En el invierno, cuando los días son más cortos y la tierra parece dormir, las antiguas atenienses se preparaban para uno de los eventos más secretos y significativos del año, la Haloa, un festival dedicado a las fuerzas primigenias de la vida: el grano, la vid y la fertilidad misma. Celebrado principalmente en el sagrado recinto de Eleusis, este ritual era dominio casi exclusivo de las mujeres, un espacio donde los hombres, salvo contadas excepciones, no podían entrar.
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