"Bastaron unas cuantas preguntas a personas de confianza para confirmarlo", recuerda Laura –otra catalana que estaba en Casamance como cooperante–. Laura fue también quien avisó a los escolapios de lo que estaba ocurriendo. La reacción de la orden fue la siguiente: le prometieron que se harían cargo del problema –que no cuestionaron– pero también le advirtieron de que debía guardar silencio e incluso la intimidaron para asegurarse de que lo hiciera.
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