En un país polarizado habría dirigentes del PP o Vox con gorra y mascarilla por la calle, (como Rufián), o mujeres de ideología conservadora con miedo a volver a casa por si las agrede un macarra a sueldo de sus oponentes políticos. No ocurre nada de eso, afortunadamente. Lo que sí sucede es que los fascistas campan a sus anchas y, si quieren atacar a quien piensa distinto, sus partidos les arropan y hasta les aplauden.