Disney no solo produce entretenimiento, sino que construye un marco emocional y moral que se instala en la mente desde la infancia, lo que reduce la complejidad moral a dicotomías simples: bueno/malo, héroe/villano. No es un ataque al cine comercial, sino una llamada de atención: si el público exige menos, la industria ofrecerá menos. Y si la cultura se infantiliza, el cine —como espejo social— lo reflejará inevitablemente.