Hay preguntas que suenan exageradas hasta que dejan de serlo. Durante años, la política internacional ha funcionado con un principio no escrito: asumir que, incluso en el caos, existe un suelo racional que nadie se atreverá a romper del todo. Donald Trump lleva una década demostrando que ese supuesto era una fantasía cómoda. No porque sea imprevisible, sino porque su proyecto político no necesita coherencia, solo obediencia.
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