Durante décadas, uno de los grandes obstáculos para hacer viable la fusión nuclear controlada ha sido un límite aparentemente infranqueable: la densidad máxima de plasma que puede confinar un tokamak sin perder estabilidad. Este umbral, conocido como el límite de Greenwald, ha condicionado desde los años 90 el diseño y la operación de los reactores de fusión por confinamiento magnético. Sin embargo, nuevos resultados experimentales obtenidos en el tokamak EAST sugieren que ese techo no es tan rígido como se creía.
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