Nuestra lengua no es la misma que era el día que aprendimos a decir “mamá”. De hecho, si fuera igual tendríamos un problema. Porque una lengua que no evoluciona es una lengua muerta. Incluso el latín clásico, que suele considerarse una lengua muerta, sigue creando palabras nuevas. A nadie le sorprende que no hablemos como en la Edad Media, pero tampoco hablamos como nuestras bisabuelas. Las lenguas están en constante evolución y el nivel léxico (es decir, el vocabulario, las palabras que usamos) es uno de los principales ejes del cambio lingüístico. Los neologismos son imprescindibles porque la realidad cambia y tenemos que nombrarla. Hace 28 años no podíamos buscar en Google y hace 6 años no sabíamos lo que era una mascarilla FFP2. Lo mismo nos pasará cuando se comercialicen los CMCSP y tengamos que hablar de estos plásticos que se degradan en el agua sin dejar microplásticos, o cuando podamos ir al zoo a ver una nueva especie “desextinta”. Tendremos que nombrar nuevas realidades.
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