“Quedarme en casa me parecía un aburrimiento, porque no tengo gato, perro ni periquito y, además, ahora vivo sola. Así que, con unas amigas mías a las que les pasaba lo mismo, tuvimos una idea: seguir yendo a las escuelas a explicar cuentos. Hoy nos ha tocado la vuestra”, explica a los pequeños. Mientras habla, empiezan a aparecer las primeras sonrisas tímidas. Las pocas miradas que aún estaban distraídas por la ventana se van girando hacia la invitada de honor, que va preguntando el nombre de algunos alumnos...
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Meneo.