A comienzos del siglo IV a. C., Macedonia ocupaba una posición marginal dentro del mundo helénico. Sus reyes gobernaban un territorio fragmentado, amenazado por pueblos vecinos y considerado por muchas polis griegas como una periferia semibárbara. La inestabilidad interna, las luchas dinásticas y la debilidad militar impedían cualquier aspiración de influencia duradera.
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