Mavi Vatan: El retorno de la guerra como diplomacia

Durante mucho tiempo, la guerra fue presentada como el fracaso último de la diplomacia. Algo que ocurría cuando todo lo demás había fallado: un recurso extremo, excepcional, al que se llegaba tras agotar negociaciones, presiones y equilibrios. Esa idea todavía se repite, pero cada vez explica menos lo que estamos viendo.

Lo ocurrido en Venezuela el sábado 3 de enero de 2026 no encaja en ese marco. Estados Unidos ejecutó una operación militar con ataques dentro del territorio venezolano y la captura del presidente Nicolás Maduro, trasladado fuera del país para ser procesado en Estados Unidos. No es un incidente fronterizo, ni una escaramuza, ni una “señal”: es una acción de fuerza contra la jefatura de Estado de otro país, realizada de forma deliberada y asumida públicamente.

La reacción internacional, además, ha sido reveladora. No se ha activado un reflejo sistémico orientado a reconstruir límites efectivos. La respuesta dominante ha sido otra: administrar riesgos, medir consecuencias, evitar escaladas. Más gestión que reacción; más contención que restitución.

Ese detalle importa. Porque indica que la guerra —o la fuerza como posibilidad inmediata— ya no opera como tabú, sino como una herramienta más dentro del repertorio diplomático. No deseada, no celebrada, pero disponible.

Nada de esto es espontáneo. Tampoco es una consecuencia inevitable de un mundo “más inestable”. Es el resultado de un aprendizaje acumulado: la constatación de que el marco internacional que durante décadas reguló, contuvo y penalizó el uso de la fuerza ha dejado de funcionar de forma efectiva. Y cuando un marco deja de imponer límites creíbles, otros ocupan su lugar.

Este texto no trata de un conflicto concreto ni de un actor aislado. Trata de cómo y cuándo se rompe el marco que hacía de la guerra una excepción, y de por qué hoy vuelve a ocupar el centro de la política internacional sin necesidad de ser declarada formalmente. Para entenderlo, no basta con mirar al presente inmediato. Hay que retroceder a un momento en el que el sistema aún existía sobre el papel, pero ya había dejado de imponer límites reales.

Los paralelismos con Panamá son evidentes.

En 1989, la intervención estadounidense no supuso una ruptura escandalosa del orden existente, sino algo más revelador: la demostración de que ese orden ya no tenía capacidad para reaccionar. No hubo necesidad de reconstruir consensos ni de imponer un nuevo marco. El sistema absorbió el golpe y siguió adelante.

Panamá no inauguró el mundo actual. Pero sí marcó el momento en que el marco anterior dejó de operar como freno real.

Y desde entonces, nada de lo que estamos viendo es realmente accidental.

Panamá, 1989: cuando el sistema dejó de funcionar

Hay una tendencia a situar el final de la Guerra Fría en 1991, con la disolución formal de la Unión Soviética. Pero para cuando eso ocurre, el sistema internacional que había regulado —mejor o peor— el uso de la fuerza durante décadas ya estaba roto. No había colapsado de manera espectacular; simplemente había dejado de funcionar.

La invasión de Panamá por parte de Estados Unidos en diciembre de 1989 es el mejor ejemplo de esa ruptura silenciosa. No porque fuera especialmente sangrienta —aunque lo fue—, ni porque careciera de justificaciones —que se construyeron después—, sino porque no provocó ninguna reacción sistémica. No hubo una crisis internacional comparable a las de décadas anteriores. No hubo negociación entre bloques. No hubo necesidad de recomponer equilibrios. El mundo absorbió el golpe y siguió adelante.

Eso solo es posible cuando el marco que debía reaccionar ya no existe.

Durante la Guerra Fría, ese marco no evitó conflictos, pero sí los encauzó. La disuasión, el miedo a la escalada y la previsibilidad de los actores imponían límites claros. Había guerras periféricas, intervenciones indirectas y episodios de violencia extrema, pero siempre bajo una premisa compartida: forzar demasiado el sistema tenía consecuencias.

Ese funcionamiento puede verse con claridad en ambos bloques.

Cuando la Unión Soviética intervino en Hungría en 1956 o en Checoslovaquia en 1968, lo hizo dentro de un marco brutal, pero previsible. Occidente condenó las acciones, impuso costes políticos y asumió el límite: no habría intervención directa porque el precio era conocido. El sistema no era justo, pero funcionaba como contención.

Del mismo modo, cuando Estados Unidos se empantanó en Vietnam, el conflicto no escaló a una guerra directa con la URSS ni con China. El marco absorbió la violencia, limitó su extensión y evitó que el enfrentamiento rompiera el equilibrio global. La guerra fue devastadora, pero no sistémica.

Incluso los momentos más peligrosos ilustran este funcionamiento. La crisis de los misiles en Cuba en 1962 es el ejemplo más claro de un fracaso del marco que, precisamente por eso, confirma su existencia. El sistema estuvo a punto de romperse, pero no lo hizo. Ambos bloques reconocieron el riesgo, negociaron bajo presión extrema y retrocedieron. El coste potencial de cruzar el umbral era demasiado alto.

Ese es el punto clave: el sistema podía fallar, pero ese fallo era visible, reconocible y aterrador. Precisamente por eso imponía disciplina.

En 1989, esa disciplina había desaparecido.

La URSS seguía existiendo como Estado, pero ya no podía —ni quería— ejercer como contrapeso real. No estaba en condiciones de responder militarmente, ni de liderar una reacción diplomática creíble, ni siquiera de sostener el relato de un orden alternativo. El árbitro había abandonado el campo sin que nadie pitara el final del partido.

Panamá no fue una provocación calculada para romper reglas. Fue algo más revelador: una acción llevada a cabo como si las reglas ya no importaran, porque efectivamente ya no lo hacían. Estados Unidos no necesitó construir consenso, ni buscar legitimidad previa, ni temer una escalada. Actuó rápido, solo, y con la certeza de que el coste internacional sería asumible.

Y lo fue.

La ausencia de una respuesta contundente no se debió a indiferencia moral, sino a una realidad más incómoda: no había un marco operativo capaz de responder. El sistema que había regulado la confrontación global durante cuarenta años se había vuelto inoperante antes incluso de desaparecer formalmente.

Por eso Panamá importa tanto. No como antecedente de intervenciones posteriores, ni como símbolo de hegemonía estadounidense, sino como acto de constatación: el momento en que se hace evidente que el orden anterior ha dejado de imponer límites reales al uso de la fuerza.

Todo lo que vino después —los intentos de construir un nuevo marco, las guerras “legitimadas”, las sanciones selectivas, las intervenciones humanitarias— debe leerse a la luz de ese vacío inicial. Panamá no inaugura el mundo posterior: lo desnuda.

El falso nuevo marco (1989–2014)

Tras Panamá, podría parecer que el sistema internacional entra en una nueva fase ordenada. La Guerra Fría ha terminado, el enfrentamiento entre bloques se disuelve y, durante casi dos décadas, se impone la sensación de que el uso de la fuerza ha dejado de ser el instrumento principal de la política internacional.

Ese marco parece funcionar, pero no porque sea realmente nuevo, sino porque es una prolongación inercial del anterior, desprovista ya de su contrapeso central.

El equilibrio Este-Oeste había desaparecido, pero sus reflejos seguían operando. Persistía la idea de que salirse demasiado del renglón tenía consecuencias graves, y esa percepción —más que las normas— contenía el uso directo de la guerra como herramienta diplomática entre Estados relevantes.

El primer gran test del nuevo escenario llega pronto.

En 1990, la invasión y anexión de Kuwait por parte de Irak constituye una violación directa del principio territorial. La reacción es inmediata, amplia y contundente: coalición internacional, mandato claro y reversión completa del hecho consumado. Kuwait no solo es liberado; la anexión no se consolida. El mensaje es inequívoco: la guerra puede ocurrir, pero la anexión no será tolerada.

Ese patrón se mantiene durante la década siguiente. Irak no pierde territorio adicional, pero es sometido a un régimen de sanciones que asfixia al Estado durante más de una década, limita su capacidad militar y lo convierte en ejemplo disuasorio. El castigo es brutal, discutible y profundamente injusto en términos humanos, pero visible y creíble.

En paralelo, el sistema gestiona conflictos graves sin permitir que se normalicen cambios territoriales por la fuerza. En Europa, incluso en contextos de violencia extrema como los Balcanes, Yugoslavia se desintegra, pero no se acepta la anexión formal de territorios por parte de Estados vecinos. Las fronteras resultantes podrán ser discutidas, impuestas o reconocidas selectivamente, pero el principio de conquista directa no se legitima.

A finales de los noventa y comienzos de los dos mil, el marco empieza a tensarse, pero sigue siendo performativamente respetado.

Tras los atentados del 11 de septiembre, la intervención en Afganistán se construye sobre una base clara de legitimidad internacional: invocación de la legítima defensa, respaldo explícito de aliados y una narrativa compartida que presenta la guerra como respuesta excepcional, no como herramienta ordinaria de política exterior.

En 2003, la invasión de Irak marca un punto más controvertido. No hay mandato explícito del Consejo de Seguridad de la ONU, pero tampoco una ruptura abierta con el marco. Al contrario: se despliega un esfuerzo sostenido por construir legitimidad, alianzas y justificaciones legales. La insistencia en las armas de destrucción masiva, el recurso a resoluciones previas y la búsqueda de apoyos internacionales revelan algo esencial: incluso al forzar el sistema, todavía se siente la necesidad de respetar su forma.

Ese detalle es clave. La guerra no se presenta como normalidad, sino como excepción explicada. La legitimidad importa, aunque sea disputada. El marco sigue funcionando no como garante de justicia, sino como referencia obligatoria.

Fuera de Europa ocurre algo similar. Las guerras entre Eritrea y Etiopía terminan sin reconocimiento de anexiones duraderas. En Asia Central y Oriente Medio, los conflictos son intensos, pero no alteran de forma reconocida el mapa internacional.

La clave es que el castigo todavía existe.

Quien se sale demasiado del marco paga un precio claro y visible. El sistema puede ser injusto, selectivo y profundamente asimétrico, pero sigue siendo coercitivo. Ese castigo no siempre es inmediato ni proporcional, pero es creíble. Y mientras el castigo sea creíble, la guerra no es una opción neutra. Disparar primero no garantiza nada; al contrario, suele cerrar espacios, endurecer respuestas y generar aislamiento.

Por eso este periodo logra algo fundamental: desincentivar la guerra como diplomacia, no por consenso moral, sino por miedo a represalias. El sistema no se sostiene en la legalidad internacional como principio ético, sino en la expectativa de que desafiarlo tiene costes reales y duraderos.

Ese es el error retrospectivo: confundir este funcionamiento con la existencia de un nuevo orden sólido. En realidad, lo que opera es un orden heredado sin sustituto, sostenido por la supremacía estadounidense y por la ausencia de actores dispuestos —o capaces— de ponerlo a prueba de verdad.

Funciona mientras nadie empuja.

Pero ese equilibrio es frágil. Depende de que el castigo sea automático, claro y asumible. En el momento en que el sistema decide no castigar para evitar una escalada mayor, deja de ser disuasorio. Y cuando eso ocurre, el marco ya no regula: solo gestiona.

Ya en 2008, la intervención rusa en Georgia había revelado grietas en el sistema: una acción militar limitada, costes asumibles y hechos consumados difíciles de revertir. Pero aún faltaba cruzar el umbral decisivo: la anexión formal de territorio.

Ese paso no se daría hasta Crimea.

Crimea: la ruptura tolerada

En 2014, la anexión de Crimea por parte de Rusia introduce un elemento nuevo que el falso marco post-1989 no estaba preparado para gestionar: la violación abierta y directa del principio territorial por un actor relevante, ejecutada con rapidez y convertida en hecho consumado.

La operación no fue improvisada. Fue limitada, quirúrgica y cuidadosamente diseñada para reducir el umbral de reacción: fuerzas sin insignias, control de infraestructuras clave, un referéndum acelerado y una narrativa histórica que permitía justificar lo ocurrido sin necesidad de convencer a nadie. No se buscó legitimidad universal; se buscó inevitabilidad.

La reacción internacional fue inmediata en lo formal —condenas, comunicados, declaraciones solemnes— y contenida en lo sustancial. No hubo intento real de revertir la anexión. No se planteó una respuesta que implicara un riesgo serio de escalada. El cálculo fue explícito: corregir la injusticia costaba más que asumirla.

Ese cálculo no fue cobardía ni cinismo puro; fue gestión del riesgo. Intervenir podía abrir un conflicto mayor en Europa. No intervenir preservaba una estabilidad imperfecta. Se optó por lo segundo.

Ahí está el punto de inflexión.

Las sanciones impuestas ilustran bien ese límite. Unión Europea y Estados Unidos aprobaron congelaciones de activos y prohibiciones de viaje a funcionarios rusos, restricciones financieras selectivas y medidas sectoriales cuidadosamente calibradas para no afectar de forma crítica a la economía europea ni escalar el conflicto. No se interrumpieron flujos energéticos clave, no se expulsó a Rusia de los principales foros internacionales y no se planteó ninguna medida que pusiera en riesgo la estabilidad estratégica.

El resultado fue un castigo visible pero asumible. Suficiente para dejar constancia de la protesta, insuficiente para alterar el hecho central: Crimea permaneció bajo control ruso. Con el paso del tiempo, las sanciones se normalizaron, se incorporaron al paisaje político y perdieron capacidad disuasoria. El mensaje implícito fue claro: el sistema podía sancionar, pero no revertir.

Crimea no se “aceptó”, pero se asumió. Y esa diferencia es crucial. Porque el sistema que hasta entonces se había sostenido en la credibilidad del castigo envió, sin quererlo, un mensaje distinto: el castigo ya no es automático. Puede modularse, diferirse o limitarse si el coste potencial es demasiado alto.

A partir de ese momento, el marco deja de disuadir y pasa a administrar excepciones.

Rusia obtiene un éxito estratégico inmediato —control territorial sin guerra abierta— y, más importante aún, una lección sistémica: si la acción es rápida, localizada y se presenta como irreversible, la comunidad internacional tenderá a gestionar sus consecuencias antes que a impedirla. El derecho internacional sigue invocándose, pero ya no opera como límite efectivo.

Crimea no inaugura el caos ni destruye el orden por sí sola. Todavía puede interpretarse como un “caso especial”: historia compartida, base naval estratégica, población rusófona, excepcionalidad geopolítica. El sistema aún puede explicárselo a sí mismo como una anomalía.

Pero esa explicación tiene un coste oculto. Al tolerar la ruptura para evitar una guerra mayor, el marco revela su fragilidad. Funciona solo mientras nadie esté dispuesto a forzarlo. Y una vez demostrado que forzarlo no implica necesariamente un castigo decisivo, otros actores empiezan a tomar nota.

Crimea no normaliza la guerra como diplomacia, pero abre la puerta. Aún no se cruza el umbral de forma generalizada, pero queda claro que ese umbral existe y que, en determinadas condiciones, puede cruzarse sin consecuencias estructurales inmediatas.

Ese aprendizaje no tarda en trasladarse a otros escenarios.

Y no será una gran potencia quien lo lleve más lejos, sino un actor regional integrado en el propio sistema.

Eso ocurrirá en Siria y Libia.

Siria y Libia: cuando el actor secundario aprende

Si Crimea demuestra que una gran potencia puede forzar el sistema sin provocar una respuesta decisiva, Siria y Libia demuestran algo mucho más inquietante: que un actor no hegemónico, sin estatus de superpotencia y plenamente integrado en las estructuras occidentales, puede hacer exactamente lo mismo.

Ese actor es Turquía.

En Siria, la guerra civil y la parálisis internacional crean un escenario ideal para poner a prueba los límites reales del sistema. Turquía interviene de manera directa a partir de 2016, cruza una frontera internacionalmente reconocida y establece zonas de control militar permanente. No se trata de incursiones puntuales ni de operaciones encubiertas: hay presencia continuada, administración indirecta del territorio y rediseño de equilibrios locales.

La reacción internacional es mínima. No hay sanciones estructurales, no hay aislamiento, no hay intento serio de revertir la situación. Estados Unidos gestiona su retirada parcial, Rusia negocia sobre el terreno, y la OTAN asume el hecho como un problema periférico. El principio de soberanía queda subordinado a la gestión del conflicto.

El mensaje es claro: entrar militarmente, quedarse y negociar después es viable.

Pero Siria todavía puede explicarse como un caso excepcional. Un Estado colapsado, múltiples actores armados, una guerra civil prolongada. La intervención puede justificarse como contención, seguridad fronteriza o lucha antiterrorista. El sistema aún puede fingir que no se ha cruzado una línea definitiva.

Ese fingimiento desaparece en Libia.

En Libia, Turquía interviene lejos de sus fronteras, en un conflicto donde no existe amenaza directa inmediata para su territorio. Lo hace con medios limitados pero decisivos: drones, asesores militares, inteligencia y apoyo a fuerzas locales. La intervención no solo altera el equilibrio militar, sino que cambia el curso de la guerra y permite a Ankara obtener réditos políticos concretos.

No hay ambigüedad aquí. No se trata de estabilizar, sino de imponer una posición y convertirla en punto de partida para la negociación posterior. Y, de nuevo, no hay castigo real. Las protestas diplomáticas no se traducen en costes estructurales. Turquía no queda aislada ni pierde su papel internacional.

Ahí se produce el aprendizaje decisivo.

Siria demuestra que el uso limitado de la fuerza no rompe el sistema. Libia demuestra que ese uso puede ser recompensado.

Por primera vez desde el final de la Guerra Fría, un actor regional comprueba empíricamente que la guerra, si es controlada, localizada y narrativamente justificada, no es el fracaso de la diplomacia, sino una forma eficaz de abrirla. No como último recurso, sino como instrumento inicial.

Este es el momento en que se enciende definitivamente la mecha. No porque Turquía inaugure una nueva era, sino porque demuestra que el sistema ya no impone límites creíbles ni siquiera a quienes forman parte de él. El orden internacional deja de ser un marco disuasorio y pasa a ser un espacio de negociación posterior a los hechos consumados.

A partir de aquí, lo que antes podía interpretarse como excepciones empieza a adquirir coherencia. No como caos, sino como nuevo patrón de comportamiento.

Ese patrón tiene nombre.

Y no surge como teoría, sino como conclusión práctica.

Se llamará Mavi Vatan.

Mavi Vatan

Mavi Vatan no nace como una doctrina política ni como un programa estratégico coherente. Durante años es poco más que una formulación doctrinal en círculos navales turcos: una reflexión sobre soberanía marítima, seguridad energética y proyección regional. Nada especialmente disruptivo en un contexto internacional que todavía parecía imponer límites claros al uso de la fuerza.

Lo que cambia no es la idea, sino el contexto en el que la idea se vuelve útil.

Tras Siria y Libia, Turquía ya no teoriza sobre sus márgenes de actuación: los ha probado. Ha comprobado que puede intervenir militarmente fuera de sus fronteras, alterar realidades territoriales, imponer hechos consumados y sentarse después a negociar sin sufrir costes estructurales. En ese momento, Mavi Vatan deja de ser un marco conceptual y se convierte en una herramienta asumida de política exterior.

El salto es fundamental. Mavi Vatan no se adopta para justificar acciones futuras; se adopta para dar coherencia a acciones que ya han demostrado ser eficaces. No es una doctrina que empuje a la guerra, sino una que normaliza su uso como instrumento diplomático legítimo.

A partir de entonces, la lógica es clara y consistente: la soberanía ya no se entiende como un límite jurídico previo, sino como un espacio negociable tras la acción. El derecho internacional no desaparece, pero se relega a un plano retórico, útil para justificar posiciones una vez consolidadas sobre el terreno. La diplomacia deja de ser el paso previo y pasa a ser la fase posterior.

En este marco, la guerra no es total ni indiscriminada. Es limitada, controlada y calibrada. No busca la destrucción del adversario, sino la creación de una nueva realidad que obligue a renegociar desde otra posición de fuerza. El éxito no se mide en victorias militares completas, sino en la irreversibilidad del hecho consumado.

Mavi Vatan cristaliza así una transformación más amplia: la aceptación explícita de que el sistema internacional ya no penaliza de forma automática el uso de la fuerza si este se mantiene por debajo de ciertos umbrales. Turquía no rompe el orden; opera dentro de sus grietas, explotando exactamente aquello que el falso marco post–Guerra Fría dejó sin resolver.

Por eso Mavi Vatan no es solo una doctrina turca. Es la formulación consciente de una lección que otros actores ya han empezado a aprender: cuando el castigo no es seguro y la escalada es gestionable, la guerra deja de ser un tabú y vuelve a integrarse en el repertorio normal de la política exterior.

A partir de aquí, el patrón se hace reconocible. No como copia literal, sino como aprendizaje compartido. Lo que Turquía sistematiza bajo el nombre de Mavi Vatan se reproduce, con variaciones, en otros escenarios y por otros actores.

La guerra deja de ser el fracaso de la diplomacia.

Pasa a ser una de sus herramientas.

Eso es lo que veremos a continuación.

Cuando la guerra deja de ser el fracaso de la diplomacia

Una vez interiorizada la lección que cristaliza en Mavi Vatan, el uso de la fuerza deja de entenderse como un recurso excepcional y vuelve a ocupar un lugar central en la política internacional. No como guerra total ni como confrontación abierta entre bloques, sino como instrumento limitado para forzar escenarios que la diplomacia por sí sola ya no es capaz de abrir.

El primer caso en el que este patrón se aplica de forma clara y eficaz es el de Azerbaiyán en 2020. La Segunda Guerra de Nagorno Karabaj no busca una victoria absoluta ni la destrucción total del adversario, sino alterar de forma irreversible el equilibrio territorial y obligar a una negociación desde una posición de fuerza. La operación es rápida, localizada y tecnológicamente asimétrica. El resultado es claro: objetivos políticos alcanzados y coste internacional mínimo.

Ese resultado no queda congelado. En 2023, Azerbaiyán completa el proceso con la toma definitiva de Artsaj, provocando el colapso de la entidad armenia y el éxodo de la población local. El cambio territorial se consolida sin intervención externa significativa. La reacción internacional se limita a declaraciones y ayuda humanitaria. El hecho consumado se acepta.

La lección es evidente: la guerra limitada funciona.

Ese aprendizaje se extrapola, con distinto grado de acierto, a otros actores. Rusia intenta ampliarlo en Ucrania en 2022, pero comete un error de escala. Donde Crimea había sido una ruptura tolerada y localizada, Ucrania se convierte en un conflicto prolongado y abierto. El resultado es un fracaso estratégico para Moscú, pero también algo más profundo: la evidencia de que el sistema internacional carece de mecanismos para cerrar la guerra.

La respuesta internacional no revierte la invasión ni impone una solución. Se gestiona el conflicto, se contienen las escaladas más peligrosas y se asume una guerra larga como mal menor. El mensaje no es de disuasión, sino de resistencia pasiva: el uso de la fuerza no garantiza el éxito, pero tampoco implica una derrota sistémica inmediata.

Algo similar ocurre con Israel tras el estallido de la guerra en Gaza. Lo que durante décadas había sido una política de disuasión y castigo limitado cruza un umbral distinto: una operación militar a gran escala con efectos territoriales duraderos, asumida pese al coste diplomático. De nuevo, la comunidad internacional protesta, presiona y gestiona consecuencias, pero no impone un límite operativo real.

Fuera de los grandes focos mediáticos, el patrón también se reproduce. En el Sáhara Occidental, Marruecos consolida progresivamente el control territorial mediante hechos administrativos, militares y diplomáticos acumulativos. El reconocimiento parcial por parte de actores clave y la ausencia de sanciones efectivas convierten una ocupación prolongada en una nueva normalidad gestionada, no revertida.

Incluso Estados Unidos, tradicional defensor del consenso occidental, adapta su comportamiento a este nuevo entorno. Ya no se trata de construir grandes coaliciones ni de buscar legitimidad previa, sino de actuar de forma selectiva, quirúrgica y posterior, minimizando costes internos y gestionando las reacciones externas una vez producido el hecho.

Lo común a todos estos casos no es la ideología, ni el régimen político, ni siquiera el grado de éxito militar. Es el aprendizaje compartido de que la guerra, si se mantiene por debajo de ciertos umbrales, no destruye el sistema internacional porque ese sistema ya no tiene capacidad para imponer límites claros.

La diplomacia no desaparece, pero cambia de función. Ya no previene el conflicto; lo administra. Ya no evita la guerra; negocia sus consecuencias. El derecho internacional sigue existiendo, pero opera como lenguaje justificativo, no como barrera efectiva.

En este contexto, disparar primero deja de ser una anomalía y pasa a ser una opción estratégica más. No porque sea deseable, sino porque funciona lo suficiente como para ser replicada. El sistema no sanciona el intento; solo penaliza —y no siempre— el exceso.

La guerra deja así de ser el fracaso de la diplomacia para convertirse en una de sus herramientas, integrada de nuevo en el repertorio normal de la política internacional.

Lo que queda por analizar no es por qué ocurre esto, sino qué consecuencias tiene vivir en un mundo donde ese aprendizaje ya es común.

El marco antiguo está roto: consecuencias

Lo ocurrido en Venezuela el sábado 3 de enero de 2026 constituye un hito informativo y geopolítico difícil de subestimar. Estados Unidos ejecutó una operación militar dentro del país y capturó a Nicolás Maduro, en un movimiento que ha reordenado el tablero no por su carácter “controvertido”, sino por su contundencia: fuerza empleada, objetivo político alcanzado y asunción pública del hecho.

La reacción internacional ha sido reveladora. No se ha producido una respuesta global orientada a reconstruir un marco de límites efectivos, ni se han activado mecanismos creíbles para impedir que una acción de este tipo vuelva a repetirse. En su lugar, la reacción dominante ha sido gestionar las consecuencias, medir riesgos y calibrar respuestas para evitar una escalada mayor. El objetivo no ha sido restaurar un orden, sino administrar sus efectos.

Esa misma lógica se ha extendido de forma casi inmediata al plano retórico. En los días posteriores, el propio Trump ha deslizado la posibilidad de acciones militares también contra Dinamarca en Groenlandia, Colombia y México como parte del nuevo marco coercitivo que pretende imponer, y ha insinuado nuevas operaciones si no hay cooperación. Lo decisivo aquí no es si esas amenazas se materializan mañana, sino que han pasado a ser pronunciables sin costes automáticos.

El paralelismo con Panamá es evidente. En 1989, la intervención estadounidense no supuso una ruptura escandalosa del orden existente, sino algo más revelador: la constatación de que ese orden ya no tenía capacidad para reaccionar de forma eficaz ante una acción militar unilateral de ese tipo. Hoy ocurre algo similar, con una diferencia fundamental: ya no se trata de un episodio fundacional, sino de la confirmación explícita de una ruptura plenamente asumida.

El problema del mundo actual no es la ausencia de normas, sino la ausencia de mecanismos creíbles para hacerlas valer. El marco que durante décadas desincentivó el uso de la fuerza como herramienta diplomática ha dejado de operar, y nada lo ha sustituido. No hay un nuevo equilibrio estable, solo una gestión permanente del riesgo.

Las consecuencias de este vacío no se manifiestan en una guerra global inmediata, sino en algo más fragmentado y persistente: el aumento de conflictos regionales, la normalización de operaciones militares limitadas y la aceptación implícita de hechos consumados. La violencia no escala de forma automática, pero se multiplica. Cada actor calibra hasta dónde puede llegar, sabiendo que el castigo no es seguro y que la reacción internacional tenderá a administrar la crisis antes que a revertirla.

En este contexto, el derecho internacional no desaparece, pero cambia de naturaleza. Ya no funciona como límite previo, sino como lenguaje posterior. Sirve para justificar posiciones, fijar relatos y disputar legitimidades, pero rara vez para impedir que la fuerza se utilice. La diplomacia no previene la guerra; negocia sus consecuencias.

Europa es especialmente vulnerable a este escenario. El falso marco post–Guerra Fría le permitió externalizar el uso de la fuerza y confiar en que el sistema respondería por ella. Al desaparecer ese sistema, Europa no se enfrenta solo a amenazas externas, sino a la evidencia de que carece de instrumentos propios para imponer límites. El coste del vacío no lo pagan quienes disparan primero, sino quienes siguen esperando que alguien arbitre.

El resultado no es un mundo más caótico, sino un mundo más cínico y más peligroso. Las decisiones ya no se toman en función de principios compartidos, sino de cálculos sobre escaladas asumibles. La pregunta deja de ser si una acción viola normas internacionales y pasa a ser si alguien está dispuesto a pagar el precio de impedirla.

Históricamente, los marcos internacionales no se reconstruyen por consenso ni por agotamiento. Surgen tras acontecimientos traumáticos que fuerzan a los actores a aceptar límites que antes rechazaban. El orden posterior a 1945 no nació de la buena voluntad, sino de una devastación sin precedentes. Pensar que un nuevo marco puede surgir sin un shock comparable es, como mínimo, optimista.

Nada de esto implica que la guerra sea inevitable ni que la violencia sea deseable. Implica algo más incómodo: que el mundo ha entrado en una fase sin reglas operativas efectivas, donde las normas existen, pero no imponen límites reales. En ese espacio, la guerra vuelve a ser una herramienta disponible, no porque alguien la célebre, sino porque el sistema ha dejado de prohibirla de forma creíble.

Mavi Vatan no es la causa de este mundo, sino su síntoma más claro. El nombre que adopta una lección que muchos han aprendido al mismo tiempo: cuando no hay árbitro, la fuerza vuelve a hablar antes que la diplomacia.

Y cuando eso ocurre, la pregunta ya no es quién tiene razón, sino cuánto estamos dispuestos a asumir hasta que algo verdaderamente rompa esta dinámica.