijo en tono neutro, casi gélido.

-Tu madre ha entrado en coma... 

-Vale.

-Los médicos no saben qué puede pasar, ni si saldrá del coma o no y los daños... y... –con la voz temblorosa.

-Vale.

-Juan, es tu madre.

-Lo sé.

-Bueno, voy a ver si ceno algo, me quedo aquí de guardia...

-Vale.

Juan colgó y se dispuso a dormir. Esa noche durmió de un tirón y sin recordar pesadillas, las tuviera o no. Lo que no se recuerda, no existe.

La mañana clara y soleada se colaba por la ventana de su dormitorio. El lento cambio de estaciones le generaba desconcierto, aunque últimamente el orden que se había impuesto se estaba resquebrajando hacia un mundo desconocido para él. Sabía improvisar pero dentro de un orden, el suyo. Aceptaba el azar como una coordenada más, aunque improvisar sin organización previa le parecía demasiado primitivo.

Para el desayuno miró lo que tenía en los armarios de cocina y en el frigorífico. Pan tostado con mantequilla y un café. Era temprano, así que fue directamente a leer las noticias. Ansia y curiosidad mezcladas daban una combinación extraña en Juan, una sensación nueva para él.

Nada en portada que a él le sirviera para algo. “Marta Bejarano, concejal, encara el miércoles nueva cita con la jueza Rosa Peinadora tras su decisión de que el caso acabe en un tribunal con jurado.” Para Juan esto era como ver el fútbol, ni le interesaba, ni entendía cómo le podía interesar a nadie. Para su socialización debía conocer las rivalidades futbolísticas locales, nacionales e internacionales, y así poder contestar a las preguntas sobre el último partido o a las decisiones de los entrenadores. Aburrido. Siguió mirando la prensa, leyendo en diagonal. Nuevas noticias sobre el calentamiento global, un robo en una gasolinera a punta de pistola, un artículo sobre los microplásticos y el horóscopo, que últimamente parecía volver a estar de moda. “¿Desde cuándo?” Se preguntaba sin saber la respuesta. Hizo clic en su signo: “Hoy tendrás el corazón a flor de piel. Dedicarás esfuerzos a resolver problemas en diferentes áreas. El peligro es que te quedes atrapado en el aspecto mental de las cosas. El aspecto en juego de hoy te recuerda la importancia de tus emociones.” Basura aleatoria que tampoco entendía cómo podía motivar a nadie, lo mismo que el deporte televisado o visto en el campo. Absurdo. Emociones ajenas.

El día de trabajo pasó a toda velocidad, y cuando se quiso dar cuenta ya estaba en el coche de vuelta a casa, uno de esos días donde el tiempo no significa nada y sólo había un instante de conciencia a la entrada del banco y otro a la salida. Ese día no puso la radio y se pasó el camino tarareando una canción infantil: “¿Quién le tiene miedo al lobo, miedo al lobo, miedo al lobo. ¿Quién le tiene miedo al lobo? Que lobo será... Que looobooo seeeraaaá... Nana-na-na, na, na, na, naaa, na...” Tarareaba pensando en lobos temerosos y humanos mata lobos. Al llegar a casa, vio que no tenía aparcamiento cerca, así que dió una vuelta y terminó aparcando al final de su calle. Una reportera con un micrófono entrevistaba a un hombre en la treintena en la puerta de una casa, suponía que su casa. ¿Podría ser el amigo de la mujer? Podría. ¿Podrían estar los periodistas buscando carne fresca en otros vecinos? Carne fresca, qué gracioso, pensó. Suspiró y se bajó del coche, sin mirar la escena.

Ya en casa, fue directamente al portátil. Se había dejado el cable conectado al router. Imposible. ¿Habría muerto ya su madre? ¿Seguiría en coma? Sólo le quedaban dos manzanas en el frutero y ya no tenía lista semanal de comidas. Debía comprar zapatillas nuevas. Por puro enfado consigo mismo, desconectó el cable y no miró las noticias.

En la cocina preparó huevos fritos, arroz hervido y una ensalada con remolacha y cebolla. De postre, manzana. Debía ir a la verdulería, pero al mercado sólo se iba los sábados. Quizás podría ir al supermercado que había a diez minutos andando desde casa. Un lugar pestilente de una cadena provincial a precios imbatibles y calidades insoportables. El “nuevo” Juan podría intentar ir a comprar allí.

Esa tarde volvió a su taller de bricolaje, con la intención de seguir con la celosía para plantas del jardín, unas crucetas de madera fina que clavaría en los arriates a modo de separación. Al poco, perdió el interés, no sabía por qué. Salió al jardín a ver sus plantas y el hueco en el suelo ahora sin césped. Cogió las zapatillas empapadas del bidé, las metió en una bolsa y salió a tirarlas, buscando un nuevo contenedor diferente a los usados hasta ahora, le parecía que su nueva regla de usar contenedores diferentes para tirar las cosas le gustaba, le gustaba mucho, como un niño descubriendo un juego nuevo. Decidió acercarse a la zona de la zapatería que odiaba y buscar por allí algún lugar donde tirar las zapatillas que olían a lejía a kilómetros. 

Al final las tiró en una papelera de la calle, bolsa incluida.

-Hola, Juan –dijo una voz femenina a su espalda.

Se giró y vió a una mujer que recordaba vagamente, como cuando crees haber visto su cara pero no la pones en el contexto de dónde o por qué.

-¿Hola? –dijo él con ese tono de no saber quién era la otra persona.

-En Xangri-A, estuvimos bailando y me invitaste a tu casa y yo te dije que mejor otro día...

La mujer tendría una edad aproximada a la de Juan, llevaba un vestido liso de color gris y zapatillas de deporte, pelo castaño rizado y muy poco maquillaje.

-Ah, sí, es verdad, no me acordaba.

-Ya veo –respondió con una sonrisa burlona-. No suelo ir a casa de nadie que no conozco, ya me entiendes.

-Hay mucho lobo suelto por el mundo –dijo Juan relamiéndose de hipocresía adornada de falsa charla casual.

-Pues nada, toma mi número y quedamos un día a tomar café. Como creo que no te acuerdas, soy Lucía –respondió con una sonrisa entregándole una tarjeta.

-Bueno, me tengo que ir, hasta luego –respondió él cogiendo la tarjeta y señalando a un lugar indefinido de la calle de tiendas.

-Vale, adiós.

Mientras se dirigía a la zapatería miró la tarjeta. “Lucía María Sandoval. TV-1999. Periodista.” Y un número de móvil debajo.

En una localidad así, encontrarse con alguien conocido no parecía fácil, pero a veces el azar movía sus fichas, aunque no sabía con qué intención. Tiró la tarjeta en otra papelera, dió dos paso y volvió, recogiendo la pequeña cartulina con los datos de la mujer. “Es una señal.” Se dijo pensando que quizás pudiera obtener información periodística indirectamente. Podría utilizarla. Aunque desconocía cómo de inteligente y sagaz podría ser ella. Podría ser un peligro. Aun así guardó la tarjeta en un bolsillo y entró en la zapatería.

Salió al poco con las zapatillas nuevas puestas y las viejas en una bolsa. Las nuevas eran de peor calidad que las antiguas, el doble de precio y con logotipos de la marca en los laterales. Había habido un pequeño malentendido cuando él le dijo al vendedor que cobraba veinte euros por llevar publicidad no pedida en el calzado. Malentendido. Claro.

Llegó a casa a la caída de la tarde y esta vez sí que tenía que ver las noticias y además visitar la página web de “TV-1999”. En las noticias locales nada de interés. Nada en las provinciales y en la web de esa cadena local, muy local, comprobó que se dedicaban a casos tremendos de juzgados, asesinatos, y crímenes sin resolver. Con vídeos grabados con pocos medios y una cadena de esas que no están incluidas en las de las compañías por cable. Tendría que sintonizar a mano ese dial, si es que su vieja antena todavía funcionaba. Entre los redactores encontró la foto y el nombre de ella. El diseño de la página tenía muchos titulares en rojo y fondos ligeramente azulados. En los artículos las palabras, “muerte”, violación”, “asesinato”, “batalla campal”, y un largo etcétera de escabrosas situaciones humanas que parecían ser “marca de la casa”. Por un lado, le gustaba la casualidad y por otro odiaba esa casualidad. ¿Divorciada? ¿Separada? ¿Soltera? A sus años, sería algo raro. ¿Viuda? Esto le parecía mucho mejor, imaginando crímenes con veneno y maldades de libro. “¿Las casualidades existen realmente?” Reflexionaba sin llegar a ninguna conclusión.

Juan miró después noticias sobre la limpieza del cauce. Nada. Todavía nada.

Hora de cenar. De nuevo, tocar de oído. Poca cosa. Tostada con mantequilla y mermelada de higos. Vaso de leche. De alguna manera Juan notaba, sentía que el mundo se estaba descomponiendo en fragmentos sin control, en trozos azarosos desordenados, sin su control. Y las comidas eran un claro indicador, el descontrol. Mientras masticaba la tostada pensaba, analizaba que un crimen así debería haber sido fácil cumpliendo una serie de reglas. Ni pistas, ni móvil de asesinato, ni pruebas... pero todo parecía estar devolviéndole algo más complejo. Maldijo a un mundo sin reglas. Sin sus reglas. Aunque seguía pensando que era un crimen perfecto.

Volvió a mirar noticias relacionadas con la limpieza del cauce, imposible que no hubieran encontrado el paquete. O eran unos ineptos, o no tenían órdenes de cortar maleza y arbustos, o... y aquí venía la duda, no se había informado a la prensa. Cosa que le ponía nervioso y excitado a la vez, como si de un juego se tratara. Hoy en día ocultar algo así con tanta prensa, móviles con cámaras y redes sociales deseosas de esos “me gusta” que parecían aumentar el ego de cualquier pelagatos, parecía imposible.

Esa noche, se calzó la ropa de aparentar hacer deporte, pantalón corto, camiseta de “Pinturas Martínez” y las zapatillas nuevas.  

Se acercó al puente a la zona de las cañas y allí paró fingiendo hacer estiramientos apoyado en el pretil. Al parecer habían retirado gran parte del pequeño dique de barro y de objetos. Se lo tomaban con calma. Allí seguían la maleza y los arbolitos. Curioso que ningún trabajador se hubiera acercado a esa zona. Igual el paquete había caído realmente en una zona perfecta para su escondite. Por narices tendrían que haber visto el paquete. Se fijó en la placa que había un poco más allá: “Puente de los Descubrimientos”. Una risita infantil, como el ronroneo de un gato, se le escapó mientras se ponía en marcha para continuar con su falsa actividad deportiva. 

En la oficina bancaria hoy el día languidecía con pocos clientes, o acudían al cajero automático o hacían sus transacciones en línea. Mejor, menos líos. A media mañana, el cajero de al lado, que estaba más pendiente del móvil que de cuadrar los números mensuales, soltó un: “Hostia”.

-¿Qué pasa? –preguntó Juan pensando que estaba mirando la clasificación futbolística o algo de ese nivel.

-Han encontrado un cadáver con signos de violencia en el cauce del río. Hay un vídeo, pero no se ve una mierda.

-Un cadáver... –contestó en voz baja, una frase a medio camino entre la pregunta y la afirmación.

-Coño, está en todas las noticias. Esta mañana, a primera hora. Un perro estaba tirando de algo y los del Ayuntamiento, los curritos de limpieza, se encontraron con la cosa.

-Vaya –Juan no sabía si alegrarse o pensar ahora en los siguientes pasos de su plan.

-Joder, cómo está el patio, si aquí nunca ha pasado nada, esto siempre ha sido un sitio tranquilo.

-Bueno, recuerda cuando se liaron a escopetazos por aquel lío de tierras...

-Sí, bueno pero eso era en el término municipal...

-O cuando robaron por el método del butrón en aquella nave industrial...

-Ya. Pero un crimen así...

-A ver qué cuentan los medios, si es que no se olvidan del caso a los quince días, claro –Juan debía tener cuidado de seguir siendo socialmente estándar, no debía dejar escapar nada de su verdadera personalidad.

Cuando terminó la jornada, Juan volvió a romper una de sus reglas sagradas y fue con algunos compañeros a la “otra oficina”: "Bar Barroja". Menuda gracia.

Una agua tónica, para variar. Los comentarios de los compañeros oscilaban entre quién había obtenido más información, más vídeos borrosos o movidos, quién especulaba más imaginativamente.

Juan rememoraba el olor a perfume elegante que llevaba la mujer, su cara redonda, hinchada además por el trapo en la boca. Su inmovilidad. Su pintalabios suave.

-Mira, aquí tienes el vídeo... –le dijo la subdirectora-. No entiendo cómo no tienes móvil, Juan, eres raro de cojones...

-Tengo, pero no me gusta someterme a su esclavitud...

-Ya, raro. Eres raro. ¿Y si te surge una emergencia... o te llama alguien?

-¿Te ha pasado muchas veces eso de la emergencia?

-Bueno, avería en el coche, llamada de mi hija, no sé...

-En casa ya miraré los vídeos y las noticias del suceso... ¿Vosotros qué pensáis?

-Igual es el tipo de la pasarela –dijo el compañero de la barbita incipiente, Manuel, el medio hippy y medio pijo.

-Vamos, que la corriente lo ha llevado marcha atrás hasta mitad del cauce, claro, Sherlock, claro –respondió su compañero cajero, Manolo, había que usar nombres diferentes para los mismos nombres y diferenciar personas. Curiosidades humanas.

-¿La mujer desaparecida, quizás? –dijo otro compañero, Pepe, un cantamañanas de mucho cuidado.

-Bueno, me voy que ya tengo hambre... –dijo Juan conteniendo sus deseos de ir directamente a casa y leer todo lo posible sobre el caso actual.

-Pedimos unas tapas, hombre...

-No, prefiero comer en casa. Adiós, hasta mañana.

Juan se dirigió al coche, conteniendo sus enormes deseos de saber más. Era su caso. Suyo y sólo suyo.   

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Esta parte del "relato corto" viene de aquí y en este orden: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7 y después aquí: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-11 ) No sé si hay una comunidad de textos largos, pero cuando se termine se podría colocar (tras una revisión profunda) allí. O no.

A la vuelta de la compra decidió desviarse un poco y pasar por el puente, sentía mucha curiosidad por ver cómo evolucionaba la cosa. A esa hora no había mucha gente, el tráfico habitual de coches de los sábados, esos días que para a ir a comprar el pan dos calles más allá se usaba el coche y la ciudad se atascaba como si fuera un lunes a las siete de la mañana. Como el día estaba agradable había personas paseando, se detuvo un momento dejando el carro de la compra cerca del muro bajo del puente y miró disimuladamente al campanario, a derecha, a izquierda y luego se asomó a la zona de cañas, árboles y a la pequeña presa de barro y objetos acumulados que seguía sin limpiar. Su paquete seguiría totalmente invisible. Aunque le parecía que las plantas estaban movidas, dobladas y algún matorral ya no estaba.No podía estar seguro, claro. Posiblemente la riada debió zarandear esa zona. Vio un par de perros sin collar recorrer el cauce sin aparente rumbo.

 Se dirigió a casa satisfecho. Tras ordenar la compra, volvió a saltarse su regla sagrada y miró la prensa buscando noticias sobre el caso, navegando remolonamente por otras noticias como si alguien pudiera estar grabando sus movimientos y fuera su manera de disimular. No entendía cómo su orden tan bien establecido estaba dando paso a una impulsividad desconocida para él. 

En varios periódicos publicaban la foto de la mujer con una cartela en rojo que rezaba: “DESAPARECIDA” y sus datos para identificarla. ¿Se preguntaba qué podría haber pasado con el amigo con el que debía encontrarse? ¿En su casa? ¿En la calle? ¿Tendría buena coartada? ¿Eran más que amigos?

Juan sabía que debía trazar un plan de actuación o de inacción para los próximos diez años al menos, estos casos no se resolvían de la noche a la mañana. Si quería que su crimen perfecto funcionara debería pensar, al menos, a diez años vista. Habría sido más fácil que la mujer tuviera amante, o divorciada con amenazas del ex marido, o estuviera en negocios turbios, enemigos en la comunidad de vecinos, pero no... al menos en la prensa no se hablaba de nada de eso.

Ya sabía que no podría obtener información de ningún tipo como no fuera a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Quizás podría jugar la baza de preguntar muy discretamente al policía que tenía cuenta con su banco, pero o lo hacía con mucha habilidad o... Quizás no mereciera la pena ese riesgo.

En ese momento llamaron al timbre de la puerta. Sorprendido, bajó hasta el jardín y sin abrir el portón preguntó.

 -¿Quién es?

-Hola, buenos días, Policía.

Juan instintivamente conectó el sistema de alarma mental. Abrió la puerta y vió a dos policías, un hombre y una mujer, jóvenes y con mirada tranquila.

-Buenos días, estamos preguntado a los vecinos por el caso de la mujer desaparecida...

-Vaya, pensaba que lo de ir puerta a puerta sólo se hacía en las películas –dijo Juan con una sonrisa en la cara.

-En esta zona hay muchas personas mayores que no tienen ni redes sociales ni leen la prensa por internet... –respondió la joven policía, ahora seria, austera.

“Claro, que el padre de la mujer fuera inspector de policía seguro que no tenía nada que ver, claro.” Pensó esbozando una sonrisa interna.

-Sí, sí, he visto la foto de la mujer desaparecida, poco más.

-¿La noche del doce al trece vio usted algo u oyó algo inusual?

-¿La noche del doce? No recuerdo ni lo que comí ayer... –dijo buscando complicidad con los agentes.

-Unos vecinos dicen que se oyeron ruidos y que podrían ser okupas en las casas en venta.

“Cuánta imaginación tiene la gente, ven okupas por todos lados.” Pensó Juan suspirando y no sabiendo cómo continuar su respuesta.

-Pues no he oído nada. Ah, por cierto, aparte de que los perritos de la zona, sobre todo uno y su dueña, tienen mucha afición a mearse y cagarse en mi puerta.

-Hable con la Policía Municipal –dijo el policía-. Bueno, gracias, que tenga usted un buen día.

-De nada. Buen servicio.

Tras cerrar el portón. Los engranajes mentales se pusieron en marcha a mayor velocidad. Debía revisar a fondo el jardín, el patio entero al detalle. El trocito de plástico en el rosal no había sido buena señal y así debió entenderlo, pero lo dejó pasar. Y ahora esto, dos policías en su puerta. La mano del inspector de Policía debía estar detrás de tanta investigación, cuando lo normal es que atiendan llamadas de gente que cree haber visto algo o recibir informaciones variadas; ponen en redes y en prensa la foto y sus datos y a esperar. Ser tan activos no encajaba con nada.

Pasaron unos minutos y abrió el portón discretamente, asomó la cabeza para ver por dónde iban los policías, estaban tres puertas más allá hablando con el vecino con muletas, a la altura de su plaza de aparcamiento de minusválido, no, personas con movilidad reducida, pronto cambiarían el término y le llamarían personas con movilidad divergente.

Comenzó a revisar concienzudamente todo el patio, planta por planta. Debajo de unas hojas había una perla pequeña de color rojo, de plástico. La miró al detalle. Y una imagen le golpeó en la cara. La mujer llevaba un collar de bisutería, con cuentas de colores, pero el collar no se rompió. Una cuenta perdida saltaría con el golpe de la maza. Azar. La guardó en una bolsa y siguió mirando con detalle. Luego se dirigió a donde había caído el cuerpo tras el golpe, en el césped. ¿Habría restos de pelo entre la hierba? ¿Saliva? No sangró, o no vio sangre en el momento. Y en el plástico al envolverla tampoco vio sangre. Saliva sí. Fue a por la azada al arcón de las herramientas de jardín y comenzó a levantar el césped de toda esa zona, con la pala cogía trozos de tierra y hierba y los echaba en un saco. No iba a correr ningún riesgo con eso.

Cuando terminó tenía un pequeño socavón de dos metros por dos de tierra y yerba eliminada. Estaba sudando, mientras contemplaba su obra.

Era la hora de comer, se lavó, se cambió de ropa y vio que el plan de comida de hoy era arroz hervido, huevos fritos y pisto. “¿Otra vez?” Pensó mirando el plan semanal completo, con ciertas dudas.

Después de comer y de recoger fue a su pequeño taller de bricolaje. Se quedó mirando sin mirar el mazo remojado en lejía. Una idea asaltó su mente, algo que se le había pasado por alto, ¿por qué estaban en su calle preguntando a los vecinos? Juan pensaba que lo lógico hubiera sido preguntarles por qué se interesan por esta zona en concreto. Quizás tenía que ver con la información de que habían visto a la mujer caminando por la calle Villegas Delgado. Quizás. Debería haber actuado de otro modo, preguntando con más interés por los motivos de las preguntas en la zona, con más curiosidad. Del modo que él había reaccionado, Juan daba la impresión de saber por qué estaban allí. Pensó que el azar a veces era estimulante.

Sacó la maza de la lejía y la puso sobre el banco de trabajo. Mirándola fijamente dudaba si algún pelo machacado o algún resto podría haber quedado embutido en el metal y que la lejía no fuera suficiente para eliminarlo. Sonrío para sí pensando de nuevo en el azar. Guardaría la maza, más tarde tiraría en varias salidas las bolsas de tierra, aunque quizás debería ir en coche a tirarlas. Cuatro bolsas grandes. No sabía qué decía la normativa del ayuntamiento.

"Maldita sea", se dijo y fue al portátil a ver la normativa, maldijo una vez más por haber leído al respecto. “Es conveniente llevarlos al ecoparque más cercano, con el fin de asegurarse un tratamiento correcto. El municipio dispone de un servicio de recogida específico.”

¿Por qué cada pequeño detalle suponía una complicación enorme en sus circunstancias actuales? Podría llamar al servicio de recogida, pero y si había alguien vigilando cada detalle que hiciera. No. La paranoia era la mejor arma contra los investigadores. Juan admiraba los mecanismos mentales de los investigadores, ese ritual de procedimiento, metódico y contundente, un sistema casi perfecto. Casi. Poco a poco, esos datos, estos hechos, esas sospechas, estos indicios, todos analizados por una mente o varias mentes policiales. Genial.  

De pronto, sonó el teléfono fijo de casa. Se dirigió al salón y levantó el auricular.

-Diga.

-Juan, tu madre está en el hospital. Creen que le ha dado un ictus.

Mantuvo un silencio incómodo durante segundos.

-No es día de llamadas –dijo Juan, seco.

-Bueno, ya lo sabes, me quedo sin batería en el móvil. Está en el Hospital Sol de aquí, en el comarcal... Juan, es tu madre.

-Hoy es sábado, mañana domingo, pasado lunes...

-Ya sé que... eres un poco especial... Pero es tu madre.

-Madre.

-Bueno, cuelgo, ya está. Ya lo sabes.

-Vale.

Juan oyó el sonido de fin de la comunicación al otro lado del teléfono. El problema de las bolsas de tierra seguía presente en su mente. Podría tirarlas poco a poco, un saco cada vez y a diferentes contenedores. ¿Qué había para hoy en el plan de cenas?

Acercó el coche hasta la puerta y cargó una de las bolsas de tierra, pesaba, no tanto como la mujer pero pesaba. Mientras conducía hacia un contenedor de basura en uno de esos barrios donde reciclar era una palabra que no existía, decidía qué hacía para tapar el hueco del jardín con tierra y plantar de nuevo césped. Mañana domingo iría al vivero y compraría tierra, o al menos una parte de la tierra. Calculaba que con dos o tres viajes tendría tierra para ese trozo del jardín. Al llegar al contenedor elegido tiró el saco con bastante esfuerzo. “Uno menos”. Pensó.

A la vuelta pasó por el puente, esta vez voluntariamente y con mucha curiosidad. Desde el coche no podía ver el fondo del cauce y no sabía si habrían retirado el lodo y la basura, pero las cañas y los arbolitos seguían allí. No se notaba ninguna actividad especial.

Esa noche, Juan tuvo una pesadilla, raro en él porque nunca recordaba sus sueños, ni los buenos ni los malos. Se encontraba tumbado en una lápida de piedra en un cementerio, inmóvil, desnudo, sin dientes y un hombre muy alto y delgado le echaba arena en los ojos cerrados. A lo lejos nubes de plástico transparente se arremolinaban y doblaban con el sonido del linóleo fino al viento, de entre esos nubarrones descendía su madre con un rosario entre las manos. En ese momento se despertó.

Mañana domingo iría al hospital, sobre todo para no despertar sospechas si es que alguien lo estaba vigilando. Se levantó y se asomó a la ventana de la habitación, desde allí veía el jardín y la calle. Un coche pasó a gran velocidad con los graves de los altavoces retumbando en los cristales del vehículo, esa música diabólica, machacona y burda. Eso le recordó que debía volver a fingir, debía volver a Xangri-A otro día para que no pareciera que no iba nunca y que sólo fue la noche de autos. Media sonrisa en la cara, la noche de los coches.

A primera hora de la mañana desayunó té, un yogur con miel y media tostada con aceite. Mientras comía repasó la lista de comidas de la semana entrante y cambió un par de cenas y una comida de mediodía.

Cogió otra bolsa llena de tierra y la llevó al coche para tirarla en algún contenedor al paso del hospital comarcal. Tardaría, con suerte, un par de horas en llegar al centro hospitalario. Conectó la radio del coche. Una cadena comarcal donde los anuncios se iban sucediendo intercalados entre noticias de diferente nivel. La inauguración de un nuevo polideportivo por parte del delegado de Cultura y Deporte. Productos en oferta en Supermercados Ala-limón. Campaña anual sobre el uso del preservativo en los institutos. Un nuevo centro dental en la calle Malapartida. La renovación del teatro municipal por 18.942,33 euros. Seguros Libertad a precios imbatibles. El comienzo de la limpieza del cauce tras la riada...

Juan se quedó mirando la radio como si fuera ese objeto el que le había hablado a él y sólo a él. La noticia detallaba que el próximo lunes, mañana, comenzarían los trabajos de limpieza; la urgencia venía provocada por las previsiones de posibles nuevas lluvias de cierta intensidad a finales de la semana entrante, así que el consistorio estaba actuando con precaución y celeridad. “¿Desde cuándo el Ayuntamiento es tan diligente?” Se preguntaba mientras conducía y miraba el cielo despejado sin entender cómo podrían saber que llovería dentro de una semana.

Desde su punto de vista en cuanto encontraran el cadáver comenzaría la caza de verdad, los leones buscando a una gacela en concreto. Juan pensaba que el símil era tosco, ya que ni él era una gacela ni los policías leones. Una sonrisa burlona se manifestó involuntariamente en la cara. 

Al llegar al Hospital Sol preguntó por la habitación de su madre, le dieron un pase de acceso, una pegatina que debía colocarse en la camisa. Cuando llegó a la habitación, su padre estaba medio dormido en la butaca del acompañante. No dijo nada al entrar, se acercó a la cama y la miró, vio que tenía la cara un poco deformada y el labio inferior un poco ladeado y un pequeño hematoma en la frente. Su padre se despertó sobresaltado y se levantó al ver a Juan.

-Creía que no ibas a venir, Juan.

Juan siguió en silencio mirando a su madre, inexpresivo, curioso por ver su semblante dormido.

-Los médicos dicen que aún no saben el daño cerebral que puede haber tenido... –dijo su padre sin acercarse a él.

-Bueno, me tengo que ir –respondió Juan dándose la vuelta para marcharse.

-Juan...

-¿Qué? –preguntó sin volverse hacia él.

-Cuando los médicos sepan más te llamaré.

-Como quieras –dijo abriendo la puerta de la habitación, saliendo.

Pagó el aparcamiento y entró en el coche. Puso la radio donde se estaba debatiendo acaloradamente sobre un conflicto en Cachemira. Su mente estaba repasando posibles cabos sueltos ahora que con toda probabilidad localizarían el paquete. ADN suyo; no sabía qué podrían hacer con eso. Huellas; si hubiera alguna, que lo dudaba, él no estaba fichado, así que, poco podrían hacer. Restos de pelo o piel; lo dudaba. Arma del crimen; objeto contundente, poco más. Plásticos; poca cosa podrían sacar de ahí. Cinta americana; restos de un guante de jardinería. Trapo dentro de la boca; siempre lo cogió con guantes. ¿Siempre? En cualquier caso, insistía en que no estaba fichado y con el ADN poco podrían hacer. Había una posibilidad, que estaba valorando en ese momento, de que pidieran voluntariamente muestras, pero eso no creía que fuera legal a no ser que algún juez tuviera indicios suficientes de que en la zona de su casa y alrededores pudiera estar el asesino. Cosa que dudaba que tuvieran tan claro. 

Móvil apagado, tarjeta sim quitada y tirada en otra parte. Maza limpiada con lejía. Jardín revisado. Eso le recordó que debía acelerar tirando las bolsas de tierra, pero tampoco podía ponerse a horas muy extrañas a hacerlo. Ropa. La ropa no la había lavado aun. ¿Por qué no había pensado en eso? Demasiadas cosas en las que pensar, aún tenía tiempo de lavarlas o quizás tirarlas y evitar problemas. Debía volver a la sala de fiestas esa al menos un par de veces más, para no levantar sospechas. “¿Qué sospechas?” Se preguntó mientras se reía. Sopesaba si sería más sospechoso ir sólo una vez que de pronto acudir cada dos semanas a ese antro de música ensordecedora que ponía al límite los tímpanos de cualquiera.

Juan llegó a casa a la hora de comer. Ensalada, filetes adobados acompañados de puré de patatas y manzana con canela. Después, conectó su portátil con el cable de red al router. Navegó por las noticias en el mismo orden de siempre, locales, regionales, nacionales e internacionales. Hizo clic en un libro titulado “Mentiras en los datos” de un tal Jonás Víbore, en una web de un centro comercial al que no iría nunca y en una tienda de bajo coste asiática donde vendían ropa desde dos euros. En la información local se daba por terminada la búsqueda de la persona que cayó desde la pasarela de madera y fue arrastrada por la corriente, no había rastro del hombre ni en el cauce ni en la desembocadura de la rambla al mar. Las labores de búsqueda marítima implicarían más medios y no se descartaba que se llevaran a cabo más adelante, había pocas esperanzas de encontrarlo con vida. Se daban más detalles de los trabajos de limpieza del cauce ahora que ya se podía usar maquinaria para liberar el área de barro seco, muebles viejos, ramas y un coche. “Algún listo de los que creen que las ramblas son aparcamientos, siempre hay alguno.” Se informaba que se estaba en contacto con la Agencia Meteorológica para las previsiones a una semana vista, aunque aún sin datos precisos había un porcentaje relevante de lluvias torrenciales desde el sábado siguiente, siempre dependiendo de cómo se movieran las masas de aire en la zona.

Esa tarde tiró las bolsas con tierra restantes, cada una en un contenedor alejado y distantes entre ellos. Como tenía tiempo hasta la cena fue a su taller con la intención de pintar otro cuadro con el mismo motivo de siempre, diferentes formas y texturas de un vórtice que, con mayor o menor expresividad, tendía a un infinito central. Todos sus cuadros eran variaciones del mismo tema y en diferentes tamaños de lienzos, elegidos según el hueco que tenía disponible en el pasillo de las escaleras hacia las habitaciones de arriba. Tenía poco rojo. Azar. La mano era la que pensaba en estos casos, no la mente, el brazo era el mecanismo pensante de sus cuadros. Miró el reloj. Una hora. Siempre tardaba una hora en cada cuadro. A este le llamaría “El túnel al final de la oscuridad”. Firmó el cuadro, como todos, poniendo la fecha del día.

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Continuará... 4

Había cometido el crimen perfecto. O eso creía Juan Gómez. No había ninguna relación entre la víctima y él, había tirado el cadáver envuelto en plásticos resistentes y fuertemente cerrado con cinta americana en el cauce de un río seco lleno de maleza y árboles por donde absolutamente nadie pasaba ya que estaba impracticable. Lo había hecho a las cuatro de la mañana. Ni un alma a esas horas por allí. Sacó el cadáver envuelto y lo arrojó desde una altura de unos veinte metros cayendo entre la maleza y quedando totalmente oculto. Después se fue a la discoteca que había a las afueras en el polígono Malpisa, donde se tomó un par de refrescos y bailó descamisado en el centro de una de las pistas, llamando la atención como era su propósito. En la barra quiso invitar a una mujer a su casa para terminar la fiesta, ya que habían bailado juntos, como la mujer contestó que otro día, se despidieron y a las siete de la mañana salió hacia su casa, justo le pilló el control donde calculaba que estaría. Le pidieron la documentación y sopló dando un esperado cero en alcohol. Volvió a casa y se acostó.

A eso de la una del mediodía le despertó un impresionante trueno, acompañado de tremendos rayos, se asomó a la ventana medio dormido y vio cómo una tromba de agua comenzaba a caer. Se acercó a la cocina y preparó un café bien cargado. No le gustaba tener que despertarse a esas horas, pero la urgencia de anoche le había obligado a actuar así. Tras el primer sorbo se asomó a la venta y vio el río de agua que corría calle abajo. Se quedó paralizado, su mente estaba sopesando, calculando posibilidades. El cauce. El cuerpo. El torrente de agua. El móvil de la chica en el paquete. Apagado. El final del cauce. Las ramas obstaculizando o no. Cuánto llovería y cuándo pararía de llover. Qué pistas podría haber en el cuerpo. Ninguna. Si el agua llevaría el cadáver hasta el mar. Agujeros en el plástico para que entrarán alimañas. Todo controlado. Aun así seguía estático mirando la ventana con la taza de café en la mano viendo cómo una inmensa tromba de agua caía sobre las calles. Miró la taza con el serigrafiado del as de pica en un lateral. Seguía lloviendo, conectó la tableta y escuchó noticias de la zona sobre la alarma de lluvias, una alerta naranja. Naranja eran la lencería que llevaba esa chica. Pero todas tienen sangre roja.

Esperó a que la lluvia dejara de caer con esa furiosa intensidad que a veces la naturaleza declara con firma y rúbrica. Mientras veía caer la cortina de agua en la ventana de la cocina, vio que el plan de comida de hoy era arroz hervido, huevos fritos y pisto, todo mezclado a modo de plato combinado. En alguna parte de su cerebro seguía pensando que el crimen perfecto de anoche, podría tener algún detalle incriminatorio. Se había llevado la tarjeta sim del móvil y la había tirado en un contenedor al azar, pero esos aparatos modernos a los que no se les podía quitar la batería igual le complicaban el asunto, incluso estando apagados. Y luego estaba esa lluvia intensa e inesperada. Tomó nota de mirar esos detalles, porque se enteró después de que llevaban tres días anunciando alerta naranja por tormentas y lluvias. Juan pasó en su momento de encajar esa pieza en el puzle. ¿Error? Con una media sonrisa en la cara, pensó que quizás fue un acierto.

Juan tenía muy claro que esto no era un juego de poder, de víctimas y entes poderosos, como vendían muchos libros sobre asesinos en serie, oh, el poder sobre sus víctimas, menuda estupidez, esto iba de cazadores y cazados, de policías y ladrones, de leones y gacelas. Si no existieran los que pretendían pillarle, nada de esto tendría sentido. Sería el despiece de un animal en una carnicería y además no te lo podías comer. Absurdo. Y además sabía que muchos, muchísimos casos de desapariciones, o crímenes quedaban en el limbo de la justicia, en el limbo de todo lo que las películas quieren vender. Siempre se pilla al culpable. Claro.

La tormenta parecía que llegaba a su fin, no sabía cuántos litros habrían caído, pero pensaba que muchos más de lo que serían razonables para una alerta naranja. Sobre todo viendo cómo los contenedores de basura de su calle flotaban sin control, golpeando aquí y allí a coches, farolas y bordillos anegados. Volvió a pensar en el cauce del río donde ahora debía correr bastante agua. Posiblemente las cañas hubieran hecho de parapeto dejando su paquete bien escondido. Luego daría una vuelta por allí.

Recogió los platos de la comida y los colocó ordenadamente en el lavavajillas y, por alguna razón, recordó el libro del asesino en serie británico Dennis Nilsen. Un idiota que guardaba los cadáveres en su patio y bajo las tablas de su casa y algunos los tiraba por el retrete troceados, un auténtico imbécil. Pero que además tardaron quince asesinatos en descubrir sus crímenes y porque la tuberías de la zona olían mal. Un auténtico genio. Recordaba casi palabra por palabra las declaraciones del jefe de Policía de la zona: “Si no lo hubiéramos arrestado ahora, no habría dejado de asesinar a jóvenes.”

Se asomó a la ventana y el agua de la calle había remitido bastante, sólo quedaba una lámina de agua de unos cinco o siete centímetros, los desagües de la calle seguían engullendo litros y litros de agua, el cielo estaba limpio y el sol quería salir por la torre del campanario. Se puso el impermeable y las botas de agua y miró su móvil sobre la mesa, comprobó que no tenía ningún mensaje ni llamadas y volvió a dejarlo en la mesa. Jamás salía con su móvil a la calle. Jamás. 

 

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Continuará... 21

Esta parte del "relato largo" (larguísimo, por lo que veo) viene de aquí y en este orden, primero aquí:

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*****

Dos días después lo llamaron desde la Policía. Una llamada muy cordial, invitándolo a pasarse por la comisaría de la localidad. El policía le explicó que habían convocado a varios vecinos de la misma calle para ver si podían ampliar la información que ya tenían. Juan dijo que mejor por la tarde, tras la salida del trabajo. En un momento, Juan preguntó si se trataba de alguna broma o algún tipo de timo, y que cómo sabía que le llamaba la Policía. El policía al otro lado, armándose de paciencia, le dijo que era fácil de comprobar, que viniera a la hora indicada a las dependencias policiales y que allí le dirían con quién hablar. Juan estuvo a punto de añadir un “¿y si me niego a ir?” Pero no le pareció prudente ni práctico. Así que dijo que allí estaría.

Tanta rapidez le ponía en alerta, muchos de estos casos se alargaban semanas y semanas, meses, años. Pruebas forenses, peticiones al juez, control de móviles, revisión de mensajes, todo eso requería siempre de una petición al juez y que éste lo aprobara o no. Quizás el hecho de que el padre hubiera sido inspector de Policía. Quizás. Había leído un artículo hablando de que estaba ya retirado de la Institución y que había sido condecorado dos veces. La familia estaba esperando que terminara todo el proceso para poder enterrar a la hija. Discreción total en los medios, parecía que se respetaba escrupulosamente la intimidad de familiares y allegados, ni siquiera la prensa más carroñera se había interesado en sacar asuntos escabrosos o sensacionalistas.

Sentado en un pasillo, en uno de esos bancos de madera que debían haber visto y oído de todo, esperaba que le llamaran para la entrevista. Miraba a un lado y a otro buscando a alguien en su misma situación, algún vecino que viniera a contar lo que pudo ver u oír esa noche, tal y como le habían convocado a él. Miró su reloj. Quince minutos tarde de la hora pactada. Paredes de un verde hierba que habían conocido mejores años, puertas grises y cierto ajetreo entre despachos, nada especial. Policías con papeles y carpetas entrando y saliendo de diferentes estancias. Tranquilidad.

Mientras esperaba que lo llamaran, repasaba alegremente que él no había guardado ningún objeto de “recuerdo” del cadáver, ni tenía agendas con caligrafía atropellada contando sus logros, ni ningún manifiesto con declaraciones de doctrinas o propósitos, ni tenía nada escrito en ninguna parte. Nada, ningún documento u objeto en casa que pudiera delatarlo. Todo lo tenía en la cabeza, lo guardaba allí arrinconado en compartimentos concretos, ordenados por horas, sensaciones, reflexiones y certezas, esas secciones mentales tenían ciertos seguros que él llamaba “olvidos conscientes”, una manera que tenía de no acceder a ningún recuerdo que pudiera mostrar nada de lo que tuviera clasificado en esas partes recónditas de su mente. Entre sus muchas reflexiones aleatorias se reía mentalmente de cómo la sociedad defendía el diálogo, la diplomacia para llegar a acuerdos, una sociedad dialogante y civilizada. Él sabía, con férrea convicción, que todo eso no era más que hipocresía y teatro. Según Juan, cuando alguien tiene razón en un tema, el que sea, y hay otra persona que opina lo contrario, la única solución es machacar físicamente al otro. Eliminarlo, matarlo. Los animales cuando entran en peleas territoriales o por hembras de su especie, los mamíferos se tumban patas arriba, enseñan la panza como señal de haber perdido y el ganador deja de atacarlo habiendo ganado. Los humanos no teníamos ese acto reflejo, si alguien mostraba algún signo de reconocer que el otro le había ganado, lo eliminaría sin contemplaciones. Recordaba una frase de un libro: “La estocada más certera y con más fuerza la da quien cree tener más razón que el contrincante. Un atisbo de duda y estás muerto.” Eso era la vida, la real. O eso creía Juan. Tampoco era tonto y no quería ir a la cárcel, ni ser ajusticiado, fingir era el precio que debía pagar por actuar en ese teatro llamado Sociedad.

-¿Juan Gómez? –preguntó un policía abriendo una puerta y mirándolo.

-¿Sí?

-Pase, por favor –era joven pero no eran un recién llegado a la Policía. Uniforme impecable.

Juan encontró un pequeño despacho, atiborrado de informes, carpetas de colores, un ordenador, una planta mustia en la ventana, una mesa de despacho espartana y dos sillas. El policía se sentó delante del monitor y del teclado, ladeado un poco para ver a Juan que se sentó frente a él. Por un instante pensó que por qué era tan típico, tan cliché lo de la planta mustia en lugares así, con lo poco que costaba un poco de luz y un poco de agua.

-Bueno, señor Gómez –mirando algo en el monitor-. Juan Gómez Gómez, calle Águila Martínez, 66.

-Sí –respondió acomodándose en la incómoda silla, pensando que la del agente estaba acolchada y parecía más cómoda. Truco número uno de manual. Pensó con sorna interior.

-Le indicó a los compañeros que no oyó nada la noche del catorce y madrugada del quince –mirando al monitor y posiblemente pasando páginas y deteniéndose en alguna.

-Eso es.

-Haga memoria... ¿qué estaba haciendo entre las once y las once y media esa noche? –ahora sí mirándolo directamente a los ojos, buscando algún signo que no iba a encontrar.

-No sé... Ya habría cenado. Ceno a las nueve y luego supongo que me iría al taller o estaría viendo la tele o... –respondió con parsimonia.

-¿No oyó nada fuera? –ahora tecleando algo en el informe que tuviera delante.

-No sé, como algunas noches se oyen ladridos de perros... –fingiendo recordar usando correctamente la mirada hacia arriba y a la derecha. Típico micro signo de rememorar con imágenes–. Hace un mes o así, oí ruidos extraños en la casa que está en venta sobre las ocho de la tarde o así...

-¿En cuál de las dos? –preguntó el policía, listo para anotar algo más en el informe.

-Creo en la de la derecha, en el 68...

-Ajá –tecleó algo que le llevó medio minuto o algo más de tiempo.

-¿Por qué precisamente a esa hora, a las once...? –preguntó Juan intentando pescar.

El policía se lo quedó mirando, con ojos neutros pero escrutadores. Justo en ese momento se oyeron voces fuertes en el pasillo.

 “¡Coño, Ferrer, no...! ¡Déjanos trabajar... Vete a casa!”

“¡Joder, qué pronto se os olvida que me he dejado la vida aquí...!

“Venga, vamos a tomar un café, vente conmigo... No lo jodas todo, sabemos lo que estamos haciendo...”

Las voces se extinguieron poco a poco, alejándose del pasillo. Juan ya sabía que el padre de la mujer rondaba por la comisaría. De nuevo el escalofrío de una sonrisa interior de placer recorrió su espalda.  

-El móvil de la víctima estaba activo a esa hora en esa zona –respondió el policía sin reaccionar a las voces del pasillo.

-Ah, igual se paró a hablar con alguien... –retador.

-Claro. –el agente hizo una pausa mirándolo y luego revisando algo en el monitor-. ¿Vio usted a alguien o escuchó algo sobre esas horas?

-Como no fuera a la señora que pasea a su perrito a horas raras... –dijo Juan desviando la mirada a la planta mustia. 

-La señora pasó por allí sobre la una y media de la madrugada –respondió el policía seguro, sin mirarlo.

-Ah, pues como a veces saca varias veces al perro... –ahora sí que estaba disfrutando Juan.

-Ya, ¿y qué hizo usted luego? ¿Estuvo durmiendo sin más esa noche? –impasible, Juan notó que ahora quería pescar el joven uniformado.

-Supongo que me iría a dar una vuelta, no podía dormir...

-Como le dijo a los compañeros que tenía el sueño pesado...

-Ya sabe, hay días y días, a veces los lunes se mezclan con los miércoles, ya no tengo la memoria tan fina... –con una sonrisa en la cara mientras se apuntaba con un dedo la frente. 

-Lo digo porque a las cuatro y cuarto de la madrugada entraba en la discoteca Xangri-A... –obviamente le tocaba mover el cebo de la caña de pescar. Juan lo estaba esperando.

-Vaya... –esto le sorprendió un poco, pero había visto perfectamente las cámaras antes de entrar allí.

-Hay cámaras en los accesos a ese local por seguridad.

-Pues sí... –dijo Juan asintiendo con todo el cuerpo.

-A las siete y doce minutos pasó un control de alcoholemia con la Guardia Civil... –dijo el policía tecleando algo en su ordenador y sin mirar a Juan.

-Cero cero –respondió imitando el tono de un anuncio típico de esas bebidas.

-Ya. Bueno, pues nada más, gracias por su colaboración –el policía se levantó ofreciéndole una saludo de manos a Juan, que éste no rechazó. El apretón no le gustó, le había parecido excesivo. Manías. No le gustaba el contacto social.

Juan salió pasillo abajo hacia la salida de la Comisaría, justo en ese momento le pareció ver a Lucía entrando en un despacho. No podía ser. Esperó unos minutos hasta que la mujer volvió a salir. No, más baja, pelo parecido, nariz diferente. Desliz freudiano, pensó. 

Mientras caminaba de vuelta a su casa. Reflexionaba sobre si convenía volver a llamarla o dejarlo correr, por si había más peligro en intentar sonsacarle información o en que ella se lo sacara a él. Cosa que le parecía simplemente imposible. A él, al controlador de la realidad. Pasaría por la verdulería. Mañana era sábado y tocaba mercado. Debía consultar el tiempo, ya que avisaban para ese fin de semana de lluvias intensas.  

Esa noche, la lluvia llegó como una llovizna insulsa. Conectó su portátil. Hizo clic en un anuncio de frigoríficos inteligentes, en un artículo publicitario de un banco en línea, y en la web promocional de una cantante llamada “Adipalu” con un vídeo machacón y soso que tuvo que cerrar después de apuntar varias veces a una esquiva “x” que se movía. En la información local volvían a incidir en la posibilidad de que el caso de Ferrer estuviera relacionado con el fondo de inversión WorldMundo Hainsbach, sus abogados declinaron hacer declaraciones, cosa que motivaba a los “cazanoticias” de dientes afilados a especular sobre los motivos de su falta de comentarios. Recordaba un artículo sobre los dientes de los tiburones y que la cantidad de dientes estaba ligada a lo que comían, los que se alimentaban de presas grandes tenían menos pero de mayor tamaño. Y los que cazaban presas pequeñas tenían más para facilitar su captura. Una adaptación evolutiva del mundo de la prensa sensacionalista. 

En otro periódico habían conseguido entrevistar a uno de los trabajadores que había estado limpiando el cauce, sin mucha información, ya que él no había estado en el turno en el que se encontró el cuerpo. En otro periódico de tirada nacional, algo más serio, se decía que aún no se había levantado el secreto del sumario y que el Juez Lacosta se encargaba del caso. Se habían enviado especialistas de la capital provincial y algunos habían llegado desde Madrid, sobre todo en la parte más técnica de la medicina legal. El ex marido de la asesinada había llegado desde Francia y se le había tomado declaración en Comisaria. Apuntaban que años atrás, ese hombre (M.A.L.L.) estuvo implicado en un desfalco en la compañía alimenticia para la que trabajaba. Quedando libre de todos los cargos meses después. “La prensa nunca defrauda”, pensaba Juan, mientras apagaba y desconectaba su ordenador. Subió a su habitación y se quedó mirando la ventana, ahora llovía algo más intensamente. Mañana iría a comprar al mercado contra viento y marea. El domingo haría nueva lista semanal, esta vez completa. Las cosas deben volver a su cauce. Cauce. Soltó una risotada mientras se disponía a dormir.

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Esta parte del "relato largo" (lo lamento) viene de aquí y en este orden, primero aquí:

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*****

Al llegar a casa, ni siquiera pensó en comer, su mente estaba enfocada, concentrada en leer toda la prensa posible sobre el caso. Antes de hacer nada en el ordenador, inspiró lentamente y expiró con actitud relajante. Con gran esfuerzo hizo clic en un anuncio de un libro de recetas asiáticas, en un curso de Economía y en una web de viajes al Polo Norte. La noticia, su noticia, estaba en la mayoría de la prensa local y regional. Sospechaba que pronto engrosaría la lista de sucesos nacionales. ¿Reportajes en televisión? Quizás.

Uno de los textos decía: “La ausencia de robo parece un dato clave, ya que la víctima conservaba su reloj y su móvil, alejando la opción delictiva común. El móvil de la mujer ya se encuentra en manos de la Policía Judicial para su análisis. Las actuaciones se mantienen bajo secreto de sumario por orden del juzgado, lo que implica que los detalles específicos de las pruebas y la investigación no se harán públicos por el momento. Todo apunta a que se trata del cadáver de la mujer desaparecida, Ana Ferrer.”

Un robo. No es robo porque llevaba el reloj y el móvil consigo, lo de estar envuelta en plástico le parecía a Juan de poca importancia informativa. Aunque bien mirado en esta noticia no dicen nada de cómo apareció el cadáver. Aun así, el texto le parecía escrito con desgana, prisas y sin mucho interés. 

En otro periódico regional había un artículo cubriendo la noticia con más detalles: “La Policía está centrando sus esfuerzos en reconstruir las últimas horas de la víctima, que casi con toda seguridad se trata de Ana Ferrer, desaparecida hace varias semanas, la funcionaria del Ayuntamiento de 38 años ha sido hallada muerta entre cañas y maleza en el cauce de la rambla, en el curso de las labores de limpieza. Cada elemento de la zona está siendo analizado en busca de pruebas que permitan identificar al responsable o responsables. A los medios locales se unirá la Policía Forense de la capital, y expertos en estas tareas. Mientras tanto la zona sigue acordonada y asegurada."

"Según nos indican fuentes policiales, los investigadores rastrearán grabaciones de seguridad de la zona y las comunicaciones de la mujer para reconstruir sus movimientos previos al crimen, recabarán testimonios de posibles testigos, con la clara intención de disponer de una cronología de los hechos. La autopsia se espera como un elemento clave para precisar la causa y el momento de la muerte."

"Todas las hipótesis permanecen abiertas. La Policía mantiene la máxima reserva para no comprometer el avance de la investigación."

 "La denuncia inicial de su familia y del amigo con el que había quedado (Juan José González), tras no recibir noticias de Ana desde la fatídica noche del jueves al viernes, permitió activar el dispositivo de búsqueda que ha concluido sin éxito hasta el terrible hallazgo del cuerpo."

"Más allá de la investigación, la muerte de Ana Ferrer Rey ha generado un profundo impacto en toda la comarca. Funcionaria del área de Cultura del Ayuntamiento, licenciada en Geografía e Historia y en Historia del Arte, Ana dedicó mucho esfuerzo a la preservación del patrimonio local. El Ayuntamiento ha decretado dos días de luto oficial mientras la investigación policial busca esclarecer este terrible crimen.” 

Juan pasó rápidamente a otro periódico donde se podía leer:

“Un perro fue el que encontró el cuerpo sin vida de la mujer, según testigos tironeaba de un saco de plástico entre la maleza, hasta que consiguió sacarlo y fue entonces cuando los trabajadores de la limpieza del cauce vieron el cadáver. La familia, que no ha hecho declaraciones, está sobrecogida por los hechos. Algunos vecinos de la fallecida, apuntan a que en fechas recientes tuvo un acalorado encontronazo con los actuales dueños del Palacete de Rivababia, patrimonio local, a cuenta de unas reformas en la fachada a las que se oponía Ana Ferrer y el equipo de arquitectos del Consistorio, llevando ante la Justicia al fondo de inversión, WorldMundo Hainsbach, que lo había comprado.”

Le parecía gracioso que los medios más carroñeros dejaran caer un posible ajuste de cuentas que no tenía sentido, sólo para ganar notoriedad y que la maquinaria del rumor se pusiera en marcha. Se detuvo un instante en la parte del plástico, releyendo las frases. No se indicaba que el cadáver estuviera envuelto en plástico, parecía que estuviera encima, o a un lado de la mujer. Curioso. Pensaba que llamarlo “saco de plástico” o era un error de información de los periodistas o significaba algo más. Algo que bien pudiera estar relacionado con la investigación. Tendría que seguir la pista de todos esos datos para hacerse una idea clara de por dónde podrían ir los pasos policiales.

En TV-1999 cubrían también la noticia. “El cuerpo sin vida de Ana Ferrer aparece en el cauce de la rambla, bajo el Puente de los Descubrimientos. Esta cadena se ha puesto en contacto con fuentes policiales y en breve se ampliará la noticia con un artículo detallado con toda la información disponible.”

Escueto y poco motivado. Pensó Juan mientras analizaba cómo otros medios daban más detalles y en la cadena local donde trabajaba esa periodista fueran tan parcos. Abajo había un enlace a un vídeo. En él se podía ver a varios reporteros con diferentes y coloridos micrófonos, dirigiéndose a una policía en la entrada de la Comisaría de la localidad. Juan suponía que la mujer haría las tareas de Prensa e Información.

-...Ya les he dicho lo que puedo contarles, señores.

-¿Se baraja un posible ajuste de cuentas en relación con el fondo de inversión? –preguntaba apresuradamente una reportera con una alcachofa de color verde intenso.

-No se descarta nada ahora mismo. Todas las hipótesis están abiertas.

-¿Qué se sabe de los trabajadores que encontraron el cuerpo? -preguntaba un reportero con melena apuntando el micrófono de color rojo hacia la policía.

-Mantenemos la máxima reserva para no comprometer el avance de la investigación. Señores, por favor, en cuanto tengamos más información daremos una rueda de Prensa.

-¿Quién se encarga de la investigación? ¿Cuándo estarán los resultados de la autopsia? ¿Cuándo se dará más información? –preguntaban sin orden sabiendo que la policía daba por concluida la atención a la Prensa.

-Muchas gracias –dijo ella dándose la vuelta y entrando en la Comisaría.

Juan ya estaba en la siguiente fase mental de su plan. Ya habían encontrado su paquete y el juego se ponía interesante para él, en su mundo, en su juego de crimen perfecto. Volvía a sentir que tenía el control de la situación. Lo primero, volver a hacer una lista de comidas semanales. Como ya no había comido al mediodía, tras el trabajo, cenaría improvisando. Mañana compraría comida para seguir su plan alimenticio. Compraría un lienzo pequeño y pintaría otro vórtice, para completar el hueco que quedaba en la pared. ¿Debía incluir en la ecuación a la tal Lucía? Esta noche reflexionaría al respecto.

Fue a la cocina y se sentó en la pequeña mesa de allí para preparar su lista de comidas. A mano, con la cuadrícula que hacía con regla, creando celdas para los días que le quedaban hasta el fin de semana. Incluyendo compra en el Mercado el sábado. Desayuno, comida y cena.

Cuando terminó, miró su obra culinaria, imperfecta porque no cubría una semana. El domingo completaría la semana entrante. Miró la hora y se decidió por una cena antes de hora, con lo que encontrara en la nevera y en los estantes. No había nada que le inspirara a preparar nada. Se le ocurrió que podría ir a un bar a comer un bocadillo, última vez que se saltaba una de sus reglas. Nunca comer fuera. Nunca. Miró el móvil y tenía dos llamadas de números desconocidos, lo dejó en la mesa del salón, como siempre. Comprobó que llevaba veinte euros y algunas monedas sueltas de euro en su cartera. Salió al jardín y ahora la zona sin césped le parecía hasta bonita. Sonrió.

Salió y comenzó a caminar hacia la calle peatonal que estaba a unos veinte minutos andando y donde sabía que había bares de todo tipo, clase, precios y ruido.

El bar que eligió tenía una pantalla de televisión donde se ponían vídeos de no sabía dónde, suponía que de youtube y “shorts” del mismo, donde se iban intercalando sincopadamente bailes de adolescentes y de niñas y niños con coreografía ensayada, pactada y empaquetada. La letra de la canción le llamó la atención. Pidió un bocadillo de carne con queso y panceta; beicon, le corrigieron. Asintió pensando que podría estrangular a tantos idiotas en el mundo real que no habría cárcel para él, pero no dijo nada.

MENTE MÁ – NAKAMA, ponía el subtítulo del vídeo con el tema machacón que se repetía en variantes con bailes y demás movimientos de caderas en pre púberes con kilos de maquillaje, para mayor honra y gloria de sus padres. Así que estaba de moda una canción que hablaba de armas, fusiles y ráfagas de disparos. De moda. Moda, el número que más se repite en una serie, pensaba. “Mira la boca del fusil.” ¿Qué querían decir? Se preguntaba.

El bocadillo resultó ser tan insulso como el camarero que le atendió. Pan seco, tostado pero seco, lomo correoso, el queso grasiento y la panceta, crujiente; un refresco de naranja y cena lista.

Debía pensar en sus siguientes pasos. Aunque ya estaba todo hecho, era imposible que encontraran ninguna pista. Su intención demostrando al mundo que se podía cometer un crimen que quedara impune cobraba fuerzas. Estaba seguro. Vendían un mundo seguro a precio de saldo. Tanto miedo. No podrían encontrar ninguna pista que lo involucrara a él. Un asesino. Tenía planeado, dentro de diez años, volver a cometer otro crimen, otro aviso a la sociedad. Debía ser cauteloso, en realidad, debía fingir ser un tipo normal.

De vuelta a casa, iba repasando, una vez más, todos los detalles que recordaba. Así como otras ideas de su vuelta a un mundo ordenado, sin improvisaciones. Mañana compraría comida en ese supermercado de medio pelo. Compraría un lienzo pequeño y pintaría otro vórtice, y recogería la pintura roja que había encargado. El punto de inflexión de la aparición de esa periodista, que además la conoció en la discoteca aquella noche. ¿Divorciada? ¿Separada? ¿Soltera? ¿Viuda? ¿Familia? ¿Las casualidades realmente existen? Suponía que sí, por qué no. Cuando andaba por la calle de su casa, notó que alguien venía andando tras él, desde el principio de la calle. Cuanto metió a la mujer en su jardín de un tirón, ¿podría haber habido alguien al principio o al final de la calle que fuera testigo de lo sucedido? No. Habría avisado a la Policía de algo así. No. ¿Era mejor llamar a esa periodista o no hacerlo? Si no la llamaba podría pensar que lo de invitarla a su casa en Xangri-A era algo extraño y que no tenía interés en ella realmente. Si la llamaba podría creer que estaba interesado en conocerla. Decisiones. Dudas. ¿La llamaba, desde el teléfono fijo o desde el móvil?

Entró en su casa pensando que quizás mejor desde el móvil, quedar a tomar un café en un lugar concurrido, mostrar cierto interés por ella pero no demasiado, sonsacarle algo de su trabajo, de su información del caso. Debía ser muy sutil. Recuerda cómo bailaba y cómo estaba disfrutando la mujer. Él sólo estaba haciéndose notar, llegó a descamisarse con un tema musical, ni recuerda cuál era. Estuvo allí y aunque hubiera, que las había, cámaras a la entrada del local, quería segurarse de que se supiera que él, esa noche, esa madrugada estaba en esa discoteca. Aunque la invitó a su casa, sabía que buscaría una excusa en caso de que ella hubiera aceptado. Nadie visita su casa. Cuando tuvo que dejar pasar al técnico de la red de fibra, cubrió con telas los muebles de todo del salón. Dijo que iban a venir los pintores. Nadie visita su casa.

Miró la hora y decidió llamarla.

-Hola, buenas noches, soy Juan, el descamisado –intentando parecer cordial, cercano, tontorrón.

-Ah, hola, Juan, ¿qué tal?

-Nada, para invitarte a un café donde tú me digas y así charlamos un rato...

-Tendría que ser por la tarde o tarde noche, ando liada con el trabajo...

-Yo trabajo hasta las tres todos los días, así que tú me dices.

-Vale, te llamo a este número cuando sepa cómo tengo el trabajo, ¿te parece?

-Me parece. Adiós.

-Adiós.

Le había parecido un poco raro el tono, muy diferente al del otro día cuando se encontraron por casualidad y le dió su tarjeta. Pensó que todos los días no teníamos el mismo ánimo, que a veces estamos preocupados por diferentes cosas o... simplemente que estaba de mal humor por cualquier cosa.

Esa noche volvió a tener un sueño vívido. Se encontraba tumbado en una cama de hospital, de nuevo inmóvil, desnudo. Una mujer vestida con pijama de cirujana, de ese color verde concreto, y manchada de sangre; esa médica lo envolvía en plásticos en la misma cama de hospital. Desde la ventana, nubarrones de lluvia dejaban caer tierra y arena en vez de agua. De pronto empezó a oírse música desde los aparatos de control médico. Una música de un viejo gramófono y repitiendo la misma frase: “Yes, it's a good day for singing a song, and it's a good day for moving alone; Yes, it's a good day, how could anything go wrong. A good day from morning' till night.”

No se despertó del todo. Se dió la vuelta en la cama y siguió durmiendo.      

El día en la sucursal bancaria fue como siempre, menos mal, orden, repetición, rituales, todo previsible y mundano, como debía ser. Ese día no se quedó a tomar un refresco con sus compañeros, fue directamente al supermercado, ese que olía mal, olía a alcantarilla, a desagüe. Compró sólo productos enlatados o envasados al vacío. Pronto sería sábado y podría ir al mercado a comprar productos de verdad. Se pasó a recoger tres tubos de óleo “rojo escarlata 334”, los que había encargado.

En casa, miró la lista provisional y preparó ese día albóndigas que venían en un paquete del supermercado, con tomate, orégano y cúrcuma. Ensalada de una de esas bolsas variadas y malditas que aliñó con aceite de oliva, pimienta molida y muy poco vinagre. De postre un flan de marca local que sabía a colorantes y saborizantes. 

Cuando terminó, fue a mirar el móvil y tenía dos mensajes de Lucía. Preguntando si podrían quedar esa misma noche a las 21:00 en un café llamado Hibris, en una calle peatonal y tranquila. No contestó y se dirigió a ver las noticias del día. Todas eran reciclajes de informaciones previas, nada nuevo.

Fue a su dormitorio buscando algo que ponerse en unas circunstancias nuevas para él, informal, pero no demasiado; formal, pero no demasiado. Debía jugar su papel, pero no tenía disfraces para ese nuevo rol. Usaría la camisa de la discoteca. No. La había tirado junto con el canasto entero de ropa. Así que optó por una vieja camisa azul y unos pantalones tejanos. Pronto llegaría esa nueva tormenta anunciada para el fin de semana. ¿Qué le diría para obtener información sin que ella sospechara nada? ¿Por qué iba a sospechar? Era periodista, curiosos por naturaleza. Y él debía ser más listo, más hábil. ¿Cómo? No se le daban bien las relaciones humanas. Volvía a recordar la letra de esa canción del bar: “Mira la boca del fusil. Vas a llevarte puro rafagón. Dale, toma, toma, toma...” Y una sonrisa iluminó su cara. 

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La canción de Gloria Lasso

—¿Otra copita?— preguntó María a sus aburridos invitados.

El coñac era tentador, pero no tuvo éxito en aquella ocasión; algunos incluso comenzaron a dar señales de que no pensaban quedarse mucho tiempo.

Las casas situadas en las afueras gozan de una paz desconocida en las ciudades, pero a menudo pecan de exceso de carácter, sobre todo las antiguas, imponiendo su obstinado silencio a quienes las habitan para mejor escuchar los propios crujidos. Tal vez la magnífica alfombra del salón, de la que tan orgullosa estaba su dueña, los muebles del siglo pasado y el aroma de la madera añeja tuvieron algo que ver con que el ambiente se hubiera relajado hasta el punto de invitar mas al sueño que a la conversación.

La cena había sido espléndida y el vino aún mejor, culpables en buena medida ambos de que aquella reunión de viejos amigos hubiera tocado fondo poco después de la medianoche. O quizás sea mejor no buscar otras razones y baste con decir que, por llevarlo ya ellos dentro o por haberlo contraído de algún rebuscado modo, el aburrimiento se había apoderado de todos ellos hasta que el murmullo de las conversaciones fue dejando paso al silencio, ya sólo desafiado abiertamente por Alberto, que cantaba suavemente la conocida canción de Gloria Lasso:

         “Nunca sabré por qué siento tu pulso en mis venas,

          Nunca sabré en que viento llegó ese querer...”

—¡Ah!, ¡por Dios!, deja esa maldita canción —le recriminó María—. Cecilia se pasaba todo el día cantándola.

Y aquel nombre surgió como un clavo ardiendo al que se aferró la conversación en un último intento, acaso póstumo, por no caer al vacío.

 —¿Qué ha sido de ella?— Preguntó Marta, sorprendida por no haberse acordado antes de la amiga de antaño.

—Ni idea. Es como si se la hubiera tragado la tierra— respondió María. —No he vuelto a saber nada de ella desde hace tres años, cuando nos aguó la fiesta con aquella maldita historia. Y sinceramente, desde aquel día, tampoco me he preocupado mucho de buscarla: si quisiera, ella sabría donde encontrarme.

—¿Qué historia?— terció Alejandro, que trataba desesperadamente de huir de un nuevo acceso de locuacidad de Juan Antonio, el cura eternamente enfundado en su sotana, inmune a cualquier desaliento.

—La verdad es que preferiría no hablar de eso— se disculpó María.

Unos cuantos ruegos inopinadamente calurosos, y su enraizado sentido de la hospitalidad, la impulsaron a ceder a pesar de que no le apetecía para nada recordar lo sucedido.

 La botella de coñac comenzó a pasar de mano en mano ante la expectativa de una historia, y los que, distraídamente, habían recogido sus guantes o su encendedor, volvieron a dejarlos en su sitio y se arrellanaron en sus asientos.

A la vista de que la noche aún podía saldarse con algo más que los obligados cumplidos y los saludos de rigor, la anfitriona decidió no hacer un simple esquema de los hechos y se lanzó a contar una verdadera historia, como todos esperaban.

—Hace tres años—empezó con voz voluntariamente engolada— nos reunimos el día de los Santos Inocentes y nos fuimos a cenar a casa de Miguel, en la ciudad. Sólo estábamos Miguel, Sonia, Cecilia, José Luis y yo. Los demás, no tengo ni idea de dónde os habíais metido ese día. Después de cenar nos pusimos a hablar hasta que la conversación se fue apagando poco a poco. El silencio empezaba a hacer estragos cuando Miguel propuso, medio en serio medio en broma, que hiciéramos espiritismo, como en los viejos tiempos.

—Con esas cosas no se juega—. Interrumpió Juan Antonio, siempre atento a la oportunidad de introducir su cuña moralista.

—Tal y como nosotros pensábamos hacerlo no pasaba de ser un mero entretenimiento, como el parchís, pero Cecilia se negó en redondo. Se negó con tal vehemencia que llegó a parecernos un poco histérica, y ya sabéis lo raro que es eso en ella.

"Tuve una experiencia horrible una vez y no quiero volver a saber nada ni de espiritismo ni de cosa que se le parezca", nos dijo. Pero como era el día de los Santos Inocentes, creímos que nos estaba tirando el anzuelo para gastarnos una broma y le preguntamos qué había pasado.

"¿Os acordáis de Javier?" , preguntó.

“ Si, claro, ¡cómo no nos vamos a acordar! ", respondió José Luis.

" Pues no murió de un infarto, como todo el mundo cree. Yo estoy segura de que no".

Los cuatro la miramos sin atrevernos a abrir la boca, esperando que ella dijera lo que tuviera que decir: si era una broma la había llevado demasiado lejos. Pero su expresión no parecía la de alguien que preparara una inocentada.

" Mucho tiempo después de que los demás dejarais de interesaros por esas cosas, nos seguíamos reuniendo él y yo, como cuando éramos estudiantes. Cogíamos un libro y unas tijeras e invocábamos a un espíritu, siempre al mismo."

" El mismo del que habláis en la novela”, dijo Sonia, que sabía algo del tema.

" Sí, ese. Y le preguntábamos muchas cosas, del pasado y del futuro; algunas eran muy importantes y otras no pasaban de simples tonterías: ya sabéis como suele funcionar el tema. Lo más curioso es que, a la larga, he podido comprobar que sus respuestas eran siempre ciertas, por inverosímiles que pudieran parecer en principio. 

Era algo estupendo: era como tener un amigo que vive muy lejos y te cuenta cosas de un país extraño. Por lo que pudimos adivinar, en vida había sido un tipo magnífico y no había nada que temer de él mientras conserváramos nuestra buena disposición y nuestras buenas intenciones.

Luego, con el tiempo, el espíritu comenzó a mostrarse un poco más arisco con Javier, negándose a contestar sus preguntas o dándole respuestas ambiguas, pero a mí me seguía tratando igual que siempre.

En aquella época llegué incluso a soñar con él un par de veces. Yo misma sería la primera en decir que estaba obsesionada si no fuera por que se trataba de unos sueños rarísimos: él simplemente me sonreía, con su gorra ladeada sobre la cabeza, y desde su enorme estatura me miraba con ojos llenos de algo indescriptible, algo a medio camino entre la ternura y la pena. Entonces, daba un paso hacia mí y me ofrecía la mano, pero cuando yo la cogía él empezaba a desvanecerse y la tristeza se acentuaba en sus ojos. En ese momento, siempre en el mismo, me despertaba sobresaltada, aunque no con el terror de después de haber tenido una pesadilla.

Se lo conté a Javier y me dijo que se me estaba empezando a ablandar la sesera, y que si no durmiera sola no tendría esa clase de sueños precisamente. Ya sabéis como era Javier cuando bromeaba."

"¿Pero qué pasó luego?", preguntó Cristina, impaciente.

" Un día, un día tan húmedo y asqueroso como hoy, nos reunimos donde siempre y convocamos al espíritu, que parecía estar esperándonos, a juzgar por lo rápido que se empezó a mover el libro. Al principio todo fue igual que siempre, pero cuando llevábamos unos minutos haciéndole preguntas nos dimos cuenta de que una extraña luz blanquecina se extendía por todo el zócalo de las paredes. Javier se asustó un poco y le preguntó al espíritu si esa era su luz. La respuesta fue totalmente afirmativa y yo también me asusté, y más aún cuando la luz abandonó el zócalo de la pared y empezó a reptar por el suelo, como una mancha blanca, hasta rodearnos. Entonces, dejando el libro de lado, nos agarramos con todas nuestras fuerzas para enfrentarnos a lo que pudiera suceder.

El cerco de luz se estrechó aún más, hasta que se convirtió en un círculo bajo nosotros. En ese momento pareció tomar forma en el aire y se introdujo por nuestras bocas hasta que desapareció como si de verdad nos lo hubiéramos tragado.

Desde luego, cuando ocurrió esto, encendimos las luces y nos fuimos a la calle a toda velocidad. Javier dijo no encontrarse muy bien y se fue a casa.

Tres días después había muerto. Fue la última vez que lo vi."

”¿Y tú? ", le preguntó Miguel.

"Yo también me sentí rara, pero no puedo decir que fuera una sensación desagradable. Desde que ocurrió aquello me pongo enferma sólo de pensar en una sesión de espiritismo. Aunque sea en broma".

—Así que, después de escuchar esto, los cinco, amedrentados y cabizbajos, salimos a la calle a tomar unas copas, a pesar de la lluvia.

—La historia no deja de ser curiosa, pero tampoco es para tanto— dijo Alberto.

—Es que aún no he terminado. A mí, lo que realmente me dio escalofríos fue ver cómo, a pesar de la buena temperatura, el agua de la lluvia formaba carámbanos en los bajos del abrigo de Cecilia.

Feindesland. 1993

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Continuará... 8

(Como a lo mejor ya no encaja en el concepto "Relato corto" y me paso aporreando teclas para esta historia... esta parte viene de aquí: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7 )

***

Juan se levantó como siempre a las ocho en punto, preparó el desayuno según la lista semanal, tostada integral con aceite y queso fresco y un té de jazmín. Un rayo de sol matutino se colaba en la cocina, parecía que hoy haría un día despejado aunque algunas nubes corrían tras la torre del campanario.

Las ganas de leer las noticias crecían en su interior, pero sólo leía noticias después de la comida del mediodía y tras recoger la mesa.

Salió al jardín y se fijó en que un pequeño trozo de plástico estaba ensartado en una espina del rosal. No era posible, el rosal está a unos dos metros de distancia de donde preparó el paquete. Imposible, pero ahí estaba. El azar, como siempre, jugando con la realidad. Cogió el trocito de plástico y se lo llevó a su taller, quería comprobar si era del mismo tipo de plástico que el que usó el otro día. Efectivamente, lo era. Repasó mentalmente sus movimientos y no encontraba explicación, a no ser que mientras acercaba el plástico al cadáver, al ser tan grande... No, no encontraba explicación. Fue a la cocina, y usando el soplete de cocina, lo quemó en el seno del fregadero.

Ese detalle le obligaba a revisar a fondo el maletero del coche. Se vistió de calle y se dirigió a donde tenía el coche aparcado.

Aun era temprano para que las tiendas estuvieran abiertas pero no para los corredores que, con el despuntar del alba, ya estaban sudando la camiseta con los auriculares calados en las orejas. Un señor, que apenas podía dar dos pasos, medio andaba embutido en camiseta y pantalón corto, sano, muy sano. Una jovencita enmorcillada en ropa de colores tan reflectantes que había que mirarla con gafas de sol, el volumen de la música era tan alto que se podía adivinar la música rítmica que estaba escuchando. También estaban los madrugadores paseadores de perros, al menos el perro que se cagó al lado de su coche tenía un cuidador que recogió el excremento con esas bolsitas anudadas a las correas de los chuchos.

Juan abrió el coche y fue directo al maletero. Y allí estaban. ¿Cómo se había olvidado de las bolsas de esa cadena de supermercados que llevaba para las compras? Él, metódico, concienzudo, tenaz, no se había acordado de que las llevaba cuando metió el paquete en el maletero. Podría cogerlas y tirarlas a la papelera que había cerca, pero no quería tocarlas, obsesivo como estaba todo le parecía imposible. Sacó un pañuelo de papel de su bolsillo derecho del pantalón y cogió las bolsas reutilizables. Cayó en la cuenta de que las había tocado y manipulado docenas de veces. Se sintió ridículo. El paquete de plástico no podría de ninguna manera haber contaminado sus bolsas. Ni el fondo del maletero. Pero ese trozo de plástico ensartado en el rosal no le había gustado nada. Azar, maldito azar.

Arrancó el coche y lo llevó a un lavado de coche, por el camino observó que algunas calles seguían embarradas de la fuerte tromba de agua, otras estaban más secas, algunas alcantarillas estaban cegadas de barro y objetos, algunos operarios del ayuntamiento ya estaban limpiando muchas zonas. En el lavado de coches se fue directo a la zona de aspiradores y pasó estos concienzudamente, obsesivo. Miró y remiró cada esquina buscando algún error, algún “plástico en el rosal”.

Satisfecho, se dirigió en coche a la zona donde había tirado el paquete, pasó lentamente por allí y ya nadie estaba mirando el cauce del río.

En la zona de su casa, hoy no había aparcamiento cerca, así que lo dejó al principio de la calle. Al bajarse del coche vió cómo la señora “tutticolori” sacaba a su perro a pasear, la siguió mientras se dirigía calle abajo, hacia su casa, la observó y se dio cuenta de que miraba a veces por las vallas de las casas con la excusa de que su perro se paraba en ese lugar a hacer sus cosas. Vieja del visillo tres punto cero, cotilla sin vida de toda la vida.

Cuando llegó a su casa se quedó en la puerta con la botella de vinagre rebajado con agua, desafiante, la señora colorida levantó la cabeza, sin darse por aludida, y tironeó del chucho hasta sobrepasar su portón.

Juan miró la lista de comidas de hoy. Filetes adobados con arroz hervido y ensalada de pimientos asados. Pero no podía esperar más, tenía que leer las noticias del día saltándose sus propias reglas.

Sabía, sentía que esto era un error por su parte, un error de protocolo, pero si el azar a veces jugaba riéndose del mundo, pensó que él también podría reírse del azar. Conectó su portátil con el cable de red al router. Navegó por las noticias en el mismo orden de siempre, primero locales, luego regionales, nacionales e internacionales. Hizo clic en un anuncio de guantes de jardinería, y en una web de creación de páginas web a buen precio. En la información local había una noticia que le dejó sorprendido,

Ana Ferrer de 38 años se había declarado como desaparecida, pero además era la hija de un inspector de Policía de la localidad vecina, los periodistas cotillas habían conseguido su historia personal, divorciada el año pasado, trabajadora en Servicios Sociales en su localidad, buena persona. Su padre movería “Roma con Santiago” para encontrarla, el ex marido parecía que estaba en paradero desconocido. Azar. Buscó más información de la historia. En la prensa más amarilla de la zona se decía que iba a encontrarse con un amigo y que nunca llegó a su casa, había una foto del joven en cuestión. Y unas fotos de su padre hablando a los medios. No encontró los vídeos de sus declaraciones, pero claro, su hija tenía que aparecer, y lo de las 24 horas era una chorrada de las películas. Qué curioso es el azar, pensó Juan. ¿Pondrían más esfuerzo en localizarla? ¿Menos si era un comisario no querido? Azar.

 Ahora ya se podía ir a comer tranquilamente.

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Una bacteria muy simple

-¡Qué más da qué gen sobreviva! –dijo Hans Bolber dando un puñetazo sobre su atril.

-Porque de eso se trata, porque esa es la única explicación biológica de la especie humana, de todo organismo vivo, plantas, insectos, o marsupiales... –Manuel Codoheria no iba a dejar pasar el comentario de su colega.

Estas reuniones se habían vuelto eternas en esos años, donde la población humana había disminuido en un cincuenta por ciento... Entre el cambio del clima terrestre, la baja natalidad, la economía secuestrada en un absurdo cajón de sastre; el mundo humano, la construcción humana de sociedades, culturas, deseos, sueños, ideas se había modificado tanto que sólo quedaban posturas extremas, blanco o negro, arriba o abajo. Muerte o vida.

-Debemos dejar de pensar que nuestra supervivencia como especie depende de sobrevivir como individuos –respondió Hans, mirando con ojos de acero al grupo de biólogos del departamento de exobiología.

-¡No! –respondió rotundo Marcel Muró, tan enfadado que su puño cerrado se volvió casi blanco- Una ameba, un virus, un mecanismo vivo o no vivo sólo quiere sobrevivir, copiarse y multiplicarse... ¿Por qué razón? Dígame, por qué razón.

-¡No! –dijo Hans, golpeando de nuevo su atril- No es así, los organismos dependen de otros, dependen de los demás, de comer y ser comidos, en un grado concreto y correcto, sin esos mecanismos de interacción, no existe tal constructo humano de mejor gen para nada, para todo.

-Señor, Bolber, tenemos una secuencia de ADN de un organismo extraterrenal... –respondió Mauro Belbera, de la ESA.

-¿Y qué? Sin una estructura encadenada de ecología, repito de ecología sistemática, nada importa nada, es como si no me explica quién depredaba a los aliens insectívoros de la película del mismo nombre, eso no existe, no puede existir.

-Final de la cadena –Añadió el doctor Codoheria.

-No hay tal cosa. Los humanos no somos final de ninguna cadena. ¿Sabe lo que pasa cuando el planeta pasa a modo frío? ¿O cuando pierde la capa protectora del campo magnético? Que esos que usted llama final de cadena, acaban jodidos. Todos.

-Evolución –dijo el doctor Muró agachando la cabeza.

-Ecología, sistema ecológico, todo está enlazado con todo, el clima es un sistema ecológico, si lo rompe, rompe todo –Hans dejó el atril y se fue a su asiento.

 Nadie estaba dispuesto a apostar porque el ADN extraterrestre encontrado en Venus pudiera ayudar a entender la realidad humana, porque simplemente era una cadena genética muy simple, de una bacteria muy simple. 

(Escrito en 2020 para un fanzine... ContinuumST.)

 

 

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Cuarenta almas para servir

- ¿Cuantos tienes ya?

- Ocho varones y dos hembras.

- No estarás contando al tabernero…

- ¿Por qué no? Yo lo maté…

- Pero no lo mataste con tus manos, le prendiste fuego a la casa y él estaba dentro. No podrá servirte…

- Siete hombres entonces.

- Y la morena estaba embarazada. Tampoco estará en el valle.

- Por el maldito Ahba ¡¿Por qué quieres encender mi ira?!. ¡Déjame en paz!

Garth calló, pero siguió zahiriendo con la sonrisa al joven Creec.

Cuando marcharan al valle infinito tras entregar la vida en combate, ya lentos y débiles por la edad, aquellos a quien dieron muerte estarían esperándoles en una gran casa de piedra para servirles durante toda la eternidad.

Y Garth sería mucho más importante que Creec ya que, aunque decía contar con ocho, no le había quitado la vista durante el combate y apenas había logrado la mitad, mientras que él ya guardaba las vidas de al menos cuarenta esclavos. Su casa sería más grande, los pastos para sus rebaños más extensos y Ahba, el buen dios del fuego y la venganza, lo visitaría a menudo.

Así estaba escrito en las viejas Piedras del Mandamiento y así lo leían los sacerdotes del ritual previo a la batalla.

Era la quinta vez que participaba en un viaje de saqueo y habían llegado más lejos que nunca, navegando durante una luna entera para llegar a la aldea que señaló Jahn el pestoso. No había mentido: Además de mucho oro, el preciado hierro y el vino, lo habitaban muchas vírgenes y campesinos jóvenes fáciles de matar.

A su vuelta, celebrarían la victoria con el vino, el oro compraría barcos más grandes y rápidos para llegar todavía más lejos y el hierro forjaría más y mejores armas para la próxima incursión.

De esto hablaban los guerreros eufóricos alrededor de la hoguera, riéndose de los lances del combate, confiados en que nadie había sobrevivido.

Nadie reparó en el muchacho que escapó de la masacre y consiguió llegar a la aldea cercana para dar la alarma. Por eso, al caer dormidos ebrios de victoria y vino, nadie quedó de guardia. Por eso sufrieron la tremenda humillación de ser muertos mientras dormían, indefensos, por una horda de campesinos armados con aperos de cultivo.

Despertó desnudo y dolorido sobre un catre, en la única sala, oscura y fría, de una pequeña cabaña de madera mal construida. Miró su cuerpo. No estaba la cicatriz que le hizo el viejo Gronak cuando era joven y le descubrió forzando a su hija. Tampoco estaba la quemadura del costado que se hizo cuando se peleó con Frehn y cayó sobre la hoguera. Ni los tatuajes que deberían haberle protegido de morir antes de conseguir diez veces diez esclavos.

Su cuerpo estaba limpio de cicatrices, el vello y la cabellera de color blanco, y la piel surcada por arrugas y manchas en lugar de símbolos y dibujos. No despertó de la muerte con el cuerpo joven y fuerte que fue atravesado por un palo afilado la noche anterior, sino con el de el anciano achacoso que nunca llegó a ser. No era así lo que había oído leer tantas veces a los druidas en las Piedras del Mandamiento.

Supo que había cruzado la montaña y estaba al otro lado de la vida, donde debería disfrutar de la gloria y honor ganado en batalla siendo servido por aquellos a quienes se llevó consigo arrebatandoles la vida.

Estaba desconcertado, había ganado el derecho de una gran casa de piedra, pero aquello era una pequeña choza de campesino. Debia tener el cuerpo fuerte y lleno de vigor de un joven, pero era el cuerpo gris de un viejo.

Al incorporarse le dolió la espalda. Al levantarse, las rodillas. Al ponerse los harapos que colgaban de una estaca en la pared, los brazos. Y salió al exterior.

Los sacerdotes hablaban de una eterna primavera, pero una fina capa de nieve cubría el valle hasta donde alcanzaba la vista. Allí, esperando frente a la puerta, estaban sus 40 esclavos, y su visión le turbó. Las piedras sagradas prometían que llegarían sanos y fuertes ellos para trabajar sus campos, hermosas y jóvenes ellas para disfrutarlas durante toda la eternidad. Sin embargo, tenían frescas las espantosas heridas por las que escaparon sus vidas. De ellas goteaba sangre sobre la nieve, un charco rojo bajo cada cuerpo.

Sus miradas recriminadoras distaban mucho de la actitud pasiva y respetuosa que se espera de un esclavo. Trató de que su voz tronara para disimular el estupor y gritó:

-“¿Que hacéis? ¡¡Al trabajo!!"

Pero su antes robusta voz era ahora como un débil mugido que no conmovió a nadie.

Un campesino se adelantó. Le recordaba perfectamente por ser la primera vida que robó, en su primera incursión con 16 años. Donde debía estar su brazo izquierdo chorreaba un muñón con tendones y jirones de carne prendidos, y tenia el rostro cruzado de tajos, pues el joven Garth había intentado superar su propio miedo desatando la cólera contra aquella cara que ahora sangraba frente a el.

Y el campesino dijo:

- Tenemos hambre. Sirvenos.

El hombre que fue Garth en vida, ante semejante atrevimiento, le habría arrancado la lengua, pero ya no era ese hombre, su cuerpo no era el mismo ni su espíritu tampoco. Ahora le sobraba miedo, le faltaba valor y le escaseaba la fuerza.

El campesino le señaló los campos que debía cultivar, las reses que debía cuidar, el río de donde debía acarrear agua, la leña que debía cortar, y ya conocía el duro camastro donde reposaría el tiempo que le fuera permitido.

Maldijo al dios Ahba y maldijo al joven Creec que debía atender las necesidades de solo cuatro cadáveres andantes.

Pero a quien más maldijo cada hora de cada día de la eternidad fue a los inútiles de los sacerdotes que tan mal leían las Piedras del Mandamiento

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La herencia de tía Laura

Lo más fácil hubiese sido dar las llaves a los de la mudanza y esperar en Barcelona a que llegasen los muebles que había decidido quedarse. Lo más fácil hubiese sido limitarse a trasladar lo que valía la pena y dejar que la empresa de limpiezas decidiera qué hacer con el resto. 

Todo es más fácil que la sensatez.

Al final, aunque sabía que no podía llevarse consigo los recuerdos de la tía Laura, ni su ropa almidonada, ni sus libros, no quería desprenderse de ellos sin un vistazo siquiera. Los pisos de hoy en día tienen que ser pequeños, pero su estrechez no ha de trasladarse obligatoriamente a los recuerdos que pueden acumularse en la gente que los habita. Precisamente por pequeños, los pisos actuales inducen a tener buena memoria, porque no es posible ya atesorar aquellos cachivaches que antes se arrumbaban en desvanes y rincones, imposibles de interpretar para quien no conociera exactamente su procedencia, o la razón sentimental por la que en su día no fueron directamente a parar a la basura.

No podía llevarse los papeles, ni las lámparas, ni siquiera más de una docena de aquellos tapetes de ganchillo a los que la tía Laura había dedicado los últimos años de su vida. Pero podía, sentía que era su deber, intentar comprender a aquella mujer hosca y malcarada que le había resuelto la hipoteca.

Las dos o tres veces que trató de entablar conversación con ella recibió sólo frases cortantes y respuestas vagas. No lo intentó más y eso era culpa suya: nadie que se aprecie entrega su vida al primero que pasa. La tía Laura no se había abierto nunca a nadie: ni los más allegados conocían su más detalles de su vida que los que conocía todo el barrio. Solterona empedernida, devota sin misticismo, poco visitadora y menos amiga aún de ser visitada, rápida en la susceptibilidad e implacable con las pequeñas travesuras de los niños. Sin embargo, a pesar de su conocida tacañería, o precisamente por ella, sus sobrinos le debían ahora la resolución de unos cuantos problemas económicos. El testamento era escueto: “Ahí os queda todo. Haced lo que queráis con ello. No mando que me digáis misas, ni espero que me pongáis flores. Haced lo que os dé la gana.”

Una última voluntad redactada en esos términos inducía a un hombre como él a preguntarse si no hubiese valido la pena sentarse alguna vez más frente a ella y buscar algún pretexto para entablar ina conversación que fuese más allá del tiempo, la salud y las pequeñas reparaciones de la casa. La tía Laura no daba facilidades, cierto, pero hubiese sido su deber intentarlo. Un psicólogo es también psicólogo para eso.

A causa de aquel pequeño remordimiento había ido a la vieja casa familiar en lugar de esperar tranquilamente en Barcelona, como ya está dicho. Y por esa comezón dedicó la tarde a hurgar entre los papeles y las cosas de la tía Laura tratando de saber algo más de ella, intentando adivinar qué pasaba por su mente cuando sus ojos grises miraban sin ver la aguja. Estaba convencido de que el carácter hosco de latía provenía con toda seguridad de algún tipo de desengaño, de algún resentimiento oculto. Su rostro siempre contraído parecía más que otra cosa una cicatriz moral, porque así son las cicatrices, que cobran diversas formas: en quien las asume se llaman experiencia; en quien no, sólo rencor y misantropía.

Como si se dispusiera a abrir un codicilo de la última voluntad, desató las cintas que rodeaban la carpeta donde la tía Laura guardaba la correspondencia y fue echando un vistazo a la cartas de todas las épocas que allí se amontonaban.

Al caer la noche, aún no había terminado, pero había llegado ya al convencimiento de que aquellas cartas no eran más que pequeñas crónicas chismosas, intercambios de maledicencias, invitaciones y buenos deseos: escombros de fingimientos sociales, sobre todo.

En toda la carpeta no había nada personal. Ni una mínima coquetería, ni rastro de un beso traicionado en aquellas letras. Ni tampoco en las fotografías. Sólo parientes y alguna amiga. Nada más.

La tía Laura parecía no haber tenido más vida que la pública, más ocupación que sus clases de piano ni más entretenimiento que el café con pastas, la partida de cartas con otras solteronas como ella, y centenares de variaciones, permutaciones, combinaciones de todos los diseños posibles de tapetes de ganchillo.

Dispuesto ya a marcharse y apagar por última vez la luz de aquella casa, decidió elegir media docena de libros para que no todos pasaran a los estantes de la librerías de saldo.

Cogió una vieja edición de la Iliada, otra de los Viajes de Gulliver, Madame Bovary, Rojo y Negro y la Regenta. En este último libro, un tomo importante encuadernado en piel, notó que algo abultaba, y lo abrió.

Era una rosa, una rosa blanca absolutamente seca, prensada hacía décadas. Era la primera nota de ternura que encontraba en aquella casa rancia y polvorienta. Con manos torpes trató de cogerla y se le cayó al suelo, deshaciendose completamente.

Cuando recogió los fragmentos para devolverlos al libro, comprobó que los pétalos de la rosa estaban atravesados por largas marcas, como si alguien hubiera clavado las uñas a la rosa antes de dejarla en el libro.

Esas pequeñas cicatrices en un flor olvidada le hicieron comprender que al fin y al cabo sí hubo una historia oculta. No había ya manera de saber la causa por la que la tía Laura había clavado su uñas en aquella carne blanca, pero el espectro de la rosa había vuelto de otro tiempo a contar su dolor. 

Tarde y cuando no servía ya de nada, salvo para un exorcismo en la papelera.

Del libro "Veinte cuentos que no mienten". Feindesland. 2012

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Guadarrama 1981 (testimonio real)

Ni siquiera fue a cien kilómetros de Madrid. Yo creo que el pueblo está a algo menos, aunque me pase como a Cervantes y prefiera no recordar su nombre.

Ni siquiera fue en tiempos de Franco. Fue en el año de Tejero, año tricornudo y melindroso que hizo Presidente al que menos lo esperaba, porque los demás esperaban aún menos verse a sí mismos cagados patas abajo.

En medio de un secarral había una carretera, y en una curva de la carretera había un mesón que bien valía su nombre: una mesa de grandes proporciones con cuatro bancos corridos, servida por una perola que ablandaba en la cocina las vacas bisabuelas que cocinaba mi madre.

Tenía yo entonces nueve años, pocas ganas de estudiar y menos aún de hacer los deberes. Las notas no habían sido buenas, el maestro era malo y borrachín, la escuela fría ty las noticias aún peores: mi padre no se había despeñado; sólo se había ido con otra.

No sé que fue lo que hice. Derramar algo de vino, quizás, cuando fui a servir a un camionero. O dejar caer una taza. Recuerdo eso sí, la hostia que me llevé. Con la mano abierta. Y recuerdo el oído zumbante. Y recuerdo la segunda hostia, y a mi madre llamándome inútil, y piojoso, y maricón, y lamentándose de no haberme reventado contra el suelo el día que nací.

No era la primera vez, y un par de parroquianos se removieron incómodos en sus taburetes.

-No son maneras, mujer terció el camionero.

-Tú come y calla. O marcha de aquí ahora mismo -respondió mi madre.

-No son maneras, joder -insistió él.

-Los palos que me dio su padre se los va a llevar él uno por uno, ¿o qué te crees? A este le arranco el pellejo, antes de que salga como el otro cabrón.

El camionero se levantó y le rompió a mi madre la nariz de un puñetazo. Ella chilló, y el segundo golpe le saltó un diente. Se quedó en el suelo, sollozando.

-¿Algo que decir? -preguntó el camionero a los otros parroquianos, que habían hecho ademán de acercarse.

-Tengamos la fiesta en paz -dijo Segismundo, el vaquero.

-Pues que haya paz. Y tú levanta de ahí, y ponme copa y faria.

Y mi madre se levantó, le puso la copa y le trajo una faria.

Recuerdo que me guiñó, detrás del humo.

Y después de pagar, prometió volver. Y dejó veinte duros de propina.

Y volvió.

Y me dejaba veinte duros cada vez que venía. Hasta que un día que se quedó a dormir. Y allí vivió hasta el año 2016. Con mi madre. Que no volvió a levantarme la mano.

La enterramos en febrero.

No le guardo rencor.

Te lo hicieron pasar mal.

Yo te creo, hija de puta.

Feindesland. 2020. Lo escribí en formato relato, pero pertenece a una especie de entrevista. El que lo contaba lo hacía en primera persona, poco después del final del confinamiento. Pensé que daría para un reportaje, pero me dijeron que no.... Y nunca lo investigué más.

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El revólver del azar

Un hombre sentado en un banco bajo la lluvia mira su reloj y espera. Tiene unos cincuenta años y va vestido de oscuro, con un traje a la vez anticuado y flamante.

De cuando en cuando alza la vista hacia una ventana iluminada en el edificio de enfrente. Es un edificio antiguo, de tres plantas, habitado seguramente por dos o tres ancianos que extenúan un alquiler rancio, uno de esos alquileres que disuaden al propietario de las mejoras y al inquilino de la mudanzas. Es un edificio demasiado elegante para la zona de la ciudad que ocupa, para el tugurio cervecero que se ha instalado en los bajos, para el ruido del tráfico que soporta. Es un residuo de otra ciudad más pequeña y sosegada, engullida por el hormigón y los cristales de la modernidad.

Son las siete y cuarto de la tarde y nuestro hombre aguarda desde hace veinte minutos bajo la lluvia, que ni crece para chaparrón ni acaba de escampar del todo. Pensó primero resguardarse en un bar, pero el agua le da igual. No quiere ver a nadie y en los bares hay que cumplir con el ritual cívico del saludo, las cuatro palabras al camarero y el continuo parloteo de los demás. El que diseñó al ser humano tuvo una gran idea al ponerle párpados para poder cerrar los ojos, pero se olvidó de un dispositivo similar para los oídos. Nuestro hombre no quiere ver ni oír a nadie: por eso no se ha refugiado en un café ni en ninguna parte. Por eso sigue bajo la lluvia. El agua es lo de menos.

De hecho, sólo gracias a la lluvia ha conseguido mantener la tranquilidad, no tirarse de los pelos o darse de cabezazos contra una farola. Para él la lluvia es un sedante que limpia por igual el sudor de la frente y los desasosiegos del alma. La lluvia es la única clase de ducha capaz de alcanzar los más resguardados rincones del ánimo. Le gustaría que de una maldita vez se pusiera a llover a cántaros, para que encogiera aquel traje que había pasado veinte años en un ropero sin salir más que media docena de contadas ocasiones. Le gustaría que lloviera meses y años seguidos, sin parar, como en aquella novela de García Márquez en la que todos se llamaban igual y la gente ascendía a los cielos sin necesidad de morirse. Ojalá lloviese como en Macondo; sí, así se llamaba el pueblo de la novela, y los personajes eran todos Auerlianos, Úrsulas y Amarantas, porque todos era en el mismo. Igual que en la vida real: todos somos el mismo, con diferencias que nos parecen sustanciales porque no somos capaces de alejarnos lo bastante. Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento, el profesor Leandro Martínez había de recordar aquella tarde en que se puso a pensar estupideces bajo la lluvia porque no se atrevía a pensar en potra cosa. Ese era él, y seguro que ni para pelotón de fusilamiento daba su vida como no llegase el día que fusilasen a los aburridos.

El profesor vuelve a mirar el reloj y ensaya una mueca irónica, dirigida más a sí mismo que a la luz de la ventana. Se levanta un instante y llama al portero automático. No responde nadie y vuelve al banco con una sonrisa, la primera del día, la primera de mucho tiempo, pensando que no es mala cosa tentar de vez en cuando a lo imposible. Es perfectamente cabal creer en los imposible: lo que es de loco es creer en lo improbable.

Pasan los minutos, lentamente, bombardeando con su goteo cada enclave de la memoria, incluso los más inaccesibles, como el barro de los charcos que pisaba en la infancia o el acné juvenil del rostro de Consuelo. Son tan livianos esos retazos que se van igual que vienen, sin ancla que los fije ni huella que los delate. Después de mirar de nuevo el reloj y comprobar que la aguja no ha avanzado más que un par de minutos, el profesor se ha quedado mirando a una monda de pistacho en el suelo, contando el número de gotas que la alcanzan. Esa monda de pistacho, en medio de un campo de futbol, tendría una probabilidad ínfima de recibir una gota de lluvia si sólo cayera una gota, pero dejad que llueva media hora y veréis como la probabilidad aumenta hasta convertirse en casi absoluta certeza. Cada gota tiene la misma ínfima probabilidad de caer sobre el pistacho, pero la sucesión de gotas convierte un suceso cercano a lo imposible en un suceso casi seguro. Eso es lo que ocurre cuando el caso discreto se convierte en continuo, lo mismo que en el famoso problema de la moneda que se lanza al aire mil veces: cada vez que se lanza tiene las mismas posibilidades de caer del lado de la cara como del de la cruz, y sin embargo, si han salido trescientas caras seguidas, la función de distribución indica que se debe apostar sin dudarlo a que la siguiente será cruz. Se ha equivocado ya doscientas noventa y nueve veces, pero la función insiste. Insiste porque sabe que tiene razón y que, al final, se saldrá con la suya si la moneda se lanza suficiente número de veces.

Eso es lo que enseña a sus alumnos. Y eso, también, es lo que ha pasado con su vida. Eso mismo. Al final, la suerte y la probabilidad es sólo cuestión del ritmo al que se repiten los sucesos. Nada más. Un suceso imposible se convierte en probable cuando la repetición de ensayos es lo bastante abultada. Pero luego hay algo más que no explica en clase pero que lleva algún tiempo rondándole la cabeza: en los ensayos fracasados, en las gotas que no caen sobre la monda de pistacho, habría que diferenciar las que fallan por un milímetro de las que fallan por un metro, o por dos kilómetros. Algo hay, aunque no lo describa ninguna fórmula, que diferencia al soldado que se libró de la muerte por un milímetro del que solamente oyó pasar las balas a cinco metros. Es posible que el que tuvo la bala más cerca tenga menos posibilidades de ser alcanzado por la siguiente que el que ni siquiera la oyó cerca; igual que con las monedas: una cara necesita de una cruz para dejar la función igualada; una disparo cerca necesita de uno lejano para que el sistema se mantenga.

Nuestro hombre vuelve a sonreír: ni en un día así puede dejar de ser profesor de estadística.

Lo malo es que uno nunca puede dejar de ser lo que es. Puede fingirlo, como mucho, o aparejarse una careta, pero las metamorfosis auténticas son más improbables.

De pronto empezó a llover un poco más fuerte, pero el hombre ni se dio cuenta: estaba demasiado ocupado contando los impactos sobre la monda de pistacho. Tenía que concentrar en esa tarea toda su atención para que su mente no se desviase hacia donde no debía. Tenía que seguir ese hilo como si le fuese la vida en ello.

Estadística y probabilidad. ¿Puede ser la probabilidad una forma de matar? o, al contrario, si no hay más arma que esa, ¿se trata sólo de un accidente? Podría ser. ¿Qué ocurre si se le da a alguien un medicamento, un medicamento totalmente inofensivo, y el paciente resulta ser alérgico?, ¿qué pasaría si un médico loco se dedicara a administrar ese medicamento inofensivo a todos los pacientes de un hospital a sabiendas de que, por término medio, un cero coma dos por ciento de los pacientes son alérgicos? Sería el crimen perfecto.

Eso fue. Un crimen perfecto. Eso mismo: una maldita casualidad criminal en la que nadie podía haber pensado.

El hombre da una patada a la monda de pistacho y la ve colarse por la única rendija despejada de una alcantarilla próxima. Otro hecho improbable, y sin embargo cierto.

Pasan otros cinco minutos. La lluvia arrecia. El hombre saca un pañuelo del bolsillo de la americana y se seca la cara con gesto fatigado, como si acabara de realizar un gran esfuerzo y fuera sudor en vez de lluvia lo que estuviera enjugándose.

De entre el barullo del tráfico emerge una furgoneta blanca y el hombre se levanta para hacerle señas con los brazos.

Es el cerrajero, que por fin aparece. Mucho servicio veinticuatro horas y mucho asegurar que están siempre disponibles, para luego tardar tres cuartos de hora cuando se los llama un domingo.

  Los demás inquilinos del inmueble, ancianos todos, están pasando las vacaciones con los hijos, así que no hay nadie en el edificio. La cerradura del portal logra resistir dos minutos justos a la pericia del operario. La de la puerta de la vivienda aguanta un poco más, pero no mucho: sólo es el pestillo lo que hay que vencer porque el pasador no está corrido.

Nuestro hombre paga al cerrajero, se quita el abrigo y lo deja en la percha. Acto seguido recoge el llavero en el gancho del recibidor y se lo mete en el bolsillo, echando por primera vez de menos a Consuelo en aquella casa vacía.

Ella era la que estaba siempre en casa y ella la que llevaba las llaves cuando salían juntos. ¿Cómo no iba a olvidarse él de las llaves la tarde de su entierro?

Veinte cuentos que no mienten. Feindesland.

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Psicosis de guerra

El humo se adensa en negras volutas que vuelan hasta sumarse al tizón del cielo, un cielo plano, estremecido de hogueras, de brillos dolientes, rugidos de motores y explosiones que no cesan. Los bomberos acuden a las llamas a toda prisa, no tanto por temor a que se extiendan los incendios como por aprovechar el lapso de paz que abandonan, como una limosna, las distintas oleadas enemigas. Los que aún pueden se suman a los bomberos; lo que no, lloran y miran, o miran ya sin llorar, espantados por la destrucción, por el diario derrumbarse de un imperio marítimo unido a sus colonias por cargueros y mercantes que sin remedio y a toda prisa van siendo devorados por los feroces submarinos germanos.  

Cualquiera que sea el final de la guerra nadie podrá ya reflotar esos naufragios y el imperio se perderá sin remedio; morirá ennegrecido como las viejas mansiones, como los altos tejados, como la fronda de chimeneas que se estrella contra el suelo cada nuevo bombardeo.

Londres trabaja, se afana, aprieta los dientes y se defiende, porque ni entienden sus habitantes de resignaciones ni el enemigo se conformaría con menos. Los alemanes no quieren que Inglaterra abandone su resistencia: la quieren dura, feroz, sajones contra sajones, piedra de su misma piedra. Quieren que resista, que resista hasta el extremo y después, al fin, se entregue. Así sucede al amor cuando no media desprecio. 

Pero esta vez el reposo es corto y vuelven ya las sirenas a estremecer el cielo con sus bramidos. Las de Ulises prometían deleites, estas sólo fuego y muerte, pero de igual modo se arrogan el privilegio de conducir voluntades y no vale ya atarse a un mástil para no escucharlas. Sólo queda dejar cualquier ocupación y correr, correr hacia el refugio o hacia el puesto de combate.

Las primeras escuadrillas de cazas cruzan enseguida el cielo en busca de sus oponentes británicos. Intentarán eliminar toda resistencia aérea antes de que lleguen los bombarderos, aparatos lentos y pesados, impedidos por el peso de sus vientres. Los ágiles Spitfire salen al encuentro de los Meschersmidt y traban batalla, apoyados por su artillería antiaérea, cañones miopes que tratan, unas veces con más éxito y otras con menos, de disparar solamente al enemigo.

En los subterráneos, los oídos permanecen atentos al fragoroso lenguaje de la lucha. Si los cazas alemanes son rechazados, difícilmente podrán los bombarderos consumar su labor destructiva.

El refugio de Picadilly es una antigua bodega donde se guardaban los vinos traídos de España, Jerez y Rioja sobre todo, el Burdeos francés y el oloroso Madeira. Al inicio de la guerra desalojaron las cavas, pero aún así el primer bombardeo se convirtió en una francachela de proporciones vergonzosas y el gobierno dio orden de desmontar y sacar también las últimas cubas.

Allí, bajo las marcas que señalaban las añadas y las procedencias de los vinos, se cobija ahora un centenar de esas personas que gustan de llamarse a sí mismas lo mejor de la sociedad, de las que cifran su mucha importancia en invitarse mutua y solidariamente a reuniones pretendidamente exclusivistas. En el grupo hay dos compositores, un escritor de folletones, un pintor afrancesado, cinco industriales, dos banqueros y hasta un lord echando pestes contra la incapacidad del Gobierno para llegar a un acuerdo con el condenado austriaco que gobierna Alemania. Entre los presentes se encuentra también Thomas Fletcher, conocido joyero especializado en grandes diamantes, que ha realizado no pocos trabajos para la corona. Su padre, Henry Fletcher, llegó incluso a obtener el título de Sir como agradecimiento a un servicio especialmente complicado, lo que prestó a la familia un cierto toque de distinción, muy conveniente para la buena marcha del negocio.

A medida que pasan los minutos va quedando patente que los cazas alemanes han ganado esta vez la batalla: el fuego antiaéreo, lejos de menguar, se hace más frecuente y apretado, señal de que los artilleros no deben ya contenerse por temor a que se les mencione como “fuego amigo” en algún parte de bajas.

Y sin hacerse esperar ni un instante empiezan a caer las bombas, con su estruendo de muerte y su temblor de agonía. Los edificios próximos al refugio se desploman como gigantes alcanzados por un tirador invisible. Caen con ellos los esfuerzos de toda una vida, los hogares de los atemorizados ciudadanos que se apiñan en el refugio, las obras de arte que les ha legado el espléndido pasado de su patria, sus refinados pintores, sus esclarecidos arquitectos, sus muy afamados y encarecidos piratas y bucaneros, sus audaces arqueólogos saqueadores de remotas tierras coloniales y sus gallardos bandoleros de peluca empolvada.

Una bomba estalla en las inmediaciones del refugio y un par de gruesos cascotes caen del techo, acrecentando los gritos de las mujeres y el llanto de los niños, a los que no hay ya modo de hacer callar a falta de alguien con ánimo suficiente para transmitirles tranquilidad. Centenares de ojos desconfiados se alzan hacia el techo calculando si resistirá un impacto directo o están en un lugar al que se le da el nombre de refugio por evitar palabras de peor gusto como sepulcro o panteón.

El sudor empapa los rostros, como un chubasco de miedo. La angustia se apodera al trote hasta de los más valientes, de los que han pasado anteriormente por experiencias bélicas en la Gran Guerra, o en las colonias. Un brigadier, en voz alta, califica de infamia la idea de llevarse las últimas cubas y varias voces de ambos sexos le dan la razón. Con una copita, el susto sería menos.

El ambiente se tensa. Los dos músicos se miran, perdonándose todas las descalificaciones mutuas, las rencillas, las envidias, los pequeños manejos con que cada cual ha buscado colocarse un escaño por encima de su colega; el escritor toma notas, nadie sabe si para un próximo relato o para su propio e improvisado testamento. Los industriales hacen corros, cada cual con su familia, todos juntos en un lado, formando manada aparte. El pintor, sentado en el suelo, parece haberse quedado extasiado en la contemplación del agujero que dejaron los cascotes caídos; no sabemos si lo pintará tal cual o lo convertirá en una alegoría de formas y colores, pero algo hará con él, a buen seguro, si sale de esta.

También Fletcher está angustiado, terriblemente preso en la ansiedad de su situación. Pero sus causas son muy distintas, mucho más prosaicas, infinitamente más vanales en apariencia. Sólo en apariencia. No teme a las bombas menos que el resto, pero otra idea fija su mente impidiéndole pensar en nada más: se está cagando. Apacible, mansamente.

Eso puede ser el final de su carrera, su ruina profesional, su descrédito definitivo. Eso puede ser la vergüenza de su linaje, la perpetua anécdota de su escarnio, la causa de su expulsión de todos los clubes, la razón de que hasta los limpiabotas le retiren la palabra. Eso puede ser un desastre sin precedentes, la implosión de la galaxia, el desplome de la bóveda celeste con cien gaiteros tocando Amazing Grace y Land of my Father .

El pobre Fletcher se tantea todos los bolsillos buscando desesperadamente una pistola con que pegarse un tiro, pero tiene que conformarse con sacar el pañuelo y secarse las copiosas gotas de sudor que le salpican la frente.

Como medida complementaria, maldice a los alemanes en tres idiomas serios y dos dialectos regionales, pero los pilotos germanos no parecen darse por aludidos y continúan arrojando su destructiva carga sobre la ciudad con metódica, cuadrangular, estabulada precisión.

Otra bomba vuelve a caer cerca, aún más que la anterior, y el techo saluda de nuevo a los refugiados con algunos trozos de cemento y una fina lluvia de polvo. 

Nuevos llantos, nuevos gritos. 

Otro apretón. 

Un anciano trata, en vano, de consolar a su nuera, presa de un acceso de histeria, que patalea como una loca gritando en un idioma desconocido para todos. Un famoso médico, allí presente, tras comprobar que la mujer no reacciona al estímulo del bofetón, diagnostica sobre la marcha un ataque de epilepsia y se apresura a quitarse el cinturón para colocarlo entre los dientes de la mujer y evitar que se muerda la lengua.

Se desabrocha el cinturón, sí. Nada menos.

Fletcher cree desfallecer ante la contemplación de aquel gesto, tan ansiado y tan lejano, y tiene que mirar a otra parte para evitar la emulación. La mujer sigue debatiéndose en obscenas contorsiones, observada ahora por todos los presentes, hasta que una bomba singularmente atinada los deja a todos a oscuras.

El griterío se hace enloquecedor. A Fletcher le ha sentado tan mal el susto que a punto está de entregarse a su destino, pero le ha salvado el desgarrador chillido de una muchacha a la que acababa de caerle un cascote sobre la cabeza. El sólido pedazo de techo ha ido al final a parar sobre el pie del propio Fletcher, pero está tan preocupado con su otro problema, con el verdadero problema, que ni siquiera ha sentido el impacto.

Si la oscuridad se prolonga unos minutos se habrá salvado. Trata de escapar discretamente del abrazo de la muchedumbre y se lanza a buscar una buena esquina, convenientemente anónima. No sin esfuerzo logra alcanzar una de las paredes y la sigue a tientas. Ha conseguido establecer una distancia del amenos tres o cuatro metros entre su remanso de paz y la primera persona, pero cuando se dispone a aliviar su angustia, algún heroico, valiente, desinteresado voluntario del exterior, consigue restablecer el suministro.

Fletcher ahoga una barroca maldición y regresa al grupo afectando extravío: es mejor no levantar sospechas. 

El bombardeo sigue con toda su terrible virulencia, triturando la ciudad en su explosivo almirez. El ambiente en el refugio se hace más espeso por momentos. Caen nuevos cascotes del techo y uno de ellos impacta de lleno en una mujer de mediana edad. El niño que la acompañaba, al ver a su madre en el suelo, rompe a llorar y se abraza a una pierna de Fletcher que, movido por la ternura, se agacha para cogerlo en brazos.

Y entonces sucede el desastre, y sigue su curso de forma incontenible, como una avalancha después de haber conseguido arrollar los muros que la contenían. 

El pobre joyero enrojece y palidece alternativamente, sin apenas intervalos, como un semáforo de carne.

El olor no tarda en delatar lo sucedido y un par de sabuesos malnacidos empiezan a olfatear el aire en busca de una pista. Un niño, un maldito niño, es el que al final pronuncia las palabras fatídicas:

—Este señor se ha cagado, mama.

Fletcher desea con toda su alma resucitar a Herodes, o ejercer él mismo de rey infanticida, pero pronto se da cuenta, a la fuerza, de que acaba de formarse una coalición en contra suya.

—La madre que lo parió —gruñe una voz.

—¡Será cerdo! —ruge un veterano de Bengala.

—¡Qué asco!—exclama muy ofendida la duquesa de Southford.

Los alemanes tienen mala leche hasta cuando se retiran: han aprovechado este crítico momento para marcharse, dejando a Fletcher escuchar toda la retahíla de insultos, sin lanzar ni una bomba más que amortiguara el escarnio.

—Dejen que les explique —intenta defenderse. 

Pero es peor.

—No hay nada que explicar, ¡marrano! —dice alguien, y otras muchas voces corean a la primera con apelativos similares.

Aparte de los gritos y los insultos, el silencio es ensordecedor.

—Vámonos de aquí—. Dice el veterano de la India. —No quiero estar ni un minuto más con semejante desperdicio humano.

Y todo el grupo, unas noventa personas en total, abandona el refugio a nariz alzada, sintiéndose más unidos por el incidente de lo que lo habían estado por el bombardeo. Sólo Fletcher no se mueve de la antigua bodega, buscando, sin encontrarla, una viga para ahorcarse.

II

En esos mismos momentos, Gunther Hoffmann, a bordo de su Dornier, maldice cielo y tierra por haber tenido que despegar el último de Caen a causa de un fallo mecánico. Si lo pillan los Spitfire, yendo como va a bordo de una ballena voladora, puede darse por ventilado. Piensa si no será mejor lanzar sus bombas sobre las afueras y largarse a toda velocidad, pero su sentido del deber puede más que todas las precauciones y llega, mirando constantemente a su alrededor, hasta el objetivo señalado.

—¡Tirad la carga echando leches y vámonos de aquí! —grita a la tripulación de su aparato, no mucho más contenta que él.

Fletcher se salvó. No así treinta y cuatro de los otros, que salieron antes de que sonaran las sirenas avisando el final de la alarma aérea.

Los supervivientes, por supuesto, le echaron la culpa a Fletcher.

Fletcher culpó a la impaciencia del grupo por salir del refugio.

La RAF culpó al jefe de la escuadrilla que regresó demasiado pronto sin vigilar si llegaba algún bombardero rezagado.

La prensa culpó a Churchill.

A Churchill se le ocurrió decir que era culpa de los alemanes y por poco lo linchan.

A consecuencia de este incidente se ordenó poner retretes en los refugios.

Feinddesland. 2015. Veinte cuentos que no mienten.

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Continuará... 13

Esta parte del "relato corto" viene de aquí y en este orden: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7 y después aquí: www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-11 ) No sé si hay una comunidad de textos largos, pero cuando se termine se podría colocar (tras una revisión profunda) allí. O no.

A la vuelta de la compra decidió desviarse un poco y pasar por el puente, sentía mucha curiosidad por ver cómo evolucionaba la cosa. A esa hora no había mucha gente, el tráfico habitual de coches de los sábados, esos días que para a ir a comprar el pan dos calles más allá se usaba el coche y la ciudad se atascaba como si fuera un lunes a las siete de la mañana. Como el día estaba agradable había personas paseando, se detuvo un momento dejando el carro de la compra cerca del muro bajo del puente y miró disimuladamente al campanario, a derecha, a izquierda y luego se asomó a la zona de cañas, árboles y a la pequeña presa de barro y objetos acumulados que seguía sin limpiar. Su paquete seguiría totalmente invisible. Aunque le parecía que las plantas estaban movidas, dobladas y algún matorral ya no estaba.No podía estar seguro, claro. Posiblemente la riada debió zarandear esa zona. Vio un par de perros sin collar recorrer el cauce sin aparente rumbo.

 Se dirigió a casa satisfecho. Tras ordenar la compra, volvió a saltarse su regla sagrada y miró la prensa buscando noticias sobre el caso, navegando remolonamente por otras noticias como si alguien pudiera estar grabando sus movimientos y fuera su manera de disimular. No entendía cómo su orden tan bien establecido estaba dando paso a una impulsividad desconocida para él. 

En varios periódicos publicaban la foto de la mujer con una cartela en rojo que rezaba: “DESAPARECIDA” y sus datos para identificarla. ¿Se preguntaba qué podría haber pasado con el amigo con el que debía encontrarse? ¿En su casa? ¿En la calle? ¿Tendría buena coartada? ¿Eran más que amigos?

Juan sabía que debía trazar un plan de actuación o de inacción para los próximos diez años al menos, estos casos no se resolvían de la noche a la mañana. Si quería que su crimen perfecto funcionara debería pensar, al menos, a diez años vista. Habría sido más fácil que la mujer tuviera amante, o divorciada con amenazas del ex marido, o estuviera en negocios turbios, enemigos en la comunidad de vecinos, pero no... al menos en la prensa no se hablaba de nada de eso.

Ya sabía que no podría obtener información de ningún tipo como no fuera a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Quizás podría jugar la baza de preguntar muy discretamente al policía que tenía cuenta con su banco, pero o lo hacía con mucha habilidad o... Quizás no mereciera la pena ese riesgo.

En ese momento llamaron al timbre de la puerta. Sorprendido, bajó hasta el jardín y sin abrir el portón preguntó.

 -¿Quién es?

-Hola, buenos días, Policía.

Juan instintivamente conectó el sistema de alarma mental. Abrió la puerta y vió a dos policías, un hombre y una mujer, jóvenes y con mirada tranquila.

-Buenos días, estamos preguntado a los vecinos por el caso de la mujer desaparecida...

-Vaya, pensaba que lo de ir puerta a puerta sólo se hacía en las películas –dijo Juan con una sonrisa en la cara.

-En esta zona hay muchas personas mayores que no tienen ni redes sociales ni leen la prensa por internet... –respondió la joven policía, ahora seria, austera.

“Claro, que el padre de la mujer fuera inspector de policía seguro que no tenía nada que ver, claro.” Pensó esbozando una sonrisa interna.

-Sí, sí, he visto la foto de la mujer desaparecida, poco más.

-¿La noche del doce al trece vio usted algo u oyó algo inusual?

-¿La noche del doce? No recuerdo ni lo que comí ayer... –dijo buscando complicidad con los agentes.

-Unos vecinos dicen que se oyeron ruidos y que podrían ser okupas en las casas en venta.

“Cuánta imaginación tiene la gente, ven okupas por todos lados.” Pensó Juan suspirando y no sabiendo cómo continuar su respuesta.

-Pues no he oído nada. Ah, por cierto, aparte de que los perritos de la zona, sobre todo uno y su dueña, tienen mucha afición a mearse y cagarse en mi puerta.

-Hable con la Policía Municipal –dijo el policía-. Bueno, gracias, que tenga usted un buen día.

-De nada. Buen servicio.

Tras cerrar el portón. Los engranajes mentales se pusieron en marcha a mayor velocidad. Debía revisar a fondo el jardín, el patio entero al detalle. El trocito de plástico en el rosal no había sido buena señal y así debió entenderlo, pero lo dejó pasar. Y ahora esto, dos policías en su puerta. La mano del inspector de Policía debía estar detrás de tanta investigación, cuando lo normal es que atiendan llamadas de gente que cree haber visto algo o recibir informaciones variadas; ponen en redes y en prensa la foto y sus datos y a esperar. Ser tan activos no encajaba con nada.

Pasaron unos minutos y abrió el portón discretamente, asomó la cabeza para ver por dónde iban los policías, estaban tres puertas más allá hablando con el vecino con muletas, a la altura de su plaza de aparcamiento de minusválido, no, personas con movilidad reducida, pronto cambiarían el término y le llamarían personas con movilidad divergente.

Comenzó a revisar concienzudamente todo el patio, planta por planta. Debajo de unas hojas había una perla pequeña de color rojo, de plástico. La miró al detalle. Y una imagen le golpeó en la cara. La mujer llevaba un collar de bisutería, con cuentas de colores, pero el collar no se rompió. Una cuenta perdida saltaría con el golpe de la maza. Azar. La guardó en una bolsa y siguió mirando con detalle. Luego se dirigió a donde había caído el cuerpo tras el golpe, en el césped. ¿Habría restos de pelo entre la hierba? ¿Saliva? No sangró, o no vio sangre en el momento. Y en el plástico al envolverla tampoco vio sangre. Saliva sí. Fue a por la azada al arcón de las herramientas de jardín y comenzó a levantar el césped de toda esa zona, con la pala cogía trozos de tierra y hierba y los echaba en un saco. No iba a correr ningún riesgo con eso.

Cuando terminó tenía un pequeño socavón de dos metros por dos de tierra y yerba eliminada. Estaba sudando, mientras contemplaba su obra.

Era la hora de comer, se lavó, se cambió de ropa y vio que el plan de comida de hoy era arroz hervido, huevos fritos y pisto. “¿Otra vez?” Pensó mirando el plan semanal completo, con ciertas dudas.

Después de comer y de recoger fue a su pequeño taller de bricolaje. Se quedó mirando sin mirar el mazo remojado en lejía. Una idea asaltó su mente, algo que se le había pasado por alto, ¿por qué estaban en su calle preguntando a los vecinos? Juan pensaba que lo lógico hubiera sido preguntarles por qué se interesan por esta zona en concreto. Quizás tenía que ver con la información de que habían visto a la mujer caminando por la calle Villegas Delgado. Quizás. Debería haber actuado de otro modo, preguntando con más interés por los motivos de las preguntas en la zona, con más curiosidad. Del modo que él había reaccionado, Juan daba la impresión de saber por qué estaban allí. Pensó que el azar a veces era estimulante.

Sacó la maza de la lejía y la puso sobre el banco de trabajo. Mirándola fijamente dudaba si algún pelo machacado o algún resto podría haber quedado embutido en el metal y que la lejía no fuera suficiente para eliminarlo. Sonrío para sí pensando de nuevo en el azar. Guardaría la maza, más tarde tiraría en varias salidas las bolsas de tierra, aunque quizás debería ir en coche a tirarlas. Cuatro bolsas grandes. No sabía qué decía la normativa del ayuntamiento.

"Maldita sea", se dijo y fue al portátil a ver la normativa, maldijo una vez más por haber leído al respecto. “Es conveniente llevarlos al ecoparque más cercano, con el fin de asegurarse un tratamiento correcto. El municipio dispone de un servicio de recogida específico.”

¿Por qué cada pequeño detalle suponía una complicación enorme en sus circunstancias actuales? Podría llamar al servicio de recogida, pero y si había alguien vigilando cada detalle que hiciera. No. La paranoia era la mejor arma contra los investigadores. Juan admiraba los mecanismos mentales de los investigadores, ese ritual de procedimiento, metódico y contundente, un sistema casi perfecto. Casi. Poco a poco, esos datos, estos hechos, esas sospechas, estos indicios, todos analizados por una mente o varias mentes policiales. Genial.   

De pronto, sonó el teléfono fijo de casa. Se dirigió al salón y levantó el auricular.

-Diga.

-Juan, tu madre está en el hospital. Creen que le ha dado un ictus.

Mantuvo un silencio incómodo durante segundos.

-No es día de llamadas –dijo Juan, seco.

-Bueno, ya lo sabes, me quedo sin batería en el móvil. Está en el Hospital Sol de aquí, en el comarcal... Juan, es tu madre.

-Hoy es sábado, mañana domingo, pasado lunes...

-Ya sé que... eres un poco especial... Pero es tu madre.

-Madre.

-Bueno, cuelgo, ya está. Ya lo sabes.

-Vale.

Juan oyó el sonido de fin de la comunicación al otro lado del teléfono. El problema de las bolsas de tierra seguía presente en su mente. Podría tirarlas poco a poco, un saco cada vez y a diferentes contenedores. ¿Qué había para hoy en el plan de cenas?

Acercó el coche hasta la puerta y cargó una de las bolsas de tierra, pesaba, no tanto como la mujer pero pesaba. Mientras conducía hacia un contenedor de basura en uno de esos barrios donde reciclar era una palabra que no existía, decidía qué hacía para tapar el hueco del jardín con tierra y plantar de nuevo césped. Mañana domingo iría al vivero y compraría tierra, o al menos una parte de la tierra. Calculaba que con dos o tres viajes tendría tierra para ese trozo del jardín. Al llegar al contenedor elegido tiró el saco con bastante esfuerzo. “Uno menos”. Pensó.

A la vuelta pasó por el puente, esta vez voluntariamente y con mucha curiosidad. Desde el coche no podía ver el fondo del cauce y no sabía si habrían retirado el lodo y la basura, pero las cañas y los arbolitos seguían allí. No se notaba ninguna actividad especial.

Esa noche, Juan tuvo una pesadilla, raro en él porque nunca recordaba sus sueños, ni los buenos ni los malos. Se encontraba tumbado en una lápida de piedra en un cementerio, inmóvil, desnudo, sin dientes y un hombre muy alto y delgado le echaba arena en los ojos cerrados. A lo lejos nubes de plástico transparente se arremolinaban y doblaban con el sonido del linóleo fino al viento, de entre esos nubarrones descendía su madre con un rosario entre las manos. En ese momento se despertó.

Mañana domingo iría al hospital, sobre todo para no despertar sospechas si es que alguien lo estaba vigilando. Se levantó y se asomó a la ventana de la habitación, desde allí veía el jardín y la calle. Un coche pasó a gran velocidad con los graves de los altavoces retumbando en los cristales del vehículo, esa música diabólica, machacona y burda. Eso le recordó que debía volver a fingir, debía volver a Xangri-A otro día para que no pareciera que no iba nunca y que sólo fue la noche de autos. Media sonrisa en la cara, la noche de los coches.

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Continuará... 5

Había cometido el crimen perfecto. O eso creía Juan Gómez. No había ninguna relación entre la víctima y él, había tirado el cadáver envuelto en plásticos resistentes y fuertemente cerrado con cinta americana en el cauce de un río seco lleno de maleza y árboles por donde absolutamente nadie pasaba ya que estaba impracticable. Lo había hecho a las cuatro de la mañana. Ni un alma a esas horas por allí. Sacó el cadáver envuelto y lo arrojó desde una altura de unos veinte metros cayendo entre la maleza y quedando totalmente oculto. Después se fue a la discoteca que había a las afueras en el polígono Malpisa, donde se tomó un par de refrescos y bailó descamisado en el centro de una de las pistas, llamando la atención como era su propósito. En la barra quiso invitar a una mujer a su casa para terminar la fiesta, ya que habían bailado juntos, como la mujer contestó que otro día, se despidieron y a las siete de la mañana salió hacia su casa, justo le pilló el control donde calculaba que estaría. Le pidieron la documentación y sopló dando un esperado cero en alcohol. Volvió a casa y se acostó.

A eso de la una del mediodía le despertó un impresionante trueno, acompañado de tremendos rayos, se asomó a la ventana medio dormido y vio cómo una tromba de agua comenzaba a caer. Se acercó a la cocina y preparó un café bien cargado. No le gustaba tener que despertarse a esas horas, pero la urgencia de anoche le había obligado a actuar así. Tras el primer sorbo se asomó a la venta y vio el río de agua que corría calle abajo. Se quedó paralizado, su mente estaba sopesando, calculando posibilidades. El cauce. El cuerpo. El torrente de agua. El móvil de la chica en el paquete. Apagado. El final del cauce. Las ramas obstaculizando o no. Cuánto llovería y cuándo pararía de llover. Qué pistas podría haber en el cuerpo. Ninguna. Si el agua llevaría el cadáver hasta el mar. Agujeros en el plástico para que entrarán alimañas. Todo controlado. Aun así seguía estático mirando la ventana con la taza de café en la mano viendo cómo una inmensa tromba de agua caía sobre las calles. Miró la taza con el serigrafiado del as de pica en un lateral. Seguía lloviendo, conectó la tableta y escuchó noticias de la zona sobre la alarma de lluvias, una alerta naranja. Naranja era la lencería que llevaba esa chica. Pero todas tienen sangre roja.

Esperó a que la lluvia dejara de caer con esa furiosa intensidad que a veces la naturaleza declara con firma y rúbrica. Mientras veía caer la cortina de agua en la ventana de la cocina, vio que el plan de comida de hoy era arroz hervido, huevos fritos y pisto, todo mezclado a modo de plato combinado. En alguna parte de su cerebro seguía pensando que el crimen perfecto de anoche, podría tener algún detalle incriminatorio. Se había llevado la tarjeta sim del móvil y la había tirado en un contenedor al azar, pero esos aparatos modernos a los que no se les podía quitar la batería igual le complicaban el asunto, incluso estando apagados. Y luego estaba esa lluvia intensa e inesperada. Tomó nota de mirar esos detalles, porque se enteró después de que llevaban tres días anunciando alerta naranja por tormentas y lluvias. Juan pasó en su momento de encajar esa pieza en el puzle. ¿Error? Con una media sonrisa en la cara, pensó que quizás fue un acierto.

Juan tenía muy claro que esto no era un juego de poder, de víctimas y entes poderosos, como vendían muchos libros sobre asesinos en serie, oh, el poder sobre sus víctimas, menuda estupidez, esto iba de cazadores y cazados, de policías y ladrones, de leones y gacelas. Si no existieran los que le pretendían pillar, nada de esto tendría sentido. Sería el despiece de un animal en una carnicería y además no te lo podías comer. Absurdo. Y además sabía que muchos, muchísimos casos de desapariciones, o crímenes quedaban en el limbo de la justicia, en el limbo de todo los que las películas quieren vender. Siempre se pilla al culpable. Claro.

La tormenta parecía que llegaba a su fin, no sabía cuántos litros habrían caído, pero pensaba que muchos más de lo que serían razonables para una alerta naranja. Sobre todo viendo cómo los contenedores de basura de su calle flotaban sin control, golpeando aquí y allí a coches, farolas y bordillos anegados. Volvió a pensar en el cauce del río donde ahora debía correr bastante agua. Posiblemente las cañas hubieran hecho de parapeto dejando su paquete bien escondido. Luego daría una vuelta por allí.

Recogió los platos de la comida y los colocó ordenadamente en el lavavajillas y, por alguna razón, recordó el libro del asesino en serie británico: Dennis Nilsen. Un idiota que guardaba los cadáveres en su patio y bajo las tablas de su casa y algunos los tiraba por el retrete, un auténtico imbécil. Pero que además tardaron quince asesinatos en descubrir sus crímenes y porque la tuberías de la zona olían mal. Un auténtico genio. Recordaba casi palabra por palabra las declaraciones del jefe de Policía de la zona: “Si no lo hubiéramos arrestado ahora, no habría dejado de asesinar a jóvenes.”

Se asomó a la ventana y el agua de la calle había remitido bastante, sólo quedaba una lámina de agua de unos cinco o siete centímetros, los desagües de la calle seguían engullendo litros y litros de agua, el cielo estaba limpio y el sol quería salir por la torre del campanario. Se puso el impermeable y las botas de agua y miró su móvil sobre la mesa, comprobó que no tenía ningún mensaje ni llamadas y volvió a dejarlo en la mesa. Jamás salía con su móvil a la calle. Jamás. 

Cuando llegó a uno de los puentes que atravesaba parte de la riera que unía esa parte con el cauce del río, vio que las cañas y muchos arbustos habían aguantado el embate del agua, lo malo es que se había formado un pequeño dique con barro y objetos arrastrados por la corriente, sillas destrozadas, dos bicicletas viejas, medio frigorífico oxidado, palos y barro, mucho barro. Otros curiosos rondaban por allí, haciendo fotos o contemplando la fuerza de la naturaleza en forma de lluvia torrencial de las pasadas horas. Incluso había dos “abuelos de obras” apoyados en la barandilla, señalando aquí y allí haciendo supuestamente sesudos comentarios de ingeniería, arquitectura, meteorología... mezclados con pullas sobre política local, nacional y planetaria.

Aunque su paquete seguiría seguro entre las cañas, la maleza y el barro, en algún momento vendrían a limpiar ese murete de barro y acumulados. Aunque, conociendo a su ayuntamiento, tardarían semanas o meses en acudir a limpiar esa zona y lo harían con pocas ganas. Con toda probabilidad, su paquete seguiría seguro. Ahora tocaba esperar a conocer la lista de personas desaparecidas por la riada. Si es que las había, al menos una seguro que estaba desaparecida, y sobre todo, muerta.

En una población de 70.000 habitantes suponía que quizás pudiera haber un par de desaparecidos más, seguro que alguno habría; siempre que llueve a mares en la zona alguien habría intentado pasar por debajo del puente de la vía sin recordar que ahí suelen quedar atrapados los coches por el inmenso socavón que hay y que queda oculto con el agua. Todos los años tenían que sacar de allí a algún listo con su flamante supercoche que se quedaba con el agua hasta la ventanilla. Tres años atrás, ahí mismo, una persona fue arrastrada hasta chocar contra uno de los pilares quedando el coche boca abajo. El cinturón lo dejó atrapado y murió ahogado.    

Volvió a casa tras pasar por la verdulería y pasando por el bazar que había al lado, compró un rollo de cinta americana, otro de carrocero y unos recios guantes de jardinería. Los otros, los que usó anoche, los tiró en un contenedor en la otra punta de la localidad. Los basureros ya se encargarían de hacer desaparecer las posibles pruebas que hubiera dejado en esos guantes. Sonrió para sus adentros pensando en los policías que tuvieran que investigar este caso de la muerta envuelta en plásticos. Camino a casa siguió pensando en qué pruebas podría haber en esos guantes. Como si hubiera un registro nacional de muestras de ADN o incluso de huellas dactilares, se guardaban registros de huellas sólo de las personas fichadas previamente y Juan no estaba fichado. ¿Restos de la víctima? Vale, buena suerte con eso. "Y sobre todo, vete mirando contenedor por contenedor, papelera por papelera, de una ciudad de este tamaño".

Hoy en su plan de comidas había arroz con pollo para el mediodía y una tortilla de setas para la noche.   

 

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El maestro

El maestro

Anochecía cuando Amir llegó a casa. Con apenas 13 años ya ayudaba en casa por las tardes. acarreando agua, haciendo recados para vecinos, ayudando a Hassan con la recua de mulas. Cierto es que, en las estrechas calles de Córdoba, la fila de mulas era fácil de conducir, pero, aún y así, 13 años son pocos… Sin padre, su madre se afanaba lavando ropa, remendando, pero el dinero siempre era escaso y cualquier ayuda era buena.

Pero lo que deseaba con toda su alma es que llegara el día siguiente: se levantaba antes que nadie para prepararse para ir a su kuttab, a su escuela, un pequeño edificio rectangular anexo a la Mezquita de los Jueces, no muy lejos de la Gran Mezquita, y su madre estaba encantada con que al niño le gustara tanto aprender, pero lo que no sabía es que el responsable del madrugón no era tanto la escuela, que sí, que le gustaba, como el maestro Zahid.

Pero no, el maestro Zahid, no era un profesor en su escuela: Amir pasaba todos los días por una de las calles del zoco de camino a su escuela y, aunque siempre había algo que le llamaba la atención, nunca se detenía mucho, apenas curioseaba un momento y seguía su camino: el director del kuttab, el Sr. Ziryab, era muy estricto con la puntualidad (y con todo, en general), y no se quería exponer a un castigo.

Pero un día vio al maestro Zahid encorvado sobre una mesa a la puerta de su taller, una mesa de madera oscura y gruesa, muy concentrado, y fue esa intensidad lo que le atrajo. Se acercó a mirar, sin molestar al artesano: ¿cómo alguien era capaz de hacer algo tan intrincado y tan hermoso?

Era casi hipnótico ver cómo cambiaba de una herramienta a otra casi sin mirar, con la facilidad que sólo puede dar la experiencia, y con cada una, con cada movimiento, el maestro aumentaba la belleza de la pieza de cuero que trabajaba.

Estuvo un buen rato observando, hasta que el maestro, que, por supuesto, se había percatado de su presencia, le interpeló:

-¿No llegas tarde al kuttab?

-¡Oh!-, y Amir salió corriendo como alma que lleva un shaytán.

El maestro Zahid se sonrió: sabía que volvería a verlo…

Efectivamente, al día siguiente Amir llegó mucho antes de la hora del kuttab.

-Buenos días, maestro- su madre le había educado bien. -¿Le importa que mire mientras trabaja?

-No, no, al contrario. Primero: ¿cómo te llamas? Yo soy Zahid.

-Mi nombre es Amir -, le contestó.

-¿Te gusta, Amir? - le dijo, señalando a la pieza de cuero que estaba trabajando.

-Sí, pero no entiendo cómo se puede hacer algo así. No sé ni cómo se llama.

-¿Esto? Es un ataurique.

-Entonces, ¿es usted un maestro auta… auto… atruricador?

-¡Jajaja! No, Amir, ataurique es el motivo que uso para decorar y que le da nombre a la pieza, yo soy guadamacilero.

-¿Un guada-qué?

-Sí, es la técnica que uso para hacer este ataurique, la técnica de guadamecí, pero hay otras. Ahora, si no te importa…

El maestro volvió a su tarea, con Amir absorto en sus movimientos, intentando descifrar los secretos del guadamecí:

-Maestro, ¿cómo se llama la herramienta que está usando ahora?

-¿Ésta? -dijo, alzándola. -Es un matulejo, sirve para marcar el cuero y saber por dónde cortar, o trabajarlo, o coserlo. Por cierto, Amir, el kuttab…… - sonrió…

-¡Oh! - dijo Amir mientras echaba a correr -¡Hasta mañana, maestro!

Como no podía ser de otra manera, Amir estuvo allí, puntual, por la mañana, mientras el maestro Zahid abría su taller, colgaba sus trabajos a la vista de todos y sacaba a la puerta su mesa de trabajo.

Al día siguiente, Amir le ayudó a sacar su artesanía a la puerta, y la mesa de trabajo, y el maestro le puso una silla a un lado para que no estuviera de pie mientras le observaba. Incluso, le puso un resto de cuero y algunas herramientas viejas para que le imitara mientras le observaba. Día tras día, Amir aprendió lo que era un buril, una gubia o una lezna, de qué estaban hechos los tintes…

Lo que no sabía Amir es que el maestro conocía a su madre. Un día, al cerrar el taller, y mientras Amir estaba con las mulas, se acercó a su casa:

-Buenas tardes, señora Faiza.

-¡Maestro Zahid! ¿Qué se le ofrece? ¡Pase, pase! ¿Un té?

-Si, gracias. Le quería hablar de Amir…

-¿Amir? ¿Qué ha hecho ahora? - No sería la primera vez que Amir se metía en algún lío.

-¡Jajaja! Nada, nada, no se preocupe, es muy buen chico. El caso es que lleva varias semanas viniendo a ver cómo trabajo cuando abro el taller, mucho antes de ir al kuttab, y se le ve muy interesado, y se le nota que tiene habilidad y es muy despierto, coge lo que le enseño al vuelo.

-Anda, por eso madruga tanto… Pues no me ha dicho nada.

-Ocurre que mi hijo no quiere seguir mis pasos como artesano, y necesito un ayudante, un aprendiz. Me gustaría que Amir fuera mi aprendiz.

-¡Oh! - Que un maestro artesano se hubiera fijado en su hijo era una bendición, le enseñaría un oficio de prestigio y bien remunerado, pero los primeros meses los aprendices no cobraban, y necesitaban el dinero de los pequeños trabajos de Amir… -Maestro, no crea que no agradezco que haya pensado en Amir como aprendiz, pero trabaja por las tardes y no podemos prescindir de ese dinero… -dijo, apesadumbrada.

-Hmmm… Haremos una cosa: que venga por las tardes, después del kuttab, y, si veo que vale para el trabajo, yo le pagaré lo que cobra ahora a partir del tercer mes. ¿Podrá aguantar?

-Si, creo que sí…

En ese momento, entra Amir por la puerta, saludando a su madre, y quedándose sorprendido por ver allí al maestro:

-¡Maestro! ¿Pero qué…?

-Hola, Amir -, contesta, mientras mira con complicidad a su madre. Muy serio, le suelta: -Amir, no puedes venir más a verme al taller antes de la escuela.

A Amir le cambió el semblante, entre confundido y horrorizado.

-¡Pero, maestro, ¿por qué?! ¿He hecho algo malo? - dijo, mientras unas lágrimas brotaban de sus ojos, sin entender nada.

El maestro Zahid, viendo el sufrimiento del niño, no quiso seguir con la chanza:

-¡Jajaja! No te preocupes, Amir, no has hecho nada: desde mañana serás mi aprendiz, ahora vendrás por la tarde, después de la escuela, a aprender mi oficio y a ayudarme.

Nunca el sol iluminó esa estancia con tanta intensidad como la cara de Amir en ese momento.

Ataurique (ornamentación floral/vegetal) realizado con la técnica del guadamecí (cuero repujado y pintado).

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Continuará... 18

Esta parte del "relato largo" (ya no puede ser corto) viene de aquí y en este orden, primero aquí:

www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-7

Después aquí:

www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-11

Luego:

www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-14

Después...

www.meneame.net/m/relatocorto/continuara-17

*****

Al llegar a casa, ni siquiera pensó en comer, su mente estaba enfocada, concentrada en leer toda la prensa posible sobre el caso. Antes de hacer nada en el ordenador, inspiró lentamente y expiró con actitud relajante. Con gran esfuerzo hizo clic en un anuncio de un libro de recetas asiáticas, en un curso de Economía y en una web de viajes al Polo Norte. La noticia, su noticia, estaba en la mayoría de la prensa local y regional. Sospechaba que pronto engrosaría la lista de sucesos nacionales. ¿Reportajes en televisión? Quizás.

Uno de los textos decía: “La ausencia de robo parece un dato clave, ya que la víctima conservaba su reloj y su móvil, alejando la opción delictiva común. El móvil de la mujer ya se encuentra en manos de la Policía Judicial para su análisis. Las actuaciones se mantienen bajo secreto de sumario por orden del juzgado, lo que implica que los detalles específicos de las pruebas y la investigación no se harán públicos por el momento. Todo apunta a que se trata del cadáver de la mujer desaparecida, Ana Ferrer.”

Un robo. No es robo porque llevaba el reloj y el móvil consigo, lo de estar envuelta en plástico le parecía a Juan de poca importancia informativa. Aunque bien mirado en esta noticia no dicen nada de cómo apareció el cadáver. Aun así, el texto le parecía escrito con desgana, prisas y sin mucho interés.  

En otro periódico regional había un artículo cubriendo la noticia con más detalles: “La Policía está centrando sus esfuerzos en reconstruir las últimas horas de la víctima, que casi con toda seguridad se trata de Ana Ferrer, desaparecida hace varias semanas, la funcionaria del Ayuntamiento de 38 años ha sido hallada muerta entre cañas y maleza en el cauce de la rambla, en el curso de las labores de limpieza. Cada elemento de la zona está siendo analizado en busca de pruebas que permitan identificar al responsable o responsables. A los medios locales se unirá la Policía Forense de la capital, y expertos en estas tareas. Mientras tanto la zona sigue acordonada y asegurada."

"Según nos indican fuentes policiales, los investigadores rastrearán grabaciones de seguridad de la zona y las comunicaciones de la mujer para reconstruir sus movimientos previos al crimen, recabarán testimonios de posibles testigos, con la clara intención de disponer de una cronología de los hechos. La autopsia se espera como un elemento clave para precisar la causa y el momento de la muerte."

"Todas las hipótesis permanecen abiertas. La Policía mantiene la máxima reserva para no comprometer el avance de la investigación."

 "La denuncia inicial de su familia y del amigo con el que había quedado (Juan José González), tras no recibir noticias de Ana desde la fatídica noche del jueves al viernes, permitió activar el dispositivo de búsqueda que ha concluido sin éxito hasta el terrible hallazgo del cuerpo."

"Más allá de la investigación, la muerte de Ana Ferrer Rey ha generado un profundo impacto en toda la comarca. Funcionaria del área de Cultura del Ayuntamiento, licenciada en Geografía e Historia y en Historia del Arte, Ana dedicó mucho esfuerzo a la preservación del patrimonio local. El Ayuntamiento ha decretado dos días de luto oficial mientras la investigación policial busca esclarecer este terrible crimen.” 

Juan pasó rápidamente a otro periódico donde se podía leer:

“Un perro fue el que encontró el cuerpo sin vida de la mujer, según testigos tironeaba de un saco de plástico entre la maleza, hasta que consiguió sacarlo y fue entonces cuando los trabajadores de la limpieza del cauce vieron el cadáver. La familia, que no ha hecho declaraciones, está sobrecogida por los hechos. Algunos vecinos de la fallecida, apuntan a que en fechas recientes tuvo un acalorado encontronazo con los actuales dueños del Palacete de Rivababia, patrimonio local, a cuenta de unas reformas en la fachada a las que se oponía Ana Ferrer y el equipo de arquitectos del Consistorio, llevando ante la Justicia al fondo de inversión, WorldMundo Hainsbach, que lo había comprado.”

Le parecía gracioso que los medios más carroñeros dejaran caer un posible ajuste de cuentas que no tenía sentido, sólo para ganar notoriedad y que la maquinaria del rumor se pusiera en marcha. Se detuvo un instante en la parte del plástico, releyendo las frases. No se indicaba que el cadáver estuviera envuelto en plástico, parecía que estuviera encima, o a un lado de la mujer. Curioso. Pensaba que llamarlo “saco de plástico” o era un error de información de los periodistas o significaba algo más. Algo que bien pudiera estar relacionado con la investigación. Tendría que seguir la pista de todos esos datos para hacerse una idea clara de por dónde podrían ir los pasos policiales.

En TV-1999 cubrían también la noticia. “El cuerpo sin vida de Ana Ferrer aparece en el cauce de la rambla, bajo el Puente de los Descubrimientos. Esta cadena se ha puesto en contacto con fuentes policiales y en breve se ampliará la noticia con un artículo detallado con toda la información disponible.”

Escueto y poco motivado. Pensó Juan mientras analizaba cómo otros medios daban más detalles y en la cadena local donde trabajaba esa periodista fueran tan parcos. Abajo había un enlace a un vídeo. En él se podía ver a varios reporteros con diferentes y coloridos micrófonos, dirigiéndose a una policía en la entrada de la Comisaría de la localidad. Juan suponía que la mujer haría las tareas de Prensa e Información.

-...Ya les he dicho lo que puedo contarles, señores.

-¿Se baraja un posible ajuste de cuentas en relación con el fondo de inversión? –preguntaba apresuradamente una reportera con una alcachofa de color verde intenso.

-No se descarta nada ahora mismo. Todas las hipótesis están abiertas.

-¿Qué se sabe de los trabajadores que encontraron el cuerpo? -preguntaba un reportero con melena apuntando el micrófono de color rojo hacia la policía.

-Mantenemos la máxima reserva para no comprometer el avance de la investigación. Señores, por favor, en cuanto tengamos más información daremos una rueda de Prensa.

-¿Quién se encarga de la investigación? ¿Cuándo estarán los resultados de la autopsia? ¿Cuándo se dará más información? –preguntaban sin orden sabiendo que la policía daba por concluida la atención a la Prensa.

-Muchas gracias –dijo ella dándose la vuelta y entrando en la Comisaría.

Juan ya estaba en la siguiente fase mental de su plan. Ya habían encontrado su paquete y el juego se ponía interesante para él, en su mundo, en su juego de crimen perfecto. Volvía a sentir que tenía el control de la situación. Lo primero, volver a hacer una lista de comidas semanales. Como ya no había comido al mediodía, tras el trabajo, cenaría improvisando. Mañana compraría comida para seguir su plan alimenticio. Compraría un lienzo pequeño y pintaría otro vórtice, para completar el hueco que quedaba en la pared. ¿Debía incluir en la ecuación a la tal Lucía? Esta noche reflexionaría al respecto.

Fue a la cocina y se sentó en la pequeña mesa de allí para preparar su lista de comidas. A mano, con la cuadrícula que hacía con regla, creando celdas para los días que le quedaban hasta el fin de semana. Incluyendo compra en el Mercado el sábado. Desayuno, comida y cena.

Cuando terminó,  miró su obra culinaria, imperfecta porque no cubría una semana. El domingo completaría la semana entrante. Miró la hora y se decidió por una cena antes de hora, con lo que encontrara en la nevera y en los estantes. No había nada que le inspirara a preparar nada. Se le ocurrió que podría ir a un bar a comer un bocadillo, última vez que se saltaba una de sus reglas. Nunca comer fuera. Nunca. Miró el móvil y tenía dos llamadas de números desconocidos, lo dejó en la mesa del salón, como siempre. Comprobó que llevaba veinte euros y algunas monedas sueltas de euro en su cartera. Salió al jardín y ahora la zona sin césped le parecía hasta bonita. Sonrió.

Salió y comenzó a caminar hacia la calle peatonal que estaba a unos veinte minutos andando y donde sabía que había bares de todo tipo, clase, precios y ruido.

 

 

 

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Cada tela teje su araña (y IX). Final

18

La gerencia del hotel está en el último piso, cerca de las máquinas de los ascensores. Los despachos en el último piso tienen la triple ventaja de las buenas vistas, el valor simbólico de la jerarquía y la facilidad de frenar a las visitas molestas antes de que lleguen.

Julio Portillo, el gerente, ha sacado docenas de carpetas de un archivador metálico. Comprueba su contenido y rompe sistemáticamente cientos de hojas. En el suelo ya hay un buen montón de papeles rotos, en pequeños pedazos los primeros y luego, poco a poco, más grandes cada vez, a medida que se ha ido imponiendo el desaliento y la sensación de derrota. No le va a dar tiempo a destruir todos aquellos papeles, y aunque lo consiga no servirá de nada porque hay rastro documental y copia de todo en demasiados sitios: en la gestoría, en contabilidad, en Hacienda... ¡en todas partes! El problema no es lo que esos papeles dicen, sino precisamente lo que no dicen, y eso ya no tiene remedio. Quizás los tres o cuatro primeros años hubiese podido sostener su versión de que llevaba la gestión del hotel lo mejor que podía, pero ya no.

Portillo ha sido quien ha llamado a recepción y a Molina después de enterarse de primera mano de que esa misma semana, ese mismo día quizás, liberarían a Blas Torquela, el dueño del hotel. Le habían llamado enmedio de la noche para decírselo y luego, enseguida, se habían enterado también algunos periodistas.

Blas llevaba once años desaparecido. Once años.

Blas pensaba abrir otro hotel en Colombia y durante un viaje de negocios lo secuestró un grupo revolucionario. Luego pidieron un abultado rescate por él. Nadie supo a ciencia cierta si el rescate llegó a pagarse y los secuestradores no cumplieron su parte, o si alguno de los negociadores se quedó con el dinero, convencido de que todo el mundo creería su versión y no la de los guerrilleros.

Nadie, salvo Julio Portillo. Él si lo sabe. Sabe perfectamente lo que ocurrió.

Después de los primeros meses, el tema se fue olvidando. A veces, algún reportero que entrevistaba a un líder de la guerrilla intentaba conocer el paradero de Blas Torquela, pero las noticias se fueron espaciando y hacía ya tres o cuatro años que nadie hablaba del empresario secuestrado.

Blas Torquela no había tenido nunca buena salud, y se daba por hecho que las condiciones de vida de la selva habían acabado con él. Además, su nombre era incómodo para mucha gente, pues no estaba muy clara la clase de negocios que lo habían llevado a Suramérica. Lo del nuevo hotel no sonaba demasiado convincente ni a las autoridades españolas ni a las colombianas.

Hablar mal de él era igual de arriesgado que alabarlo, así que pronto se impuso el silencio como mejor solución. Como solución definitiva.

Blas Torquela no tenía familia directa. Además, no estaba muerto, con lo que el hotel siguió funcionando, en manos de Portillo, el gerente, que hacía a un tiempo las veces de administrador y propietario de hecho.

Pero Blas iba a volver.

Volvía de la selva.

Y preguntaría qué había ocurrido con el rescate. Preguntaría los detalles, con los nombres y las cantidades. Y Blas concomía el otro lado de la historia porque era él quien había pasado once largos años entre aquella gente. A Blas no podía decirle que se había reunido con dos tipos morenos y barbudos. Él sabría los nombres, y conocería una a un las cicatrices de sus rostros. Y cuando le dijese que había hablado con un hombre con un la nariz torcida, como si tuviese roto el tabique nasal, no se encogería de hombros, sino que sabría que era Arnulfo Jandilla, y sabría que Jandilla esperó tres días en Cali, en una aldea cercana a Cali, a que apareciese el dinero, antes de conseguir escapar de milagro de la emboscada que el tendió la policía.

Sabría lo de Arnulfo, y lo de todos los demás. Sabría que la bolsa con el dinero, aquella bolsa azul, no contenía dinero, sino simples papeles.

Julio Portillo se pasó la mano por la frente, tratando de buscar una salida, pero esta vez no la había.

Cuando se negocia con terroristas se cuenta con la ventaja de que todo el mundo se cree tu versión. ¿Qué van a decir ellos? Cogiste el dinero, pagaste, regresaste y con eso habías cumplido. Y además, se trataba de un país como Colombia: al regresar a España siempre podías decir que no te quedaba claro de qué lado estaba la policía, ni de qué lado los jueces. Todo el mundo te creía también. Era la ocasión ideal para un negocio difuso: los terroristas mentían, los jueces mentían, los policías mentían. Todo el mundo mentía menos tú, que habías ido allí a arriesgar la vida para pagar el rescate de un amigo y regresar, además, con las manos vacías.

Tenía que funcionar y funcionó. Por supuesto que funcionó.

Y el hotel siguió funcionando, sin que nadie pidiera cuentas ni nadie discutiera las que él presentaba a hacienda. ¿quién iba a discutirlas? No tenía plenos poderes, pero en atención a la situación extraordinaria se los concedieron temporalmente, y se los renovaron cada año, sin poner ninguna traba. Lo importante era que el hotel siguiera en marcha, que no se perdiera un establecimiento tan emblemático ni los puestos de trabajo. Lo importante era mantener la esperanza de que el propietario regresar algún día.

Eso era lo que Portillo repetía siempre en su discurso durante la cena navideña, antes los rostros cada vez menos serios del personal.

Con los años se fueron marchando los empleados más antiguos para ser sustituidos por personas de confianza del propio Portillo.

Y así fue como todo se fue enredando. El primer dinero, el del rescate, lo aficionó a pequeñas cosas que antes no podía permitirse y luego las ocasiones fueron apareciendo solas. ¿Por qué no iba a aprovecharlas? ¿A él que le importaba lo que la gente hiciera en las habitaciones, si las pagaban puntualmente? ¿Acaso habían sido alguna vez fisgones que fiscalizaran las actividades de sus huéspedes?

Todo era cuestión de saber lo que se podía cobrar. Todo era cuestión de tasar convenientemente la discreción. Las habitaciones de las chicas pagaban tanto como los mejores clientes en los mejores tiempos del hotel. Los de la primera planta y sus mesas de juego no escatimaban tampoco el gasto, y menos aún los que utilizaban los salones para sus reuniones privadas.

Nadie escatimaba el gasto excepto él, que sabía de sobra que a nadie le importaba demasiado que el hotel necesitase una mano de pintura, o alfombras nuevas, o un mantenimiento más esmerado de las ventanas, las persianas y las cortinas.

¿Qué importaba la pintura y todo lo demás? Importaba el nombre, que se mantenía, y la posibilidad de poder usar el hotel como plaza franca, libre de preguntas e inconvenientes.

Portillo tiró al suelo los últimos papeles enteros y se dispuso a marcharse. No valía la pena seguir intentando destruir aquellos. Había reunido dinero suficiente para vivir más que holgadamente el resto de su vida, pero lo difícil sería marcharse a un sitio donde Blas Portela no le encontrase.

Porque Blas no había dio a Colombia a construir un hotel, ni mucho menos.

Sus negocios eran otros. Estaba seguro.

Y Blas Portela regresaba.

Era inútil intentar escapar. Era inútil intentar romper aquellos documentos. Era inútil buscar pretextos o disculpas.

Todo era inútil.

Ragnarok.

19

Malindo, desde su posición en la ventana, procuraba no perderse ni un detalle.

Al grupo de la calle se habían unido dos hombres más. Estaban ya la mujer mayor con la maleta, el viejo canoso, el hombre fornido, la chica de la minifalda y dos tipos trajeados más. Enseguida aparecieron otras dos muchachas ligeras de ropa y se unieron a lo que parecía una discusión.

En ese momento, en la plaza entró un Mercedes azul oscuro. Era el objetivo.

—¡Por fin! —exclamó Malindo aliviado.

Sólo tenía que esperar a que completase la rotonda y se parase delante del hotel.

Entre tanto, el hombre fornido se acercó a la mujer de la maleta y la agarró por un brazo. Uno de los hombres trajeados se acercó también. El Mercedes negro se detuvo en un semáforo, a escasos diez metros del hotel.

Entonces sonaron tres disparos. El hombre fornido cayó al suelo y las chicas ligeras de ropa, incluida la de la minifalda, se pusieron a gritar. Poco después, echándose las manos al vientre, cayó de rodillas uno de los tipos trajeados.

En el suelo se podía ver ya una mancha de sangre. Había dos hombres en tirados, uno de bruces, y otro encogido sobre sí mismo. El otro hombre trajeado, el viejo, y la mujer de la maleta habían desparecido. Seguramente habían entrado en el hotel.

En cuanto el semáforo se puso en verde, el Mercedes aceleró y abandonó la plaza a toda velocidad.

Malindo bajó el arma.

—¡La puta! ¿Pero qué carajo ha pasado aquí? —preguntó a gritos.

Blas Portela se había salvado de milagro. Por tercera o cuarta vez en su vida. Podía intentar matarlo en otro momento, pero ya no sería lo mismo. Llamaría para pedir órdenes. Pero estaba seguro de que en cuanto supieran lo ocurrido lo mandarían regresar cuanto antes.

Sin pensárselo un instante, cerró la ventana, y desmontó el fusil. No le llevó más de un minuto. Luego lo guardó junto con la pistola en la bolsa de deportes y se acercó a Susana.

—Usted lo ha visto. No he hecho nada. He estado mirando por una ventana y me he marchado. Si quiere describirme, sepa que volveré.

—Un ruso que...

—No. Nada de nada. Unos tipos suramericanos que querían alquilar la oficina. Sólo eso —propuso Malindo.

—Sí, pero cuando vengan a buscarme....

—No vendrá nadie. Yo la suelto. Y le doy tres mil euros de adelanto a cuenta del alquiler.

—No hace falta tanto. Son dos mensualidades. Mil doscientos en total...

—Quédese el resto, por el mal rato. ¿Qué le parece?

Susana afirmó con la cabeza.

Malindo se arrodilló para abrir las esposas.

—Bien, pues espere diez minutos y váyase. De la persiana diga que la encontró así.

—Sí, sí —aceptó Susana poniéndose en pie con dificultad.

Malindo la miró fijamente.

—¿Sabe usted a quién iba a matar?

—No quiero saberlo.

—A mi padre. O al que decían que era mi padre, aunque nunca me diese su apellido.

—No me cuente nada más... —rogó ella.

—¿Qué más da ya? Usted será buena chica y yo me iré muy lejos. No volveremos a vernos. ¿O quiere venir conmigo?

—No, gracias, no... —respondió Susana asustada.

Malindo hizo un gesto de despedida.

—Pues en treinta y cuatro años que tengo, es la primera vez que se lo propongo a una mujer completamente en serio —dijo antes de salir.

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Continuará... 6

Había cometido el crimen perfecto. O eso creía Juan Gómez. No había ninguna relación entre la víctima y él, había tirado el cadáver envuelto en plásticos resistentes y fuertemente cerrado con cinta americana en el cauce de un río seco lleno de maleza y árboles por donde absolutamente nadie pasaba ya que estaba impracticable. Lo había hecho a las cuatro de la mañana. Ni un alma a esas horas por allí. Sacó el cadáver envuelto y lo arrojó desde una altura de unos veinte metros cayendo entre la maleza y quedando totalmente oculto. Después se fue a la discoteca que había a las afueras en el polígono Malpisa, donde se tomó un par de refrescos y bailó descamisado en el centro de una de las pistas, llamando la atención como era su propósito. En la barra quiso invitar a una mujer a su casa para terminar la fiesta, ya que habían bailado juntos, como la mujer contestó que otro día, se despidieron y a las siete de la mañana salió hacia su casa, justo le pilló el control donde calculaba que estaría. Le pidieron la documentación y sopló dando un esperado cero en alcohol. Volvió a casa y se acostó.

A eso de la una del mediodía le despertó un impresionante trueno, acompañado de tremendos rayos, se asomó a la ventana medio dormido y vio cómo una tromba de agua comenzaba a caer. Se acercó a la cocina y preparó un café bien cargado. No le gustaba tener que despertarse a esas horas, pero la urgencia de anoche le había obligado a actuar así. Tras el primer sorbo se asomó a la venta y vio el río de agua que corría calle abajo. Se quedó paralizado, su mente estaba sopesando, calculando posibilidades. El cauce. El cuerpo. El torrente de agua. El móvil de la chica en el paquete. Apagado. El final del cauce. Las ramas obstaculizando o no. Cuánto llovería y cuándo pararía de llover. Qué pistas podría haber en el cuerpo. Ninguna. Si el agua llevaría el cadáver hasta el mar. Agujeros en el plástico para que entrarán alimañas. Todo controlado. Aun así seguía estático mirando la ventana con la taza de café en la mano viendo cómo una inmensa tromba de agua caía sobre las calles. Miró la taza con el serigrafiado del as de pica en un lateral. Seguía lloviendo, conectó la tableta y escuchó noticias de la zona sobre la alarma de lluvias, una alerta naranja. Naranja era la lencería que llevaba esa chica. Pero todas tienen sangre roja.

Esperó a que la lluvia dejara de caer con esa furiosa intensidad que a veces la naturaleza declara con firma y rúbrica. Mientras veía caer la cortina de agua en la ventana de la cocina, vio que el plan de comida de hoy era arroz hervido, huevos fritos y pisto, todo mezclado a modo de plato combinado. En alguna parte de su cerebro seguía pensando que el crimen perfecto de anoche, podría tener algún detalle incriminatorio. Se había llevado la tarjeta sim del móvil y la había tirado en un contenedor al azar, pero esos aparatos modernos a los que no se les podía quitar la batería igual le complicaban el asunto, incluso estando apagados. Y luego estaba esa lluvia intensa e inesperada. Tomó nota de mirar esos detalles, porque se enteró después de que llevaban tres días anunciando alerta naranja por tormentas y lluvias. Juan pasó en su momento de encajar esa pieza en el puzle. ¿Error? Con una media sonrisa en la cara, pensó que quizás fue un acierto.

Juan tenía muy claro que esto no era un juego de poder, de víctimas y entes poderosos, como vendían muchos libros sobre asesinos en serie, oh, el poder sobre sus víctimas, menuda estupidez, esto iba de cazadores y cazados, de policías y ladrones, de leones y gacelas. Si no existieran los que le pretendían pillar, nada de esto tendría sentido. Sería el despiece de un animal en una carnicería y además no te lo podías comer. Absurdo. Y además sabía que muchos, muchísimos casos de desapariciones, o crímenes quedaban en el limbo de la justicia, en el limbo de todo los que las películas quieren vender. Siempre se pilla al culpable. Claro.

La tormenta parecía que llegaba a su fin, no sabía cuántos litros habrían caído, pero pensaba que muchos más de lo que serían razonables para una alerta naranja. Sobre todo viendo cómo los contenedores de basura de su calle flotaban sin control, golpeando aquí y allí a coches, farolas y bordillos anegados. Volvió a pensar en el cauce del río donde ahora debía correr bastante agua. Posiblemente las cañas hubieran hecho de parapeto dejando su paquete bien escondido. Luego daría una vuelta por allí.

Recogió los platos de la comida y los colocó ordenadamente en el lavavajillas y, por alguna razón, recordó el libro del asesino en serie británico: Dennis Nilsen. Un idiota que guardaba los cadáveres en su patio y bajo las tablas de su casa y algunos los tiraba por el retrete, un auténtico imbécil. Pero que además tardaron quince asesinatos en descubrir sus crímenes y porque la tuberías de la zona olían mal. Un auténtico genio. Recordaba casi palabra por palabra las declaraciones del jefe de Policía de la zona: “Si no lo hubiéramos arrestado ahora, no habría dejado de asesinar a jóvenes.”

Se asomó a la ventana y el agua de la calle había remitido bastante, sólo quedaba una lámina de agua de unos cinco o siete centímetros, los desagües de la calle seguían engullendo litros y litros de agua, el cielo estaba limpio y el sol quería salir por la torre del campanario. Se puso el impermeable y las botas de agua y miró su móvil sobre la mesa, comprobó que no tenía ningún mensaje ni llamadas y volvió a dejarlo en la mesa. Jamás salía con su móvil a la calle. Jamás. 

Cuando llegó a uno de los puentes que atravesaba parte de la riera que unía esa parte con el cauce del río, vio que las cañas y muchos arbustos habían aguantado el embate del agua, lo malo es que se había formado un pequeño dique con barro y objetos arrastrados por la corriente, sillas destrozadas, dos bicicletas viejas, medio frigorífico oxidado, palos y barro, mucho barro. Otros curiosos rondaban por allí, haciendo fotos o contemplando la fuerza de la naturaleza en forma de lluvia torrencial de las pasadas horas. Incluso había dos “abuelos de obras” apoyados en la barandilla, señalando aquí y allí haciendo supuestamente sesudos comentarios de ingeniería, arquitectura, meteorología... mezclados con pullas sobre política local, nacional y planetaria.

Aunque su paquete seguiría seguro entre las cañas, la maleza y el barro, en algún momento vendrían a limpiar ese murete de barro y acumulados. Aunque, conociendo a su ayuntamiento, tardarían semanas o meses en acudir a limpiar esa zona y lo harían con pocas ganas. Con toda probabilidad, su paquete seguiría seguro. Ahora tocaba esperar a conocer la lista de personas desaparecidas por la riada. Si es que las había, al menos una seguro que estaba desaparecida, y sobre todo, muerta.

En una población de 70.000 habitantes suponía que quizás pudiera haber un par de desaparecidos más, seguro que alguno habría; siempre que llueve a mares en la zona alguien habría intentado pasar por debajo del puente de la vía sin recordar que ahí suelen quedar atrapados los coches por el inmenso socavón que hay y que queda oculto con el agua. Todos los años tenían que sacar de allí a algún listo con su flamante supercoche que se quedaba con el agua hasta la ventanilla. Tres años atrás, ahí mismo, una persona fue arrastrada hasta chocar contra uno de los pilares quedando el coche boca abajo. El cinturón lo dejó atrapado y murió ahogado.   

Volvió a casa tras pasar por la verdulería y pasando por el bazar que había al lado, compró un rollo de cinta americana, otro de carrocero y unos recios guantes de jardinería. Los otros, los que usó anoche, los tiró en un contenedor en la otra punta de la localidad. Los basureros ya se encargarían de hacer desaparecer las posibles pruebas que hubiera dejado en esos guantes. Sonrió para sus adentros pensando en los policías que tuvieran que investigar este caso de la muerta envuelta en plásticos. Camino a casa siguió pensando en qué pruebas podría haber en esos guantes. Como si hubiera un registro nacional de muestras de ADN o incluso de huellas dactilares, se guardaban registros de huellas sólo de las personas fichadas previamente y Juan no estaba fichado. ¿Restos de la víctima? Vale, buena suerte con eso. "Y sobre todo, vete mirando contenedor por contenedor, papelera por papelera, de una ciudad de este tamaño".

Hoy en su plan de comidas había arroz con pollo para el mediodía y una tortilla de setas para la noche.

Por la tarde, como todas las tardes después de comer, conectó su portátil con el cable de red al router, por supuesto tenía desinstalada la conexión wi-fi, claro. Navegó por las noticias en el mismo orden de siempre, primero locales, luego regionales, nacionales e internacionales. Hizo clic en un anuncio de sartenes que no necesitaba y en una web de viajes al Caribe. En la información local ya anunciaban de la desaparición de una persona en la pasarela de madera que había al final del cauce. Por lo visto un vecino había visto desde su ventana a un hombre intentar cruzarla para hacer una foto de la tromba de agua desde el medio de la misma cuando la riada se llevó los pilares de la pasarela, los travesaños y parte de los cables de acero. El hombre cayó al agua y fue arrastrado hasta que el testigo lo perdió de vista. Aparte de un artículo sobre daños materiales, salidas de bomberos, rescates en aparcamientos subterráneos, poco más. Borró las “galletas” y su historial de navegación y desconectó el portátil del router quitando el cable.

 Se fue a su taller de bricolaje, pensando en la maldición que eran los móviles en estos casos y que tendría que mejorar su tirachinas “profesional”, que había fabricado él; no tenía tanta fuerza como esperaba, pero aun así pudo romper la bombilla de la única farola que podía iluminar su zona de la calle, de hecho, la rompió una semana atrás y los de mantenimiento del ayuntamiento aun no la habían cambiado. Normal. Su parte de calle quedaba bastante oscura, en la acera de enfrente sólo había un solar vallado para futuras casas que nunca se construirían, eso sí con carteles rimbombantes y fotos de casas hechas con ordenador. A los lados de su casa, colindantes, las viviendas a izquierda y derecha estaban vacías y a la venta. El comercial de la casa de la izquierda era joven y trajeado, el comercial de la vivienda a su derecha era mayor y parecía cansado de su trabajo. Llevaban un año a la venta, o pedían mucho o pedían mucho.

Anoche la vio venir hacia el portón de su jardín desde el final de la calle, entreabrió una de las hojas de la puerta, muy ligeramente. Se puso los guantes de jardinería. Oyó los pasos acercarse, seis, cinco, cuatro, muy cerca, más cerca. Abrió de golpe la puerta, la cogió del brazo y tiró de ella con fuerza hacia dentro, con la maza que llevaba en la mano derecha la golpeó en la base del cráneo, en la nuca. Cayó fulminada al suelo, inerte. Cerró la puerta. Luego le introdujo un gran trapo en la boca, demasiado grande, tanto que sus mofletes se hincharon y apretó con los dedos la nariz de la mujer. Cinco, diez minutos. No se movía. Quizás el brutal golpe con la maza había sido suficiente, pero por si acaso. Rebuscó en el bolso de la mujer y sacó su móvil. Con los guantes de jardinería era imposible de manipular, pero tenía allí, al lado de sus gardenias, un destornillado plano fino y un ganchito minúsculo y se fue a pasear con el móvil de la mujer. Antes se quitó los guantes y con cuidado guardó todas esas cosas cosas en su bolsillo, sin tocar nada. Estuvo caminando media hora, nadie a esas horas por allí, según su reloj eran las doce y cinco de la madrugada. Luego, se puso los guantes y sacó la tarjeta sim con mucho trabajo, dejó el móvil al lado de un contenedor, con la esperanza de que alguien se lo llevara. De nuevo, se quitó los guantes y tiró el sim en una alcantarilla varias calles más allá, esta vez usando un pañuelo de papel para cogerla. Volvió a su casa, se puso los guantes de jardinería y envolvió al cadáver en plástico recio, los plásticos finos de pintar no servían para estas cosas; hizo un paquete con cinta americana envolviendo el cuerpo. Esos guantes se pegaban un poco pero no tanto como otros que había probado, de cocina, de látex, de nitrilo, ninguno servía para usar con comodidad cinta americana, los de jardinería, recios, sí. Hizo varios agujeros en el plástico para que las alimañas se encargaran del resto a su debido tiempo. En ese momento recordó lo de las “granjas de cuerpos” de las que se hablaban en algunas series y novelas del género, con la imagen gráfica de cuerpos explotando dentro de bolsas cerradas de plástico.

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Cada tela teje su araña (I)

Y cuando al fin venza el plazo señalado, volverán los dioses de su exilio.

Llegarán en un barco construido con las uñas de todos los muertos y, expiada su culpa, purificados los dioses del mal que toleraron, juzgarán a los hombres.

Ese día será Ragnarok. El regreso de los dioses. El último día.

Edda Mayor. Mitología nórdica

1

Le dijeron que era una urgencia y no preguntó más. Ya se enteraría más tarde de lo que tuviera que enterarse.

Viajaba siempre sin equipaje. Sólo llevaba documentación y dinero en efectivo. En ningún lugar del mundo había necesitado otra cosa. Se presentó en el lugar convenido con diez minutos de adelanto, listo para cumplir con lo que le ordenasen, y allí escuchó atentamente lo que le contaron: dos docenas de frases, como mucho, y sobraban la mitad. Ya habría tiempo más adelante para hablar largo y tendido con el patrón, con un buen puro, el mejor ron, y toda la velada por delante para desgranar anécdotas y razones.

Sin más preámbulos, se puso en camino. Al aeropuerto prefería ir en taxi: nada de dejar coche en el aparcamiento o de dar ocasión a las cámaras a que registrasen quién llegaban en compañía de quién.

El resto marchó sin problemas. Control de documentos, seguridad, y directamente a embarcar. Le quedaba lo peor: doce horas de vuelo. Y doce horas de vuelo hacia el Este, además, de las que te comen medio día contando la diferencia horaria: salió de su casa a las ocho de la mañana y llegó a Madrid a las tres de la madrugada.

No había conseguido dormir gran cosa en el avión, pero en Madrid tampoco tenía tiempo para eso. El compadre que lo esperaba en el aeropuerto le entregó un coche de aspecto rematadamente vulgar. En el maletero estaba todo lo demás: la dirección donde tenía que realizar el trabajo, el fusil, la pistola, y cinco mil euros, que venían a ser como siete mil dólares, más o menos.

—Esto es sólo para los gastos. Lo suyo va aparte —le aclaró.

Carlos González, o Malindo, como le llamaban sus amigos, hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza antes de mirar la dirección. Había oído hablar de aquella ciudad, pero ni siquiera sabía hacia dónde podía quedar y mucho menos a qué distancia.

—¿Está muy lejos? —preguntó.

—Tres horas a buen paso —le respondió su contacto, del que ni sabía el nombre ni lo llegaría a saber nunca.

—¡Carajo!

—Si sale algún imprevisto, me llama.

Malindo anotó en un papel aparte el las seis últimas cifras del número de teléfono. Las tres primeras podía memorizarlas sin problema y a nadie le serviría un número al que le faltasen tres dígitos. A menudo los sistemas más sencillos eran los más efectivos.

—Con el depósito me alcanza hasta allí sin problemas, ¿no? Preferiría no tener que pararme.

—Sí, y le tiene que sobrar bastante. Y tiene ya la dirección puesta en el GPS. No hay pérdida.

Malindo suspiró. Sabía de sobra que muchas cosas podían salir mal, pero él era un tipo con suerte y ya se las arreglaría si sufría una avería o le surgía cualquier otro contratiempo.

—Pues me voy, sin más. Gracias por todo.

—Suerte —se despidió su contacto.

2

El hotel se alzaba orgulloso en una plaza céntrica, imponiéndose al resto de edificios que lo flanqueaban.

Se imponía en otro tiempo. Ya no.

Han pasado los años y la fachada muestra las cicatrices del clima y el abandono. La intemperie ha ido desdibujando los rostros de las estatuas que coronan el tejado, y las cariátides de la planta baja parecen a punto de rendirse, vencidas por las grietas y el sudor negro que corre en chorretones indelebles por sus rostros. En lugar de figuras orgullosas de su fuerza, parecen ahora reos de alguna condena eterna que ni siquiera recuerdan. Y sin embargo no pueden desfallecer, no van a hacerlo hasta que la modernidad acabe de desmenuzar con sus ataques químicos la última lasca de su piedra.

Los inmuebles colindantes se levantan cuatro, cinco, seis pisos por encima del hotel, sustituyendo a los que antaño ocuparon aquellos solares como acompañamiento de la orgullosa mole. El hotel es un vestigio, una reliquia de otras ordenanzas municipales, más restrictivas con la construcción en altura, y ni siquiera se atreve a medirse con los bloques de oficinas o la clínica privada que han medrado a su lado. Sin embargo, aún parece más sólido que el resto, como un viejo púgil fotografiado junto a media docena de modelos de ropa juvenil.

El letrero de latón aún luce imponente, acaso porque su dignidad parece aumentar con la pátina de verdín que el tiempo le ha ido añadiendo, pero las banderas de la fachada parecen todas de luto por alguna extraña catástrofe que hubiese afectado a medio mundo. Hace tiempo que no se cambian en honor a la nacionalidad de los huéspedes, sino que permanecen a la intemperie todo el año, como si quisieran llamar en su auxilio a suizos, italianos, japoneses, británicos y alemanes.

Pero nadie acude en auxilio del viejo prisionero: ni cascos azules ni brigadas internacionales. Sólo algunos turistas espaciados, cámara al hombro, decididos a convertir su decadencia en un valor más, en una razón añadida que resalte su atractivo. Son los estetas del abandono, o simplemente los despistados, los que amplían una multinacional o invaden un país por culpa de un error en un mapa.

El hotel, resignado, se empeña en resistir.

Las alfombras parecen nuevas, pero no son siquiera una sombra de aquellas otras, gruesas y macizas, que cubrían los pasillos diez o doce años atrás. Ahora el lujo es sólo apariencia, decorado para una filmación que no acaba de llegar, atrezzo que resiste semana tras semana hasta que se presenta el relevo en forma de cualquier otra baratija de relumbrón mal imitado.

Las lámparas dejan entrever algunos hilos de telaraña, y las bombillas fundidas tardan meses en sustituirse, a la espera del día en que al fin alguien se sube a una escalera para desempañar los brillos del cristal y el bronce.

Todo ha ido decayendo, como alcanzado por aquel extraño fantasma que desportillaba los vasos, marchitaba las flores y torcía los cuadros de Alraune. Todo es un poco más triste y más viejo: las colchas de las habitaciones, las mesillas de noche, los cabeceros de las camas, la botonadura de los ascensores y hasta los rodapiés de algunos pasillos, pegados de cualquier manera después de que algún incidente, o la simple fatiga, los desprendiese. Pero todo resiste en un último esfuerzo.

El agua se las ha arreglado para componer un segundero en alguna parte, pero nadie se preocupa. Quizás sea en un almacén vacío, o en alguna de las habitaciones que ya no se abren a los visitantes y que ejercen labores de trastero, perfectamente al tanto de la filosofía de todos los trasteros: que nada se pierda y que nada se arregle.

El empeño en la descripción del abandono no es casual: hay lugares cuya seña de identidad es el lujo, otros que se definen por la parquedad de sus líneas y la economía de sus pretensiones, pero la decadencia nunca es muda y contiene invariablemente la historia de un esplendor, la crónica de un fracaso y la promesa de unas ruinas señalables o una gloriosa resurrección.

El hotel, como está hoy, ni vive ni muere, sólo resiste, agobiado por el peso de su antigua grandeza, como una tortuga flaca que debe arrastrar aún la concha que crió en sus buenos tiempos. Media Europa vive así: llena de ciudades que fueron capitales de imperios, centros de administración, cuarteles generales de mando, puertos comerciales, cortes reales, lugares donde un día se decidió el reparto del mundo con una línea sobre el mapa y que tras el paso de los siglos son sólo pueblones, ruinas de castillos y andurriales sin ovejas ni concejos de la Mesta que las saquen del olvido.

De uno de estos lugares toma el hotel su nombre. No importa cual. Hotel Lisboa, Tordesillas, Viena , Versalles, Budapest... Un nombre con sabor a Tratado, con reflejos de salón irisado de espejos, con violines interpretando valses para flamantes parejas que aún se sentían inmortales.

El tiempo alcanzó a esas ciudades, a cada cual a su modo, y alcanzó también al hotel con el peor de los castigos: la indiferencia.

Bombardeado con telarañas y bostezos, el hotel afronta como puede los martillazos del amanecer.

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Cada tela teje su araña (VI)

12

Hans Hoffmann es Vitali Kirilenko haciéndose pasar por Gerdhard Schepke.

Al final, todo se reduce a un tipo calvo y con bigote que guarda los tres pasaportes en la misma mesilla de noche de la habitación 401. Ahora acaba de sacarlos los tres y, sentado en la cama, se cambia de calcetines mientras piensa qué hacer.

Acaba de escuchar la noticia que ha sacudido los cimientos de la v ida en el hotel y echa sus propias cuentas.

Nada. No va a hacer absolutamente nada.

Si acaso, ir a ver a la mujer de la 409, al otro lado del pasillo, y despedirse de ella. Le gusta esa mujer, le gusta su mirada. Le gusta el modo en que lo abraza aunque ninguno de los dos esté ya para grandes alardes de erotismo. Él tiene setenta y un años, y ella pocos menos, o quizás alguno más. ¿Qué importa? Ella no sabe de dónde salió y el tiene que pensar muy atentamente algunas cosas para disti8nmguir lo que realmente vivió de lo que ha ido inventado con los años, mientras superponía capa sobre capa en su identidad.

Se llama Hoffmann, eso lo recuerda, y nació en Dresde el mismo día que Hitler llegó al poder. Su padre era agente de la GESTAPO, y cuando acabó la guerra temió que los represaliaran a todos, máxime viviendo bajo la ocupación soviética. Al principio su familia lo pasó mal, pero luego llegó la gran pregunta: ¿qué iban a hacer con toda aquella gente que había trabajado en los servicios secretos nazis? Todos pensaron que los fusilarían sin contemplaciones, o los deportarían a Siberia o a algún campo de trabajo, pero hacer tal cosa era un desperdicio de conocimientos y de talento y los rusos eran ante todo gente pragmática: a su padre lo integraron en el Ministerio para la Seguridad del Estado, la Stasi, después de hacerlo pasar por diversas academias.

Y en Occidente fue igual: ¿qué se podía hacer con toda aquella gente? ¿qué se podía hacer en plena Guerra Fría, cuando se necesitaban miles de hombres preparados tanto para labores de información como para trabajos de campo? ¿Desechar aquel capital humano? Imposible. Se aprovecharon los científicos, y uno de ellos llevó al hombre a la luna, se aprovecharon los políticos, se aprovecharon los juristas, y también los policías, por supuesto. O simplemente los hombres sin escrúpulos dispuestos a la acción, como hicieron los americanos en aquella Operación Gladio que al final no tuvieron más remedio que reconocer: miles de fascistas italianos y nazis alemanes armados en secreto e instruidos para asesinar a los líderes de la izquierda si un día brotaba un conato de revolución marxista. ¿Qué necesidad había de reclutar a otros hombres, de adoctrinarlos y de instruirlos? El trabajo estaba hecho y se aprovechó, como no podía ser de otra manera.

La piedra rodaba ya cuesta abajo cuando Hans cumplió dieciocho años y le pidió a su padre que le ayudase a ingresar en la Stasi. Su padre le advirtió que no sería un trabajo fácil y él lo aceptó con toda naturalidad: no había llegado a participar en la guerra pero sí se había endurecido en las escuelas nacionalsocialistas lo bastante para creer en conceptos como determinación, sacrificio y voluntad. Sin escrúpulos, Sin complejos.

Haría lo que hubiese que hacer, dijo. Y lo cumplió.

Luego llegaron los años, muchos, de pequeños servicios dentro de su ciudad, los traslados constantes, los informes interminables, los cursos de idiomas, el viaje a Rusia y todas aquellas experiencias que podrían servirle para escribir su autobiografía en siete tomos. Una autobiografía que no escribiría nunca porque su mayor orgullo estaba en lo que callaba, en lo que ocultaba y en lo que seguiría sin saberse incluso después de su muerte.

Todo iba bien, más o menos, hasta que llegó el año ochenta y nueve: el año de la catástrofe. El bloque comunista, que había servido de contrapeso al imperialismo americano, se desmoronó de pronto, como si la roca que lo formaba hubiese entrado repentinamente ne resonancia para convertirse en arena. Todo se hundió en poco tiempo: la caída del muro, la desintegración de la URSS, la unificación de Alemania...

¿Y qué podía hacer? ¿En qué pararía todo?

De pronto, él y otros muchos miles de agentes de seguridad del bloque comunista se encontraron sin trabajo, perseguidos y señalados en su propio país. ¿Y por qué? Por cumplir con su deber.

¿Qué podían hacer? ¿qué iba a hacer él?

Y ahí están los ingenuos, los incautos, los que creen que los pintores se inventaban el éxtasis de las monjas... Ahí están todos ellos, sonrientes, pensando que ha llegado la libertad y que los agentes del KGB se van a convertir en fruteros, cerveceros y pastores de ovejas. Y los agentes de la Stasi formarán compañías teatrales y de guiñoles, parar entretener a los campesinos y pasar al final la gorra, pidiendo la voluntad. ¡Idiotas!

Cuando el sistema se derrumba, quedan sus armas y quedan sus hombres preparados para el engaño y la violencia. Puede gustar más o menos, pero es un hecho. Y la única salida de esos hombres, la única digna, es aprovechare lo que saben hacer y pueden ofrecer para seguir ganándose la vida.

¿Y qué sucede en realidad? Que el mundo está lleno de pequeñas y grandes bandas con actividades oscuras, y que e esos grupos se enfrentan a diario con la policía, y que están realmente encantados de poder contar en sus filas con gente mucho mejor preparada que la policía normal de sus países, gente mejor adiestrada, gente fogueada en la realidad y que no se ha pasado la vida poniendo multas de tráfico a panaderos que aparcan mal la furgoneta.

¿Qué puede hacer un policía antidroga contra un par de buenos agentes del KGB o de la Stasi? Poca cosa. No hay comparación. No hay color. Y los agentes de la Stasi son mucho más baratos y menos arriesgados de comprar.

Y así fue.

Cada uno se buscó la vida como pudo y Hans se vino a España.

Ya no era joven cuando llegó, pero eso no tenía mucha importancia. Mucha gente quiso contar con sus servicios, y poco a poco sus tres identidades se fueron mezclando. Poco a poco le llegaron también encargos de varios gobiernos, incluido el español, y poco a poco se afianzó su identidad en aquel hotel, como un viejo ingeniero jubilado de una industria automovilística.

Una veces ayudaba a que se verificase una transacción sobre armas y otras avisaba al gobierno sobre ella. Unas veces apoyaba a los delincuentes del Este y otras cumplía otro programa. Ni los unos ni los otros sabían a quién servía en realidad, y todos se habían acostumbrado a no hacer demasiadas preguntas.

Cualquier día podía aparecer muerto en una esquina, lo sabía, pero eso no era un cambio demasiado radical respecto a la vida que llevaba antes.

A veces, por diversión echaba un vistazo a los pequeños trapicheos del hotel y se reía un rato. Sabía perfectamente lo que estaba sucediendo allí. Conocía al dedillo cada trama y por eso precisamente se burlaba de ellas: las chicas, las drogas, la gerencia... Todo. Y por eso, también, pensaba quedarse en su habitación mientras los demás se marchaban a toda prisa.

Lo único que seguí siendo un misterio para él era la mujer de la 409, aquella vieja medio loca que se hacía pasar por una actriz del cine mudo y que a veces se metía en su cama si previo aviso y miraba luego debajo de la lampara de noche a ver si él le había dejado algún billete.

La primera vez no le dejó nada, por respeto sobre todo, pero luego entendió que la mente de ella funcionaba mediante una lógica distinta y comenzó a pagarle como si de veras fuese una prostituta, como si la hubiese llamado él y como si realmente disfrutara de su marchita compañía.

Y con el tiempo, lo reconocía, comenzó a disfrutar realmente de estar con ella. A todos los niveles. Le gustaba su conversación y le gustaba desnudarla y desnudarse para ella. ¿Por qué no, qué demonios?

Sabía que le habían dicho que tenía que marcharse y la única duda de Hans, o de Vitali, o de Gerdhard, era si bajar a buscarla y decirle que se quedara con él, que él pagaría la habitación, que él se comprometía a no hacer preguntas y se comprometía también a no responderlas. Simplemente pasearían juntos, sin saber ninguno de los dos porqué había gente que pagaba a veces, qué silencio intentaban comprar io qué agradecimiento esperaban. Se harían un poco más viejos en su mundo desquiciado por los terremotos de la vida y de la historia y un buen día, cuando tocase, uno de los dos se ocuparía del entierro del otro mandando inscribir cualquier enorme mentira sobre una lápida.

¿No es eso el amor? ¿No es convertir en propios los fines de otro? ¿No es escribir mentiras en los cuadernos, en las cartas y las mañanas? ¿No es construir paseos, réplicas y sepulcros?

Ella se llamaba Carmen y se creía Norma Desmond. Bien, ¿por qué no? Al fin y al cabo aún estaba un escalón por debajo de él, que tenía tres nombres, cada cual con su correspondiente fotografía y pasaporte. ¿Y quién está más loco? ¿el que s elo cree o el que no?

¿Por qué demonios iba a perderla? Ni le importaba quién la había llevado a aquel hotel ni tampoco por qué se la llevaban de nuevo. Sabía que el gerente y el yugoslavo de las chicas tenían algo que ver, pero le importaban un bledo. Bajaría a recepción y le diría que subiese de nuevo las maletas a la cuarta planta. La ayudaría incluso. Pero no a la 409 sino a la 401.

Y nadie se opondría. Nadie, ni el gerente ni aquel idiota yugoslavo tendrían nada que decir.

Hans se miró al espejo, sacó una viejísima Walther de su mesilla, se la metió en el bolsillo y bajó hacia recepción.

Ojalá no tuviese que pegarle un tiro a nadie. Siempre era una cosa desagradable.

13

Malindo vio detenerse un coche delante del hotel y se colocó en posición. Sólo unos cuantos centímetros del cañón del rifle asomaban por delante de la persiana, pero la visibilidad a través de la mira telescópica era perfecta.

En el centro de la cruz que señalaba el objetivo apareció una mujer de mediana edad, rubia, vestida con un impecable abrigo azul. No era el objetivo. Del otro lado del coche salió un hombre calvo, aparentemente mucho más viejo que la mujer. Malindo no tardó ni siquiera un segundo en tenerlo perfectamente enfocado, peor tampoco se trataba de su objetivo.

El coche reinició la marcha poco después. Nada.

Era la segunda vez en diez minutos que se echaba el arma al hombro, pero de momento no había tenido suerte. Las doce y veinte. Era pronto. No había por qué preocuparse.

Susana sin embargo, se tapaba los oídos lo mejor que podía, acercando la cabeza a la mano esposada.

—No se preocupe. Hace ruido pero no es para tanto —le aseguró el sicario, ya por segunda vez.

—Es igual. Me da miedo.

—¿Le tiene miedo a los petardos?

—Me desagrada cualquier ruido. Cuando hay tormenta me pongo muy nerviosa. Odio los ruidos.

—Nunca es malo escuchar una bala, ¿sabe?

—¿Por qué?

—La bala que oyes es que no te ha matado. Las balas van más aprisa que el sonido. No todas, pero sí la mayoría, y como el cerebro necesita un tiempo para procesar el impulso nervioso, si la oyes es que no te mató.

—Sabe usted muchas cosas.

—Más de las que quisiera, señorita. No hago este trabajo porque no sepa hacer otra cosa.

No quería decir —comenzó a disculparse Susana.

—No se preocupe. La entiendo... ¿Y usted, tiene estudios?

—Estudié graduado social.

—¿Y en qué consiste eso?

—Es una carrera para especializarse en problemática social, como pobres, marginados, alcohólicos... Se trata de poder prestarles luego la ayuda adecuada.

Malindo arrugó el gesto.

—Mierda de mundo cuando hay que estudiar una carrera para ayudar a los pobres.

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Cada tela teje su araña (VIII)

16

María lleva todo lo que va de la mañana escuchando cuchicheos por los pasillos, carreras y alborotos, pero no se ha molestado en preguntarle a nadie qué pasa. Hace ocho años que entró a trabajar en el hotel como camarera y sabe de sobra que pasan cosas raras, pero prefiere no preguntar ni enterarse de nada. De hecho, sus compañeros ya no se acercan a ella a comentarle chismes, porque siempre los despacha con un “¿y a mí que me importa?”

María lo tiene claro: presentarse a las ocho, ayudar a los desayunos y luego limpiar habitaciones, cambiar las sábanas y las toallas, dejar impecables los cuartos de baño, sobre todo los cuartos de baño, y reponer los jabones y otros productos de tocador. A veces siente curiosidad, por supuesto, pero la mantiene a raya como a los hombres, casi siempre extranjeros con mucho dinero, que a veces la pretenden sin ocultar que su única intención es pasar un buen rato y contar luego a los amigos, en su país, que en España se acostaron con la chica que iba a cambiarles las sábanas del hotel. En ocho años sólo ha aceptado una vez, porque le apetecía, porque le gustaba el tipo aquel, y porque sí.

Y precisamente porque lo probó, prefiere no hacerlo de nuevo, al menos hasta que aparezca la persona por la que valga la pena hacer una excepción. Esa es la idea que ha movido su vida: normas claras y excepciones sin dudarlo. Y no le ha ido mal.

Nunca le ha ido mal, y menos desde que trabaja en el hotel. El sueldo no es muy alto, sino más bien al contrario, pero le llega de sobra, junto a la pensión de su madre, para vivir tranquilamente las tres: ella, su madre y la niña de nueve años que pasó de ser un error de juventud al mayor acierto de su vida. Del padre de la niña nunca supo más, ni lo buscó, ni probablemente él haya oído nunca que tiene una hija. Fue una relación corta, una discusión violenta y una despedida fulminante. Todo en mes y medio, con una docena de copas, cuatro cenas y dos noches de cama en total.

Él se llamaba Manuel y trabajaba en las obras de la autopista. Cuando terminaron las obras se fue con su empresa a otro lado y ella nunca lo llamó para decirle que estaba embarazada. Ni para eso ni para pedirle un duro. Y si alguna vez, pro casualidad, se lo encontraba en alguna parte, pensaba decirle que se había casado con un policía municipal y punto.

Cuando se lo contó a su madre, la vieja hizo un drama, pero también fue la que más insistió en que no abortase. Al final, María decidió tener a la niña y ponerse a trabajar inmediatamente, dejando de lado la FP de administrativa que estaba estudiando.

Una amiga suya había estado saliendo con Luis Molina y aprovechó este contacto para pedir trabajo en el hotel: la respuesta afirmativa fue casi instantánea, y desde entonces tenía un trabajo que le permitía ir a buscar a la niña y pasar toda la tarde con ella. ¿Qué más le daba a ella lo que hiciera Molina? ¿qué le importaba a ella lo que hicieran en el hotel?

Molina había cumplido. No tenía por qué, pero le había dado el trabajo, aunque a ella no la conociese de nada y ni siquiera estuviese saliendo aún con su amiga. Lo dijo bien claro: si eres amiga de Cristina, no hay nada más que saber. Ven mañana y cumple lo mejor que puedas.

Así lo hizo María y así lo entendió para todo lo demás: si le había dado el trabajo, no había nada más que saber.

Pero apesar de todo, sabía. Aunque callase, aunque mirara para otro lado, estaba segura de que un día u otro aquello acabaría por reventar de algún modo.

En el hotel habían ocurrido demasiadas cosas. Había visto los gritos y las peleas en la tercera planta, donde estaban las chicas, y las había visto llorar sin apenas mirarla cuando entraba a arreglar su habitación, cumpliendo la orden de cerrar con llave. A veces tenía miedo cuando entraba a una de esas habitaciones, pero la única vez que se revolvió contra ella una de las muchachas le abrió la puerta y las invitó a salir, como si hubiera alguien fuera esperándola, y con eso fue suficiente.

Le daban pena aquellas chicas, pero también sentía por ellas un poco de desprecio. Por no intentarlo todo. Por no luchar. Por no tirarse por la ventana. Eran extranjeras, no tenían pasaporte ni dinero, pero podían armar un escándalo de mil demonios gritando por la ventana. ¿Por qué no lo había hecho ninguna? ¿qué clase de sumisión llevaban en el alma?

A María no le gustaba pensar así, pero se veía en el lugar de ellas y no se imaginaba aguantando lo que ellas aguantaban. Al final eres lo que aguantas, pensaba, y a fuerza de aguantar y de callar te conviertes en nada.

¿Qué haría ella en una situación así? Cualquier cosa. Lo que fuera menos quedarse allí. El pasaporte no era un problema real: bastaba presentarse en la comisaría para denunciar lo sucedido y pedir que llamasen a la embajada o al consulado de su país. ¿No lo habían pensado?

Alguna vez se sintió tentada de decírselo a alguna de ellas, pero prefirió callar. No era asunto suyo. No era el modo de pagar el favor que le habían hecho, porque si aquello sucedía en el hotel seguro que Molina estaba al tanto, y posiblemente se llevara una parte.

Y luego estaba lo otro, lo de las mesas de juego, y lo de aquella extraña mujer, la vieja de la 409. Todavía se acordaba del día que llegó. Ella estaba en la calle, hablando con Justino, el cocinero, y entonces se paró un taxi del que se bajó la vieja, como si fuera una gran estrella de la pantalla. La acompañaba Milan, el yugoslavo que se ocupaba de las chicas, y nunca lo había visto así: pálido y tembloroso como si le acabasen de pegar una puñalada. ¿quién podía ser aquella mujer para que un tipo como Milan, al que jamás había visto siquiera dudar, se descompusiera de aquel modo?

Aquella mujer era su única curiosidad, pero nunca pudo averiguar nada de ella, porque la propia vieja no recordaba nada en absoluto. Lo único que podía decirle sobre su procedencia era justo lo que María ya sabía: que un día había llegado con Milan en un coche y que aquel joven era muy amable y a veces la iba a visitar y le llevaba flores.

¿Qué diablos le ocurriría a Milan con aquella mujer para que tuviese que respirar hondo antes de entrar a verla? Lo había visto varias veces dudando delante de su puerta y no lograba comprenderlo.

Podía haberle preguntado a Milan, pero a tanto no se atrevía. Milan era un hombre con el que lo más prudente era no cruzarse siquiera.

Y con los demás procuraba no cruzarse mucho tampoco. Ella estaba allí para ganar dinero y tener tiempo de cuidar a su hija. Lo demás le importaba un bledo.

Y lo que pudiese estar sucediendo esa mañana en el hotel, otro tanto.

Cuchicheos, rumores, que si venía no sé quién, que sí había que marcharse a toda prisa. Ella no tenía razones para marcharse y no lo haría hasta que no la echaran. Cuando hubiese un congreso, haría lo que le mandasen en el salón de actos. Si se tenía que ocupar de alguna chi8ca que estaba enferma, la cuidaría lo mejor que pudiera, con simpatía incluso. Si tenía que servir bebidas en alguna mesa de póker, las serviría. Lo único que no pensaba hacer era ayudar a vender lo que algunos vendían ni darse por aludida con nada de lo que viera.

Si los basureros no se comen la basura, ella tampoco dejaría que entrase en su interior nada de lo que la rodeaba.

Como si se cae el mundo se reforzó a sí misma en voz alta.

17

Ya es la una en punto y el objetivo sigue sin aparecer. Malindo se esfuerza en mantener la calma, pero cada minuto que pasa lo asaltan más preocupaciones sobre lo que ha podido ocurrir y qué tendrá que hacer en ese caso.

Hay algo que no marcha bien, pero no puede imaginar qué es. Una mujer mayor, vestida de modo extraño, lleva cinco minutos delante del hotel junto a una maleta vieja, mirando hacia los lados, como si esperase a alguien. Luego la mujer se cansó de esperar y se sentó sobre la maleta hasta que un viejo flaco y canoso se acercó a ella y la besó.

Malindo creía haberlo visto todo, pero dos viejos besándose en la calle junto a una maleta de cartón tiene algo de lírico y de trágico a la vez. Y si se ve a través de la mira telescópica de un rifle de precisión, entonces la escena se vuelve capaz de agarrar a cualquiera con una tenaza al rojo.

Cuando a la pareja de ancianos se une una muchacha en minifalda, alzada sobre unos tacones estratosféricos, Malindo no puede reprimir una exclamación.

—¡Diablos!

—¿Sucede algo? —se atreve a preguntar Susana, que ha visto el gesto de extrañeza del sicario.

—No lo sé. Es como si se hubiera juntado en la calle un desfile de gente rara.

—Se hace tarde. ¿Vuelvo a llamar?

Malindo suspiró. Recogió el teléfono de la agente de encima de la mesa donde lo había dejado y apretó el botón de encendido.

—Dígame el número personal.

—Ocho, dos, ocho, uno. Pero no debió apagarlo. No lo apagamos nunca.

—Llame.

—¿Para qué, si me va a pegar un tiro de todas maneras?

Malindo sacó la pistola del bolsillo y encañonó a la mujer.

—Tiene razón y tiene agallas, lo reconozco. Pero decida ahora mismo, y eso quiere decir ya mismo, si media hora de vida vale o no una llamada.

Susana lo pensó un instante.

—Puedo llamar y pedir socorro.

—Mi trabajo fracasará y usted morirá. Es una opción que le dejo. Decídase de una vez —respondió Malindo regresando junto a la ventana. Acababa de llegar otro tipo, alto y fornido, y parecía discutir con la chica de la minifalda y con el viejo, mientras la mujer mayor había regresado junto a su maleta.

—¿Mario? —dijo Susana al teléfono—. Esta gente parece que tarda. ¿Espero un rato más o vuelvo a la oficina?

—De perder ya toda la mañana, espera —respondió una voz malhumorada al otro lado.

—De acuerdo. Si puedo, voy antes de cerrar —anunció Susana. Y colgó sin esperar la respuesta.

Malindo se acercó a recoger el teléfono.

—¿Lo ve? Un minuto de vida vale cualquier cosa.

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Cada tela teje su araña (VII)

14

La habitación 202 no tiene cama.

Hace tiempo que la 202 es un despacho, y allí trabaja Luis Molina, encargado de relaciones públicas del hotel y responsable de los eventos y congresos que se celebran en la planta baja.

Su mesa está impecable, y en los cajones sólo hay un par de agendas abarrotadas de números de teléfono. A Molina le basta con conocer y poder llamar a las personas necesarias en cada momento. Ni siquiera tiene un archivador en el despacho: todo lo que importa lo almacena en el ordenador o en la cabeza, y sostiene que lo que no puedas guardar en esos dos sitios no vale la pena conservarlo.

Hoy ha llegado tarde. En recepción no había nadie y en el hotel ha observado un extraño ajetreo, pero no se ha molestado en averiguar qué está sucediendo. Esa es otra de sus máximas: si tienes que enterarte de las cosas, es que no valen la pena. De las realmente importantes te enteras aunque no quieras.

Acaba de sentarse en su mesa y ha sacado una agenda cuando suena su teléfono.

Molina lo coge en el acto y escucha una sola frase.

—No me jodas— responde sin añadir siquiera el énfasis de una exclamación. Quiere añadir algo más, pero del otro lado ya han colgado.

Da un golpe sobre la mesa, grita media docena de blasfemias y tras recoger sus agendas y libretas de direcciones, echa un vistazo a la habitación y se marcha a toda prisa.

No piensa volver.

Luego, ya junto al ascensor, regresa sobre sus pasos y entra de nuevo en la habitación.

Sin pensarlo un instante, busca un destornillador en los cajones de su mesa, pero no encuentra ninguno, así que al final se decide a usar unas tijeras para desatornillar la carcasa del ordenador. Es un trabajo un poco más lento, pero igual de eficaz. El último tornillo se le resiste y Molina no tiene paciencia para seguir intentándolo, y menos aún para bajar a recepción por una herramienta más adecuada: sólo es un tornillo, así que tira de la carcasa, doblándola por ese punto de enganche, y acto seguido la arranca y empieza a trabajar con los tornillos del disco duro. Son cuatro tornillos más, uno de ellos en un punto de acceso complicado.

Entonces se vuelve a acordar del Congreso que está a punto de celebrarse y trata de apartar la idea de su mente con un rápido parpadeo.

Los congresos son menos cada vez, pero el beneficio crece gracias a todo lo que gira en torno a cualquier reunión de gente sola, con dinero, y que está lejos de su casa. Por una parte están las chicas y luego viene la bebida y el supermercado de sustancias prohibidas de la primera planta. Por eso es importante elegir los Congresos que se organizan, porque no consume lo mismo una reunión de deportistas que una reunión de médicos. Lo importante es que tengan dinero y que vengan de lejos. Lo importante es que sea gente abierta de mente, y sin demasiado acceso habitual a según qué cosas, porque venderle anfetaminas a un médico es lo más difícil del mundo.

Hoy va a venir un grupo entero de extranjeros: tiene que dejar claras un par de cosas a las chicas y tiene que asegurarse de que se cumplirá el mínimo de lo que se espera en elegancia y servicios para un pequeño congreso. Hay que sacar las sillas del almacén, planchar las banderas y montar un escenario digno. Los pretextos que se saben pretextos son los más exigentes con las formas.

¿Cómo se puede arreglar eso? Con naturalidad, por supuesto. Será un simple congreso, con toda la inocencia, sin chicas, sin cocaína, sin hachís ni marihuana. Será un congreso como cualquiera que pudiera organizar un Parador Nacional en plena vista del ministro. No hay problema. Si alguien pregunta por alguno de los otros servicios de los que ha oído hablar, es cuestión de poner cara de sorpresa y hasta de simularse ofendido: usted se equivoca, caballero. Aquí nunca se montaron orgías, ¡qué barbaridad! Aquí nunca se permitió la circulación de estupefacientes y eso de lo que me está hablando es ilegal. Aquí nunca, jamás en cincuenta años, se han organizado partidas de poker. Hay que hacer lo que sea, menos suspender el congreso.

Luis Molina es especialista en mantener el tipo, pero también sabe cuándo debe marcharse.

A los veintidós años, después de acabar empresariales, comenzó a trabajar en un banco, pero en aquella época, anterior a la fiebre de las hipotecas y las participaciones preferentes, la banca era un negocio aburrido basado en la regla del tres, seis, tres: pagas un tres por ciento por el dinero, cobras un seis por ciento por los préstamos, y te marchas a casa a las tres, hasta el día siguiente.

Quizás si hubiese aguantado más tiempo en el sector hubiese conocido la época dorada de las grandes comisiones, los pluses dorados de productividad y los grandes pelotazos, pero no tuvo paciencia y se fue. O eso es lo que él dice, porque muchos de los que lo conocen dice que tuvo que marcharse por otras razones más urgentes. El caso es que a partir de ese momento comenzó a trabajar por cuenta propia, casi siempre de comercial en cualquier ramo que pudiera necesitar sus servicios.

Probó con los seguros, los libros, las viviendas... y al final comprendió que lo mejor era dedicarse un poco a todos, de manera que se pudiera vender un coche al que quería un coche, un seguro al que necesitaba un seguro y una reforma integral al que tenía que hacer obras en su casa o en su oficina.

En aquella época conoció a Luis Portillo, gerente del hotel, y enseguida se dio cuenta de que esa era justamente la clase de relación que le convenía. Porque en un hotel se necesita de todo: lavandería, servicio de limpieza, mantenimiento, proveedores de comida, gasóleo, etc. Un hotel grande consume mucho, consume muchas clases de suministros, y además de manera constante, sin que las cantidades unitarias llamen la atención por sí mismas.

Lo de los congresos y reuniones de empresa llegó más tarde, cuando ambos, durante una cena, decidieron que había que buscar la manera de sacarle más rendimiento inmediato a las posibilidades que el hotel les ofrecía. El negocio propiamente dicho del hotel estaba cayendo, y había que buscar la manera de obtener algún partido de las instalaciones, y sobre todo del nombre, mientras no se convirtiese en una ruina.

Y así fue como surgió la idea: famoso hotel de cinco estrellas, céntrico y con prestigio, ofrecía sus salones para congresos a un precio más bajo que establecimientos de mucha menor categoría. Además, para los participantes en ese tipo de actos, se ofrecía también un descuento de hasta el 40 % en el precio de las habitaciones. Lo que ya subía algo más eran los servicios complementarios, como la bebida y todo el resto de posibles diversiones, como solían describir las actividades ilícitas o dudosas. El hotel perdería dinero, pero ellos, que se ocupaban de esos otros extras sin pasarlos por la contabilidad, se harían ricos.

¿Pero a quién demonios el importaba el hotel? Mientras el restaurante fuese capaz de asumir todos los costes operativos, lo que se sacase del resto era beneficio puro. Y no se trataba sólo de dinero, porque un hotel como aquel podía producir muchas clases de beneficio, como pudo ir comprobando.

A partir de ese momento, todo comenzó a funcionar de acuerdo con la filosofía de Luis Molina, una filosofía muy clara y muy bien delimitada.

En el mundo hay dos clases de gente: los que hacen el trabajo y los que se llevan el dinero, y además nunca son los mismos. Lo importante es llegar a estar entre los que se llevan el dinero, y eso se consigue conociendo a las personas adecuadas, que suelen estar en cierta clase de sitios, y desde luego no aparecen por fondas de mala muerte, salones con techo a dos metros justos del suelo y nombre recién pintado en la fachada, o compuesto con fideos de neón. La gente que importa, la que de veras puede hacer un encargo que suponga embolsarse una buena cantidad con un par de llamadas a los que realmente harán el trabajo, forma una especie de dinastía a la que se le puede seguir la pista hasta los reyes godos. Parece que cambian de vez en cuando, con una revolución o con unas elecciones, pero no es cierto: enseguida asoman de nuevo, primero con timidez, y luego, poco a poco, a plena luz del día, dispuestos a ocupar los lugares de siempre. Por eso, sea cual sea el régimen político o el signo del Gobierno, si se siguen los organigramas con cierta atención, siempre parecen los mismos apellidos, unas veces en puestos más discretos y otras en cargos de relumbrón, pero los mismos, siempre los mismos, con alguna pequeña infiltración de despistados que tratan de incorporarse a la pequeña tribu de elegidos y a los que se les permite entrar para que sustituyan a alguna rama extinta del viejo árbol.

¿Y dónde está esa gente? En los mismos viejos hoteles, en los viejos balnearios, en las cofradías más antiguas, aparentemente dedicadas a seguir la tradición de pasear una imagen religiosa en Semana Santa pero centradas en realidad en asegurarse de que los suyos están siempre un poco antes en cualquier lista, un poco por delante en cualquier elección, un poco más arriba en el montón de currículos aspirantes a un buen puesto.

El hotel había sido crucial. Sin aquel condenado edificio nunca habría conseguido dejar las calles, vendiendo hoy seguros y mañana enciclopedias, hasta envejecer con las espaldas curvadas de tanto cargar con el maletín y el desánimo, el muestrario y la acumulación de respuestas negativas. Allí había empezado en su nueva vida.

Pero todo se termina.

Luis Molina acabó de sacar el último tornillo, desconectó los cables y se metió el disco duro en el bolsillo.

—Si hubiese tenido un par de años más... —se quejó mientras cerraba la habitación de un portazo.

Pero no tenía ni un par de años, ni un par de días siquiera. Tenía que largarse y rápido.

Quizás con buena suerte y buena mano pudiera volver...

15

Ya es la una menos cuarto y Malindo no se aparta ni un instante de la ventana. Al principio estaba completamente seguro de que su objetivo entraría por la puerta principal, pero ya empieza a preguntarse qué hará si al final prefiere dirigirse al aparcamiento y subir al hotel por el ascensor.

—Se está haciendo tarde. ¿Quiere que llame de nuevo? — propuso Susana.

—No es necesario. ¿Tiene miedo de que la busquen?

—Pues sí, la verdad. Si viene alguien a buscarme creo que será peor para todos. ¿qué pasaría si alguien llamase ahora a la puerta o viniese el propietario del piso?

—Sería malo para todos —respondió escuetamente el sicario—. Pero a mí no me suceden esas cosas. Yo soy un hombre con suerte. Siempre he tenido suerte. ¿Y usted?

—Hasta hoy, sí.

—De momento no puede quejarse. Sólo está pasando un rato incómodo sentada en el suelo.

—Pero después...

—Lo que ocurra después depende de que me convenza o no de si me conviene dejarla con vida.

Susana sollozó.

—A nadie le convienen los testigos. Es lo que llevo pensando desde el principio.

—Se equivoca, señorita. Yo haré lo que tengo que hacer y luego me marcharé. Si creo que dará mi descripción a la policía la mataré, pero si creo que les dirá cualquier cosa, como que soy un tipo alto, rubio y con acento ruso, me interesará que siga viviendo, porque me dará tiempo a largarme para siempre mientras buscan a un ruso o a un yugoslavo.

—¡Les diré lo que usted quiera!

Malindo negó con la cabeza.

—Atada a un armario y mientras yo la apunto con un arma es muy fácil prometer eso. No voy a creer nada de lo que me diga. Tiene que convencerme, peor no hablando.

Susana bajó la vista.

—¿Y cómo puedo convencerle entonces?

El sicario sonrió.

—No piense mal. No voy a abusar de usted ni nada parecido. Me sobran mujeres que me abrazan de buena gana como para rebajarme a una cosa así.

—Yo no...

—Sí lo había pensado. No me mienta.

—Bueno, sí... Pero es que no se me ocurre cómo convencerle.

—Piense algo porque le va la vida en ello.

—No gano denunciándolo. Y puede volver, o puede volver uno de sus amigos. Un hombre que dispara a la calle con un rifle nunca trabaja solo.

Malindo se echó a reír.

—¡Muy bien! ¡Lo está haciendo muy bien! Pero no basta.

Susana apretó los labios.

—Acérquese un momento, por favor.

—No puedo apartarme de la ventana.

—Será sólo un momento.

Malindo se acercó hasta el archivador y se agachó junto a la chica.

Ella lo miró fijamente, sin un aso9mo de miedo ni de lágrimas.

—Llamó un hombre con acento ruso, le enseñé la oficina y me ató a un archivador. Era un hombre rubio, de casi metro ochenta, con el pelo rubio o castaño claro y ojos azules. Me esposó al archivador. Eso diré. Seguro que un hombre como usted sabe cuando una mujer le miente y cuándo no.

—Eso está mucho mejor —respondió Malindo regresando junto a la ventana—. Pero me temo que tampoco es suficiente.

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Cada tela teje su araña (III)

5

La agente inmobiliaria se retrasó quince minutos y Malindo ya comenzaba a ponerse nervioso. A cambio, se alegró ver de que llegaba sola.

—Disculpe la espera. Me llamo Rocío. Justo cuando iba a venir apareció una persona y no he podido terminar antes.

—No se preocupe. Mi nombre es Néstor. Néstor Martínez —se presentó Malindo cambiando de mano la bolsa de deporte en la que llevaba el rifle. Precisamente su necesidad de llevar el rifle encima era lo que le había puesto nervioso durante la espera.

—¿Puedo preguntarle de dónde es usted? Por el acento parece de Suramérica.

—Y lo soy, señorita. Soy salvadoreño —mintió Malindo mientras esperaban el ascensor— Me gustaría iniciar un negocio de importación y exportación y creo que su ciudad es una buena opción.

—Muy interesante.

—Exportamos conservas e importamos maquinaria.

—Pues puede que esta oficina le guste — lo animó la agente

—El lugar, desde luego, es inmejorable. En esta plaza tan hermosa, y con tan buenas vistas. Un poco alto quizás, para que se vea el letrero desde la calle, ¿no le parece?

—Bueno, eso depende... Un negocio de importación y exportación tampoco necesita un cartel muy grande. No es un negocio orientado a cualquier público, ¿verdad? —respondió Susana mientras abría la puerta—. Pase, por favor.

Malindo recorrió los ochenta metros de oficina, simuló comprobar la disposición de los enchufes, revisó los cuartos de baño y se dirigió a las ventanas. Desde una de ellas, se dominaba a la perfección la entrada del hotel. Además, tenía persinas de rejilla, perfectas para poder disimular el cañón del rifle. Era cuestión de abrir la ventana y apoyar el arma. Un tirador medianamente hábil no podía fallar desde allí, a menos de cien metros del objetivo, y menos él, que había logrado algunos blancos a casi un kilómetro.

—Es perfecto. Creo que es justo lo que buscaba: por tamaño, por ubicación, por precio —alabó Malindo.

—Me alegro de que le guste —celebró la agente. Pocas veces había conseguido cerrar un alquiler tan fácilmente.

—Es sensacional de veras. Dígame que tengo que hacer para firmar el contrato.

—Pues poca cosa. Hablamos con los propietarios, y ya está.

—Como le dije, me voy esta misma tarde.

—No es problema. Me deja una dirección y le envío la documentación a donde sea necesario.

Malindo echó mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre.

—Si le parece, para evitar desconfianzas, le dejo dos mil euros de anticipo, pero necesito quedarme aquí a tomar medidas. Son medidas muy detalladas para todo el mobiliario y puede llevarme toda la mañana. ¿Le parece bien?

—Es que eso no es posible. Ya le digo que tenemos que llamar a los propietarios y yo debo regresar a la agencia.

—¿Y no me puede dejar las llaves? Ya le digo que pago ahora mismo y al contado, para evitar cualquier duda. Y aquí no hay nada que pueda faltar o deteriorarse. Es parea ahorrarme un viaje e ir avanzando.

Susana dudó. Por una parte entendía las razones del cliente, pero por otra sabía que las normas eran muy claras a ese respecto. Si la agencia inmobiliaria hubiese sido suya hubiese dicho que sí, pero siendo empleada, prefirió preocuparse de su empleo.

—No, lo siento. Ya le digo que eso no puede ser.

—¿Y no puede llamar desde aquí a los propietarios?

—No tengo aquí su número. Está en la agencia.

—Pues llame a la agencia y que se lo den.

Susana suspiró, cansada de la insistencia.

—Ya le digo que no puede ser. Tenemos unas normas...

—Pues que lástima —respondió Malindo sacando la pistola del bolsillo.

Susana iba a gritar pero se contuvo.

—Lo intenté todo, señorita. Pongo a Dios de testigo de que lo intenté todo antes —se disculpó Malindo.

—No. No me mate... No...

—Siéntese en el suelo. Ahí, al lado de ese archivador grande.

La chica hizo lo que le mandaban.

Malindo sacó unas esposas de la bolsa de deporte y se acercó a la agente.

Ahora estése quieta y tranquilita. Voy a esposarla al archivador. Sólo eso. Si no grita y hace todo lo que le diga, no le pasará nada.

—¿Pero quién es usted? ¿Qué quiere?

—No haga preguntas. Cuanto menos sepa, mejor. Imagine que me hace una pregunta, se la respondo, y luego me arrepiento de haberle contado algo. ¿Se imagina lo que pasaría?

—Sí, sí... Por favor... —sollozó la chica, sin poder contener las lágrimas.

—Y no llore. ¿Tiene algún pañuelo?

—En el bolso.

Malindo recogió el bolso del suelo, pero se detuvo antes de abrirlo.

—¿Da su permiso para que abra el bolso?

A la agente le hizo gracia la pregunta. Incluso consiguió sonreír.

—¿Me pide permiso para eso después de esposarme a un archivador?

—Tenerla ahí atada es parte de mi deber. Fisgar en el bolso de una dama no lo es.

—Sí, por favor. Abra el bolso y déme un pañuelo, si es tan amable.

6

La habitación 409 lleva ocupada siete años. La mujer que vive en ella no paga nunca, aunque a veces tiene algún dinero, casi siempre pequeñas cantidades de las que nadie alcanza a señalar su procedencia y mucho menos a mencionarla en voz alta.

La mujer de la 409 tiene ojos de princesa, manos de pianista y un cementerio en el alma del que a veces asoman los santelmos de su risa. Cuando ella se ríe, todo el mundo mira al suelo, como si temiera que se le hubieran aflojado los cordones de los zapatos.

Por donde ella pasa se hace el silencio, incluso entre las grietas del edificio. Nadie la teme, pero su presencia resulta inquietante, como la de un tigre disecado y polvoriento en lo oscuro de un rincón. Algunos dicen que hay en ella algo siniestro, y otros simplemente creen que está loca, pero todos se limitan a tratarla con la mayor amabilidad y a alejarse de ella y sus historias cuanto antes.

Al principio contaba cuentos en primera persona, y cuando estuvo claro que no se refería a sí misma, comenzó a introducir en sus historias a los demás huéspedes habituales del hotel y a algunos miembros del servicio con los que compartía mesa. Las historias eran siempre inocentes, pero incluían detalles sobre la vida de sus protagonistas, detalles siempre insignificantes pero exactos, que los afectados se veían obligados a reír como bromas para no tener que confirmarlos o desmentirlos. El día que mencionó a la primera novia del gerente, este detuvo la narración con un puñetazo sobre la mesa y ya no hubo más relatos.

Sin embargo, aún habla de los otros como si los hubiese conocido de niños, acompañándolos en sus pequeñas aventuras, o como si hubiera pasado media vida detrás de una puerta, escuchando en secreto sus conversaciones o espiando sus movimientos. Procura ser siempre discreta, pero a veces, cuando escucha algunas frases, frunce el ceño de tal modo que a menudo obliga a rectificar a la persona que estaba hablando.

Ahora la mujer de la 409 está llorando. Acaba de leer el periódico que todas las mañanas le suben a su cuarto para que le eche un vistazo antes que nadie y cuente luego las noticias a los demás a la hora del desayuno. Pero no es el periódico lo que le preocupa: la acaban de llamar para decirle que prepare inmediatamente sus cosas porque tiene que marcharse. Sin discusión. Sin demora.

Su mundo no era del todo malo; su vida parecía tolerable en aquella habitación. Se había acostumbrado a la idea de no tener un hogar, pero nunca podría acostumbrarse a dejar de tener un techo seguro y una dirección a la que regresar después de sus paseos bajo los árboles del parque. Se había encariñado con aquel techo amarillento, presidido por una lámpara con sólo dos bombillas supervivientes. Se sentía a gusto paseando por la tarima crujiente, mientras declamaba en voz alta a Rubén Darío.

Ruega por nosotros, hambrientos de vida

con el alma a tientas, con la fe perdida,

llenos de congojas y faltos de sol...

No era malo vivir en aquella habitación. Nada lo era. Ni la moqueta oscurecida, ni los sillones fatigados, ni siquiera el hilo rojo que el agua había ido trazando en un lateral de su bañera, ese hilo rojo que tantas veces contempla, en busca de la puerta que se cerró en algún momento en su memoria. Sigue allí, pero lisa, sin manilla, sin una muesca que la distinga del enorme muro blanco que le impide mirar hacia el pasado.

“Yo soy quien espera a junto a un muro a que le abran una puerta. Junto a un muro sin puerta”. También eso lo había leído en alguna parte, en un libro de Pessoa, y nunca se había sentido tan retratada en unas líneas como entonces.

En aquella habitación la poesía latía con su propio pulso. Poesía auténtica, sin sentimientos fingidos, sin amores alambicados que acababan en suicidio o promesas de Eternidad. Allí podía echar ramas y raíces la poesía de las cosas, con toda la sutil mecánica de sentimientos intercambiados entre los objetos y las personas que los han utilizado. Allí podía dejar su alma en un vaso, como quien deja una dentadura postiza, y salir a la calle sin ella, porque estaba segura de que no necesitaría usarla en todo el día. Allí podía verse decantar, como el agua y el aceite que se separan lentamente, como esas capas de distintos colores que se ven a veces en las canteras, en los túneles y en las grandes obras ferroviarias cuando las excavadoras desnudan la intimidad de las rocas.

—Pararse a reparar y repararse—, repitió varias veces la mujer, en voz alta, tratando de recordar el autor de aquel verso.

Finalmente lo encontró: Jorge Enrique Adoum, un ecuatoriano. No recordaba el poema entero, pero había algo, mucho en él, que retrataba su vida:

....desretratado en su pasaporte

descontento en este descontexto

trabajando y trasubiendo

para desagonizarse de puro malamado

queriendo incluso desencruelecerse

pararse a reparar y repararse ...

Eso era lo que le faltaría: un lugar donde pararse y repararse. Por eso no le molestaban las pequeñas grietas y manchas del hotel: un taller nunca es un lugar impecable. Se va sin saber por qué, lo mismo que llegó.

Porque la mujer de la 409 no sabe cómo llegó al hotel, ni por qué está allí, ni qué hizo antes. Lo ha preguntado, pero nadie se lo dice y no alcanza a distinguir si los demás callan por piedad, por rencor, o porque de verdad no saben nada. Sólo le dicen que llegó un día de la mano del gerente, sin equipaje alguno, y que tardó una semana en hablar con alguien. Le hablan de un vestido rojo con cinturón blanco que nunca ha encontrado en su armario. Le hablan de unos zapatos con hebilla dorada que jamás ha visto. Le hablan de una herida en el cuello de la que aún conserva la cicatriz. Pero el gerente lo niega. El gerente dice que se inscribió en el registro y venía con una maleta negra, la misma que está haciendo ahora, e incluso ha llegado a enseñarle el libro de registros.

Cuando se tumba en la cama, vestida sólo con su bata carmesí, la mujer de la 409 consigue a veces que se formen algunas imágenes en el techo de la habitación. Entonces se ve mucho más joven, más hermosa, pero rodeada de otras mujeres que se ríen de ella, y la empujan, y la cubren de salivazos, como si estuvieran ejecutando alguna esperada venganza. Son rostros cuajados de violencia y de codicia, aunque algunos parecen echarse atrás cuando ella los mira, como si en lugar de seres humanos fuesen ratas que participan en el festín por imposición de su instinto, o del sanguinario líder de la manada. En una de esas ocasiones la mujer recuerda que la dejaron completamente desnuda y que luego la señalaban entre carcajadas, pero al comprobar que hno se sentía avergonzada comenzaron a pegarle hasta que perdió el conocimiento.

A fuerza de reflexionar sobre ello ha llegado a recordar que estuvo en la cárcel y que fue mucho tiempo. Aquellas mujeres eran las otras presas, e incluso sabía que una de ellas se llamaba Marta y cumplía pena por tráfico de drogas, y que otra se llama Alejandra y había matado a su marido. Recordaba sus peleas por cualquier cosa, y al ley de las rejas, con su silencio impuesto, pero no conseguía recordar de qué la habían acusado a ella, ni si había cometido o no aquel delito, ni cuándo la soltaron. Los único recuerdos nítidos que eras capaz de retrotraer eran los olores, y por alguna razón que era incapaz de comprender, creía que en aquel lugar todo olía a culpa. Y no a la de las demás prisioneras, sino a la suya propia. Por eso recordaba también que se pasaba el día entero lavándose y, quizás por eso, por intentar ahogarse en todos los perfumes y colonias que encontraba, era por lo que las demás internas se burlaban de ella y la atacaban algunas veces.

Todo eran recuerdos vagos, detalles, impresiones... Y cuanto más se esforzaba en enfocarlos, más se confundían los hechos reales con los imaginados, más de entremezclaban las palabras realmente pronunciadas con los diálogos interiores en que respondía a las demás o preparaba las respuestas para la siguiente ocasión.

La cárcel, en teoría, sirve para regenerar al preso antes de devolverlo a la sociedad. ¿Pero cómo puede rehabilitarse alguien que no recuerda lo que ha hecho?, ¿cómo es posible el arrepentimiento, o el escarmiento incluso, para una persona que ha perdido la memoria? Si mató a alguien, no puede reflexionar sobre la sangre vertida. Si robó lo de otros, no puede pensar en restituirlo, o en disfrutar de lo que se llevó. El que pierde la memoria pierde el pasado, pero sigue atado a su naturaleza, a sus inclinaciones y a sus instintos. ¿Y cuales eran los suyos?, se preguntaba en las noches de mayor lucidez. Se sentía pacífica, se sentía cariñosa, se sentía sedienta del afecto de los demás, pero sabía que en alguna parte había algo oscuro, acechante, aguardando la ocasión para salir de su escondrijo.

Pero era inútil mirar demasiado hondo o demasiado atrás. No se acordaba de nada. ¿Qué podía hacer ella? Dejar pasar la vida. Buscar el primer punto y seguido que fuese capaz de reconocer y comenzar a escribir de nuevo desde allí sin preocuparse de que la historia fuese o no coherente.

Lo difícil era encontrar aquel punto de enganche. No tenía siquiera fuerzas para buscarse a sí misma en aquel enmarañado laberinto, y cada intento que había iniciado de recuperar su nombre y sus amistades se había estrellado contra el muro blanco del olvido sin puertas.

Pero hizo cuanto pudo. Confió en los últimos restos de su lógica y trató de abrirse paso.

Al principio quiso saber quién pagaba su habitación y por qué la habían llevado precisamente a aquel hotel, pero no consiguió más que respuestas vagas y ningún dato concreto, a pesar de que era algo que el gerente tenía que saber. Un día consiguió hablar con una de las chicas de contabilidad, una recién llegada a la que posiblemente no habían tenido tiempo de aleccionar aún, y su corazón se aceleró cuando la joven echó mano a los libros para buscar el dato.

—Nada. Simplemente pone pagado. Y pagados también los seis meses siguientes, en efectivo. No puedo decirle otra cosa — le informó la chica, sinceramente apenada por no poder ayudarla.

Así, poco a poco perdió el interés por la pregunta y se limitó a disfrutar del servicio, de la vida sin necesidad de trabajar, de la pobreza ajustada que la dejaba siempre en la supervivencia y nunca un paso más allá. El día que vio el libro de registro y sospechó que algo no encajaba en las fechas decidió no pensar más, dio las gracias con una sonrisa y regresó a su habitación dispuesta a crearse una nueva identidad. Una cualquiera.

Luego, una noche de invierno, cuando el hotel estaba más vacío y silencioso, vio una película, el crepúsculo de los dioses, y se aficionó Norma Desmond, aquella vieja actriz del cine mudo que trataba de recuperar su mundo, arrasado por la novedad de lo sonoro y la frialdad de unos intérpretes que no necesitaban ya exagerar sus gestos, porque podían expresarse con palabras. Comenzó a maquillarse como ella, a vestirse y a peinarse como ella, y finalmente a repetir sus gestos exagerados de vieja musa despechada. Seguramente entonces se terminaron todos de convencer de que estaba loca, pero el cambio fue que a partir de ese punto la consideraron una loca especial, casi simpática, como un elemento más de la elegancia marchita que remataba la decoración del hotel.

—Usted es Norma Desmond, la estrella de las películas mudas— le dice el protagonista a la vieja diva en algún momento.

—Aún soy grande. Son las películas las que se han hecho pequeñas—responde la actriz.

Ese era su personaje, y estaba decidida a interpretarlo hasta las últimas consecuencias. Cine mudo, sin palabras y con todo el sentido en cada gesto. Ese era su ideal, pero le faltaba el sentido.

Por seguirle la corriente o por participar en la farsa, los demás comenzaron a tratarla como a una especie de reina depuesta por una revolución injusta: el recepcionista le llevaba el periódico a ella en primer lugar, porque prefería que le contasen las noticias a leerlas él mismo. El cocinero le guardaba siempre algún dulce. El gerente mandaba reparar cualquier pequeña avería de su cuarto mientras dejaba que se cayeran a pedazos las otras habitaciones. No sabía si merecía todo aquel afecto, pero le gustaba sentirse el centro de la atención de todos. Le gustaba ser una estrella, aunque ni siquiera conservase recuerdos de los buenos tiempos. Pero resultó que los buenos tiempos no eran los del pasado, sino justamente los que estaba viviendo, los que se habían terminado con la llamada de aquella mañana.

La mujer de la 409 trata de secarse las lágrimas, pero no consigue dejar de llorar. Ni consigue saber por qué.

Le han dicho que prepare sus cosas porque tiene que irse. Ni sabe por qué llego, ni por qué debe marcharse. ¿Por qué la echan? ¿qué ha podido suceder? ¿La llevarán a su casa o a otro hotel, otro cualquiera, donde tendrá que empezar de nuevo y donde quizás ya no sea una loca simpática sino simplemente una loca? ¿Quién se ocupará de ella?

O quizás la dejaran en la calle y no las llevaran a ninguna parte. ¿Por qué iban a buscarle otro sitio donde vivir? ¿Quién era ella para esperar tal cosa? ¿Por qué iban a pagarle la habitación? El misterio tenía gracia cuando era un misterio, pero si dejaban de pagar el alojamiento, más que un misterio sería un problema. Un problema terrible que no tenía ni idea de cómo solucionar.

Ahí estaba la cuestión. No sabía quién era, pero estaba segura de que una enorme culpa pesaba sobre ella. Era culpable. Sólo eso. Un adjetivo sin nombre. Culpable.

La ropa que iba acumulando en la maleta tampoco le decía nada: zapatos elegantes, vestidos de noche, zapatillas deportivas y una diadema de piedras falsas. Pintaúñas, pintalabios, maquillaje, un abrigo largo con un bolsillo desgarrado, cinturones, faldas, y un espejo roto que la dividía en dos, como la bisagra de su vida.

Tenía que marcharse del hotel. Quizás pudiese volver alguna vez a saludar a los viejos amigos. O quizás el secreto que ni ella misma conocía la conduciría a aquel otro lugar que recordaba: un cementerio pequeño, de algún pueblo perdido, y un panteón con la llave puesta. Era muy pronto, por la mañana, y no había nadie en el cementerio. Paseó un rato entre las tumbas, eligió las flores que más le gustaron y se hizo un ramo. Luego salió al camino. Era todo lo que recordaba. ¿Qué hacía allí? ¿Regresaba de visitar a alguien o se había escapado de alguna sepultura? ¿Era su tumba o la de su víctima?

Preguntas, preguntas, preguntas... Y lágrimas.

No volvería nunca. Si no iban a buscarla dejaría su maleta en medio de la acera y se sentaría sobre ella a esperar la muerte. No recorrería la ciudad ni regresaría a la sordidez de los lugares llenos de borrachos o de mujeres violentas. Prefería sentarse en la maleta, sí, para tratar de recordar aquellos otros paisajes que a veces aparecían en su memoria: prados llenos de flores, aldeas con casas de piedra y niños enfermos o heridos sonriéndole.

¿Había sido enfermera? ¿Por qué tantos niños heridos? Recordaba las casas ardiendo, y los caminos embarrados, y los hombres de uniforme. ¿Pero en qué guerra? No era tan mayor como para haber estado en la Guerra Mundial. ¿Vietnam?, ¿Corea? No eran niños asiáticos, sino europeos. Los había rubios y morenos, pero estaba segura de que no eran asiáticos. ¿Yugoslavia? En el piso de abajo vivía una chica yugoslava y había tratado de hablar con ella en su lengua para probar si conocía el idioma. Pero no, ni una palabra: la muchacha se rió y le soltó una larga parrafada en la que no reconoció ni una sola sílaba.

¿Dónde estaban aquellos campos, felices a pesar de la destrucción y de la guerra?

La mujer de la 409 sabía que a veces se mezclaban en su mente la imaginación y la memoria, que los rostros que recordaba podían ser los de personas conocidas o personajes de cine, pero aquellas flores y aquellas praderas olían a fresco, las aldeas olían a humo y los niños a desinfectante. La diferencia entre los recuerdos reales y los inventados estaba en los olores.

¿Y a qué olía el hotel?, ¿A qué olería en su memoria?

—A derrota —dijo en voz alta la mujer de la 409, mientras cerraba las maletas.

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Cada tela teje su araña (IV)

7

Malindo miró el reloj. Las once y cuarto.

El objetivo probablemente no llegaría antes de la una, pero a partir de las doce debía estar preparado. O incluso un poco antes.

Sacó el rifle de la bolsa de deportes, lo montó cuidadosamente y colocó la mira telescópica. Luego lo cargó con tres balas. Sólo iba a necesitar una, pero siempre cargaba tres balas por si algún golpe de mala suerte le obligaba a disparar contra alguien que mirase hacia la ventana.

La mujer sollozó en su rincón.

—No se preocupe —repitió Malindo por tercera vez en cinco minutos.

—Pero ese rifle...

—¿Cree que le voy a disparar a usted con un rifle de mira telescópica? —bromeó.

—No, pero.. Pero...

—Voy a disparar contra un hombre en la calle.

—¡No me cuente nada! —exclamó la chica recordando que cuanto menos supiese más posibilidades tenía de acabar viva.

El sicario sonrió.

—No tiene importancia. Me va a ver hacerlo de todos modos. Voy a disparar contra un hombre cuando esté delante del hotel. ¿No quiere saber quién es ni por qué?

—¡No!

—Buena chica...

Malindo acercó una silla a la ventana y buscó una posición desde la que pudiese vigilare la calle sin ser visto. Luego se puso en pie y buscó un punto de apoyo para el rifle, cerca del alféizar. Podía disparar a través del cristal, pero no le parecía lo bastante profesional.

Abrió la ventana, volvió a correr la persiana y buscó en la mochila la navaja suiza. Era cuestión de recortar algunas láminas de la persina, para poder apuntar sin estorbos sin que nadie llegase a verlo si no miraba muy detenidamente. En un sexto piso era casi imposible que lo viesen.

—Perdone que estropee la persiana, pero es necesario.

Susana volvió a llorar.

8

En la habitación 308 también vive una mujer.

Lleva sólo cuatro meses allí, pero ella piensa que son años. Una era geológica con sus propias erupciones y continentes navegando sobre magma ardiente. Una era geológica completa iniciada en un enorme cataclismo, con sus grandes extinciones de saurios, ediacaras y esperanzas.

Ha escuchado un rumor y ha ido enseguida a enterarse de lo que sucede. Las noticias corren deprisa por los pasillos del hotel y también tienen sus propias escaleras y salidas de emergencia, que todos los que viven en él se apresuran a memorizar como si fuese un plano de evacuación en caso de emergencia.

Al regresar, la mujer de la 308 se ha dejado caer sobre la cama y ha empapado la colcha roja y verde con sus lágrimas. Llora de alegría y da gracias a algún dios en un idioma que sólo entienden vagamente la lámpara del techo y las copas de champán que aún reposan sobre la mesilla de noche.

Luego la mujer se repone, aprieta los labios y recoge su ropa, prenda a prenda, de los armarios. Hay vestidos largos, pantalones cortos y toda colase de conjuntos, la mayoría atrevidos y juveniles pero también algunos más formales, incluido un traje casi masculino que sólo lució una vez.

La mayoría de aquella ropa no la ha elegido ella y hay muchas cosas que no ha llegado a ponerse nunca.

Ya lo ha colocado todo sobre la cama cuando se da cuenta de que no tiene maletas, pero no le importa. Las maletas son lo de menos. Bastará con cualquier bolsa o , mejor aún, bastará con dejar allí toda aquella porquería y que se la repartan las empeladas del hotel o la tiren a la basura.

La chica de la 308 mira toda aquella ropa un instante y, llena de rabia, rompe algunos vestidos y desparrama el resto sobre la cama y por el suelo de toda la habitación.

¿Aquello era lo que había estado buscando? Los peces hacían mejor negocio que el suyo cuando morían por una lombriz ensartada en un anzuelo.

Ven a España, le dijeron. Tú eres una chica guapa y nosotros tenemos una agencia de modelos. Si quieres, ahora mismo te haremos unas cuantas fotos, simples fotos artísticas, y te añadiremos a nuestro catálogo. Podrás trabajar en el cine, en la publicidad, en la moda.... Ven con nosotros y empieza una carrera como artista en vez de quedarte en este pueblo olvidado. Ven antes de haya otra guerra.

Y la chica de la 308 se lo contó enseguida a sus amigas, encantada. Sabía que el mundo del espectáculo o el de la moda no eran un fáciles y estaba segura de que habría muchos días malos en que tendría que hacer y decir cosas que no le gustaría hacer ni decir. Pero lo mismo le sucedía en Split, obedeciendo a su padre, a su madre, al jefe que la obligaba a trabajar horas extras cortando pescado y se reía de la sola idea de llegar a pagárselas algún día.

Al final de cada jornada en la conservera regresaba a casa sin fuerzas, con el único deseo de dejarse caer en la cama y tener un poco de silencio. Lo peor del trabajo no era el esfuerzo en sí, sino estar todo el día de pie, el frío del pescado, el frío del ambiente y el ruido constante. ¿Qué sería de ella si seguía mucho tiempo más en aquel trabajo?

Cada vez que se planteaba esta pregunta se burlaba de sí misma, pues conocía de sobra la respuesta: acabaría como su madre, veintiocho años mayor que ella y que trabajaba aún en la misma línea de limpieza.

Toda una vida de fatigas, piernas torcidas, espalda destrozada, artritis y artrosis en las manos y ni un gramo de energía al regresar a casa. Cualquier cosa era mejor que eso. ¿Qué tenía de malo irse a España a intentarlo?

—Todo —le respondió su padre el día que ella se atrevió a mencionarlo en la cena—. Todo, porque no se conformarán con unas fotos. Te llevarán a las fiestas de los ricos, para que te manoseen o algo más. ¿O te crees que se conformarán con mirarte? ¿O es que se conforman con mirarte los de aquí, que son unos muertos de hambre como tú?

Eso le dijo su padre, con la extraña mezcla de confusión y lucidez con que hablaba cuando bebía demasiado o dormía demasiado poco, y la chica de la 308 siente aún un fogonazo de vergüenza cuando recuerda que aún así no le pareció malo del todo.

El futuro que su padre le pintaba no era muy distinto en las partes desagradables de la vida que ya llevaba. Trabajaba toda a semana como una mula y el sábado por la noche salía a tomarse unas copas para terminar la noche en la cama de su novio, un chico ya viejo y cansado a los veinticuatro años, demasiado borracho a veces para algo más que acariciarle la espalda y quedarse dormido sobre ella.

Para terminar en la cama de un borracho después de matarse a trabajar podía empezar directamente por ahí y evitar la semana entera de cortar pescado. Y seguramente visitando mejores bares, con mejores borrachos, y en una cama mejor que la del triste cuarto de su novio, en un ático realquilado. Deseaba sobre todo que alguna vez llegara un domingo sin pensar en que al día siguiente se le volverían a helar mas manos, y tendría que alinearse de nuevo con todas aquellas mujeres odiosas que se reían de ella porque era joven, y la odiaban porque era guapa, y esperaban día a día que se fuera marchitando para considerarla una más de las suyas, una más del montón de escombros que se acumulaban en la línea de producción de la planta. ¿Por qué serían todas tan miserables? Ningún trabajo podía ser peor que aquel ni ninguna compañía peor que al que ya sufría en la fábrica.

Lo pensó. Reconoce que pensó todo eso, que se vio como chica de compañía de algún millonario necesitado de compañía y no le importó, pero lo que de veras la impulsó a salir de su país fue la promesa de cosas brillantes y bonitas. Ropa nueva. Unas gafas de sol sin rayones. Un collar falso que no gritara a cien leguas su falsedad, como un insulto. Fueron aquellas pequeñas cosas las que la convencieron.

Y buscó a los hombres que le habían hecho la propuesta. Y posó para un tipo calvo y barbudo que sólo le pedía que sonriese con más naturalidad. Y una semana después le enseñaron un álbum estupendo en el que aparecían sus fotos, y le dijeron que el dinero no era problema, porque había una empresa en Barcelona que podría interesarse por ella. Y hasta le enseñaron el contrato, en español, y ella se creyó que era un contrato porque era lo que con todas sus fuerzas deseaba creer.

No pudo resistirse. Reunió su ropa y se subió a un avión, con el billete pagado.

Pero cuando llegó a Barcelona, los hombres que la esperaban ya no sonreían, ni el coche en que fueron a buscarla era tan bonito. Le dijeron que se callara y la llevaron a alguna parte en un viaje que duró lo que quedaba de aquella tarde y parte de la noche. Le quitaron el teléfono y el pasaporte y la encerraron en aquella habitación.

Tardó una semana en saber el nombre de la ciudad en la que estaba, pero mucho menos en averiguar qué era lo que querían de ella en realidad. Primero la violaron los dos hombres que la habían llevado en el coche, y luego, un tercero, que el explicó en su idioma que debía ser cariñosa con los clientes y que sólo de ese modo pagaría el viaje y llegaría a ganar su propio dinero.

Ella se atrevió a insultarlo y a gritar, e incluso siguió gritando después de los primeros golpes, pensando que no le pegaría demasiado si esperaba sacar algo de ella. En eso tuvo razón: el hombre que hablaba serbocroata salió de la habitación hecho una furia y durante todo el día invitó a acostarse con ella, para probar el material, al personal del hotel.

Uno por uno, pasaron sobre ella el recepcionista, el gerente, un par de camareros del restaurante y algunos hombres más. Poco después de que el noveno se apretase contra ella en un último espasmo regresó el hombre que hablaba su idioma y le preguntó si quería ganar de una vez algún dinero o prefería seguir haciéndolo gratis unos cuantos días más. Ese sería, más o menos su ritmo de trabajo: diez o doce hombre diarios, y ella ganaría diez euros por cada uno en los cinco primeros y quince en los siguientes, además de todo lo que fuera capaz de sacarles por su cuenta. Puedes ganar aquí en un mes lo mismo que en un año en casa. Pórtarte como es debido y todo irá bien, le dijo el hombre, antes de cerrar la puerta con llave.

La chica de la 308 se echó a llorar, pero aceptó. No podía marcharse. No conocía a nadie. No sabía el idioma. No la dejaban hablar con nadie salvo con los clientes, ¿y qué podía decirles a ellos en serbocroata? Cuando aprendiese español podría pedirle auxilio a alguno de ellos, y quizás alguno se apiadase y avisara a la policía. ¿Pero quién quería meterse en líos por una prostituta? Muchos eran hombres casados, o con una posición social que mantener. ¿Quién reconocería haber estado allí? ¿Quién se arriesgaría por ella?

Desde aquel día ya habían pasado los meses y la chica de la 308 se había enterado de algunas cosas, como del nombre de la ciudad, del nombre del hotel, y de que había al menos otras siete chicas como ella en distintas habitaciones de distintas plantas. La mayoría eran también yugoslavas, o polacas, o búlgaras, pero no podía estar segura de cuántas eran ni de dónde habían salido. En aquellos meses su mayor empeño había sido aprender español, con la ayuda de la televisión, sobre todo, aunque a veces también intentaba hablar con los empleados que le subían la comida o con aquella extraña vieja que a veces pasaba a visitarla sin que nadie le prohibiera el paso. Se sintió tentada de pedirle ayuda a la vieja, pero pensó que sería un riesgo inútil, porque aunque tratase de avisar a alguien nadie la creería. Pensó en pedir ayuda a algún empelado del hotel, peo temió que avisaran al hombre que hablaba su idioma y le volviese apegar. Al final, lo intento con varios clientes a los que vio distintos al resto: hombres que parecían sentir más vergüenza que culpa cuando se desnudaban y comenzaban a acariciala. Aquellos eran los viudos y los solitarios, y no los maridos infieles. Alguno de ellos podría dar el paso. Uno incluso le aseguró que avisaría a la policía, pero no había sucedido nada.

Una mañana, tras la vista de la vieja del piso de arriba, se encontró la puerta abierta. Asomó al pasillo y no vio a nadie. Entonces se vistió a toda prisa y bajó hasta la recepción del hotel, con el corazón golpeándole en el pecho como un martillo. El recepcionista miraba tranquilamente la tele y afuera llovía. Sólo tenía que echar a correr y pedir socorro a gritos en cuanto estuviera en la calle. Sólo eso. Después ya nadie se atrevería a intentar detenerla. Todavía no sabía dónde iría, pero eso no tenía importancia: podía ir a cualquier parte. Podía llamar a la embajada de su país y pedir que la repatriasen, o acudir a cualquier centro social. Lo importante era salir del hotel y llegar a un lugar público desde el que pedir ayuda.

Tomó aliento y se dispuso a correr, pero en ese momento se acordó de que había dejado todo el dinero en la habitación, y no quiso perderlo. Llevaba entonces solo dos meses y medio en el hotel, pero tal y como le habían dicho, había ganado más que en todo un año en su tierra.

Volvió a por el dinero, se puso el abrigo, y se dispuso a bajar de nuevo. Pero ya no tuvo fuerzas. Y no porque dudase, sino por miedo. Perdido el impulso del primer momento, se sintió aterrorizada sobre lo que ocurriría si nadie la ayudaba. Pensó si aquella puerta abierta no sería una trampa, y no fue capaz de bajar de nuevo las escaleras. Cada vez que lo intentaba oía pasos, oía voces, escuchaba risas que parecían burlarse de ella o susurros procedentes del pasillo.

Entonces, desgarrada por su ansia de marcharse y el terror que se lo impedía, se acordó de Milko, un vecino, y de cómo, siendo niños, había cazado un grillo y lo había encerrado en una caja de cartón. El grillo pasó algún tiempo saltando dento de la caja para estrellarse siempre contra la tapadera, pero al tercer día, Milko le dijo que ya podía quitar la tapa, porque el insecto, acostumbrado a chocarse contra la tapa, ya no podía saltar fuera de la caja: la tapa había pasado a su cabeza.

Así ase sentía ella: como el grillo. La habían asustado de tal modo que ya no necesitaban cerrar la puerta para evitar que se marchase. Cuando el verdadero terror se impone no hacen falta rejas ni cerraduras.

La chica de la 308 fue entonces a las otras habitaciones de la misma planta, y conoció a algunas de las otras chicas. Algunas tenían también la puerta abierta y otras vivían encerradas. Todas las que hablaron con ella le contaron una historia parecida a la suya: un barrio triste y pobre de una ciudad del Este, desempleo o trabajo duro y mal pagado, una cara bonita, piernas largas, y una oportunidad en Occidente, en los países soleados del sur de Europa, donde las chicas rubias siempre lo tiene un poco más fácil en el mundo de la moda. A una le había prometido irse a Italia, a otra a Ibiza, y a otra incluso llevarla a América, pero todas habían terminado en aquella ciudad del norte, lluviosa y fría como cualquier suburbio de su patria.

Un día la encontraron en el pasillo y no sucedió absolutamente nada.

—Sé buena chica y vuelve a tu cuarto —le dijo únicamente el hombre que hablaba su idioma y al que ella temía como al mismísimo diablo.

Desde aquel día había dejado de intentar pedir ayuda a los clientes. salía cuando quería, se daba una vuelta por el hotel y regresaba a su cuarto después de charlar un rato con alguna de las otras chicas o con la vieja de arriba. En eso consistía su vida, cuando no estaba con los clientes.

O en eso había consistido hasta esa mañana, cuando el hombre que hablaba su idioma entró de repente y le dijo que tenía que marcharse. Estaba segura de que intentarían subirla de nuevo en un coche y llevarla a otro sitio, pero esta vez no lo permitiría. Esta vez , el hombre que hablaba su idioma, la había mirado de un modo distinto: con miedo. Y verlo asustado disolvió el miedo de ella, como si un chasquido de dedos la hubiese sacado de un trance hipnótico.

¿Estaba ya en el hotel la policía? Quizás al final se hubiera atrevido a ayudarla aquel tipo cejijunto y moreno, que la miraba sin creerse del todo lo que veía.

La chica de la 308 se puso unos pantalones vaqueros, sus zapatos más cómodos y un abrigo. Reunió el dinero que guardaba en un enchufe averiado y se fue de la habitación.

Sólo miró atrás una vez, para echar un último vistazo a la cama y a toda la ropa tirada y revuelta por el suelo. Fuera lo que fuese lo que había sucedido, nadie volvería a encontrarla allí.

9

A las once y media la persiana estaba lista, el arma cargada y la posición de tiro perfectamente dispuesta.

Malindo se acercó a la chica de la inmobiliaria y se sentó frente a ella.

—Hace casi una hora que salió de su oficina.

—Sí...

—Debe llamar. No quiero que sospechen.

La chica asintió con la cabeza.

—¿Dejó dicho dónde iba?

—Siempre lo hago. El sitio al que voy y el nombre y número de teléfono de la persona a la que se le enseña el inmueble.

—Bien. Muy bien. Hay que ser precavido. El nombre es falso y el teléfono irá a la basura hoy mismo, pero ha hecho bien. Ahora llame a su oficina —añadió Malindo entregándole el bolso.

—¿Y qué les digo?

—Lo que usted quiera. Que estamos esperando a mis socios porque el inmueble me interesa mucho. Que ha ido a otro sitio a ver otra oficina que quiero poner a la venta. Lo que usted quiera. Estoy seguro de que será prudente.

Susana sacó el teléfono del bolso con la mano libre y lo miró unos instantes.

—¿Y cuándo les digo que voy a volver? Porque eso me lo preguntarán —quiso saber.

—En una hora u hora y media.

—Cerramos a la una y media.

—Antes de cerrar, entonces —propuso el sicario—. Y enciende el altavoz para que yo oiga lo que te dicen.

Susana se aclaró la garganta y marcó el número de la agencia. Respondieron enseguida.

—Oye Mario, que voy a tardar aún un buen rato, ¿eh?

—Siempre andamos igual —respondió al otro lado una voz no muy amable.

—El cliente está muy interesado en la oficina, pero tenemos que esperar a que venga su socio. Además tiene otra junto a la Universidad y quiere que se la pongamos a la venta. En vez de esperar aquí vamos y volvemos.

—Bueno, vale, haz lo que tengas que hacer. ¿Y cuándo vuelves?

—Antes de cerrar.

—Joder... Date prisa, anda, que siempre andamos igual —respondió el dueño de la inmobiliaria antes de colgar sin despedirse.

Susana le devolvió el teléfono a Malindo.

—¿Lo he hecho bien? —preguntó.

—Sí, muy bien. Y lástima no haberlo cogido a él, carajo...

menéame