En España tendemos a tranquilizarnos rápido. Nos gusta pensar que determinadas prácticas pertenecen a otros países, a otros tiempos, a regímenes que identificamos sin dificultad porque llevan etiquetas evidentes: Gestapo, Stasi, KGB. Aquí, en cambio, nos repetimos, hay instituciones sólidas, controles, garantías. Una democracia homologable. Por eso incomoda tanto hablar de lo que durante años se ha venido llamando la “policía patriótica”, porque llamarla por su nombre, policía política, podría hacer que pensemos en la gravedad