
He descubierto a Apollonia Saintclair hace poco y cuando veo sus ilustraciones en Instagram me despiertan las mismas sensaciones que cuando me encontré por primera vez a Miel, la protagonista de El perfume del invisible, esa mezcla de curiosidad y vértigo que surge cuando uno presiente que está entrando en un territorio íntimo en el que el deseo no solo se exhibe, sino que también se respira. Mientras deslizo el dedo por la pantalla y me detengo en sus dibujos en blanco y negro, donde los cuerpos femeninos se enroscan en sí mismos como si custodiaran un secreto que no nos pertenece del todo, siento que la tinta no delimita únicamente contornos, sino que crea una atmósfera espesa, casi táctil, en la que la piel parece latir bajo las sombras. Hay algo en esas figuras que me obliga a mirar despacio, como si cada línea escondiera una respiración.
Cuando pienso en Milo Manara, a quien descubrí mucho antes y cuya obra me acompañó en lecturas donde el erotismo se desplegaba como un relato lleno de luz y movimiento, advierto que la comparación no surge por simple afinidad temática, sino porque ambos, aunque desde lugares distintos, convierten el cuerpo en lenguaje. Sin embargo, si Manara, con sus colores cálidos y sus tramas que avanzan como una melodía insinuante, parece invitarnos a participar en una escena donde el deseo se narra y se comparte «con un clic», Saintclair prefiere que asistamos en silencio a un rito privado. Mientras que en Manara las mujeres saben que son observadas y juegan con esa conciencia como quien maneja un espejo, en Saintclair las figuras femeninas parecen recogidas en sí mismas, entregadas a una experiencia que no necesita testigos, de modo que el espectador, lejos de sentirse dueño de la escena, se descubre como intruso privilegiado. Y es precisamente esa sensación, la de estar mirando algo que no ha sido concebido para agradar sino para afirmarse, la que me resulta más perturbadora y más seductora.
Cuando recuerdo la primera vez que abrí un álbum de Manara y sentí que el dibujo podía acariciar sin tocar (y lo dejo aquí que os conozco), comprendo que lo que me conecta con las ilustraciones de Saintclair no es solo la temática erótica, sino la certeza de que el trazo, cuando está cargado de intención puede convertirse en una forma de susurro sugerente y cálido. Si él construye historias donde el deseo avanza como una corriente visible, ella suspende el tiempo en un instante denso, en el que la sensualidad no necesita explicarse porque ya está sucediendo. Y mientras observo cómo la tinta se expande en arabescos que envuelven muslos, cabellos y miradas que no se ofrecen del todo, entiendo que lo que me atrae no es la explicitud, sino la insinuación sostenida, esa tensión delicada que, al igual que con Miel cuando apareció por primera vez ante mí, me hace sentir que el verdadero perfume no está en lo que se muestra, sino en lo que permanece, deliberadamente, a punto de revelarse
Ripio
Gnomo
Enero2025