Transcurren los años más duros de la posguerra en un pequeño pueblo de la montaña leonesa. Se acerca la cuaresma, y LBG se dirige hacia la casa del cura a comprar la bula que le permitirá, a ella y a su familia, comer carne durante la cuaresma. No es por falta de fe o por ostentación de riqueza. De hecho, se va a gastar la mayor parte de sus escasos ahorros. El problema es que comprar cualquier clase de pescado resulta más caro que el tocino que se consume habitualmente en su casa. La carne no aparece nunca en su mesa, salvo alguna gallina vieja que ya no pone huevos, o alguna oveja que ya no puede quedar preñada por similar razón. El cura la recibe risueño. Es una época de abundancia para él. Podrá consumir carne o pescado, según su preferencia. Y sin pagar bula.
Es normal que la aparición de una pandemia como la covid-19 tenga un impacto relevante en la religiosidad de las personas. El confinamiento al que nos hemos sometido durante meses ha interrumpido drásticamente los hábitos que guiaban nuestras actividades, entre ellos todos los ritos religiosos. Y la repetición de rituales, como la asistencia a misas o procesiones, permiten asentar la fe o religión a las que van asociados. Asimismo, la religión puede ser vista por sus fieles como un pilar imprescindible para su relación con los demás, dando así sentido a su vida. Y el confinamiento ha cambiado radicalmente la manera en que tratamos a las personas de nuestro entorno. Es reseñable también que la natural ansiedad e incertidumbre que produce una pandemia como la que hemos vivido pudiera activar el sentimiento religioso en un afán de calmar estos sentimientos negativos, más aún en una situación en las que las relaciones sociales cambiaron profundamente.
Esta relación entre pandemia y religiosidad ha sido noticia en algunos medios. Por ejemplo, se ha mencionado (1) los estudios de una profesora de artes y Humanidades de la UOC en la que deduce que la pandemia ha aumentado el sentimiento religioso de los españoles. En apoyo de su tesis aduce por ejemplo la audiencia de la bendición urbi et orbi del Papa Francisco el pasado 27 de marzo en la cadena de TDT Trece financiada por la Conferencia Episcopal Española. Esta emisión fue lo más visto de la TDT durante el mes de marzo, siendo vista por 1.070.000 espectadores españoles y un 6,9 % de cuota de pantalla, el mejor resultado de Trece en toda su historia. Esta misma profesora menciona algunos otros hechos en favor de su tesis que inmediatamente se ve que son meramente anecdóticos ( como el padre nuestro de Rosalía en su twitter).
Es razonable también sostener la tesis contraria. La pandemia de Covid-19 puede evidenciar para muchas personas la inutilidad de la religión para combatir los efectos perversos de la enfermedad a nivel mundial. La ciencia, particularmente la epidemiología y la medicina, aparecen como instrumentos alternativos y realmente eficaces para ofrecer esperanzas a la humanidad.
Este antagonismo entre religión y ciencia puede dar lugar a apasionados debates en los que los participantes usen todo tipo de argumento para sostener la preeminencia de la ciencia sobre la religión o viceversa. Existe sin embargo otra manera de abordar este tema, acudir a los sondeos que se realizan sobre religiosidad y tratar de deducir la influencia de la pandemia sobre la religiosidad de los españoles.
Afortunadamente, existe un buen lugar para acudir en busca de esta información, los barómetros mensuales del CIS. Voy a utilizar aquí los de los meses de enero a junio de 2020. Empecemos mencionando que estos estos sondeos preguntan a los españoles sobre creencias religiosas dividiéndolos en las categorías: católico practicante, católico no practicante, agnóstico, no creyente o indiferente, y ateo. Los límites entre algunas de estas categorías es difuso. Al objeto de simplificar y dotar de robustez a los resultados, lo simplificaré en católico y no católicos (excluyo del análisis a los adscritos a otras religiones)
Hay que mencionar además que las estadísticas sobre religiosidad en España viene detectando una constante disminución de católicos. En 1976, año siguiente al fallecimiento de Franco y principio de la llamada transición, había en España (2) un 94% de católicos y un 2% de no creyentes, lo cual expresa claramente la eficaz labor realizada por la dictadura nacionalcatólica durante 40 años de represión. Al cabo de 44 años, los barómetros mensuales del CIS del año 2019 proporciona una media de 68,1% de católicos y un 27,5% de no católicos. Redondeando, eso equivale a aun bajada media de 0,6% de católicos por año. Para una población total actual de 42 millones de españoles, esto equivale a perder 250 000 católicos anuales.
Al analizar los barómetros de los meses de enero a junio de 2020, se observa una significativa caída de acatólico entre los meses de marzo y abril. Con objeto de minimizar la influencia del posible error muestral, ofrezco las cifras correspondiente a la media de los meses de enero, febrero y marzo (previos al comienzo del confinamiento), por un lado, y abril mayo y junio por otro (posteriores al comienzo del confinamiento). Las cifras que se obtienen son 67% de católicos y 29.63% de no católicos en los meses previos, y 61.2% de católicos y 36% de no católicos en los meses posteriores. Esto da aproximadamente una caída de un 6% en el número de católicos o, equivalentemente, 2millones y medio de personas. Una disminución, en un único mes, equivalente al paso de ¡10 años consecutivos! en el periodo que va desde el año 1976 hasta la actualidad.
La deducción es evidente. En contra de lo que parecían señalar algunos expertos uiversitarios, la pandemia de Covid-19 ha acelerado de una manera extraordinaria la pérdida de religiosidad en España. La religión no parece cubrir en absoluto su supuesto papel de consuelo ante las adversidades.
(1) www.uoc.edu/portal/es/news/actualitat/2020/189-crisis-coronavirus-reac
(2) elpais.com/politica/2012/08/18/actualidad/1345316026_572153.html
Manuel Azaña, a la sazón ministro de la guerra, pronunció las siguientes palabras en su discurso del 13 de octubre de 1931 a la cámara constituyente sobre la cuestión religiosa:“España ha dejado de ser católica. Hay que organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica”
Es evidente que Azaña se refería a la necesidad de implementar el laicismo de estado, tanto en la Constitución como en todas las leyes y estamentos del Estado. La unión del poder de la iglesia católica y el Estado español, presente en toda la historia anterior de España se presentaba por tanto como un hecho asociado al antiguo régimen monárquico que debía ser superado por una concepción democrática y aconfesional del estado.
España ha dejado de ser católica. Hay que organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica
Sin ninguna duda, ese laicismo de estado se vio reflejado claramente en la Constitución de la Segunda República que, en su artículo 3, proclamaba que “el Estado español no tiene religión oficial” y en el 27 que “la libertad de conciencia y el derecho a practicar y profesar libremente cualquier religión quedan garantizados en el territorio español, salvo el respeto debido a las exigencias de la moral pública”. Naturalmente, el concordato con la santa sede que mantenía el estado desde 80 años atrás, quedaba derogado.
La implementación efectiva de la laicidad del estado fue una de las prioridades de la Segunda República, se aprobó una ley de divorcio, se construyeron colegios públicos para absorber el alumnado de colegios religiosos, los cementerios fueron declarados municipales, etc.
La iglesia católica reaccionó apoyando movimientos golpistas desde los primeros días de la naciente república, culminando estas ideas antidemocráticas con el apoyo al golpe de estado militar de 1936 y posicionándose en el bando fascista y en contra del régimen republicano legítimo durante la posterior guerra civil promovida por las fuerzas reaccionarias ante el fracaso del golpe de estado.
La dictadura posteriormente instaurado por el bando franquista vencedor tuvo inicialmente una marcada influencia de las ideas nacionalsocialistas y fascistas, principalmente representadas por los fascistas de Falange, cuyo apoyo a los golpistas en la guerra fue decisivo para que la perdiera el bando republicano legítimo.
Tras la derrota de la Alemania nazi y la Italia fascista en la segunda guerra mundial, la dictadura fascista de Franco se vio huérfana de apoyos internacionales y solo pudo apoyarse en la iglesia católica que le proporcionó un primer reconocimiento internacional a cambio de la firma de un concordato que convirtió de facto a España en un país cuya religión oficial era la católica. La iglesia recibió todo tipo de prebendas y poderes para imponer sus creencias en un país destrozado y arruinado por la guerra civil.
Los cuarenta años de dictadura llevaron a construir un país en el que más del 90% de la población se declaraba católica y en el que las celebraciones religiosas se impusieron a la fuerza como motor de identidad de la población.
Así las cosas, llegó el fin de la dictadura y una transición a un régimen democrático, plasmado en la Constitución de 1978, que permitió que España ingresara en las instituciones de los países democráticos occidentales. Pero no todo fue una idílica vuelta a la democracia. El poder del estado no dejó de estar dominado por las instituciones del estado franquista y algunos pilares de la dictadura fueron considerados intocables por la fuerzas franquistas durante toda esa transición. Uno de ellos es la monarquía instaurada por Franco al nombrar a Juan Carlos Borbón como su sucesor en la jefatura del estado, y el otro fue el poder de la iglesia católica.
En un ridículo “tour de force” lingüístico, se redactó un artículo 16 de la constitución que, en su apartado 3 declara:“Ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Es decir, se dice una cosa y, sin solución de continuidad, se declara la contraria. El objetivo es aparentar que se afirma el carácter aconfesional del estado, pero permitiendo que, nada más aprobada la constitución en un referendo, se aprobaran también los acuerdos con la santa sede que ya habían sido negociados en secreto entre las autoridades franquistas y la propia iglesia católica.
El poder del estado no dejó de estar dominado por las instituciones del estado franquista y algunos pilares de la dictadura fueron considerados intocables por la fuerzas franquistas durante toda esa transición. Uno de ellos es la monarquía instaurada por Franco al nombrar a Juan Carlos Borbón como su sucesor en la jefatura del estado, y el otro fue el poder de la iglesia católica.
Se preservaron en ellos la práctica totalidad de los privilegios adquiridos durante la dictadura anterior, incluyendo la financiación del estado y la presencia de la iglesia en las principales instituciones del estado, entre ellas sanidad, educación y ejército. El apoyo del estado durante el régimen actual ha incluso superado en algunos aspectos al propio franquismo, como en la financiación generalizada de colegios de ideología religiosa católica, o en la entrega del patrimonio histórico artístico español a la iglesia a través de las llamadas inmatriculaciones.
El poder del estado no dejó de estar dominado por las instituciones del estado franquista y algunos pilares de la dictadura fueron considerados intocables por la fuerzas franquistas durante toda esa transición. Uno de ellos es la monarquía instaurada por Franco al nombrar a Juan Carlos Borbón como su sucesor en la jefatura del estado, y el otro fue el poder de la iglesia católica.
Sin embargo, ha habido una evolución de la sociedad española que la iglesia se ha visto incapaz de atajar. La fe de los españoles en la religión se diluye constantemente y de manera imparable, a un ritmo que solo puede ser visto por los obispos como una catástrofe inminente.
Existe un buen lugar para acudir en busca de esta información, las encuestas realizadas por el CIS. Estos sondeos preguntan a los españoles sobre creencias religiosas dividiendo los católicos en dos categorías: católico practicante y católico no practicante. Los límites entre estas dos categorías es difuso, y además un católico no practicante es un oxímoron en si mismo pero nos permite acotar por arriba el porcentaje de católicos con garantías de que lo más probable es que el porcentaje sea sobrevalorado. Este porcentaje ha bajado dramáticamente desde la llegada de la democracia, pero en todas las encuestas del CIS, al menos las que yo he podido estudiar hasta ahora, se había mantenido por encima del 50%.
En este trabajo se pregunta también sobre la religiosidad, resultando que el 15,8% se declara católico practicante y el 33,1% se declara católico no practicante, lo cual lleva a un 48,9% de católicos en España.
Pero hace unos días ha aparecido un sondeo del CIS en el que el objetivo principal es valorar la opinión de los españoles sobre los impuestos del estado. En este trabajo se pregunta también sobre la religiosidad, resultando que el 15,8% se declara católico practicante y el 33,1% se declara católico no practicante, lo cual lleva a un 48,9% de católicos en España. Podemos decir entonces que, por fin, España ( su población) ha dejado de ser católica. Es posible que, en algunos sondeos posteriores, puedan aparecer de nuevo porcentajes de católicos mayores del 50%, pero será solo anecdótico, la tendencia a la secularización es imparable.
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