Durante décadas, la historia del triunfo británico en el descifrado de códigos durante la guerra tuvo un héroe familiar. Alan Turing, brillante, trágico, hombre. Su nombre se convirtió en sinónimo de la derrota del cifrado nazi y, por extensión, del acortamiento de la Segunda Guerra Mundial. Pero la historia, al igual que las instituciones que la conforman, siempre ha sido selectiva. Las mujeres que hicieron posible esa victoria tardaron más de medio siglo en salir de las sombras. Ruth Bourne fue una de ellas.