Estamos entrando en un ciclo en el que los votantes retiran su apoyo a los partidos de centroderecha y centroizquierda en beneficio de las fuerzas de la derecha radical. La nueva derecha valora como prioridad la necesidad de aumentar las tasas de fertilidad, mientras que la izquierda y la derecha liberal han tendido a considerar que tener o no tener hijos era una decisión individual en la que el Estado no debía inmiscuirse. Ahora se entra de lleno en la guerra cultural, y una de las causas sagradas del progresismo contemporáneo, ya que el objetivo es recuperar la familia tradicional.