Hay días en los que todo parece algo absurdo. Días en que, mientras terminas una actividad, miras el espacio vacío, recoges las sillas, y te preguntas si tiene sentido. Quizás sólo había cuatro personas al público, quizás la caja no cubre ni el coste del material, quizás vuelves a casa con la sensación de remar a contracorriente. Y, sin embargo, algo te hace volver. Hay una especie de impulso, una necesidad casi física de seguir haciendo, crear, compartir, hacer que la cultura exista, aunque sea en la fragilidad de una tarde cualquiera.
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