Frases y fragmentos de libros
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Cita de Winston Churchill

"Nunca llegarás a tu destino si te paras a tirar piedras a cada perro que ladra".

Atribuida a Winston Churchill

 

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Jack London

„Prefiero ser cenizas que polvo! Prefiero que mi chispa se apague en un resplandor brillante a que sea sofocada por la podredumbre seca. Preferiría ser un soberbio meteoro, cada átomo de mí en magnífico resplandor, que un planeta adormecido y permanente. La función apropiada del hombre es vivir, no existir. No desperdiciaré mis días tratando de prolongarlos. Aprovecharé mi tiempo.“

Jack London

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Paul Donés - 20 mandamientos para ser feliz

Ya lo decía Donés durante la emisión del documental de Évole.

«Estoy enfadado con el cáncer porque no me quiero ir, ahora no me viene bien irme. Preferiría vivir un poquito más, la verdad, pero es lo que hay y estoy bien conmigo mismo, en paz y tranquilo».

En 65 minutos Donés dejó grandes reflexiones, muy obvias algunas sí, pero infinitamente necesarias.

Antes de morir dejó escritos sus particulares 20 mandamientos para ser feliz:

1. Que sepamos vivir el presente.

2. Que no perdamos el tiempo pensando en el futuro.

3. Que dejemos de creer en la suerte y creamos en nosotros mismos.

4. Que dejemos de hacer montañas de granitos de arena.

5. Que la tristeza nos dé ganas de reír. Que nos riamos mucho.

6. Que cantemos en la ducha, en los bares, en las bodas, en las cenas con los amigos o donde nos apetezca cuando nos venga en gana.

7. Que aprendamos a decirnos «te quiero» sin que nos dé vergüenza.

8. Que nos besemos, nos toquemos y nos achuchemos mucho.

9. Que nos escuchemos tanto como sepamos compartirnos en silencio.

10. Que nos queramos, a los demás y sobre todo a nosotros mismos.

11. Que nos peleemos lo menos posible. Estar enfadado es una gran y estúpida pérdida de tiempo. ¡A la mierda el ego y el orgullo!

12. Que nos dejemos de rollos, de chorradas, de hacer ver lo que no somos, que eso no sirve pa' ná.

13. Que le perdamos el miedo a la muerte, pero también le perdamos el miedo a vivir.

14. Que decidamos por nosotros mismos. Que nunca dejemos que los demás decidan por nosotros.

15. Que cuando la vida nos cierre una ventana sea cuando más abramos las alas para romper el cristal y salir volando.

16. Que las cosas nos lleven adonde sea, pero que nos vayan bien.

17. Que los cerebros de zafios, hipócritas, memos, mamelucos, corruptos, pesaos, estúpidos, tocapelotas, mentirosos, gilipollas... se reprogramen y entiendan que en la vida no hace falta ser así, que la vida va de otra cosa.

18. Que a las penas, puñaladas y al mal tiempo, buena cara. O mala, que tampoco pasa nada.

19. Que la vida sea siempre un sueño.

20. Y, en fin, que a la vida le demos calidad, porque belleza sobra.

Lección impartida. Pronto aprendida.

Gracias.

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El engaño (Antonio Machado)

El engaño (Antonio Machado)

El hombre sólo es rico en hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave que guarda su mansión para la ajena hace ganzúa de ladrón.
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El arquero no...

"El arquero no vino al mundo con arco."

Proverbio ashanti. (Grupo étnico del centro de Ghana, África.)

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Cita - Temores

Cita - Temores

"A cada día le bastan sus temores, y no hay por qué anticipar los de mañana".

Charles Péguy



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Cita de Sun Tzu

El arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando es capaz de atacar, ha de aparentar incapacidad; cuando las trampas se mueven, aparentar inactividad.

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Fragmento - Oryx y Crake

"En fin, tal vez no existían soluciones. La sociedad humana, aseguraban, era una especie de monstruo, y sus principales subproductos eran los cadáveres y los escombros. Nunca aprendía, siempre repetía los mismos errores estúpidos, siempre escogía los beneficios inmediatos a costa de un sufrimiento a largo plazo."

Margaret Atwood - Oryx y Crake (2003)

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Dios los cría...

“Un tonto encuentra siempre otro más tonto que lo admira.”

SIR ARTHUR CONAN DOYLE (Sherlock Holmes)

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Cuento - La confesión

Cuento - La confesión

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.

-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?

-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.

Manuel Peyrou

Biografía

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El principito, de Antoine de Saint-Exupéry

“¿Dónde están los hombres?, preguntó por fin, el principito. Se está muy solo en el desierto.

-También se está solo entre los hombres, dijo la serpiente.”

Antoine de Saint-Exupéry, “El principito (1943)

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Cita de George R. R. Martin

"Los únicos lobos a los que debemos temer son aquellos que llevan piel humana puesta".

Atribuida a George R. R. Martin

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Cuento - "El regalo"

Una maestra, en el día de su cumpleaños, estaba abriendo todos los regalos que le habían hecho cuando, de pronto, se le acercó una niña que llevaba una pequeña flor naranja en su mano.

—Vaya —dijo la maestra sorprendida al verla— ¿dónde has encontrado esa flor tan bonita?

—Bueno, en realidad no la he encontrado, he ido a buscarla.

Esta es una flor que solo crece en las partes más alejadas del bosque, justo a la orilla del lago.

La profesora sabía que el lago estaba a unos seis kilómetros de distancia de la escuela y que aquella niña habría tardado horas en conseguir la flor.

Se emocionó tanto que no pudo evitar derramar unas lágrimas.

—Muchas gracias, muchas gracias, es un detalle tan bonito, pero no debiste ir tan lejos para buscarme un regalo.

—Bueno —contestó la niña— eso también forma parte del regalo.

Autor desconocido

Cuento recogido en “Cuentos para entender el mundo”, adaptación cuento sufí.

 

 

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Cita - "Ser feliz era esto"

 

A veces uno vive una vida idiota. En una de esas, hasta lo sabe. Sabe que es la vida de un idiota. Pero mientras no haya un testigo, alguien que lo vea, alguien que lo diga, puede pasar, puede seguir.

Eduardo Sacheri, “Ser feliz era esto” (2014)

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Fábula - La gaviota y la bondad

Fábula - La gaviota y la bondad

"Se cuenta que en un viejo reino había un hombre adinerado y poderoso que amaba a las gaviotas. Todas las mañanas se levantaba y miraba hacia el mar que estaba cerca de su mansión. Se quedaba por horas, extasiado, contemplando esas aves blancas que lo maravillaban.

Un día cualquiera encontró una gaviota en la terraza. Conmocionado por el hallazgo se acercó con cuidado a ella y notó que estaba herida. Con la mayor dulzura la tomó entre sus brazos y ordenó a sus médicos que la curasen. La herida no era muy profunda y la gaviota se curó muy pronto.

Extasiado con ella, el hombre quiso agasajarla. Mandó preparar las mejores comidas para ella… Faisán, carnes exóticas, frutas deliciosas y manjares de todo tipo. Sin embargo, la gaviota no comía nada. El hombre intentaba convencerla, pero ella no accedía.

Así pasaron tres días, después de lo cual la gaviota murió."

Fábula china que nos enseña como a veces el amor, en realidad, no es amor, sino egoísmo. El hombre de esta historia creyó que a la gaviota le complacería lo que le complacía a él, no lo que ella necesitaba.

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Cuento - "Los zapatos del hombre afortunado"

Hace ya mucho, mucho tiempo… en un reino muy, muy lejano…

Había un rey cuyo poder y riqueza eran tan enormes como profunda era la tristeza que cada día le acompañaba.

Lo tenía todo y aun así no conseguía ser feliz, siempre sentía que le faltaba algo.

Un día, harto de tanto sufrimiento, anunció que entregaría la mitad de su reino a quien consiguiera devolverle la felicidad.

Tras el anuncio, todos los consejeros de la corte comenzaron a buscar una cura. Trajeron a los sabios más prestigiosos, a los magos más famosos, a los mejores curanderos… incluso buscaron a los más divertidos bufones, pero todo fue inútil, nadie sabía cómo hacer feliz a un rey que lo tenía todo.

Cuando, tras muchas semanas, ya todos se habían dado por vencidos, apareció por palacio un viejo sabio que aseguró tener la respuesta:

«Si hay en el reino un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Solo tenéis que encontrar a alguien que, en su día a día, se sienta satisfecho con lo que tiene, que muestre siempre una sonrisa sincera en su rostro, que no tenga envidia por las pertenencias de los demás… Y cuando lo halléis, pedidle sus zapatos y traedlos a palacio. Una vez aquí, su majestad deberá caminar un día entero con esos zapatos. Os aseguro que a la mañana siguiente se habrá curado».

El rey dio su aprobación y todos los consejeros comenzaron la búsqueda.

Pero algo que en un principio parecía fácil, resultó no serlo tanto, pues el hombre que era rico, estaba enfermo; el que tenía buena salud, era pobre; el que tenía dinero y a la vez estaba sano, se quejaba de su pareja, o de sus hijos, o del trabajo…

Finalmente se dieron cuenta de que a todos les faltaba algo para ser totalmente felices.

Tras muchos días de búsqueda, llegó un mensajero a palacio para anunciar que, por fin, habían encontrado a un hombre feliz.

Se trataba de un humilde campesino que vivía en una de las zonas más pobres y alejadas.

El rey, al conocer la noticia, mandó buscar los zapatos de aquel afortunado. Les dijo que a cambio le dieran cualquier cosa que pidiera.

Los mensajeros iniciaron un largo viaje y, tras varias semanas, se presentaron de nuevo ante el monarca.

—Bien, decidme, ¿lo habéis conseguido? ¿Habéis localizado al campesino?

—Majestad, tenemos una noticia buena y una mala. La buena es que hemos encontrado al hombre y en verdad que es feliz. Le estuvimos observando y vimos la ilusión en su mirada en cada momento del día. Hablamos con él y nos recibió con una amplia sonrisa y con la alegría reflejada en sus ojos…

—¿Y la mala? —preguntó el rey impaciente.

—Que no tenía zapatos.

Cuento recogido en “Cuentos para entender el mundo”, de Eloy Moreno

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Fábula - El águila, el cuervo y el pastor

Lanzándose desde una cima, un águila arrebató a un corderito.

La vio un cuervo y tratando de imitar al águila, se lanzó sobre un carnero, pero con tan mal conocimiento en el arte, que sus garras se enredaron en la lana, y batiendo al máximo sus alas no logró soltarse.  

Viendo el pastor lo que sucedía, cogió al cuervo, y cortando las puntas de sus alas, se lo llevó a sus niños.

Le preguntaron sus hijos acerca de qué clase de ave era aquella, y les dijo:

- Para mí, solo es un cuervo; pero él, se cree águila.

Fábula de Esopo

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«El cementerio de los dioses»

«El cementerio de los dioses»

 Como la otra vida es una especie de ajuste de cuentas, podríamos pensar que no están incluidos los animales, que no son responsables de sus actos. Menos mal que sería una equivocación. La otra vida habría sido una etapa muy solitaria sin animales, y hemos descubierto la agradable realidad de que el más allá está lleno de perros, mosquitos, canguros y muchas otras criaturas. Después de llegar y echar un vistazo, resulta obvio que todo lo que existió antes disfruta de una segunda vida.

  Empiezas a darte cuenta de que el regalo de la inmortalidad se aplica también a todo aquello que creamos. La otra vida está llena de teléfonos móviles, tazas, adornos de porcelana, tarjetas de visita, candelabros, dianas. Las cosas que fueron destruidas en el pasado -barcos atacados, ordenadores desechados, muebles rotos- regresan en perfecto estado a la otra vida. Todo lo creado por nosotros puede acompañarnos en la otra vida, en contra de la advertencia de que no podemos llevárnoslo con nosotros. Todo lo creado sobrevive.

  Esta norma se aplica, sorprendentemente, a todas las creaciones, no sólo a los objetos materiales, también a conceptos mentales. Así que junto con los objetos, en la otra vida nos acompañan los dioses creados por nosotros. A solas en una cafetería, es perfectamente posible que te encuentres con Resheph, el dios semítico de las plagas y la guerra. De la frente le sale una cabeza de gacela y mira por la ventana a los viandantes con aire de nostalgia. En un pasillo del supermercado tal vez veas al dios babilonio de la muerte, Nergal, al griego Apolo o al védico Rudra. De igual forma contemplarás a los dioses de las llamas y las lunas, a la diosa de la sexualidad y la fertilidad, a los dioses de los caballos de guerra caídos en la batalla y los esclavos fugados dentro del centro comercial. A pesar de ir vestidos de incógnito, se les detecta fácilmente por su enorme tamaño y por otras características como cabezas de león, multiples brazos o colas de reptil.

  Están solos debido, en gran medida, a que han perdido público. Solían curar enfermedades, actuar como intermediarios entre los vivos y los muertos y repartir cosechas, protección y venganza entre sus fieles. Ahora ya nadie sabe ni cómo se llaman. Ninguno pidió que lo crearan, y así y todo se encuentran atrapados aquí para toda la eternidad. Sólo rara vez se produce un resurgimiento localizado de la creencia en algún dios antiguo, una pequeña reunión de seguidores, pero son arrebatos que no suelen durar mucho. Los dioses saben que están atascados aquí con la mano de cartas que les ha tocado en suerte: una personalidad vengativa, ojos que echan fuego, familias con problemas de adaptación y la eternidad en sus manos.

  Cuando empiezas a mirar a tu alrededor, te das cuenta de que hay miles. El dios azteca Mictlantecuhtli, el dios mono chino Sun Wukong, el noruego Odín. En la otra vida, en la guía telefónica aparecen dioses como la Serpiente del Arcoiris de los aborígenes australianos, el dios prusiano Zempat, el sorbiano Berstuk, el algonquino Gitche Manitou, el sardinio Maymon o el tracio Zibelthiurdos. De igual forma, en un restaurante es posible participar sin quererlo de la fría relación existente entre la diosa babilonia del mar, Tiamat, y el dios de las tormentas, Marduk, que una vez la partió en dos. Ella picotea del plato y contesta con secos monosílabos a los intentos de él de entablar una conversación.

  Algunos de los dioses están relacionados entre sí; otros tienen genealogías imposibles de seguir. Tienen en común que son proclives a rechazar la morada gratuita que se les ofrece en la otra vida, aunque nadie sabe muy bien por qué. Lo más probable es que sea porque les cuesta aceptar la idea de descender al nivel de aquellos que en su día se arrodillaban ante ellos para adorarlos.

  Así, por las noches, solos y sin hogar, se reúnen a las afueras de la ciudad y se echan a dormir sobre grandes praderas verdes. Si te interesa la historia y la teología, disfrutarás recorriendo estos campos sembrados de dioses, este silencioso espectáculo horizontal de deidades abandonadas dispuestas en hileras irregulares en punto de fuga. Aquí es posible que te topes con el Bathalang Maykapal de los tagalogs y su principal enemigo, el dios lagarto Bakonawa; como ya no le importa a nadie si se pelean o no, ahora se sientan a compartir una botella de vino. Te encuentras al dios de la luz, Atea, del archipiélago Tuamotu, y a su hijo, Tane, que en sus buenos tiempos arrojó contra su padre los rayos de su antepasado Fatutiri; ahora toda la familia está reunida. Sus vendettas están apagadas y parece difícil que puedan cobrar vida de nuevo. Mira, allí está Tawhirimatea, el dios maorí de las tormentas y los vientos, que se pasó la vida castigando a sus hermanos dioses por separar a sus padres, Rangi y Papatuanuku; como ya no hay público, se le han terminado los vientos y juega a las cartas con sus hermanos bajo un despejado cielo. Más allá se puede ver a Khonvoum, el dios supremo de los pigmeos bambuti, sujetando su arco fabricado con dos serpientes. Cree que todavía puede aparecerse a los humanos como un arco iris. Aquí está el dios del fuego de los shinto, Kagu-tsuchi, cuya madre murió abrasada al dar a luz; la única prueba que queda ahora de aquel fuego es un ligero olor a quemado.

  Como si se tratara de un museo, estos campos de dioses, esta enciclopedia pastoral de la mitología, es un testamento de la creatividad humana y la cosificación. Los antiguos dioses están acostumbrados a vernos por aquí; los nuevos están molestos por lo rápidamente que han pasado de la veneración y el martirio al abandono y el turismo.

  Aunque los dioses han elegido voluntariamente congregarse aquí fuera, la verdad es que no se soportan mutuamente. Se sienten confusos, porque se han encontrado aquí, en la otra vida, pero en lo más profundo de su ser creen que están al mando. Salen a la superficie por su agresividad y todavía quieren reclamar su supremacía sobre los demás. Pero aquí ya no están en lo alto de la jerarquía, sino que sufren hombro con hombro en la hermandad del abandono.

  Hay sólo una cosa que aprecian de la otra vida. Debido a su famoso carácter vengativo y a su creatividad en el arte de la tortura, están muy impresionados con esta versión del Infierno.»

David Eagleman

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‘Levantémonos’, clamó Jim Larkin

‘Los grandes no son grandes.

¡Es que estamos de rodillas!

Levantémonos’.

  • Les grands ne sont grands que parce que nous sommes à genoux: Levons-nous.
  • Ní uasal aon uasal ach sinne bheith íseal: Éirímis.
  • The great appear great because we are on our knees. Let us rise.

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Cuento popular - "El cántaro roto"

En una pequeña aldea situada en pleno desierto, vivía un hombre que cada mañana traía agua desde un manantial ubicado a unos pocos kilómetros de distancia.

Colocaba dos grandes cántaros a ambos lados de una gruesa barra de madera que, a su vez, apoyaba en sus hombros. Y así, con la alegría en el cuerpo y una sonrisa en el alma, comenzaba un camino que siempre era el mismo.

Tardaba más o menos una hora en llegar hasta el manantial. Una vez allí, se sentaba un rato a descansar y después llenaba los dos cántaros para iniciar el regreso.

Aunque eran parecidos, había una diferencia importante entre ambos recipientes. Uno cumplía a la perfección su trabajo, pues mantenía toda su agua intacta durante el trayecto. En cambio, el otro, debido a una pequeña herida en uno de sus costados, iba perdiendo agua durante el regreso; tanta que, al llegar de nuevo a la aldea, había perdido la mitad de su contenido.

Este último cántaro, conforme pasaban los días, se sentía cada vez más y más triste, pues sabía que no estaba cumpliendo con su trabajo. Y aun así no entendía por qué su dueño no lo arreglaba o, directamente, lo sustituía por otro. «Quizás», pensaba, «esté esperando el momento en que me rompa totalmente para cambiarme por uno más nuevo».

Y así pasaban los días, y las semanas, y los meses, y sobre todo, los pensamientos de un cántaro que cada día se sentía menos útil.

Llegó el día en que ya no pudo aguantar más y, aprovechando que el aguador lo abrazaba entre sus manos para llenarlo de agua, se dirigió a él:

—Me siento culpable por hacerte perder tiempo y esfuerzo. Te pido que me abandones y me cambies por otro más nuevo, pues ya ves que soy incapaz de servirte como debiera.

—¿Qué? —contestó el aguador, extrañado—. No te entiendo, ¿por qué dices que no me sirves?

—Acaso no te has dado cuenta de que estoy roto y voy perdiendo la mitad del agua durante el camino de vuelta.

El aguador, conmovido, mostró una pequeña sonrisa, lo abrazó junto a su pecho y le dijo en voz baja:

—No eres mejor ni peor, simplemente eres diferente y justamente por eso te necesito.

El cántaro no entendía nada.

—Mira, vamos a hacer una cosa —le contestó el aguador—. Hoy, durante el trayecto de vuelta, quiero que te fijes bien a qué lado del camino crecen flores.

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Cita de Joseph Goebbels

"Siempre será uno de los mejores chistes de la democracia el que proporcionó a sus enemigos mortales los medios por los que fue destruida. Los dirigentes perseguidos del NSDAP se convirtieron en diputados parlamentarios y adquirieron con ello la inmunidad parlamentaria, asignaciones y billetes gratuitos para viajar. Pasaron así a estar a salvo de la intervención policial, pudieron permitirse decir más que el ciudadano corriente y, aparte de eso, tuvieron pagados por el enemigo los costes de su actividad. Se puede obtener un magnífico capital a costa de la estupidez democrática. Los miembros del NSDAP comprendieron eso inmediatamente y les produjo una enorme satisfacción."

La llegada del Tercer Reich, Richard J. Evans

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Ritos de paso y prácticas sacralizadas de la Edad del Bronce

Entendemos por “ritos de paso” aquellas ceremonias que evidencian ante la comunidad un cambio en la condición social del individuo. Durante la Edad de Bronce (y pervivencia en la de Hierro) los principales serían el nacimiento, la mayoría de edad y el funeral. A estos “ritos de paso” se asocian ciertas prácticas de carácter sacralizado como “cosecha del espíritu” y “salvaguarda de la madre” en el nacimiento, “rapto, robo y abigeato” y “bandas y fratrías” en la mayoría de edad, y “emplazamiento del espíritu“ y “lugares de tránsito” para el funeral. Soy consciente de encontrarme en terreno movedizo y sobre todo basto, de modo que me limitaré a desarrollar el rito de paso a la mayoría de edad dejando el del nacimiento y el del funeral para artículos posteriores. 

 

MAYORÍA DE EDAD ― Prácticas del rapto, del robo y del abigeato

 

Entendemos el fenómeno del “rapto de las hembras" como una práctica sacralizada que hunde sus raíces en la Edad del Bronce y guarda prevalencia, aunque ya estereotipada, durante la Edad del Hierro, alcanzando en algunos casos hasta casi nuestros días; por demás de ser una eficaz y lúcida vacuna a la endogamia, que todo hay que decirlo.

El “rapto” junto al “robo” (armas, joyas…) y el “abigeato” (robo también, pero uno por el que el ganado salía más barato) fueron prácticas de obligado cumplimiento para todo mozo que entonces aspirara a superar su “rito de paso” a la edad adulta, ceremonia y festividad que se oficiaba con gran pompa cada año entre estos grupos tribales de gentes del Bronce y del Hierro. Dicho rito requería que el postulante acometiera las hazañas del rapto-robo-abigeato a fin de ser recibido y declarado como un “hombre de bien” por su comunidad. De manera que aquellos imberbes catequistas formaban su banda (vocablo actual cuyo origen se sitúa en aquel tiempo y raíz del teónimo hispano Bandue, deidad protectora de estas prácticas y patrona de bandas y fratrías) y abandonando (misma raíz, je, je) sus casas, su gente y su poblado salían gritando en comandita aquello de «¡a por ellas a por ellas, sean novillas o doncellas…!» Se ocupaban así de hostigar por un tiempo a las hembras, los ganados y los bienes de otros poblados de la zona; y estos, en su terca obstinación por impedirlo, siempre se cobraban a algún que otro practicante (ahí está la gracia, que la juerga hay que pagarla).

El asunto es que aquellos agraciados que volvían indemnes al poblado pasaban ya de facto a ser “hombres de derecho”, alcanzando algunos y conforme a su botín a serlo además “de provecho” y quedar allí en su pueblo como “gentes de posibles”. Todo eran ventajas, eran recibidos como adultos y de paso retornaban fuertes y adiestrados para en adelante proteger lo propio frente a cualesquiera banda de “quintos” forasteros que acudieran a robarles cada año. Porque acudían sin falta, ¿eh? Pero como allí en el pueblo los adultos ya se lo sabían, a la tarde se guardaban idolillos, brazaletes y collares en los entramados vegetales de los techos, encerraban sus ganados en sus propios dormitorios y animaban a sus mozas a mear rápido y cerca y a recogerse temprano. Aun así los postulantes forasteros siempre daban con algún julay despreocupado, cabra descuidada o hembra ansiosa por ver mundo, y de aquello ya cobraban expedita y buena prenda. Pero vean que así todo quedaba compensado, las gallinas que salían por las otras que allí entraban, aquello no era más que pura meritocracia en ejercicio, un remanso de fortuna y paraíso de oportunidades.

En fin, a lo que vamos: el asunto este del rapto, del hurto y del abigeato. Pues de aquel sustrato sacro y cultural del Bronce ya se alumbran, amaneciendo el Hierro, los mitos conocidos por nosotros sobre el “rapto” (Rapto de Europa, Helena, Hipodamia, Medea…) y sobre el “robo” y el “abigeato” (Gerión, el vellocino, Autólico, Caco…); dando paso por ejemplo el “rapto”, que es el que nos ocupa ahora, a algunas viejas fórmulas nupciales de las que nos informa el bueno de Plutarco (Licurgo 15, Cuestiones romanas 29, …); como aquella que consiste en no pasar la novia a su nueva casa sino en puras volandas y fingiendo mucha resistencia. Entre estas también aquel denominado entre los griegos “matrimonio de rapto”, e incluso aquí más cerca la venerable costumbre denominada “el rapto de la novia”, excentricidad vetusta que en nuestro sur-sureste ha llegado casi hasta el presente y consiste en llevarse el novio a la novia sacándola del pueblo y no volver hasta quedar ambos disfrutados. Así, pasados varios días, regresaban al pueblo los mozos campantes y dispuestos para celebrar ya en casa una simple boda. Tradiciones estas que rememoran con ternura la práctica sagrada de los raptos ancestrales. Para esta zona y como representación gráfica del “rapto” contamos, por ejemplo, con la que figura en los ases ibéricos de Cástulo: piezas de bronce cuyo reverso reproduce la imagen del “Rapto de Europa”.

También será Plutarco (Vidas paralelas, Mario–Sila) quien informe sobre aquellas otras patas de este mismo “rito de paso” a la mayoría de edad: el robo y el abigeato, aspectos que este autor considera costumbre propia y arraigada entre las gentes de Hispania: «… Por no haber dejado los íberos de tener al robo como hazaña saludable y digna de alabanza», dice el pavo. Incluso el Strabon (III, 4,5), griego este y muy civilizado, no se ahorrará tampoco de emitir dictamen sobre aquello nuestro: «… hábiles en luchar y sorprender al enemigo, viven sin embargo los iberos aplicados a sus correrías y depredaciones, aventurando permanentes golpes de mano para ello pero nunca acometiendo empresas de importancia, y es que no han sabido concertar sus fuerzas para así fundar alguna liga o confederación más poderosa [que los haga fuertes manteniéndolos unidos]», afirmaba aquel hombre tan sabio y viajado.          

Sobre “concertar sus fuerzas para fundar una confederación o liga poderosa” no comento nada porque eso es cosa del pasado, ahora somos todos una piña inquebrantable y hablar de aquello ya no viene a cuento… ¿verdad? Pero permitidme una breve digresión, solo es un momento: pues veréis también que sobre aquella dulce práctica del rapto hoy nos conformamos con levantar la novia a algún vecino, y a su vez el venerable abigeato languidece a causa de no ser los ganados bienes de prestigio como antaño. Una lástima, pero así está la cosa. Sin embargo de lo otro… ¡Ay lo otro! De lo otro sí que conservamos muy lozana y reluciente nuestra célebre destreza para el "robo", sacro mandamiento que nos viene ya de lejos y guardamos en sagrario o campando muy vivito por esta piel de toro… Este sí lo obedecemos. Este es cosa nostra.

Si el rapto garantizaba al “nuevo adulto” su descendencia y el robo de armas y joyas su prestigio en vida y en el más allá, por su parte el abigeato revestía un carácter netamente económico y de subsistencia. Queda claro que el ganado es la fuente económica principal con que contaban aquellas sociedades (fijaos en los masai), pero a nuestros efectos aún es algo más: la protomoneda. Se considera a la piel de vaca (o de buey, de novillo, de toro… como queráis) el primer material “vehicular” de cambio, primero esas mismas pieles y ya después la imagen tipográfica de los primeros intercambios “monetales” ya metálicos: los denominados “lingotes chipriotas”, placas de cobre en forma de piel de buey extendida.

 

Y bien, esto es todo. En próximos artículos intentaré desarrollar, igualmente con rigor y en tono desenfadado, la génesis de las prácticas asociadas a los otros “ritos de paso”, nacimiento y funeral. En el primer caso remontaré a tiempos megalíticos (prácticas de culturas quasi-matriarcales relativas a los dólmenes) y en el segundo al denominado “Bronce Atlántico” y a su más que significativa ausencia de necrópolis.

Disfrutad de la vida.

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Cuento sufí - ¿Qué necesito?

Un maestro se desplazó, junto a un grupo de monjes, a una gran ciudad para participar en unas jornadas sobre la meditación y el desapego de lo material.

Habló sobre lo fácil que es vivir con poco, sin lujos, sin las necesidades impuestas por el consumismo desmedido. Contó que él apenas tenía muebles o ropas y era muy feliz.

Tras acabar las jornadas, el maestro y sus alumnos se fueron al aeropuerto para coger el avión de regreso. Como tenían dos horas libres decidieron entrar en un centro comercial, pues la mayoría de ellos nunca había estado en ninguno.

Pasearon por los pasillos observando todos los productos que les rodeaban, y cuando ha había transcurrido más de una hora decidieron que era momento de irse, pero no encontraban al maestro por ningún lado.

Finalmente lo descubrieron yendo por los pasillos, tocando la mayoría de objetos, examinándolos, interesándose por ellos… incluso llegó a preguntar a algún vendedor por el precio o utilidad de los mismos.

Asombrados por aquel comportamiento, ninguno se atrevió a decir nada y, lentamente, se dirigieron a la salida para esperarlo allí.

Cuando ya apenas faltaban unos minutos para embarcar, observaron que el maestro salía tranquilamente del centro comercial y se dirigía hacia ellos.

—Bien, hermanos, se ha hecho un poco tarde, creo que ya es hora de marchar hacia casa —les dijo.

Todos se quedaron en silencio. En realidad, ninguno de los alumnos se atrevía a decir nada, pero no entendían que justamente él hubiera caído en las redes del consumismo.

Finalmente, uno de ellos, el más joven, se atrevió a hablar.

—Maestro, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Claro, adelante.

—¿Cómo es que usted, que cultiva la austeridad, ha estado tanto tiempo observando todo lo que había allí dentro?

—Es que me he quedado maravillado de todas las cosas que existen y no necesito.

Cuento sufí

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Cuento zen - "El jardín del templo"

Un sacerdote estaba a cargo del jardín dentro de un famoso templo zen. Se le había dado el trabajo porque amaba las flores, los arbustos, y los árboles.

Junto al templo, había otro templo más pequeño donde vivía un viejo maestro. Un día, cuando el sacerdote esperaba a unos invitados importantes, tuvo especial cuidado en atender el jardín.

Sacó las malezas, recortó los arbustos, rastrilló el musgo, y pasó un largo tiempo juntando y acomodando con cuidado todas las hojas secas. Mientras trabajaba, el viejo maestro lo miraba con interés desde el otro lado del muro que separaba los templos.

Cuando terminó, el sacerdote se alejó para admirar su trabajo.

— ¿No es hermoso? — le dijo al viejo maestro.

— Sí — replicó el anciano —, pero le falta algo. Ayúdame a pasar sobre este muro y lo arreglaré por ti.

Luego de dudarlo, el sacerdote levantó al viejo y lo ayudó a bajar. Lentamente, el maestro caminó hacia el árbol cercano al centro del jardín, lo tomó por el tronco, y lo sacudió. Las hojas llovieron sobre todo el jardín.

— Ahí está... ahora puedes llevarme de vuelta.

Cuento zen

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Cuento sufí - "El halcón que no volaba"

Un rey había comprado cinco de los mejores halcones de todo el país. El vendedor le había prometido que eran capaces de hacer increíbles piruetas en el aire, e incluso de llevar mensajes de una ciudad a otra.

Desde el primer día las aves comenzaron a dar muestras de su capacidad de vuelo: cada vez volaban más alto, más rápido y de una forma más precisa, haciendo caso en todo momento a sus entrenadores. 

Pero había un halcón que se negaba a volar, permanecía parado en la misma rama desde el primer día, no había forma de moverlo.

-¡No lo entiendo! -se lamentaba el rey-. Le damos la misma comida que a los demás, le ofrecemos el mismo trato, los mismos cuidados... y en cambio se niega a volar, ya no sé qué hacer.

Transcurridas ya varias semanas desde la llegada de los halcones, el rey anunció que ofrecería una recompensa a quien consiguiera hacer volar al animal.

Prácticamente todos los habitantes del reino lo intentaron de una forma u otra: le animaron con las mejores canciones, le recitaron poesía, le ofrecieron los más exquisitos manjares... pero todo era inútil, nada parecía funcionar.

Uno de esos días en los que el rey permanecía junto al halcón animándole para que volara, una anciana pasó por allí y, al ver la situación, negó con la cabeza.

-Majestad, ha llegado a mis oídos el problema que tenéis con este halcón, pero así nunca lograréis que el animal vuele.

El rey se mostró curioso ante aquella mujer.

-¿Y qué deberíamos hacer entonces?

-Quizá no hayáis comprendido que lo que le sucede a ese halcón es lo que le ocurre a la mayoría de las personas... -contestó la anciana.

-¿A la mayoría de las personas? No entiendo lo que quiere decir -respondió confuso el rey-. Pero si tanto sabe usted, dígame cómo conseguir que vuele.

-Está bien, primero tengo que hacer unas compras en el mercado, pero a la vuelta ese halcón volará.

Y mientras la anciana se alejaba hacia el mercado, el rey se quedó pensando que quizás aquella mujer simplemente le estaba tomando el pelo.

Pero a las dos horas, cuando el rey estaba contemplando desde su torre el vuelo de las otras aves, observó incrédulo que el halcón que nunca se había movido estaba también en el aire.

Miró hacia abajo, hacia el árbol donde el animal había permanecido tanto tiempo y vio a la anciana sonriendo. Bajó corriendo las escaleras para encontrarse con ella.

-¡Lo ha conseguido, lo ha conseguido! -gritó- ¡Lo ha conseguido! Pero... dígame, ¿cómo lo ha hecho?

-En realidad no ha sido difícil, simplemente le he cortado la rama que lo sostenía.

Cuento sufí

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